Los revisionistas históricos concluyen que la entrada de las tropas nacionales en Barcelona fue traumática y que el espíritu de la ciudad era republicano y contrario al ejército nacional. Este pensamiento ha calado en la una parte de la sociedad y, muchos de ellos defienden que Cataluña siempre estuvo en contra de la dictadura franquista.

 

Lo cierto es que, con el paso de los años se puede decir lo que uno quiera. Ahora bien, la realidad es una. En aquellos momentos la gente estaba harta de la guerra y lo que quería era volver a la paz y la tranquilidad. No querían más miseria. No querían más hambre. No querían más guerra. No querían más muertos. No querían… Prueba de ello son los ejemplos que pondremos a continuación, que desmontan estas especulaciones que nada tienen que ver con la realidad de lo que sucedió el 26 de enero de 1939.

 

Joan Font Peydró, soldado republicano escondido y desertor por no confiar en la victoria, nos ofrece el siguiente testimonio:

 

“Cuando llegamos a la Diagonal, la bandera que vimos pasar desde el balcón apenas ha podido recorrer unos metros. Los primeros soldados desaparecen entre una muchedumbre que los abraza, que los vitorea, que besa la bandera. Esto no se puede describir. Hay que vivirlo para tener una idea de tales momentos. Van llegando más tropas. Y es un río de gente el que los asalta (…) Un enorme trimotor vuela bajísimo a lo largo de la Diagonal. Miles de niños le saludan. Unos tanques van caminando airosos; pero casi no se los ve. El gentío se ha encaramado en ellos y tremolando banderas y vitoreando a España y a Franco, los hace desaparecer entre olas de alegría. Ya ha llegado la noticia a todas partes.Barcelona se ha lanzado a la calle. Y se desborda de entusiasmo. Llegamos a la plaza de Cataluña. Brillan algunas luces. Empiezan a rasgarse las tinieblas. Todo parece un sueño. En todas partes, el mismo entusiasmo. Y banderas españolas. ¡Muchas banderas!”.

 

El historiador inglés James Cleugh escribió al respecto:

 

“Los soldados eran obstaculizados en su avance, no por la resistencia del enemigo sino por las densas multitudes de demacrados hombres, mujeres y niños que afluían desde el centro de la ciudad a darles la bienvenida, vitoreándolos en un estado que bordeaba la histeria.

 

El general Juan Yagüe Blanco afirmó:

 

“Nos han hecho el recibimiento más entusiasta que yo he visto (…) He asistido a la conquista de las cuatro provincias del Norte: he paseado la bandera nacional y el escudo de Navarra por Aragón, por Castellón, por todas partes y en ningún sitio, os digo, en ningún sitio nos han recibido con el entusiasmo y la cordialidad que en Barcelona”.

 

Julián Zugazagoitia, en su obra “Historia de la Guerra en España”, editada en Buenos Aires en el año 1941, describe lo siguiente:

 

“¿Tan angustiosa resulta ser la situación? ¿Es que no vamos a ser capaces de prolongar la defensa de Cataluña dos, tres meses? ¿Qué menos que tres meses, en efecto, debía costar a los rebeldes la toma de Cataluña? Se especulaba con la resistencia de Barcelona. La ciudad, en concepto de los más, estaba bien preparada para repetir el gesto de Madrid. Conclusión: el material esperado llegaría a tiempo para sernos útil. Leyendo los partes secretos, el optimismo de esa conclusión se extinguía. La resistencia de nuestras unidades, agotadas, desmoralizadas, desnutridas de combatientes, disminuía considerablemente”.

 

El General Vicente Rojo comenta la caída de Barcelona con frases como éstas:

 

“Por eso no es exagerado afirmar que Barcelona se perdió, lisa y llanamente, porque no hubo voluntad de resistencia, ni en la población civil ni en algunas tropas contaminadas por el ambiente. La moral estaba en el suelo. Todos los elementos que daban calor y ánimo a la tropas habían desaparecido salvo honrosas excepciones. La población estaba cansada de la guerra, aunque no agotada por los sufrimientos y el hambre y sólo pensaba (desde mucho antes de la llegada de las tropas enemigas ante la ciudad) en el problema de terminar pronto. Por eso permanecía recluida en las casas que, a su vez, sirvieron de refugio de deserción a los procedentes del frente que tampoco querían combatir, convirtiendo aquel casco urbano de un millón de almas en un páramo desierto espiritualmente”.

 

 

 

Dolores Ibarruri, “La Pasionaria”, comentó:

 

“La pérdida de Barcelona fue un golpe muy serio a la resistencia republicana. Las comadrejas de la capitulación salían de sus agujeros y enseñaban sus dientes amarillos mordiendo donde podían”.

 

Para conocer con era la vida cotidiana de la Barcelona de los últimos días de la guerra civil, es interesante conocer el artículo publicado por Louis McNeice, en el diario The Spectator de Londres. Fue publicado en 20 de mayo de 1939 y relata los días que estuvo en Barcelona. En concreto del 29 de diciembre de 1938 al 9 de enero de 1939:

 

Estuve en Barcelona del 29 de diciembre al 9 de enero de 1939. El 9 de enero es el día que vi cosas más sorprendentes. En Toulouse, donde aterrizó el avión que nos llevaba a España vi: comida en las tiendas y en las paradas de las calles, bebidas en los cafés, gente bien vestida, las farolas encendidas. Sólo faltaban diez días por encontrar estas cosas sorprendentes. Había llegado en Barcelona por la noche, las calles son de barro pero hasta los topes, una sensación de miles de personas circulando a tu alrededor toda la noche. Esta es una de las cosas que se encuentra con abundancia aquí: seres humanos.

 

Dos millones y medio ahora, contra el millón de antes. Las vidas de esta gente se han simplificado mucho y se han asimilado las unas a las otras. Los temas de conversación son pocos y universales, el dinero ha perdido su fuerza simplificadora y todo el mundo, piensa, está por necesidad en la misma barca. Por esta razón uno oye mucho en casa, en las oscuras calles de Barcelona. Puede haber amargas discordias entre los políticos, pero la gente de las calles, me parece, han formado un partido familiar -o, si lo preferís, se agarran a la misma cuerda-, unidos por las necesidades materiales, por el hambre, por el miedo de una muerte repentina que ensalza los valores de la vida. No he estado nunca en ninguna parte dónde estos valores fueran tan patentes. Sería difícil ser un Hamlet en Barcelona.

 

Las tiendas son fantasmas de tiendas, sólo abiertas por la mañana, los mostradores y los estantes vacíos, un objeto cada dos metros. Los cafés son fantasmas de cafés -no hay café, cerveza, alcohol ni vino-. La gente se conforma con una agua teñida que se denomina limonada, o con un vermut terriblemente degradado (en cambio, había un cuarteto de cuerda en un café). Cierran a las nueve, las sillas se amontonan en las mesas. Pero la gente, aunque delgados, y a menudo enfermos, no son ni mucho menos fantasmas de gente. En una ciudad en guerra la información es siempre incierta. ¿Cómo puede saberse lo que pasa en el frente o desenredar los nudos paradójicos de la política de los partidos españoles, o distinguir la verdad de la propaganda? No obstante, hay un hecho que es tan claro -y refrescante- como la luz del día: la extraordinaria moral de esta gente, su coraje, buen humor y generosidad.

 

Su fuerza, ni que decir tiene, puede ser también su debilidad. El optimismo del gobierno ya ha supuesto varias ganancias para Franco. De lo contrario, mientras es cierto que un pueblo se ha de adaptar obviamente a las condiciones de guerra, no parece del todo deseable que la guerra haya de convertirse en un hábito tan consumado como aquí en Barcelona. Se tiene la sensación de que la gente ha olvidado casi la paz y podría ser que no supieran que hacer si llegara. Con todo, sin esta confianza y esta adaptación a las circunstancias bien seguro que Barcelona ya se habría entregado a Goliat. Su gente es esencialmente, no-derrotista. Nadie este fin de año admitió, ni que fuera un momento, que la actual ofensiva de Franco podía tener éxito. En un distrito industrial vi cómo reconvertían un cine y un teatro en un nuevo comedor infantil.

 

En esta ciudad, en otro tiempo la ciudad de los taxis y de los cafés, ahora te has de desplazar a pie. Y en lugar de cócteles y ágapes de siete platos hay colas por comer el racionamiento de las bellotas, un cucharón de lentejas para cenar. La gente normal y corriente no puede comprar comida pero puede obtenerlo con intercambios: jabón, mecheros y tabaco son las mejores monedas. (Me han dicho que los árabes venden jabón al puerto a doscientas cincuenta pesetas el kilo.) En mi hotel tenían un exceso privilegiado a la comida a precios de fantasía: un plato de garbanzos a 30-40 pesetas, carne de caballo con nabos cortados a 45, arengadas fritas (una comida exquisita) a 60. El supervisor de un comedor cobra unas 400 pesetas al mes. El racionamiento (está siempre disminuido) es por ahora el siguiente: pan: 150 gramos por día excepto los domingos. Garbanzos (100 gramos) y guisantes (50 gramos). Con un ticket, pero de esto sólo puedes coger una vez por semana y, a veces una vez al mes. Aceite: 1/4 de litro, no hay desde hace tres meses y el que había era como aceite de máquina. Los tickets de racionamiento ya no sirven para el pescado desde hace dos meses, ni para la carne desde hace un mes.

 

Los que en lugar de la cartilla de racionamiento van a los comedores, me parece que están mejor porque al menos saben lo que comerán. Y los niños tienen prioridad. Debido a esto su dieta está causando un vasto incremento del raquitismo y de las enfermedades de la piel como la sarna. Habría de añadir lo siguiente: la gente que trabaja en los comedores siempre están, invariablemente, de buen humor, son amables y estrictamente afectuosos.

 

En estas situaciones, las estadísticas son más importantes que las impresiones, pero aquí tenéis algunos recuerdos de mi visita. El canto de los gallos: es el sonido más característico de Barcelona (cómo si salieran gallos a Picadilly). Mucha gente guarda gallinas o conejos a los balcones. Carencia de tabaco: dar 670 a un hombre un pitillo es darle el reino de los cielos. Un anochecer di tres pitillos a un español y al día siguiente me envió una rebanada de pan envuelta con papel para compensarlo.

 

Colonias de refugiados: a menudo en conventos rehabilitados, camas tenebrosas bajo arcadas góticas, viejas con los ojos enfermos explicando chistes sobre Mr. Chamberlain. Escuelas: carencia de maestros para los niños limpios (lavados con agua fría) y felices, las paredes a menudo decoradas con pósters de Walt Disney -el lobo malo representando el fascismo- o con el marinero Popeye echándole el lazo a Mussolini. Todos los niños parecen ser artistas naturales; en algunas escuelas aún imprimen sus propios poemas y linóleos. Bombardeos: La sirena es como la voz de un alma perdida, pera es bonito oír y ver las defensas antiaéreas, bolas de algodón flotando en el aire en el azul del día o relámpagos blancos por la noche. Los focos son viejos, también, y el rastro rojo de las alas que flotan arriba suavemente en cadena casi con ineptitud como decoraciones de feria. Tras un bombardeo en pleno día de fin de año, las calles quedaron llenas de cristales rotos y la gente se agrupaba por mirar una pared toda manchada de sangre. En Tarragona, durante una alarma, cuatro chicas hacían saltos por la plaza, cogidas formando un círculo. Ruinas: Cerca de la Catedral un edificio de seis pisos quedó sin fachada y sin los suelos.

 

En el piso de arriba se veía un escurreplatos clavado en la pared con todos los platos intactos y una estantería con dos botellas en perfecto estado. El distrito de la esquina del puerto, la Barceloneta, ha sido evacuado. Las calles son simples ruinas y las casas son como calaveras. Ironía: el Banco de Vizcaya aún anunciaba las cotizaciones de la bolsa del 17 de julio de 1936, y en las farmacias venden un tratamiento para la obesidad. Entretenimientos: Cada viernes por la tarde un concierto de orquesta multitudinario en el enorme Teatro del Liceo. Todos los cines y teatros funcionan. Un documental sobre una elegante exhibición de perros en Moscú. Y la gente que aún juega a pelota vasca. Pero el zoo es macabro: un oso polar 90% muerto, un canguro comiendo hojas secas.

 

En el aeropuerto de Barcelona encontré un marinero americano, un ex-miembro de las brigadas internacionales, bajo, cuadrado y forzudo, con cara de gángster. En la solapa traía la insignia de todos los partidos del gobierno. Para causar buena sensación, me dijo: me expresó la más gran admiración por los españoles, incluso, pese al que opinan algunos, por los soldados. Compartí su admiración y mientras el avión dejaba los Pirineos atrás voy dirección a un país donde el dinero aún corre, sentí que mi descenso hacia este respetable paisaje no era sólo un descenso en metros sino también una bajada hacia el mundo”.