En fechas pasadas supe del inminente estreno televisivo de la serie “La Fortuna”, la historia anovelada del largo proceso judicial en el que se personó el Gobierno de España para recuperar, al menos en parte, el tesoro habido en el pecio de la Fragata de guerra “Nuestra Señora de las Mercedes”, expoliado por la empresa norteamericana de rescates marinos “Odisea”, con razón social en Tampa (Florida).

No voy a negar que aquella noticia me causó, cuando menos, sorpresa, acostumbrado a que todo lo relacionado con nuestra historia, que no sea glosar las “bondades” de la tan añorada República o de su sectario y criminal frente popular, no suele tener cabida en casi ninguna de las cadenas generalistas de la “caja tonta”, debidamente aleccionadas e incentivadas economicamente.

Por otra parte, conocía la historia de la Fragata de la Real Armada “Nuestra Señora de las Mercedes” por haber tenido la oportunidad, en su día, de visitar la exposición que, de su valioso tesoro, se abrió en el Museo Arqueológico Nacional, pese a que me quedé con las ganas, por desconocimiento, de otra sobre el mismo asunto expuesta en el Museo Naval de Madrid. Incluso, en mi biblioteca, conservo el magnífico catálogo editado con motivo de esta impresionante muestra.

La historia de la Fragata de Guerra de la Real Armada “Nuestra Señora de las Mercedes”, un navío de treinta y seis cañones, construido en los Astilleros de La Habana entre 1786 y 1788, constituye un capítulo más de la siempre artera y miserable forma de actuar de la pérfida Inglaterra a lo largo de la historia.

En este caso, sin encontrarnos en estado de guerra con los británicos, una Escuadra de aquella nacionalidad cañoneó a la Fragata, el 5 de octubre de 1804, en las proximidades del Cabo Santa María, hundiéndola, cuando regresaba, junto con otros buques de la Real Armada, del puerto de El Callao transportando caudales destinados a prepararnos para una eventual entrada en guerra como aliados del sátrapa Napoleón.

La serie, dirigida por Amenabar, prometía, antes de visionar el primero de sus capítulos, despertar todo mi interés, sin embargo, pronto, como se suele decir, mi gozo cayó en un profundo pozo, ya que, una vez más, observé como, a cada paso, en cada fotograma, comenzaban a aflorar los tradicionales arquetipos de la izquierda y su discurso sectario y miserable al que nos tienen tan acostumbrados.

Lo que, en un principio, tendría que ser el fiel reflejo de un largo proceso judicial emprendido por España para recuperar lo que le pertenecía, introduciendo si se quiere una serie de elementos propios de las novelas de intriga con el fin de hacerla más interesante y digerible para el telespectador, sin olvidar hace especial hincapié en la actitud canalla de la marina de su graciosa majestad, pronto se convirtió en una glosa de los principios ideológicos de la izquierda y ultraizquierda y de la cultura globalista reinante, apareciendo arquetipos del tradicional discurso de estas corrientes que ni tan siquiera vienen al caso.

Parte del tesoro recuperado del pecio de la Fragata

La trama gira en torno a dos personajes principales. Por una parte, un joven, perteneciente a la Carrera diplomática que, desde el minuto uno, lo presentan, hiperbólicamente, como educado, cortés, elegante y acobardado al que pretenden dibujar como el típico “niño de derechas”, heterosexual, amante de la familia y de los principios en los que se fundamenta nuestra cultura tradicional.

En contraposición, aparece una joven, supongo que posmoderna, una feminazi que se autodefine como lesbiana -este arquetipo no podía faltar, aunque no venga a cuento-, de izquierdas -tiene toda la pinta de pertenecer a la maldita podemía, pese a que físicamente está de bastante buen ver-, contestataria y contraria a cualquier principio que no sean los que nos quiere vender la “pijoprogresía” imperante y que, a la postre, sin que, a buen seguro, esa sea la intención del que parió este bodrio, resulta soberbia, maleducada, impertinente, intolerante e intransigente.

A partir de esta somera presentación comienzan a aparecer en escena todos los demás ingredientes de este pernicioso caldo de cultivo. De entrada, pronto nos enteramos de que esta individua estudió arqueología forense con el fin de poder localizar los restos de su buen abuelo rojo, asesinado por los siempre malvados fascistas en la guerra civil, un arquetipo que no podía faltar en una serie que se precie, faltaría más.

La maldad del director y del guionista de la serie se va poniendo de manifiesto paso a paso, utilizando para ello toda suerte de mensajes subliminales. Por ejemplo, una de las principales fuentes de información para descubrir la verdadera localización del pecio, en contraposición con la facilitada por la empresa “Odisea”, la obtienen de un pescador gaditano al que representan como un vago borracho, exlegionario para más señas, español de pro, al que la “pijoprogre” protagonista tilda, de inmediato, de facha. Otro mensaje que no podía faltar ya que, todo aquel que se sienta y se defina como patriota, es un facha irredento.

Por descontado, si atendemos un poco a los mensajes que nos trasmiten los distintos capítulos de esta serie, encontraremos vagas referencias, muchas de ellas de forma subliminal, a la incompetencia de la Armada y de la Guardia Civil para seguirle la pista al barco de “Odisea” que localizó el pecio. Es verdad que tales comentarios van entre líneas, supongo que por el hecho de que la Armada permitió rodar algunas tomas a bordo de uno de los buques de transporte anfibio, no recuerdo si se trata del “Galicia” (L-51) o del “Castilla” (L-52) y que la Guardia Civil también aportó alguno de sus medios.

También, nos encontramos con otro estereotipo, el abogado que defiende los intereses de España es de origen afro-americano, como se dice ahora eufemísticamente. Realmente, este hecho carece de la mínima importancia salvo si forma parte de ese mensaje pernicioso que, de cualquier forma, pretenden introducir en todo lo que hacen.

Finalmente, tampoco podía faltar el desprecio al español como idioma y así, mucho más de la mitad de los diálogos de la serie son en inglés, con subtítulos en español. Es igual que hablen los protagonistas, el Ministro, el abogado que defiende nuestros intereses; es igual que las tomas se desarrollen en la sala de vistas del juzgado norteamericano o en el despacho del Ministro de Cultura en plena plaza del Rey madrileña, aquí todo el mundo habla en inglés.

Desconozco el coste que supuso para el Estado, por medio de subvenciones, créditos y otras ayudas, esta producción cinematográfica, aunque imagino que tal aporte no faltó y no debió ser nimio, lo que si sé es que, aunque solo fuese un euro, se ha gastado para inocularnos ideología sectaria, pese a que ese dinero lo aportamos todos.

En mi caso, por supuesto, dejé de ver la serie que supongo concluirá liándose la individua que la protagoniza con el pobre diplomático, cautivado por sus encantos al que a lo mejor incluso logra convencer de las bondades de la malvada podemia.

Ya está bien de tanta alienación, ya está bien de tanta ideología globalitaria, ya está bien de tanta memez ya que todos estos bodrios cuentan, de una manera u otra, con el aporte económico que sale del bolsillo de todos.