Otro de los desafueros llevados a cabo por ese “idílica” y “añorada” II República, los años más tristes, oscuros y dramáticos de nuestra historia reciente, fue la práctica disolución del Ejército, reemplazándolo por otro creado ad hoc con el fin único de desvincularlo, en la medida de lo posible, de sus antecedentes históricos.

Supongo que, más de uno, al leer estas primeras líneas dirá que lo que en ellas se contienen es una falsedad y una forma de tergiversar la historia; sin embargo, estamos lejos de semejante pretensión, simplemente se trata de contar las cosas como son.

A alguien, en una ocasión, le escuchamos hablar algo sobre este asunto, sin embargo, no tuvimos conciencia real de ello hasta que no profundizamos en el asunto debidamente.

Partamos de la base que, la historia de un Ejército, al igual que la de una Nación, condensa las glorias y también los fracasos de los que sus componentes fueron protagonistas, sujetos activos. No se puede hablar de historia sin que en el discurso se analicen tanto las páginas brillantes, como las oscuras escritas en su devenir a lo largo de los siglos.

En los ejércitos, al menos en el español que es realmente el que conocemos, los Cuerpos que lo integran tienen a gala hablar de sus historiales; así, los distintos Regimientos y Unidades de las Armas y Cuerpos, en sus hojas de servicio anotan, celosamente, a modo de cuaderno de bitácora, las diferentes acciones de armas y otras meritorias en defensa de España en las que han tenido un papel determinante desde su creación.

De tal suerte que, cuando por una reorganización del Ejército cumple la disolución de alguna Unidad, se dispone que su historial pase a ser custodiado y, por tanto, de alguna manera asumido por otro de los que se mantienen en armas. Esta práctica habitual, viene a constituir una permanente salvaguarda de nuestra gloriosa historia militar.

Es verdad que, en ocasiones, al contrario de lo que sucede en otros países con una larga tradición militar como la nuestra, se ha procedido a disolver Regimientos y Unidades cuya significación histórica o su antigüedad hacían recomendables no tomar semejante decisión, sin embargo, ese es otro asunto del que no nos vamos a ocupar.

Visto lo que antecede, podemos dar por bueno el hecho de que, cuando se procede a la creación de una nueva Unidad y no se ordena, expresamente, que recupere el historial que poseía antes de su anterior desaparición, lo que realmente se está creando es una Unidad nueva, cuyo historial empieza a contar desde la fecha en que se determina su creación, dando por hecho que el anterior, que poseía idéntico nombre, ha desaparecido y que su historial seguirá depositado en aquel otro que lo recibió en su día.

Un ejemplo de lo antedicho, lo encontramos en la reciente creación del Regimiento de Infantería “Nápoles nº 4” de Paracaidistas (1 de enero de 2016), que hereda la denominación, que no el historial, del creado en 1566 con el mismo nombre y que fue disuelto en 1965 y cuya brillante hoja de servicios quedó custodiada por el Regimiento de Infantería “Córdoba nº 10”, como así se expresa en la Orden de su disolución.

Pues bien, una vez proclamada la II República -14 de abril de 1931-, concretamente el 27 de abril de ese mismo año, se publica un Decreto del Gobierno provisional de la II República, que determina el cambio de la Bandera Nacional, eliminando la que lo era desde el 13 de octubre de 1843, con un desprecio absoluto a la historia y tradición de España, reemplazándola por otra sin tradición ni arraigo de tipo alguno. Hay que considerar que la adopción de la Enseña roja y gualda data de 1785 cuando el Rey D. Carlos III la previno para los buques de la Real Armada y para las fortificaciones costeras. Una Bandera, por cierto, que estuvo presente en la gloriosa acción de Bailén, bajo la que pelearon los Granaderos de Infantería de Marina dentro de la División de Reserva.

Este Decreto, en su artículo 2º, señala que “en las Banderas y Estandartes, se pondrá una inscripción que corresponderá a la Unidad, Regimiento o Batallón, a que pertenezca, el Arma o Cuerpo, el nombre si lo tuviera y el número…”

En consecuencia, salvo por el hecho, de por sí gravísimo, de eliminar de golpe los símbolos más preciados de la Patria -Bandera y Escudo-, en cuya defensa cientos de españoles habían entregado sus vidas, sustituyéndolos por uno, la Bandera, sin fundamento histórico alguno, y otro, el Escudo, adoptándose el del Gobierno Provisional de 1869-1870; por lo demás, todo siguió igual que hasta esa fecha, de hecho, el Anuario Militar de 1931, en su página 255, inserta, como ejemplo, la Bandera del Regimiento de Infantería “Wad Ras nº 50 –“Vad Ras nº 50, así figura en la C.L.-. En consecuencia, se respetaba el nombre histórico del Regimiento.

Pronto, el nuevo gobierno republicano fija su vista en el Ejército, y bajo una aparente reorganización, lo que realmente persigue es crear uno nuevo hecho a la medida del nuevo régimen.

Así un nuevo Decreto, fechado el 25 de mayo, dispone el pie de fuerza con el que ha de contar el Ejército permanente, notablemente mermado con relación al anterior, sin que por ello mejoren sus capacidades operativas.

En el primer párrafo de este Decreto, el texto advierte la intencionalidad de la norma, al señalar, entre otras cosas, “… Es inevitable deshacer la organización actual y fundar sobre terreno más firme…” Por lo tanto, es fácilmente deducible que, más allá de una simple reorganización, se trata de la creación de algo nuevo, destinado al mismo fin, pero nuevo y diferente.

De hecho, en la nueva estructura, se modifica la organización territorial, desapareciendo las Capitanías Generales, institución de solera y raigambre desde la época de los Reyes Católicos, y, con ello, desaparece el empleo de Teniente General, convirtiendo el de General de División en el techo de la carrera profesional, amén de la reducción drástica de Unidades de todas las Armas y Cuerpos con el fin de adaptarse al nuevo modelo.

En resumen, se pasa de un total de dieciséis Divisiones existentes a ocho, suprimiendo treinta y siete Regimientos de Infantería; cuatro Batallones de Montaña; nueve Batallones de Cazadores; diecisiete Regimientos de Caballería; un Regimiento de Ferrocarriles y dos Batallones de Ingenieros, a cambio se crean dos Regimientos de Carros de Asalto y un Batallón de Ametralladoras.

Con esta misma fecha, de 25 de mayo, una Orden Circular (Colección Legislativa 284), dispone la reforma de determinados Cuerpos de la guarnición de Madrid. En el texto, ya no se alude a las denominaciones tradicionales de los Regimientos, haciendo referencia tan solo a su número, así, se señala que con los Regimientos de Infantería nº 1 y 50 (antes “Inmemorial” y “Wad Ras”), se formará, en lo sucesivo, el Regimiento nº 1; en tanto que los Regimientos nº 6 y 38 (antes “Saboya” y “León”), formarán el Regimiento nº 6; al igual que con los nº 31 y 40 (antes “Asturias” y “Covadonga”), se forma el Regimiento de Infantería nº 31. La Orden se refiere expresamente a los Regimientos resultantes como “de nueva creación”.  

Diferentes Ordenes Circulares posteriores van creando los nuevos Regimientos, resultantes de la disolución de los anteriores. Otro ejemplo lo encontramos en una de fecha 26 de mayo (CL 286) que, bajo el título “Residencia de fuerzas”, señala textualmente: “… los Regimientos de Infantería Castilla nº 16 y Gravelinas nº 41, se fundirán en uno, que se denominará Regimiento de Infantería nº 16…” Y así sucesivamente, en diferentes Ordenes Circulares posteriores que eliminan prácticamente la mitad de los Regimientos de Infantería existentes, creando unos nuevos.

En cuanto a la Caballería, además de eliminar sus denominaciones tradicionales, hacen desparecer los Institutos de Húsares, Lanceros y Dragones, creando nuevos Regimientos, todos ellos del de Cazadores.

En ningún caso, se habla de la asunción de los respectivos historiales de los anteriores Regimientos por parte del resultante de las fusiones, toda vez que se considera de nueva creación y, por tanto, su historia comenzará a contar desde esa fecha.

Aun admitiendo que fuese desmesurado el número de Regimientos y Unidades existentes a fecha de proclamación de la II República, los Cuerpos resultantes de la reorganización podrían haber sido denominados con el nombre del más antiguo o, al menos, indicar explícitamente si el de nueva creación recogía los historiales de los otros dos, algo que, a la vista del texto, no sucede.

Puede haber quien señale, acertadamente, que medidas como estas no eran nuevas en nuestra historia, pues hay que recordar que, en 1823, tras el final del llamado “trienio liberal (1820-1823)”, al retornar Fernando VII al poder absoluto, determina la disolución del Ejército, reconvirtiendo, en el caso de la Infantería, a los Regimientos en Batallones sueltos, perdiendo sus denominaciones anteriores, hasta que, a partir de 1824, vuelven a recuperarlas.

Efectivamente, en aquel año de 1823 asistimos, de forma menos encubierta de la que lo hizo la República, a la disolución y posterior recreación del Ejército, algo que pretendió Manuel Azaña con sus Leyes que siempre apuntaron directamente a menoscabar las capacidades y disciplina de los Ejércitos, tratando de republicanizarlos, partiendo de su politización y colocando en puestos de relevancia, dentro del Ministerio de la Guerra, a personal afín a su ideología y, por supuesto, tratando de eliminar su historia y sus tradiciones.

La mejor prueba de ello, la encontramos en el Decreto de 25 de junio de 1935, en que siendo Ministro de la Guerra José Mª Gil Robles, ordena que, nuevamente, los Regimientos vuelvan a recuperar los gloriosos nombres que anteriormente ostentaban.

El texto del Decreto no deja lugar a dudas sobre sus objetivos ya que, en su artículo 1º, señala: “Con objeto de que las unidades del Ejército conserven los sobrenombres con que al correr de los tiempos se les designó y sean continuadores de tan brillantes ejecutorias, sin que se pierdan tras la uniformidad del número diferenciaciones propicias a los más nobles estímulos, en lo sucesivo las unidades que a continuación se expresan se distinguirán llevando unido al número el sobrenombre que también se indica”.

El artículo 2º, refiere: “Dichas unidades conservarán las corbatas correspondientes a los antiguos Regimientos o Batallones que los formaron o a aquellos de que toman su sobrenombre.

En el artículo 3º, se indica: “El Anuario militar insertará la historia de las unidades refundidas en las que ahora se conservan, o las de aquellas de que tornen sus denominaciones”. Así aparece en el Anuario de 1936.

El texto, finaliza con la relación de los treinta y nueve Regimientos de Infantería; la de los ocho Batallones de Montaña; los ocho de Cazadores de Infantería y los diez de Caballería que recuperan sus antiguos nombres.

Sería muy largo entrar a valorar la actitud, siempre sectaria, de Manuel Azaña hacia el estamento militar, plasmada en las diferentes Leyes que propició, muchas de las cuales no fueron capaces de lograr los oscuros objetivos que con ellas se perseguían.

Digamos, simplemente, para terminar que antes, igual que ahora, cada vez que socialistas y comunistas -salvo honrosas excepciones que siempre las hay- han accedido al poder, el único objetivo que han perseguido ha sido, y es en la actualidad, intentar eliminar el glorioso pasado de España, tratando de borrarlo de las páginas de la Historia.

Una buena prueba de ello se puede ver reflejada en esta medida, adoptada por Azaña en 1931, al eliminar, de un plumazo, las páginas más brillantes de nuestra historia militar, condensadas en los historiales de los Regimientos que disolvió.