Desgraciadamente la gloriosa gesta de los mártires españoles de la Cruzada ha estado oculta durante mucho tiempo y esta sí que es la verdadera historia que merece ser recordada sin que medie ningún tipo de manipulación interesada y sin a acomodaticios a lo políticamente correcto, por el contrario debe ser  traída a la memoria tal y como fue, no solamente para hacer honor a la verdad, sino también para que nos sirva de ejemplo y nos ayude a comprender  que el odio no es la última palabra, sino que la última palabra es la del amor, para alertar también a España y Occidente que tienen que despertar de su letargo  y sobre todo para hacer ver  a los cristianos tibios que tienen que poner fin a su falta de compromiso y dejar de mirar para otro lado, porque no nos vale eso de tener  encendida una vela a Dios y otra al diablo. Quiera Dios que por la gloriosa intercesión  de este ejército de santos y beatos llegue pronto la reconciliación real entre los españoles y aprendamos todos a perdonar y hacer posible que desaparezcan los odios y rencores y todos podamos vivir en paz sintiéndonos hermanos, sin ánimos de revanchismos y dejemos, por fin, que sea Dios quien juzgue lo que ya pertenece a la historia. Lo peor que podía sucedernos es que el derramamiento de su generosa sangre hubiera sido en vano, y que el oportunismo y la mentira  acabaran ensuciando sus nombres.     

En el año 2007 la Iglesia dejó incorporado en el Santoral  la fecha  del 6 de noviembre para celebrar la festividad litúrgica  con la que se quiere honrar la memoria de todos los  bienaventurados mártires  caídos  al grito de ¡por Dios y por España! ¡Viva Cristo Rey! Gesta gloriosa ésta que tuvo lugar en la  sangrienta persecución religiosa de los años 30, en la que fueron  brutalmente asesinados  muchos miles de católicos, por el mero hecho de serlo; hasta el mismo Madariaga se rinde a la evidencia para decir “ Nadie que tenga buena fe y buena información puede negar los horrores de aquella persecución durante años. Bastó únicamente el hecho de ser católico para merecer la pena de muerte, infligida a menudo de las formas más atroces” 

Después de tanto tiempo de estos tristes acontecimientos, ha quedado señalada una fecha para celebrar este acontecimiento histórico trascendental en esta pobre España del revanchismo y de los silencios cómplices.  La ley socialista de memoria histórica y el miedo reverencial a herir susceptibilidades de las fuerzas políticas, ha llevado a maquillar y tergiversar la verdad de este periodo histórico y a satanizar a la “Iglesia de la Cruzada”, que sin duda mereció otro trato del que se le ha dispensado o cuando menos, un cierto respeto, aunque solo sea porque muchos de sus miembros fueron víctimas, sufriendo en sus carnes torturas espantosas, alcanzando incluso la palma del martirio. A veces incluso, hasta los mismos cristianos  españoles  dan la impresión  de sentirse acomplejados de unos compatriotas suyos que asombraron  al mundo, tal como ponen de manifiesto estas palabras de Pio XII: “¿Cómo es posible que los españoles hayan olvidado a sus mártires a quienes yo me encomiendo todos los días”  o estas otras de Paul Claudel cuando decía: “ Con los ojos llenos de lágrimas te envío mi admiración y mi amor ¡Y decían que estabas dormida, hermana España! sólo parecías dormir porque de repente diste millares y millares de mártires.”.

En esta cruel persecución, posiblemente la más virulenta de la Historia de la Iglesia se puede hablar de más de 10.000 mártires en la que se vieron involucrados obispos, sacerdotes, clérigos, seminaristas, religiosos, monjas, seglares, muchos seglares honrados e inocentes, cristianos ejemplares de toda clase y condición; lo que se dice, una masacre en toda regla, que pudo haber acabado en un auténtico genocidio y con la desaparición en España de todo vestigio cristiano de no haber mediado una reacción bautizada como “Cruzada” que  acabaría poniendo fin  a  una matanza macabra que tuvo en Paracuellos su punto álgido

En cuanto al tema sobre quiénes fueron estos mártires y por qué entregaron su vida resulta ser un asunto bastante complejo y  para poder esclarecerlo se necesitaría de muchas páginas, dado el colectivo tan numeroso y variado al que nos estamos refiriendo, lo que sí considero oportuno es salir al paso de no pocas argucias, que para no caer en lo políticamente incorrecto, se han movido y aún se siguen moviendo en el terreno de la ambigüedad, de modo que  pareciera que no estamos hablando de personas normales y corrientes que vivían en el mundo terrenal, sino que se trataba de espíritus puros incontaminados, caídos del cielo, al margen de todo sentimiento político-social,  apartidistas,  amorfos, químicamente neutrales, en un momento decisivo en que tanto Roma como la Iglesia Española en bloque, se habían pronunciado de forma clara y  explícita a favor del  “movimiento nacional”, con todo lo que ello representaba. ¿Cómo concebir a unos santos y beatos indolentes, indiferentes, ajenos a lo que en su alrededor estaba pasando?  ¿Cómo imaginar a unos mártires abúlicos, apátridas cuando el patriotismo es un deber ineludible a todo cristiano, mucho más en un momento en que España era un caos y se estaba poniendo en peligro su fe?  ¿Por qué esa obsesión en desligar al mártir del héroe y del patriota, cuando sabemos que eso no fue así, ni pudo ser así?  Por supuesto que los mártires de la Cruzada fueron hombres y mujeres pacíficos, que murieron por amor a Dios y a imitación de Cristo lo hicieron sin odio, perdonando a sus verdugos, como no podía ser de otra manera, aun así, no fueron tan ingenuos que no se dieran cuenta que de una parte estaban los perseguidos y de otra los perseguidores, con finalidades bien opuestas.  ¿Como no se iban a dar cuenta que de una parte estaban los verdugos y de otra las víctimas inocentes?  ¿Por qué tan irresponsablemente se ha de ocultar su amor a la patria, cuando sabemos que una de las características de los santos es estar adornados de todas las virtudes, incluida la del patriotismo? ¿No estaremos maquillando la semblanza de estas vidas ejemplares para que nadie se sienta molesto ni culpable de nada?  Lo digo porque da la sensación de que  nuestros gloriosos caídos  cuya sangre clama al cielo, eran unos apátridas que nadie asesinó 

 

La verdad es que hay motivos más que suficientes para pensar que fueron muchos los enamorados de Dios que lo fueron también de su patria con unos valores y unas credenciales que supieron preservar y defender frente a los enemigos del cristianismo y de España. El ejemplo lo tenemos en un personaje religiosamente relevante de la época, como lo fue S. Rafael Arnaiz (El Hermano Rafael), uno de los más grandes místicos de los tiempos modernos. Pues bien, este oblato trapense, aun viviendo aislado en la Abadía de S. Isidro de Dueñas, no dejó de sentir la pasión por su querida España, la tierra de María. En 1936 fue llamado al frente y según él mismo nos contará en sus cuadernos, sufrió un gran disgusto al ser declarado no apto para el servicio militar, debido a la diabetes que padecía. Otro tanto puede decirse de la carmelita Santa María Maravillas, quien pidió permiso a las autoridades eclesiásticas para poder salir de la clausura, en su convento del cerro de los Ángeles, en caso de ser atacado el Monumento al Sagrado Corazón de Jesús.

 

 Los mártires españoles del 1936, tanto los canonizados como los que nunca lo serán, escribieron, sin duda, una de las páginas más sublimes del cristianismo y con su sangre, no solo testimoniaron su amor a Dios, sino que defendieron los valores humanos y religiosos que siempre caracterizaron a España y a la cultura occidental, en un momento de la historia donde el “Odium Dei” amenazaba con invadir hasta los más sagrados reductos y hoy después de casi un siglo sentimos la necesidad   de expresarles nuestra admiración y agradecimiento.