Esos viejecitos adinerados que habían dejado el campo italiano vacío de hombres gracias a la producción esclavista y que componían el Senado torcieron el gesto cuando llegaron las noticias de la victoria de César en Alesia. La popularidad de este hombre subía a pasos agigantados y amenazaba su corrupto poder. El caso de Escipión se presentaba de nuevo y había que resolverlo. Se presentaron cargos contra César inventados con el objetivo de de despojarlo de sus legiones y detenerlo nada más volviese a Italia. 
 
Ante esta situación de acoso y derribo el gran hombre decidió cruzar el Rubicón tras asegurarse el respaldo de sus legiones y poner rumbo a Roma. Alea jacta est dijo mientras sus hombres cruzaban el pequeño vado y lanzaba los dados en esta partida incierta. Ahora se enfrentaba al poder con todas sus consecuencias. 
 
Por que lo que le llevó a César a tomar esa decisión no fue el ansia de poder sino el instinto de supervivencia.  Los plutócratas corruptos que componían el Senado temían el talento de César y sus promesas al pueblo de promover reformas para una administración de los enormes recursos del imperio de una manera más honesta y justa.
 
Spengler nos cuenta en su decadencia de Occidente ese proceso, al parecer inevitable, de como el dinero se corrompe, en este caso la antigua nobleza aliada con los nuevos ricos (Pompeyo), y es necesaria la aparición de un hombre fuerte para poner coto a sus injusticias. Con una sucesión temporal milimétrica el destino y sus leyes siguen estos mecanismos para mantener las sociedades sanas y evitar que se colapsen cuando todavía tienen que ofrecer mucho a la humanidad.
 
Y ante la actual corrupción galopante de nuestras clases dirigentes, sin propósito de enmienda alguno, ¿ No nos encontramos ante parecida situación? ¿No son sus intolerables desmanes portadas de los periódicos un día sí y otro también? ¿No se han desembarazado de los lideres sociales que surgían que pudiesen amenazar este estado de cosas? ( Y no voy a decir nombres porque todos sabemos quiénes son).
 
El dinero se ha aliado con los igualitarios para mantener entretenida a la gente con propuestas como la eutanasia, el aborto y su última aportación estrella, la pederastia, que no son sino síntomas de decadencia, y no avances como nos los quieren presentar. La corrupción se extiende pues desde la cabeza del pescado hacia la cola, como vulgarmente se dice. El dinero ha corrompido a los que se le oponían en un principio, y ahora cabalgan agusto a los lomos del mismo caballo, véase el caso de los Marqueses de Galapagar, que ya no ven necesaria la bajada de la factura de la luz eléctrica. Y donde decían digo ahora dicen Diego.
 
Así pues, ante el actual estado de cosas, de un hedor insoportable, se nos antoja necesaria la aparición de un nuevo César antes de que la sociedad colapse. En el caso de España especialmente, pues los síntomas de decadencia son alarmantes cercanos a la paralización de el país.
 
¿Escuchará el Señor nuestras oraciones y nos enviará uno? Eso es lo que todos los patriotas estamos deseando ante el espectáculo al que atónitos asistimos. Corrupción, decadencia, parálisis social...y sobre todo la amenaza del independentismo. 
 
Como decía Spengler al final de su tocho, llega la hora del cesarismo.  Lo malo es que si vemos las causas presentes en todos los ámbitos no vemos las consecuencias, quizás porque la alianza del dinero y el igualitarismo se han encargado de ir dejando fuera de juego a los posibles candidatos. Pero como dice Spengler, la renovación surgirá de donde menos se le espera y en el momento en que menos lo esperemos. 
 
Así que he escrito el artículo con la intención de subir los ánimos de mis decaídos camaradas. Dios nuestro Señor nos enviará a alguien que ponga coto al actual estado de putrefacción galopante y no dejará que nuestra querida España sucumba a la desintegración.
 
Así que les dejo, conminando a los patriotas a que estén preparados para una nueva Farsalia. Batalla decisiva en la que César se deshizo de su compañero de armas Pompeyo, el ricachón paladín de la continuidad del estado de cosas, y que se presentará ante nuestros ojos más pronto que tarde.
 
Y me voy a mis quehaceres. En un día plomizo y con chubascos no me apetece el echar el herbicida a los campos. Así que le daré un último toque al huerto y al jardín y vendré pronto a casa a hacer una tortilla de patatas para comer. Mientras quito la hierba del jardín veré el vuelo altanero del águila y pensaré en las águilas imperiales que todavía le quedan por alzar en los desfiles a España. Ese es mi deseo y mi predicción para ustedes. Les he razonado casi científicamente el por qué es necesario el surgimiento de una salida a la actual situación. Ojalá sea escuchado.
 
Y que César cruce el Rubicón una vez más y venza a sus rivales en las sucesivas batallas, Farsalia, Útica, Munda... pero que se mantenga ojo avizor no vayan a eliminarlo al final por medio de la traición más abyecta. Pues hay mucho en juego y mucha gente no dispuesta a dejarse arrebatar sus prebendas.