Los musulmanes que llegaron a España para conquistarla no fueron muchos y por eso, salvo en las plazas más importantes, guarnecidas y administradas por ellos, el resto del país continuó gobernado por cristianos según los modos visigodos, a los que permitieron que continuasen con su religión; los invasores reconocieron plena libertad religiosa y amplia autonomía administrativa.

Las zonas montañosas y más pobres quedaron desguarnecidas y sin población musulmana, que fue el refugio de los nobles godos, iniciadores de los movimientos de resistencia en Asturias y después en los Pirineos. En los valles pirinaicos la rebelión fue alentada por los carolingios, en sus comienzos, y después por los pamploneses, apoyados por la familia muladí de los Banu Qasi, que eran proclives a sublevarse contra los emires cordobeses.

Los cristianos que se alzaron contra los musulmanes tenían clara su misión: la salvación de la iglesia y la recuperación de la monarquía goda.

Con el tiempo, y ya en el siglo IX y X, los mozárabes se arabizan, inclinándose hacia la indiferencia religiosa e incluso llegaron a la apostasía: por conveniencias, por las relaciones familiares y por la presión de los jerarcas renegados.

Durante el siglo X persiste la crisis económica del siglo anterior

La principal fuente de riqueza continuó siendo la tierra, aunque la productividad era muy escasa; se cultiva poco, los medios de trabajo son deficientes y todo se descuida por la inseguridad ambiental a causa de la carencia de protección de la población. La sociedad había sido montada para la defensa y las clases sociales se reducen a tres: campesinos, guerreros y clérigos, es decir, los que aran, los que luchan y los que rezan. Los primeros, pequeños propietarios, renteros y siervos, están sometidos a la justicia y explotación de otros, bien como señores territoriales, bien como adscritos a la tierra; los segundos, que gozaban de exenciones económicas, quedaron articulados en el sistema feudal; y los terceros formaron una auténtica corporación, con organización y leyes especiales.

Entre la influencia visigoda y la carolingia aparecen los incipientes reinos de Pamplona y Aragón; por eso, en ellos, no hay patrimonialización en las funciones públicas.

La disolución del Califato de Córdoba, a comienzos del siglo XI, y la obra de Sancho el Mayor de Nájera-Pamplona, propician una situación de equilibrio militar en la España reconquistada, entre los musulmanes y los reinos cristianos; y a finales de ese mismo siglo los reinos cristianos de los Pirineos pujan por abrirse camino hacia el valle del Ebro.

Según la tradición jurídica visigoda, las tierras yermas, abundantes entonces a causa de las guerras de reconquista, eran del rey, y éste aprovecha esta prerrogativa para premiar adhesiones; así se formó la nobleza territorial entre personas de la Corte o Palatium.

En la monarquía pamplonesa del siglo X el monarca es un jefe militar que se debe a su gente; es más un príncipe de sus hombres que rey de un territorio; de ahí que la nobleza se hiciese hereditaria.

El rey Sancho Garcés de Nájera-Pamplona desciende de las estirpes de Íñigo y Jimena, y éstas a su vez de los caudillos indígenas tributarios de los árabes, un tal Jimeno, y un tal Ibs Belascet, ambos instalados en los alrededores de Pamplona.

Entre la espiritualidad y la violencia

En las costumbres de la época hay una mezcla de fe y violencia, de espiritualidad y de sensualidad desenfrenada, y esta libertad de costumbres alcanza a todas las clases sociales, incluso a los religiosos: obispos, monjas o simples clérigos. Esta realidad fue causa de grandes protestas en los concilios y en las personas piadosas, que motivó el ambiente reformista iniciado en los monasterios (Cluny) que llegan a suplantar casi la vida y jerarquía españolas.

Dirigidos por los grandes monasterios (Leire y San Millán de la Cogolla) se multiplicarían los pequeños cenobios familiares, regidos por monjes, para formar poblados o aldeas que facilitarían la mejor explotación de las tierras reconquistadas. Aquellos núcleos de población, con el tiempo, fueron desapareciendo, aunque otros dieron lugar a nuevos cenobios con mayor número de habitantes, alguno de los cuales todavía perduran en nuestros días.

Con el resurgir de la Europa del siglo XI, la iglesia realiza rápidos progresos, tanto en la intensificación de la vida religiosa como en la centralización eclesiástica bajo el Pontificado. Este siglo aparece dominado por el movimiento gregoriano (Gregorio VII), caracterizado por prohibir a los laicos disponer de ninguna dignidad eclesiástica o propiedad. Su triunfo coincidió con el final de las luchas de investiduras en el concordato de Worms.

Actividad agraria basada en el cultivo cerealista y del viñedo

En aquellos viejos poblados de la Alta Edad Media la actividad económica fue agraria, incluso después del siglo XI, fundamentada en el cultivo cerealista y del viñedo. También surgió el cultivo de los olivos. A partir del siglo XIII el viñedo alcanzó un desarrollo más sostenido. Complemento de esta economía agrícola ha sido siempre la ganadera. Los montes y los baldíos comunales, así como los barbechos y rastrojeras, eran las áreas de alimentación del ganado.

La economía agraria lleva consigo la asociación entre el cultivo y el pastizal. Por eso los labriegos vivían en las aldeas integrando comunidades locales con intereses comunes que obligaban a los habitantes a cargas comunitarias en beneficio del colectivo. De ahí la reserva de grandes extensiones comunes de montes y baldíos de uso comunal, y las conocidas como “derrotas de las mieses” o sistema de libre pastizal o de campos abiertos.

En el siglo XIV y como consecuencia de la Peste Negra, varios de estos poblados fueron abandonados, permaneciendo sólo el recuerdo de aquellos en las ermitas que aún perduran y en los nombres de los términos en el lugar de su asentamiento. La toponimia y los restos de edificaciones, junto a las tumbas antropoides, constituyen los documentos que han llegado hasta nuestros días y que nos permiten hablar de su existencia.

Un pueblo que olvida su Historia es un pueblo sin futuro

A principios del siglo XXI, el referente para los italianos es Milán. Roma se ha convertido en una capital de provincias que apenas es nombrada en los libros de historia de los escolares italianos. Es un ejemplo de lo que va camino de suceder a los españoles, por la nefasta gestión de nuestros gobernantes, empeñados en cambiar el rumbo de la Historia de nuestro pueblo.

Para evitar ese abandono de nuestros referentes, deberíamos apoyarnos más en la Historia para definir nuestro futuro y aprender de las repoblaciones medievales para recuperar la vida de nuestros pueblos, hoy casi abandonados a su suerte.