La Legión Española ha cumplido cien años. Continuando con nuestro periplo a lo largo de 1920 hoy nos vamos hasta el día 27 de septiembre. ¿Qué ocurrió ese día?, ¿por qué es una fecha importante para la Legión Española?

Recordemos que, siendo ministro de la Guerra don José Villalba Riquelme, su majestad Alfonso XIII había firmado el real decreto para la fundación del Tercio de Extranjeros (28-I-1920). El cambio de Gobierno producido en julio llevó la cartera de la Guerra a manos de don Luis de Marichalar, vizconde de Eza. Él se encargó tanto de nombrar jefe de dicha unidad al entonces teniente coronel Millán-Astray (2-IX-1920) como de formalizar el destino del primer grupo de jefes y oficiales legionarios (Diario Oficial del Ministerio de la Guerra de 28-IX-1920):

 

«Circular. Excmo. Sr.: El Rey (q. D. g.) se ha servido disponer que los jefes y oficiales de Infantería comprendidos en la siguiente relación, que principia con D. Francisco Franco Bahamonde y termina con D. Luis Pardo Alvarez, pasen destinados al Tercio de Extranjeros, creado por real orden de 4 del mes actual (D. O. núm 199); debiendo incorporarse a su nuevo destino con toda urgencia.

      De real orden lo digo a V. E. para su conocimiento y demás efectos. Dios guarde a V. E. muchos años.

Madrid 27 de septiembre de 1920.

                                                                                                                 Vizconde de Eza

Señor…

Relación que se cita

Comandantes

D. Francisco Franco Bahamonde, del regimiento Príncipe, 3.

» Adolfo Vara de Rey Herrán, de la zona de Segovia, 40 (Comisión mixta)

Capitanes

D. Justo Pardo Ibáñez, del regimiento Príncipe, 3.

» Luis Valcázar Crespo, del regimiento Príncipe, 3.

» Eduardo Cobo Gómez, del regimiento Saboya, 6.

» Pablo Arredondo Acuña, del regimiento Wad-Ras, número 50.

Tenientes

D. Ignacio Olavide Torres, del regimiento Serrallo, 69.

» Javier Castro Calzado, del regimiento Covadonga, 40.

» Camilo Menéndez Tolosa, del batallón Cazadores Figueras, 6.

Tenientes (E. R.)

D. Luis Gracia Bastarrica, de la Sección de Ordenanzas del Ministerio de la Guerra.

» Julián Garrido Cañavate, del regimiento Wad-Ras, 50.

Alféreces

D. Joaquín Nieves Herrero, del Grupo de fuerzas regulares indígenas de Melilla núm. 2.

» Luis Pardo Alvarez, del regimiento Ordenes Militares, 77

Madrid 27 de septiembre de 1920.- Vizconde de Eza

(sic)»

 

El que esta circular afirme que el Tercio había sido creado el día 4 tiene su parte de razón, pues ese día se publicó la orden para su organización; pero eso es otra cuestión que podemos tratar en próximos artículos. Por el momento nos centraremos en el hecho de que estos destinos se publicaron pocos días después del alistamiento de los primeros legionarios (20-IX-1920) de ahí que se manifieste la urgencia de la incorporación.

Presuponemos que todos ellos cumplían con el perfil que Millán-Astray consideraba necesario para formar parte de su equipo. Pero ¿con qué tipo de hombres quería Millán-Astray compartir su proyecto estrella?, ¿cómo quería que fueran los jefes y oficiales que tendrían que transformar aquel colectivo de voluntarios en soldados a los que, como indicaba en 1923 Ernesto Giménez Caballero, se miraba con seriedad?

Para tratar de conocer su opinión, nos acercaremos a varios de sus escritos. En uno de ellos, folleto lo denomina su autor, titulado El oficial. La norma de conducta de los militares es la vía de los caballeros, se exponen las características que debe tener un oficial del Ejército y, en particular, un oficial del Tercio;  transmitiendo la idea de que el militar es un hombre que dedica su vida a una actividad, que pasa de ser únicamente profesional, para convertirse en una forma de vida, «en una misión superior». Aunque la publicación es de 1920, el hecho de que su autor hable de Legión Extranjera y no de Tercio de Extranjeros, nombre con el que se había creado la unidad, puede llevar a pensar que fue escrito con anterioridad a la fundación, probablemente, como consecuencia de su visita a Argelia en otoño de 1919. Pero también podría ser una reivindicación de Millán-Astray que era partidario del término Legión. Tras indicar que el texto se escribe desde la humildad, manifiesta que la importancia de los oficiales y suboficiales viene dada por su contacto con el grueso de la tropa, lo que les hace directamente responsables de su preparación tanto física como psicológica; añadiendo que son los que mejor conocen la situación real de la unidad y por ello son responsables de transmitirla a sus superiores.

Partiendo del hecho de que el militar profesional ha de ejercer su actividad tanto en la paz como en la guerra, afirma que el oficial debe contar con dos tipos de «potencias: espirituales y corporales». En el primer grupo identifica tres de ellas: el valor manifestado en la obediencia como «expresión más elemental del valor militar», la inteligencia y la ecuanimidad o capacidad para reaccionar correctamente ante lo inesperado. Respecto a las potencias corporales afirma que «a los fuertes y robustos les es más fácil cumplir su misión, pero los menos fuertes y robustos, sirven perfectamente».

Resume los ideales de un militar en los de la patria, indicando que son necesarios para «vivir por algo y para algo, para no vivir tan solo para no morir». A los citados ideales añade otros como el engrandecimiento de la patria y el acrecentamiento del espíritu militar,  que únicamente adquieren sentido cuando se cuenta con los primeros. Es difícil pensar que alguien que se ocupa de proporcionar a sus subordinados ideales que les ayuden a que la vida sea algo más que «no morir», pudiera dar vivas a la muerte como se le llegó a atribuir en los años cuarenta.

Para hablarnos del comportamiento que se espera de un oficial nos traslada al Japón del Bushido o vía de los caballeros, texto que él había traducido del francés, estableciendo tres ejes: el honor, el valor y la cortesía, concluyendo que la norma de conducta del militar «puede reducirse a Honor con Valor, Cortesía, culto a la Patria y Veneración al Rey como representante de ella y Jefe Supremo del ejército (sic)». A todo esto añade la capacidad que deben tener los oficiales para relacionarse con superiores, compañeros e inferiores. Respecto a los primeros indica que el oficial debe hacerse querer y desear. Para tratar con sus iguales recomienda ser sencillo y afable y para tratar con los inferiores ser sencillo, afable y enérgico.

Para Millán-Astray una virtud angular del oficial es el compañerismo, imbricado de tal forma en la vida castrense, que alcanza, incluso, a los militares que forman en los ejércitos enemigos y considera necesario ponerla en práctica tanto en la paz como en la guerra.

Respecto a la formación de los oficiales, y dada la influencia que tendrán sobre el valor de la tropa, recomienda que sean instruidos porque únicamente así serán capaces de pedir a sus soldados el esfuerzo útil, sin obligarles a correr riesgos innecesarios. En línea con esta opinión afirma que la ignorancia del jefe «es nefasta, le hace irresoluto y timorato y pierde rápidamente la confianza de sus soldados (sic)». Considerando que la tropa es el juez más severo que tiene el oficial, éste debe ser un ejemplo, evitando actitudes y palabras que lleven a sus efectivos a dudar de su aptitud para dirigirles, especialmente en acciones de riesgo para sus vidas.

Como consecuencia de todo lo anterior, indica que la mayor responsabilidad del jefe es saber mandar con órdenes claras y precisas, conocer las capacidades de los que deben ejecutarlas y vigilar su ejecución.

Por si hubiera quedado alguna duda, tres años más tarde, Millán-Astray abordaba de nuevo, en su obra La Legión, el análisis de la actitudes y aptitudes con las que deberían contar los oficiales del Tercio de Extranjeros cuya misión era convertir en soldados profesionales a hombres que, según nos dice, se habían alistado motivados por:

«La complejidad humana. Las pasiones y las necesidades, los vicios, el desarraigamiento social, la sed de glorias, el afán de vivir o el deseo de morir, el haber buscado y buceado en dónde sustentarse, encontrando la nada […] La desesperación, el hambre. ¡El amor!».

A todos estos argumentos añade algunos menos prosaicos como, la buena comida, la paga, una casa o el brillo de las armas. La Legión, que según afirma Millán-Astray pide pero también da, acogía a aquellos hombres que, mayoritariamente, «no tenían otro medio de vida… ni de muerte» sin preguntar quiénes eran ni de dónde venían. Según afirma: llegaban como aquellos que acuden a los conventos para quedarse, siendo recibidos en Ceuta, en el Cuartel del Rey, con una referencia tanto a la gloria que podían alcanzar como a los castigos que sufrirían si cometían graves faltas:

«Bienvenidos a la Legión. En ella encontrareis cariño, amparo, una familia. Se os pide: Ser bravos y disciplinados. Se os exige obedecer las órdenes militares ciegamente. Entráis en un Cuerpo glorioso, gloria que se alcanza con las vidas y la sangre de los legionarios. Es, pues, preciso estar dispuestos: a morir cuando lo reclame el deber; a sufrir fatigas, privaciones y dolores de crueles heridas. También hallaréis todo lo que se os ha prometido de vuestros sueldos, comida, ropa y ascensos y recompensas. Igualmente sufriréis duros castigos si cometéis graves faltas…».

 

De los oficiales que iban a convertir en soldados profesionales a estos voluntarios nos dice el entonces teniente coronel que «llegaron unos buscados y requeridos, otros llamados por los compañeros, los demás, por su propio y espontáneo deseo». A diferencia de la fórmula utilizada para recibir a los voluntarios, las palabras de bienvenida que se dirigía a los oficiales hablan del sacrificio que se les iba a exigir:

«Aquí se viene a sacrificarse, el sacrificio mayor es que hay que dejar la vida del mundo y vivir sólo para la Legión, que es un Cuerpo naciente. Se acabó por ahora la población. Habrá, por lo tanto, que estar siempre en el campo, y por último, aquí se ha decidido no jugar a ningún juego de naipes».

 

Tras el saludo de rigor, el ya oficial del Tercio recibía una copia del Credo legionario que debía transmitir a sus efectivos, folletos con instrucciones para el adiestramiento de la tropa y por último un abrazo «apretado, diciéndoles, buena suerte, hijo mío, y ahora mismo al campo». Ellos serían los encargados de hacer que la Legión proporcionara «un hogar a la tropa y a todos un lugar de hermanamiento». La falta de personal de aquellos primeros momentos obligó a los oficiales a realizar funciones subalternas, algo que, en opinión de Millán-Astray, no generó nunca problemas. Uno más de los muchos aspectos por los que atribuía el éxito de la Legión al trabajo realizado por el conjunto de los primeros jefes y oficiales, aquellos que le fueron destinados por real orden circular de 27 de septiembre de 1920.

El Tercio de Extranjeros, hoy Legión Española, comenzaba a construir, de la mano de aquellos hombres, la estructura organizativa, gracias a la cual hoy, un siglo después, es considerada una unidad militar de referencia.