Cierro los ojos y lo veo como si hubiese pasado ayer...y apenas tendría 3 años (me consta porque aún no había nacido mi hermano Juan y le llevo justo eso,3 años). Yo estaba sentado frente a la boca del horno contemplando las llamas del fuego que ardían dentro como un bobo, fijamente, con los ojos como platos...¡aquellas llamas, mitad amarillas mitad rojas y a veces negras!.A mi alrededor había muchas mujeres y algunos hombres que esperaban su turno ante el pequeño mostrador tras el que mi madre iba vendiendo el pan de esa mañana. Nadie pagaba con dinero, pues el pan estaba racionado y cada cual tenía que entregar un cupón de su cartilla, previamente concedido, con sellos y firmas, por el Ayuntamiento. Pero, yo no me daba cuenta de nada porque mis ojos no se apartaban de las llamas y el fuego...y si apartaba la vista en algún momento allí estaban, a la izquierda, hecha de ladrillo y yeso, una pequeña hornacina donde después se irían echando las cenizas y a la derecha un gran cubo, de más de un metro de altura y medio de ancho, donde se depositaban los restos del fuego que aún no se habían consumido del todo para que, bien cerrado el cubo, se transformasen en picón ( ese picón se aprovechaba después para los braseros, que eran la "calefacción" de entonces. El de "La chiquita piconera" de Romero de Torres). ¡Ay, aquellas llamas y aquel fuego no los he podido borrar de mi mente a pesar de mis muchísimos años!

Tantos que luego, mucho después, todavía me pasaba horas enteras, leyendo o escribiendo, ante la chimenea de mi casa de la Sierra madrileña, donde, por cierto, aprendí que las llamas de la encina, o del álamo, o del pino, o del olivo, son bien diferentes y cada una tiene su lenguaje propio.