Se puede afirmar que, históricamente hablando, los nacionalismos surgen en España del Carlismo y que estos se dan en el territorio donde se levantaron contra el liberalismo de la época que, ya quisiéramos ahora, era más patriótico que la derecha actual.

En Vascongadas y Cataluña, así como en parte de Navarra, cabe situar tres grandes contenciosos según el catedrático de Comunicación de la Universidad del País Vasco, Zallo Elguezabal, todos ellos derivados del conflicto de sucesión a la Corona en el Siglo XIX.

En primer lugar, tenemos un contencioso sobre el sujeto y el marco de la soberanía, sobre el modelo de estructura del Estado y que cabe resumir en el dilema nacionalismos periféricos versus España. Es un contencioso con una vertiente externa principal como son el choque entre poderes y símbolos constituidos o emergentes, pero con una vertiente interna derivada, en tanto interpela a la ciudadanía de estas Regiones.

No hay que olvidar que, en cualquier país, la aceptación de las reglas de juego democráticas que aquí se han roto, de mayorías y minorías, está condicionada a la previa aceptación del cuadro de juego en el que se desarrolla y en el que se ejerce la soberanía, así como a la demarcación en la que se dilucidan sus resultados. Durante muchos años y con estrategias y procedimientos mucho más que discutibles, algunos de ellos aberrantes como el terrorismo o la persecución social a los no nacionalistas y el adoctrinamiento en las escuelas, sólo los partidos radicales de la izquierda nacionalista consideraron la revisión del marco estatutario y constitucional como un tema de actualidad.

Hoy lo plantean también otros partidos de izquierda estatales que, parece, consideran agotada o vaciada esta experiencia. Lo que puede ser llamada una nueva mayoría en el Parlamento de España a raíz del pacto de lo que era hasta no hace mucho la oposición, cuestiona el sujeto y marco de la soberanía y, una parte de ella, recuerda además que quedaron expresamente reservadas como cuestiones pendientes para el futuro en las Disposiciones Adicionales de la Constitución y de los Estatutos.

Hay un problema político por el simple hecho que así lo siente un sector muy amplio de vascos y catalanes, sean o no mayoritarios a la hora de contar los votos en las urnas. Esa subjetividad tiene sus anclajes en la historia y se vertebra desde las ideologías, las experiencias y la credibilidad de los portadores de proyectos que son los partidos. Y es que, en las sociedades en conflicto, como lo son estas dos, se suelen erosionar con el tiempo legitimidades y anuencias con los marcos prefijados de convivencia.

Son dos pueblos, aunque no me guste denominarlos de esta manera, inmaduros que necesitan tutelas y que justifica a aquellos que niegan la revisión mediante consulta, del cuadro jurídico-institucional del que nos dotamos hace cuarenta años en condiciones bien distintas y con unos líderes políticos muy maduros.

En segundo lugar, en sociedades heterogéneas como la vasca y catalana, se trata de la conformación de la propia identidad cultural colectiva del sujeto que se reconoce como comunidad sicológica diferenciada, propio de los nacionalismos excluyentes.

No tenemos en España resuelta la cuestión de la identidad colectiva ni en lo cultural ni en lo político, problema acrecentado con la Ley de la Memoria Histórica. Un proceso que requiere muchos años y que trata de los perfiles culturales de una comunidad constituida como un espacio público y simbólico con que el individuo se identifica y en el que se socializa. Mucho menos ahora en estas Regiones caracterizadas en los dos últimos siglos como rebeldes.

En los Estados-Nación, identidad y Estado se definen mutuamente, sin discusión. Decir Suecia o Dinamarca nos remite a un País, a una cultura y a una ciudadanía. En España no ocurre este relato. La palabra España está casi prohibida y, para muchos, se asocia a la derecha más recalcitrante, uniformista y centralista olvidando que fue esa derecha la que produjo el cambio político a la muerte del Generalísimo intentando cerrar de una vez por todas las heridas producidas en estas Regiones desde las guerras Carlistas.

En cualquier caso, la identidad no se puede definir por un ideal o una meta, sino como un resultado de interacciones y no es legítimo que se gestionen desde Madrid con medidas de discriminación positiva como así parece que se ha hecho en Vascongadas y Navarra con los fueros, entendidos como conjunto de privilegios o exenciones jurídicas de las que goza un territorio, y en Cataluña con el Estatuto.

El tercer contencioso es social y reproduce el modelo de sociedad entre clases y grupos sociales y la confrontación entre parámetros como igualdad o y desigualdad, solidaridad o individualismo, cooperación o competencia y que se expresan en conflictos de alta visibilidad como la reconversión industrial en Vascongadas y que hacen que tengan sentido los sindicatos, o los conceptos de izquierda y derecha, o surjan colectivos reivindicativos temáticos o el voluntariado.

En resumen, estos son los tres puntos más importantes que definen unos conflictos centrales, el político, el cultural y el social, en estas Comunidades.