Antonio Ponte Anido es un héroe. Así lo acredita que se le concediera, a título póstumo, la Cruz Laureada de San Fernando. Máxima condecoración militar española para premiar el valor heroico.

En cualquier país del mundo, su gesta sería reconocida, y un motivo de orgullo nacional. No solamente para las fuerzas armadas. Sin embargo en España se borra su memoria, por el simple hecho de que la acción heroica en la que ofrendó su vida tuvo lugar en la División Azul. Y mientras en la Rusia ex soviética, se respeta a los caídos de la División Azul y se reconoce el valor de aquellos soldados fieros en el combate, pero respetuosos con la población civil, en España los gobiernos marxistas, llevados de la pulsión iconoclasta a la que les impulsa su sectarismo y odio satánico, profanan la memoria de nuestros héroes, proscribiéndolos con leyes inicuas. Héroes que deberían tener calles dedicadas a lo largo y ancho de España, e incluso en el caso de Ponte Anido, debería tener una estatua en su Coruña natal -como la tiene en Madrid Eloy Gonzalo “El héroe de Cascorro”- y dar el nombre de Antonio Ponte Anido a un centro escolar para que su valor y abnegación sirviera de ejemplo a la juventud.

Pero antes de entrar en el detalle de cómo fue su muerte, se hace preciso decir que la infame Ley 52/2007 en nada afecta, ni puede afectar, a la División Azul. Algo que puede comprobar cualquier persona que lea su texto. Solamente una interpretación torticera de la ley, unida a su aplicación prevaricadora, ha proscrito la memoria del héroe. Y lo que es más triste y bochornoso; con el consentimiento del Ejército.

Reseña de la muerte en combate de Ponte Anido

El 10 de febrero de 1943 el Ejército Rojo lanza la formidable ofensiva “Estrella Polar” para romper el cerco de Leningrado. El sector elegido es, precisamente, el guarnecido por la División Azul, pues debido al desgaste del ejército alemán, los voluntarios españoles han tenido que extender su despliegue, lo que ha obligado a que la defensa carezca de la necesaria profundidad. El punto de ruptura ha sido muy bien elegido por el mando soviético, pues además de la insuficiente profundidad del despliegue español, la División Azul cierra dos vías de comunicación esenciales; la carretera y el ferrocarril Leningrado-Moscú. Si el mando rojo logra abrir brecha, y luego tras consolidarla y ensancharla, profundiza en la penetración y envuelve las alas del despliegue alemán, se puede repetir el éxito ruso de Stalingrado… y el desastre para el ejército alemán. Esa es la ambiciosa “idea de maniobra”. Por ello el mando soviético pone toda la carne en el asador.

Eran las 06:40, todavía no había amanecido, y se desató el vendaval de fuego con la preparación artillera (VER VÍDEO). La fría enumeración de los medios empleados durante más de dos horas por el ejército rojo, debe servir para hacernos una idea de aquel infierno. En el frente de ruptura el mando soviético empleó cerca de 800 piezas de artillería. Casi mil bocas de fuego si contamos cañones, obuses y morteros pesados. Además de los lanzacohetes Katiushas, los temidos “Organillos de Stalin”. Al cesar el fuego hizo su aparición la aviación soviética, empleando sobre treinta bombarderos y veinte cazas. Y cuando el mando ruso consideró que ya era imposible encontrar resistencia, ordenó el avance de sus fuerzas. Cuatro divisiones de infantería (entre 38.000 y 44.000 efectivos) apoyados por unos 100 carros de combate. Que si algunos eran los antiguos T-26, la mayor parte eran los temidos carros T-34 y KV-1 cuyas corazas eran invulnerables para las armas contra carro de las que disponía la División Azul. Frente a esta apisonadora de fuego y metralla, desplegaban sobre 5.000 españoles. Pues nos estamos ciñendo, no a los efectivos de la División, sino a los batallones desplegados en el frente de ruptura.

El tributo de sangre fue enorme. 2.252 bajas en unas horas. 1.125 muertos, 1036 heridos, 91 desaparecidos… y cerca de 300 prisioneros capturados, tras haber agotado las municiones. Por su parte los soviéticos tuvieron entre 11.000 y 15.000 bajas. Los españoles resistieron y los rusos ni pudieron romper el frente. Ni penetrar en profundidad ni envolver. No alcanzaron su objetivo. Fue pues una gran victoria defensiva de la División Azul. Se había combatido a una temperatura de 25 grados bajo cero.

Pero dejemos que narre sus vivencias alguien que lo sufrió. Y pudo contarlo

Ponte Anido corre hacia su heroico y sublime sacrificio

Aún no había amanecido y repentinamente se desencadenó una tempestad de fuego. Un soldado veterano distingue perfectamente el tronar de la pieza al efectuar el disparo y el reventar de la granada cuando se produce el impacto. Tiene incluso, en un frente estabilizado como era aquel, incrustado en su reloj biológico el tiempo que transcurre entre el sonido lejano que retumba y la explosión próxima mucho más atronadora, seguida del escalofriante sonido de la metralla rasgando el aire.

Habían pasado tan sólo unos minutos y se había desencadenado tal infierno que ya era imposible discernir entre el sonido de los disparos y las explosiones de las granadas: Tampoco distinguir entre calibres, orígenes de fuego y zonas de caída.

Pronto desapareció toda visión. La nieve pulverizada, como densa niebla, constituía una cortina infranqueable para los ojos, tras de la cual se apreciaba el relampaguear de las explosiones, siendo la intensidad del fogonazo, más que el propio sonido, lo que ponía en evidencia la proximidad del impacto.

Llevábamos ya casi una hora azotados por aquel vendaval de fuego y metralla. Ya no era posible ni hablar, ni ver, ni oír. Tampoco dar órdenes ni recibirlas. Las líneas telefónicas estaban troceadas o desaparecidas, al igual que las alambradas. La nube de nieve pulverizada que todo lo cubría, había dejado paso a una ciénaga de barro negro en suspensión que oscurecía aún más el cielo a pesar de que se iniciaba la alborada.

Última carta de Ponte Anido a su familia

Estábamos cuerpo a tierra, el suelo retumbaba y se estremecía. Ya no escuchábamos las explosiones, estábamos sordos pero seguíamos percibiendo el bombardeo porque la tierra nos transmitía las vibraciones y veíamos los relámpagos mientras alguna explosión próxima nos cubría de barro.

Por mucha artillería que tuviera el Ejército Rojo y por mucha munición que hubieran acumulado, tal intensidad de fuego no podía se eterna. Aquello no podía durar mucho más, y cuando se acabara, quienes vivieran para contarlo, tendrían que hacer frente a las inacabables oleadas de la infantería rusa acompañada por carros de combate con sus repetidos gritos de ¡Hurra! ¡Hurra! Y la consabida cantinela, cadenciosamente repetida al paso del avance, ¡Spanski kaput! ¡Spanski kaput!.

Yo pedía a Dios que llegara pronto tal momento, pues prefería morir viéndonos las caras y tratando de pararlos, que ser volatilizado por una granada de artillería sin tan siquiera poder vender caro el pellejo. Todo esto eran pensamientos difusos, mientras completamente aturdido eructaba gases con sabor a cordita y a trilita.

Hacía tiempo que aquel infierno parecía haber alcanzado su máxima intensidad y sin embargo, repentinamente, se incrementó el vendaval de fuego, así en la cadencia como en la potencia de las explosiones y entonces supe que había llegado mi última hora. Comprendí que tenía que morir.

Comunicación oficial del fallecimiento de Ponte Anido a su familia. Obsérvese que es del 3 de abril de 1943, y que siendo un documento oficial de la Alcaldía de Paderne, seguía figurando el escudo de la República en el sello, sin que se prohibiera o produjera escándalo por ello, muy distinto a la persecución que, con la infame Ley 52/2007, unos Gobiernos que se dicen «democráticos» ejercen sobre el escudo con el águila de San Juan y su proclamación de que España era, entonces, «Una, Grande y Libre».

Pues algo similar a esto debió sentir y vivir Ponte Anido. El caso es que terminada la preparación artillera, uno de los carros de combate que se habían infiltrado en el despliegue por la brecha abierta, se dirigía hacia el puesto de mando del batallón de zapadores haciendo fuego de cañón. Y se daba la circunstancia de que el puesto de mando, donde se acumulaban grandes cantidades de municiones, minas y explosivos, se encontraba muy próximo a una Isba transformada en puesto de socorro que estaba atestada de heridos. Un impacto del cañón en la Isba, o en el polvorín del puesto de mando, supondría la muerte de todos los heridos. Y es entonces cuando Antonio Ponte Anido, en un rasgo de valor y abnegación heroico, coge una mina contra carro y entre un diluvio de disparos cruzados de ambos contendientes, corre hacia el carro de combate enemigo y aprovechando los ángulos muertos, llega hasta él y logra introducir la mina entre la cadena y el tren de rodamiento. Vuela el carro… y él asciende a la inmortalidad.

Sabemos por las cartas escritas a su madre en noviembre, que pensaba pasar esa Navidad en casa, pues incorporado a la División Azul con el primer contingente ya se había iniciado el relevo y las repatriaciones. Relevo y repatriación que el inminente ataque ruso había suspendido. Pero sin embargo, al llegar el momento crucial del combate, no pensó que él ya había cumplido y que debía estar hacía tiempo en casa. No fue presa del conocido temor que vuelve cautos a los soldados cuando saben que están a punto de terminar y que se conoce con el significativo dicho de que “nadie quiere ser el último muerto de la guerra”. No, Antonio Ponte Anido era un soldado valiente y abnegado. Un español y gallego ejemplar. Por ello no dudó en presentar aquel épico y desigual combate entre el hombre y la máquina de guerra. Porque le incitó su hombría y su alma de soldado. Porque era un zapador y un héroe.

Dios lo tenga en su Gloria y quede imperecedera memoria de su gesta.

Como colofón un bochorno institucional    

Mientras el Ayuntamiento mantiene el nombre de Ponte Anido a una pequeña calle de la localidad…

El artículo 16 de las Reales Ordenanzas, dice textualmente: Los Ejércitos de España son herederos y depositarios de una gloriosa tradición militar. El homenaje a los héroes que la forjaron, es un deber de gratitud y un motivo de estímulo para la continuación de su obra. Pues bien, aunque tal artículo se siga recitando en los actos de honor a los Caídos, con inaudita mansedumbre, ante la imposición de la infame ley 52/2007 se ha proscrito la memoria de Ponte Anido. Al igual que la de otros héroes, por el simple hecho de que fueron combatientes contra el marxismo. La misma ideología que informa al gobierno que promulgó la Ley 52/2007 y la que está preparando otra ley todavía más infame: La Ley de Memoria Democrática. Pues bien, la injerencia de los políticos en la historia, las tradiciones y la moral de los ejércitos -gracias a la mansedumbre como ya se ha dicho, pero que es preciso recalcar- de quienes tienen la obligación de velar por el prestigio y moral de los ejércitos, ha suprimido de las efemérides toda referencia a cualquier hecho de armas, por muy heroico que sea, si corresponde a la guerra 1936-1939. Y lo que es todavía más inaudito; a la División Azul.

…Defensa –o sea, las Fuerzas Armadas–, con la excusa de la «Ley de Revancha Histórica», retiraron la placa dedicada a Ponte Anido que figuraba, como puede observarse, a la entrada del alojamiento de tropa que llevaba su nombre…
…así como también el cuadro que se encontraba en el zaguán de acceso a las oficinas de Mando del Bon. de Zapadores de la BRILAT.

Así lo comunicó en su día a las unidades el Instituto de Historia y Cultura Militar. Posteriormente se han redactado unas efemérides “oficiales” en las que por ejemplo, el día 10 de febrero no se conmemora la batalla de Krasny Bor (el hacerlo implicará el cese y arresto del jefe de la unidad) sino hazañas tan “gloriosas” para la historia de España como, entre otras, la creación de la Dirección de Integración de funciones Logísticas. Mientras, para más INRI, si buscamos en la página de efemérides hoy en la historia.com la correspondiente al 10 de febrero leemos: En el marco de las Segunda Guerra Mundial, se libra la batalla de Krasny Bor. La Wehrmacht, auxiliada por la división 250 de voluntarios españoles, la División Azul, vence a los soviéticos.

Ponte Anido

En este empeño de ocultar o profanar la memoria de nuestros héroes, vemos que al heroico cabo Antonio Ponte Anido (ascendió a cabo al serle concedida la Laureada, porque lleva implícito un ascenso) se le ha suprimido toda referencia en el ejército, “escondiendo” los cuadros y recuerdos que había en su honor. Llegando hasta quitar su nombre a la residencia de tropa que hay en el acuartelamiento Capitán Arenas de Melilla. No cabe mayor bellaquería. Y al igual que en el caso de las efemérides, para mayor vergüenza -y me duele decirlo como coronel de infantería retirado- en La Coruña, ciudad natal del héroe, el gobierno municipal del PSOE aún conserva una modesta calle -de apenas ochenta metros- con el nombre de Cabo Ponte Anido. A pesar de las presiones ejercidas por esas sanguijuelas ideológicas que engordan su patrimonio a costa de las inagotables subvenciones de la memoria histórica.

Y una consideración final. Esta vergonzosa pasividad del Ejército, al permitir que el artículo 16 de las RR.OO. sea pisoteado, so pretexto de cumplir con la infame Ley de La Memoria Histórica, es consecuencia de la antijurídica norma de que todos los destinos son de “libre designación” y que a la libre designación le corresponde el “libre cese” lo que ha introducido en los escalafones las lacras de la política. Y su consecuencia inmediata ha sido la emasculación de los ejércitos.

Si llegara a promulgarse la nueva Ley de Memoria Democrática, que está en proyecto, habrá llegado el momento de poner los atributos de mando -y viriles- sobre la mesa. El honor de los ejércitos y de sus héroes, así lo exige.

Publicado en La Razón en versión reducida por límite de espacio