Otro tiempo.
Y otra España. 
 
Una España que no era
la de hoy, triste y cansada. 
 
Una España de hombres libres 
y no de esclavos sin alma. 
 
Otro tiempo.
Orgullo y rabia. 
 
Y el compromiso sagrado
de una empresa inacabada:
derrotar al enemigo
en su guarida inhumana. 
 
Otro tiempo.
Y otra España. 
 
Las banderas ondeando.
Y un orgullo en las miradas
de aquellos que siempre fieles
en los trenes se embarcaban
dispuestos a dar su vida
por la Patria que soñaban,
tomando rumbo hacia el norte
con música en sus gargantas,
con himnos de amor y guerra
que a los cielos se elevaban. 
 
Ya no somos esos hombres.
Y no es ésta aquella España. 
 
Han pasado ochenta años
y aquel sueño que latía 
en sus pechos y en sus almas,
se ha resquebrajado triste,
languidece la esperanza. 
 
Irreductible, algunos,
aún mantenemos la llama.
Aún sentimos un impulso
que crece en la madrugada
al contemplar en el Cielo
los Luceros que nos guardan. 
 
Por ellos, no nos rendimos.
Por ellos, la frente alta.
Y la mirada orgullosa
por su memoria sagrada,
por su gesta, su valor,
por su inmenso amor a España. 
 
Han pasado ochenta años.
Qué distinta es esta Patria
que ya no mira hacia atrás, 
cobarde y avergonzada. 
 
Aquellos hombres de ayer,
nuestros Héroes del mañana,
llorarían como llora
quien pierde a la madre santa. 
 
Tantos españoles recios
duermen en tumbas heladas. 
Tantos caídos en Rusia,
tanta sangre derramada... 
 
Y hoy tienen que contemplar
desde Luceros de plata
a una Patria que sin brío 
agoniza traicionada. 
 
Otros tiempos.
Y otra España. 
 
Pero algunos aún soñamos
lo mismo que ellos soñaban. 
 
Pero algunos no olvidamos
su ejemplo, sus enseñanzas. 
 
Y aquí seguimos aún,
con la cabeza muy alta. 
 
Han pasado ochenta años. 
 
¡Fieles Siempre! 
 
¡ARRIBA ESPAÑA!