La guerra civil marcó el futuro de muchas personas y familias españolas. Unas como consecuencia de la pérdida de un familiar querido. Otras por el exilio. Otras por las heridas de la guerra. La guerra civil sacudió a las derechas y a las izquierdas. No discriminó a nadie y todos, sin duda, resultaron perdedores. En estas páginas hemos recopilado el testimonio de Mercedes Baixeras. Ella sufrió y padeció la guerra civil de 1936 a 1939. Es el testimonio de una mujer que lo perdió todo. La guerra, normalmente, la escriben los vencedores y nos olvidamos de aquellos, héroes anónimos, que fueron sus protagonistas. Mercedes Baixeras forma parte de estos olvidados.

 

Mercedes Baixeras padeció la persecución y el exilio en Italia por las vinculaciones políticas de su marido, Joaquín María de Nadal que era miembro de la Lliga Catalana. Joaquín María de Nadal nació en Barcelona en 1883 y murió en la misma ciudad en el año 1972. Estudió el bachillerato en los jesuitas y derecho en la Universidad de Barcelona. En 1921 fue nombrado teniente de alcalde del Ayuntamiento de Barcelona, por la Liga, y diputado a Cortes en 1934. Durante seis años fue secretario político de Francisco Cambó. Presidente de la Sociedad Económica de Amigos del País y de la Liga de Defensa Industrial y Comercial. Colaboró en los periódicos La Veu de Catalunya y en el Diario de Barcelona. Fue cronista oficial de Barcelona. De su producción literaria destacamos: De todo por todas partes (1930); Aquella Barcelona (1933); Novela extravagante (1935); Por tierras de Cristo: impresiones de una peregrinación a Palestina (1935); Estampas de la vida ochocentista (1946); Memorias d’un estudiante en Barcelona (1952); Seis años con Don Francisco Cambó. Memorias de un secretario político (1957); El obispo Caixal, un gran prelado de la Edad Moderna (1959); Memorias: ochenta años de sinceridades y de silencios (1965).

 

Como consecuencia de la pérdida de poder político, los miembros de la Liga fueron perseguidos sólo iniciarse la guerra civil. La familia Nadal se trasladó a Caldes d’Estrac, población costera próxima a Barcelona, donde pasaban los veranos. Joaquín María de Nadal salvó la vida de milagro, gracias a la intervención de un familiar. Ante el peligro existente decidieron marchas a Génova y, posteriormente, a Roma. Durante aquel periodo de exilio siguieron recibiendo el apoyo económico de Cambó aunque, Joaquín María de Nadal hizo todo lo posible para mantenerse en activo. Acabada la guerra volvieron a Barcelona. El testimonio de Mercedes Baixeras nos aporta la visión de la fuga de Barcelona y la estancia en Génova y Roma. Es el testimonio de la mujer de un hombre que, por haber sido miembro de un partido político sin peso específico en Cataluña, pasó de ser alguien importante a tener precio su cabeza. Mercedes Baixeras escribió un Diario durante estos tres años de exilio forzoso. De él hemos extraído los siguientes fragmentos.

 

Lunes 10 de agosto de 1936. Mi Diario se ha salvado del robo. Los revolucionarios abrieron todas las cajas de mí armario menos una, en la que lo guardaba. ¡Los ángeles lo han protegido! Esa era mi frase de siempre cuando alguien encontraba temerario conservar notas tan íntimas: ¡Los ángeles velarán por él! Y así ha sido. Bendito sea Dios y bendita su Mano, que se ha extendido sobre nosotros; porque no sólo ha sido mi Diario el beneficiado, sino que en este relato se irá viendo la generosa protección del cielo, la Virgen intercediendo por nosotros, y su Divino Hijo prodigando sus gracias abundantes. ¡Loado seáis, Señor!

 

Sigo mi relato. Mí Diario está actualmente en casa de personas amigas, que, si es preciso, lo quemarán. Una vez salvado del saqueo que hicieron en casa esos hombres incalificables que se nombran de la FAI, yo quise hacerlo desaparecer para siempre, como asimismo he hecho desaparecer cartas y papeles varios; pero la Señorita que sabe lo que representan en mi vida esas notas, no ha querido hacerlo, y lo llevó a casa de sus hermanas. Aunque a larga distancia de espacio y asimismo con fecha muy distanciada de la última vez que escribí en él, engarzo estas líneas a aquellas otras que contienen el recuerdo de la primera etapa de mi vida. Esta segunda parte no será menos interesante para mí conservarla. La primera fue época de sufrimiento y de formación; ahora es el momento de recoger el fruto. A la vista del mundo aquella fue la era feliz y, ahora, en la tragedia de una revolución, el momento del dolor y del decaimiento. ¡Ceguera humana! La vida espiritual, única y verdadera vida, esconde la senda de la felicidad a los ojos naturales, que no ven por encima de los acontecimientos la mirada de Dios. La almendra tierna sale encerrada dentro de la cáscara verde y amarga, da sabor de leche al paladar y es alimento para el cuerpo. La mirada de Dios penetra punzante a veces, severa, y se desparrama luego dentro como el rayo del sol, iluminándolo todo de un calor suave de vida.

 

Esa vida nueva es la que hoy voy a describir. Adiós a mi patria. Adiós a mi casa. Adiós a mí familia y amigos. Adiós a mis recuerdos. A todo lo que formaba mí alrededor y llenaba mis días. ¡Vida nueva! Voy a otro Continente. ¡Buenos Aires! ¿Para siempre? Quizás sí. ¡Qué importa! Voy siguiendo la Voz que me llama, fuerte y decisiva. La Voz de Quién me hizo y me formó para Él. Voy a Él. Quien leyere mis notas primeras oiría esta misma Voz en todas sus páginas y asistiría a la lucha y resistencia mía. ¡Qué paz me invade hoy al ceder! Ha sido precisa una revolución social para domar definitivamente mi voluntad. ¡Señor, Señor, llamad fuerte!, le decía, y el Señor llamó por fin. Yo voy a Ti.

 

Empiezo mi relato con un poco de historia, para situarme; luego seguiré escribiendo en forma de diario.

 

Este año los acontecimientos en nuestra vida familiar se desarrollaban de distinta manera que, en otros años, o sea que la familia, que nunca se separaba para emprender el veraneo, se dividió; y es que amenazaba la huelga de transportes, y Joaquín [María de Nadal] temía verse imposibilitado de salir de Barcelona hasta muy entrado el calor. Por otro lado, la estancia de Francisco [Muro de Nadal] en casa había retrasado el poner la casa de verano. Se hizo imposible en tres días compaginarlo todo. Decidimos quedarnos en Barcelona Soledad [de Nadal y Baixeras] y yo con una camarera para ocuparnos de esas faenas caseras. El resto del servicio y de la familia marcharon a Caldetas [Caldes d’Estrach]. Joaquín [de Nadal y Baixeras] hijo, que aún tenía exámenes, iba y venía a su gusto de Barcelona a Caldetas. En este plan estalló la huelga encontrándonos providencialmente todos en Caldetas un sábado, en el que íbamos a pasar la siguiente fiesta del domingo en familia, con la intención de celebrar el cumpleaños del chico, que habíamos pasado separados el 12 de julio. Eso fue el 18 de julio. Seguidamente empezaron a llegar noticias alarmantes. El domingo, 19 de julio, al mediodía, pasó el último tren hacia Barcelona, donde se concentraban todos. Aquella tarde, al salir de la capillita del Carmen, después del rosario, Mosén Montpió -Josep Montpió Riera, sacerdote asesinado el 23 de agosto de 1936 en la carretera de Llinars del Valles a Mataró- nos pidió si podíamos albergar al Santísimo en casa. Noticia que, naturalmente, nos causó -en medio de la tristeza que se iniciaba- un gran consuelo. Interiormente, no obstante, debo confesar que pensé que el albergue no era muy seguro para el Señor. Más me tranquilizaba la idea de sumir las Sagradas Formas en caso de necesidad. Nada de eso dijimos a M. Ángeles [de Nadal y Baixeras] por no impresionarla; peor, en cambio, lo participamos a nuestros buenos amigos los Escolá. A las diez de la noche el mismo Mosén Monpió vino a casa y depositó el copón encima del altar de la capillita. Estábamos todos reunidos con el servicio y nuestros buenos amigos. Todos, menos la niña. Nunca olvidaré esos momentos emocionantes. Se despidió el sacerdote hasta el día siguiente a las siete y media. Por la noche se hicieron algunas velas; pero yo me acosté, porque quería conservar mis fuerzas, para poder comulgar antes de llevarse al Señor. A las siete y media lo recibimos con mucha devoción, y luego Mosén Montpió nos bendijo con el copón. Aquella bendición nos aseguraba la protección del Cielo, como así fue y luego explicaré.

 

Después me fui a oír la Misa que dijo Mosén Monpió en la capillita del Carmen. Última Misa. Al terminar, dirigiéndose al pueblo, dijo: “acérquense a comulgar, porque luego no podrán. Voy a sumir las Sagradas Formas”. Así lo hizo, y con ese acto terminó su ministerio, cerca de ese sagrario tan querido por todos los caldetenses, asiduos a recibir al Señor de paz y fortaleza.

 

Mosén Monpió salió de su capilla el lunes y el martes entraron los revoltosos a incendiarla, reduciéndola a cenizas, con insistencia satánica. Aún comulgamos el martes en la parroquia, entrando por la casa del Rector y el miércoles fue tomada esta iglesia también, como la otra, recibiendo con el fuego los ultrajes y profanaciones. El dolor se reflejaba en los rostros de todos y el espanto empezaba a apoderarse de nosotros, al ir conociendo los estragos que se hacían por todos lados. La furia se desencadenó muy fuerte contra las iglesias y el clero. ¡Cuántas víctimas! Luego se oían contar asesinatos y detenciones de personas pertenecientes a todos los órdenes sociales, políticos, fabricantes, comerciantes, cualquier persona distinguida o no distinguida en algo, porque de hecho no se sabe por qué perseguían ni por qué mataban. No parece, sino que el fin de esta revolución sea la destrucción. Todo saqueado, sin respetar nada: obras de arte, que en otros países han sido apreciadas de un valor fabuloso, ¡destruidas! Personas solventes, respetabilísimas, perseguidas, detenidas… asesinadas… Muchachos jóvenes, por pertenecer a centros católicos… asesinados. Todo a sangre y fuego, y en la carretera, en donde da la casa nuestra de Caldetas, un continuo ir y venir de automóviles de los revolucionarios, con los fusiles apuntando.

 

Una nota curiosa. Nuestro coche no ha sido requisado. Lo guardamos muy escondidito en el garaje. ¡Se ha salvado hasta la fecha!