El Obispo que prohibió al Monarca entrar en un convento de clausura si no se atenía al Derecho Canónico

 

El Cardenal don Pedro Segura y Saenz pasó a la Historia por su enfrentamiento con la República y con Franco, pero se sabe muy poco de su enfrentamiento con el Rey don Alfonso XIII. Es cierto que fue castigado por la República y exiliado a Roma, donde tuvo que permanecer entre 1931 y 1937, por haber alabado el Reinado del Monarca Borbón en su famosa Pastoral de bienvenida, o “mal venida”,  a la II República pero, pasado los años, no hay más remedio que recordar uno de los pasajes más curiosos de su vida. Fue aquel que vivió siendo Obispo auxiliar de Valladolid y para desmontar la leyenda de que Segura solo fue un “acólito” de Alfonso XIII.

El hecho ocurrió en Tordesillas cuando el joven prelado iniciaba su andadura pastoral y ya se iban configurando los «modos» que iba a emplear a lo largo de toda su vida con las «Potestades» de la tierra.

Se hallaba el Rey en una finca cercana a Valladolid, donde había sido invitado a una cacería, acompañado del marqués de Viana y de otros cortesanos, caballeros y damas de edad más bien juvenil, como lo era la de don Alfonso (25-30 años). De pronto, a una de las damas allí presentes se le ocurrió tomar el té en el convento de clausura de Santa Inés de Tordesillas y todos, incluyendo al Rey, acordaron que era un buei"l número de «esparcimiento» ... Así que avisaron a la madre abadesa de los deseos del Rey y fijaron un día para la «Visita». vista. asustada y temerosa, dio cuenta de ello al señor obispo auxiliar y se puso baio su dirección en estos términos :

MADRE ABADESA: Monseñor, yo sé que Su Majestad, de acuerdo con las normas de la Orden y con el protocolo firmado por la Iglesia y el Estado, tiene derecho a ello... Pero no puedo ocultarle mi temor a que la disciplina de ori­ gen divino sufra menoscabo en mis hijas. Nos­ otras, Monseñor, estamos dedicadas al Rey de los Cielos, y tener que recibir a un Rey de los hombres -por muy Rey que sea- nos abruma en incertidumbres. Sin embargo, como Superiora de Santa Inés, me someteré a vuestro criterio y a vuestra dirección. Si el mundo vienes a nosotras, nosotras recibiremos al mundo... Si el rey don Alfonso desea visitarnos Santa Inés les abrirá sus puertas... Pero, siempre y cuando Su Majestad nos visite haciendo uso de sus «derechos reales»; nunca como un «entretenimiento» o una «diversión» . pasajera...

MONSEÑOR SEGURA: Mire, madre, yo comprendo sus temores y comparto su postura. La clausura es sagrada y, además, de origen divino, pero el Rey es el Rey y la Ley es la Ley. Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de

Dios, sin reservas y con el corazón abierto. Usted sabe, madre abadesa, que soy enemigo de la diplomacia, aun de la romana, porque la diplomacia es mentira y la Iglesia es verdad... Usted sabe que yo no tengo más política que la del Evangelio, ni más Dios que el Dios del amor... Así que, déjeme este asunto en misma­ nos y vamos a ver cómo salimos del paso... Una cosa sí le ruego: que no deje entrar a nadie, ¡a nadie!, en Santa Inés sin una tarjeta mía. Por lo demás, no se preocupe, yo recibiré al Rey y su séquito.

.. .Y así quedó el tema hasta que a los dos días sonaron en el torno de Santa Inés unos fuertes golpes y fuera murmullo de voces y hasta risas. La madre abadesa, que lo había dispuesto todo en el interior y que sabía a Monseñor Segura en la iglesia conventual a la espera de la visita regia, se acercó al torno y preguntó:

 

MADRE ABADESA: ¿Quién va?

MARQUÉS DE VIENA: ¡Paso al Rey! ¡Soy el Marqués de Viana y demando paso franco para Su Majestad Católica el Rey de España!

MADRE ABADESA: ¡Ay, Señor! Lo siento mucho, pero no puedo abrir a nadie sin que traiga una tarjeta del señor obispo. ¿La traéis vos? Además, no tengo las llaves de la clausura...

MARQUÉS DE VIANA: ¿Tarjetas el Rey? ¿Por quién nos tomáis,• señora? Pero, ¿quién tiene las llaves?

MADRE ABADESA: ¡El señor obispo!

MARQUÉS DE VIANA: ¿Y dónde está el señor obis po? ¡.Esto va contra el Concordato!

MADRE ABADESA: En nuestra iglesia, esperando a

Su Majestad...

 

Naturalmente, oído esto, el Rey y su séquito se en­ caminaron hacia la iglesia un mucho contrariados y no menos sorprendidos del recibimiento. Don Alfon­ so XIII había contraído el gesto y en su fuero interno improvisaba una «rotunda respuesta real» para «aquel obispo atrevido». Pero el atrevido obispo, sin darle tiempo a entrar en el templo salió a su encuentro con la sonrisa en los labios y la gravedad y el ser de su persona, y humildemente se dirigió al Rey en estos tér­ minos:

 

MONSEÑOR SEGURA: Perdonadme, Majestad... Esperaba a Vuestra Majestad en la iglesia porque supuse que un Rey tan católico como Vos, Señor, no entraría en la clausura sin antes saludar al Dios de la casa...

EL REY: (seco) Gracias, Monseñor... Pero, no olvidéis que la Iglesia -como cualquier súbdito- debe pleitesía a Su Majestad el Rey y que así consta en el Concordato...

MONSEÑOR SEGURA: Majestad, os he pedido perdón porque no olvido quién sois y porque sé lo que dice el Concordato... Pero, Señor, también creí que Vuestra Majestad seguía siendo Su Majestad Católica y, por tanto, hijo de Dios antes que Rey. Y como hijo de Dios os esperaba en la iglesia, la casa de Dios.

EL REY: ¡Está bien! Pues entremos en la casa de Dios, si es que aparecen esas llaves que con tanto esmero guardáis...

MONSEÑOR SEGURA: ¿Cómo quiere Vuestra Majestad que se le reciba? ¿Con el ceremonial antiguo o con el moderno?

EL REY: (seco y vengativo) ¡Con el antiguo!

MONSEÑOR SEGURA: Majestad, entonces, antes de entrar en la clausura, habéis de presidir la ceremonia religiosa solemne...

EL REY: (ya enfadado) ¡Pues, entremos!

 

...Y el Rey y su séquito, tras tomar el agua bendita del hisopo, entraron en la iglesia y a pie firme escucharon el Te Deum de rigor y hasta la plática del joven prelado. Ni que decir tiene que Monseñor Segura es­ taba preocupado y en «combate espiritual» consigo mismo, pues, una vez más, su sentido del deber y su rotundo espíritu pastoral le habían llevado a una situación delicada: ¡y esta vez con el Rey en persona! Pero no era el obispo Segura hombre de diplomacias o servilismos fáciles... Así que no dudó en iniciar su plática con estas palabras del Señor al profeta Ezequiel:

 

MONSEÑOR SEGURA: «Hijo del hombre, habla a los hijos de tu pueblo, advierte que te he hecho atalaya de Israel. Si la atalaya ve que viene la espada del enemigo y no toca la trompeta y el pueblo no se guarda y llega el enemigo y los mata, el pueblo se perdió por su maldad y des­ cuido; pero yo cobraré su sangre de las manos de la atalaya...» .Es la vocación de Jeremías: «Te constituyo como una ciudad fuerte y como una columna de hierro y un muro de bronce contra toda la tierra; contra los reyes de Judá y sus príncipes y sacerdotes, y la gen­ te del país, los cuales te harán la guerra; mas no prevalecerán, pues contigo estoy yo, dice el Señor, para librarte... »

 

...Y terminada la ceremonia se dirigieron todos, el primero el Rey, a la puerta de la clausura de Santa Inés, creyendo damas y caballeros acompañantes de Su Majestad aquello de que «París bien vale una misa». Pero, al llegar a la puerta, el obispo Segura se detuvo y todavía dijo a don Alfonso XIII:

 

MONSEÑOR SEGURA: Señor, Vuestra Majestad sabe que, según el Derecho Canónico, puede entrar en la santa clausura acompañado de dos de las personas de su séquito... ¿Quiere  decirme, Señor, cuáles son las dos personas que han de acompañarle?

 

...Entonces, el Rey -ya riéndose- señaló a sus dos acompañantes militares y los demás, caballeros y damas de la Corte, se tuvieron que quedar fuera, decepcionados y de mal humor, pues Monseñor Segura sólo dio tres tarjetas.

 

Naturalmente, este «gesto» del obispo Segura jamás lo olvidaría el Rey, quien a partir de «lo de Tordesillas» ciertamente fue su mejor valedor ante Roma e incluso su amigo. Como el más tarde cardenal y Primado de España sabría comprenderle e, incluso, estar a su lado en las horas difíciles del destierro... ¡Un destierro que ambos tuvieron que compartir, pues a ambos los expulsó la República de España!