(Fragmento del artículo publicado en el número 6 de la revista Laus Hispaniae por Ricardo Fernández, fundador de MUCAIN)

 

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La Carrera de Indias fue la más duradera, eficaz, decisiva y exitosa operación naval de la historia de la humanidad, y fue sin duda uno de los mayores monopolios comerciales que han existido jamás.

A lo largo de casi trescientos años, las flotas salieron de España cargadas de mercancías y, no lo olvidemos, de gente con sus esperanzas, sentimientos y anhelos. Las flotas retornaban cargadas de las riquezas de la tierra... pero también con la solución para combatir el hambre y la enfermedad en España y en media Europa. A lo largo de todo ese tiempo, la épica ruta se mantuvo viva, abierta y fue testigo de hazañas sin cuento, desmedidos sacrificios y evoluciones técnicas extraordinarias. Fue una ruta trascendental, que revolucionó la economía del mundo hispano, la de Europa y la de buena parte de Asia. Pero si cuando pensamos en la Carrera de Indias pensamos sólo en mercancías y tesoros, estamos muy equivocados; las personas y con ellas la ciencia, la técnica, el idioma, las artes, la cultura, la gastronomía... rebosaron aquellas naves de ida y vuelta. Conozcamos un poco más de esta épica aventura.

Cualquier imperio de los que en el mundo han sido se ha sustentado en base al comercio. La Carrera de Indias y los productos que en ella se comerciaban eran la espina dorsal del imperio español. Fue una ruta comercial tan exuberante que, cuando sus naves llegaban a España, subía la inflación… en media Europa. Tan eficaz que, a lo largo de sus casi trescientos años de existencia, apenas un uno por ciento de sus naves fueron apresadas o hundidas por los corsarios o enemigos de la corona. Tan exitosa que, aún hoy, en medio planeta vivimos con productos transportados en una u otra dirección en sus bodegas: cereales, vides, azúcar, café, cerdos, vacas, ovejas, gallinas o caballos en un sentido; pavos, patatas, tomates, maíz, cacao... en otro.

Era un complejísimo sistema naval y comercial que, si bien no era perfecto, sí que estaba concienzudamente preparado y regulado con meticulosas leyes y reales cédulas. Las más avanzadas de su época.

Era una ruta comercial, no de pasajeros. Sin casi sitio para las personas, que viajaron en unas condiciones tan terriblemente espantosas que no llegaríamos ni a imaginar. Cualquiera de sus vidas superarían con creces la de cualquier personaje de ficción. Fueron los temerarios, los audaces, los desesperados, los locos si se quiere, quienes rubricaron esta gigantesca epopeya.

No todos podían embarcarse. Les estaba prohibido a moriscos, judeoconversos o extranjeros... aunque siempre hubo excepciones. La Casa de la Contratación, creada por los Reyes Católicos en 1503 para regular todo lo relativo a la Carrera de Indias, debía sancionar los documentos de embarque, asunto tan largo y complicado que hasta el mismísimo Miguel de Cervantes fue rechazado dos veces.

Cuando salían, los barcos iban abarrotados de mercancías, animales y gentes que, durante semanas y semanas, vivían y dormían donde podían. Los primeros días la comida aún era buena, pero, a medida que iban pasando las jornadas y se aproximaban a zonas más cálidas, la comida y el agua escaseaban, las entrecubiertas y las bodegas de los barcos se transformaban en hornos insalubres en los que las personas enfermaban y las durísimas relaciones a bordo se tensaban. Por eso se llamaba Carrera, porque era una competición contra reloj, contra la resistencia de las personas, contra su destreza en la mar, su tozuda tenacidad y su profunda fe en Dios. Cuanto más se tardase en llegar a las Indias, en peores condiciones se llegaría… si es que se llegaba, pues las enfermedades y la mortandad a bordo eran enormes.

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