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La familia de Carlos IV de Goya

Me contaba mi viejo amigo Federico Carlos Sainz de Robles, el máximo conocedor de la obra de Galdós, que Don Benito se murió sin poder llevar a cabo el más grande de sus sueños literarios: escribir una obra de teatro sobre los Borbones, en la que pudiera sintetizar lo que fue la “Familia Borbón española”, desde Felipe V a Don Alfonso XIII… y que no había podido ni empezar , aunque los había estudiado a fondo e incluso lo había hablado con la Reina Isabel II en París, porque no sabía en qué género desarrollarla, si como comedia, como drama, como tragedia, como zarzuela, como vodevil, o como el grandioso “Parsifal” de Wagner, un compendio de bondades y miserias, de envidias y celos de traiciones y corrupciones y hasta de erotismo o pornografía… Y que al final había llegado a una conclusión, como le confesó a su amada Doña Emilia (se refería a la Condesa de Pardo Bazán): “Amor, me rindo, tengo que abandonar mi sueño de hacer la vida de los Borbones… para mi es imposible, esto solo lo podría hacer el loco de Valle-Inclán, ya que si existe un esperpento en el mundo ese es el de los Borbones españoles. ¡Un rotundo esperpento!”.

 

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Hace muchos años escribí una serie de relatos sobre los Borbones españoles. Hoy me complace reproducir el que le dediqué a Carlos IV y Fernando VII cuando la vergüenza de Bayona y la entrega de la Corona de los Reinos de España a Napoleón. En síntesis los “hechos” que llevaron a la sublevación del “2 de mayo” fueron estos:

  • Entre el 19 y 23 de marzo de 1808 se produjo el “Motín de Aranjuez”, que provocaron y pagaron en oro los nobles serviles al Príncipe de Asturias y en el que Godoy, Príncipe de la Paz, Grande de España y Primer Ministro, fue derrocado, apaleado y hecho prisionero.

 

  • Ante esta situación de fuerza el Rey Carlos IV abdica en su hijo: “Como los achaques de que adolezco no me permiten soportar por más tiempo el grave peso del gobierno de mis reinos y me sea preciso para reparar mi salud gozar en un clima más templado de la tranquilidad de la vida privada, he determinado, después de la más seria deliberación, abdicar mi corona en mi heredero y muy caro hijo el Príncipe de Asturias”. Y Fernando es proclamado Rey de España.

 

  • Enterado de ello el mariscal Murat, que como lugarteniente de Napoleón ya domina militarmente Madrid, rechaza la proclamación del Príncipe como Rey y convence a Carlos IV de que retire su abdicación, cosa que Carlos IV, presionado por la Reina María Luisa, hace en carta dirigida a Napoleón: “Yo fui forzado a renunciar; pero asegurado ahora con plena confianza en la magnanimidad y el genio del grande hombre que siempre ha mostrado ser amigo mío, yo he tomado la resolución de conformarme con todo lo que ese mismo grande hombre quiera disponer de nosotros y de mi suerte, la de la Reina y la del Príncipe de la Paz. Dirigido a V.M.I.  y R (Vuestra Majestad Imperial y Rey): una protesta contra los sucesos de Aranjuez y contra mi abdicación. Me entrego y enteramente confío en el corazón y amistad de V.M., con lo cual ruego a Dios que os conserve en su santa y digna guarda”.

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Castillo de Marracq (Bayona) donde se acordó la venta de España

Aunque al mismo tiempo y como única condición le pide al Mariscal francés que ponga en libertad al “pobre Príncipe de la Paz”. La Reina va más allá, y con una inconsciencia asombrosa, le pide a Murat que consiga de Napoleón la concesión al Rey su esposo, a ella misma y al Príncipe de la Paz de lo necesario para poder vivir los tres juntos en un lugar conveniente para su salud, sin autoridad y sin intrigas.

Lo que plantea una situación curiosa. El Príncipe es Rey por la abdicación de su padre y no es Rey porque su padre, el Rey, se ha retractado y retirado su abdicación… y quien manda y domina Madrid y España es Murat en nombre de Napoleón. Por tanto está claro que será Rey de España quien decida el Emperador francés (que además está amparado por el Tratado de Erfurt con el Emperador Alejandro I de Rusia, que le cede España y por el Tratado de Fontainebleau que unen los destinos de Francia y España).

Así vive España entre el ”Motín de Aranjuez” del mes de marzo y finales del mes de abril: con dos Reyes y sin ningún Rey. En este tiempo el Emperador, que ya tiene en la mente quedarse con la Corona de España para hacer Rey a uno de sus hermanos, envía a Madrid al servir general Savary, duque de Rovigo, para que por las buenas o por las malas les lleve a su presencia al Príncipe de Asturias y Fernando, ante el temor de que Napoleón apoye a su padre y él se quede sin Corona, acepta el “viaje” hacia el encuentro con el Emperador (en tres etapas: Burgos, Vitoria y Bayona).

El 19 de abril el Príncipe llega a Bayona y esa misma noche cena con Napoleón, en el castillo de Marracq, donde se ha instalado con la emperatriz Josefina y su Corte. Fernando se enfada porque es tratado como Príncipe y no como Rey.

Entonces los Reyes, Carlos IV y María Luisa, también temerosos de que Napoleón se incline por su hijo, toman con urgencia el camino de Bayona y se presentan ante el Emperador, acompañados, eso sí, del “querido Manuel” (Godoy), quien algo sorprendido le dice a Josefina:

  • “Yo no sé dónde voy a alojar a toda esta gente”

Y aquí comienza la tragicomedia. Porque nada más llegar a Bayona los Reyes y encontrarse con Napoleón éste, sin poder contener, le dice a Savary:

  • General ¡ y ésta es la Reina de España! ¡Qué barbaridad! Pero si tiene la piel totalmente amarilla y parece una momia… Jamás había visto una mujer con aire tan falso y malo, ni ridículo… ¿Y el Rey? No me extraña que España esté hundida.

 

  • Sire, ¿y qué me dice del amante?

  

  • ¿Godoy? Eso se lo diré después, pues ya llega el Príncipe.

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Manuel Godoy, Príncipe de la Paz y amante de la Reina María Luisa

 

Y ciertamente el Príncipe entró en la estancia acompañado del canónico Escoiquiz, su mentor y hombre de confianza, y tras saludar al Emperador se acercó a besar la mano a su padre. Entonces Carlos IV le dio un empujón y lo apartó de si sin contemplaciones: 

  • ¿Qué, no has ultrajado bastante mis canas? ¡Vete! ¡No quiero verte! ¡Vete!

Y tuvo que ser el propio Napoleón quien separase al padre y al hijo, los dos Reyes de España, y aplacar al Rey. Naturalmente el Príncipe se retiró. Tras esta primera escena el Emperador hizo pasar al comedor a los “invitados” y allí sucedió algo digno de Quevedo.

El protocolo imperial había montado dos mesas separadas: una para el Emperador, la Emperatriz y los Reyes y otras para los mariscales Lannes y Bessiéres, el general Savary y Godoy, el Príncipe de la Paz. Eso no le gustó al Rey y menos a la Reina. Querían que Godoy estuviese a su lado y así se lo hicieron saber a Napoleón, quien sin poder evitar una sonrisa acepta la petición y enseguida acomodan a Godoy en la mesa presidencial, justo a la derecha de la Reina. Los mariscales y Savary se llevan las manos a la cabeza ¡diplomáticamente!

Pero, antes de iniciarse la comida, todavía Napoleón tiene que presenciar el insólito “caso del agua”, ya que era costumbre del Rey de España ponerse ante sí tres jarras de agua con temperaturas distintas. Entonces el Rey, sabia y minuciosamente las mezclaba hasta encontrar el resultado a su gusto. Napoleón, Josefina y los Mariscales abrían los ojos con sorpresa.

Entonces, y solo entonces (o sea, cuando vio a Godoy sentado en su mesa y se había servido y probado el primer vaso de agua) se dirigió a Napoleón en estos términos:

 

  • Sire, sabe que soy un admirador y servidor de S.M.I. (Su Majestad Imperial) y que haré lo que S.M.I. se digne a decidir sobre mis Reinos. Francia será más grande con España a su lado. Disponga, pues, S.M.I. y R. de la Corona de España como mejor le plazca y mi admiración por el hombre más grande de la Historia será total. 

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Fernando VII, el Rey “felón”

 

Naturalmente Napoleón se sintió halagado y sobre todo satisfecho, pues veía cumplirse sus planes. Así que tomó la palabra y tras “echarle piropos” al Rey y a la Reina (y hasta al Príncipe de la Paz) les fue explicando y convenciendo de la necesidad que tenía, en bien de Europa, de la Corona de España. Palabras, palabras, palabras… que cuando Napoleón se ponía a hablar de sus sueños y sus proyectos hasta resultaba simpático y arrollador. También sacó a relucir la situación del Príncipe de Asturias y sus temores ante la tozudez que mostraba, “Su hijo está mal aconsejado por esos nobles que tanto le influyen y tanto le perjudican” (especialmente -dijo- ese canónigo que no le deja ni a sol ni a sombra).

Pero, el Rey, que parecía estar en otro mundo, en lugar de responder algo al Emperador se limitó a decirle a la Reina:

 

  • Oye, Luisa, come más de esto que está buenísimo.

 

Napoleón, una vez más sorprendido, miraba a sus generales y sonreía con toda la pillería que había aprendido del sibilino Talleyrand y pensando que “aquel fantoche solo pensaba en comer mientras le arrebataban su Corona y sus Reinos”.

Lo curioso es que esta comida y esta escena sucedían, precisamente, el día “2 de mayo” de 1808… justo mientras los mamelucos aplastaban a los madrileños en la Puerta del Sol y en el Parque de Monteleón. ¡¡Ironías del destino!!

Sin embargo, lo “gordo” vino tres días después, el 5 de mayo, es decir, cuando las noticias de la masacre y los fusilamientos de Madrid llegaron a Bayona, porque entonces el Emperador “voló” a caballo a la residencia donde había instalado a los Reyes de España y hasta allí hizo llevar al Príncipe Fernando… a quien acusó nada más verle y frontalmente de haber fomentado el motín. Carlos IV aprueba las palabras del Emperador y le grita al hijo:

 

  • ¡Tú! ¡Tú has sido seguro el incitador de esa carnicería! ¡La sangre de mis vasallos ha corrido y también la de los soldados de mi gran amigo Napoleón por tu culpa! ¡Vete! ¡No quiero verte más!

Y la Reina, “hecha una furia” -según el biógrafo Castelot- insulta ferozmente a su hijo y le grita a la cara:

  • ¡Bastardo! ¡Eres un bastardo! ¡Y maldita la hora que te traje al mundo! ¡Te teníamos que haber fusilado cuando lo de El Escorial!

Y dirigiéndose a Napoleón:

  • Sire, no lo dude ¡mande a este bastardo al cadalso!

 

Napoleón, sin embargo, aprovecha el momento y la situación para decirle con cara de pocos amigos al Príncipe de Asturias:

 

  • Si de aquí a media noche no habéis reconocido a vuestro padre como Rey legítimo y lo comunicáis a Madrid, seréis tratado por mí como un rebelde. Se acabaron las contemplaciones.

 

Y Fernando, cobarde como siempre, espantado y lleno de miedo, no solo cede, abdica y reconoce a su padre como Rey legítimo, sino que se acerca a Carlos IV y se hinca de rodillas llorando y pidiéndole perdón, como hijo y como súbdito.

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Castillo de Valençay, residencia del Ministro Talleyrand

 

  • Mariscal Lannes -dice Napoleón- acompañe al Príncipe a su residencia y asegúrese que mañana mismo salga para su nuevo destino en el castillo de Valençay.

 

Y al quedarse solo con los Reyes, Carlos IV ya no duda y abdica a favor de Napoleón. El Reino de España ya tiene nuevo Rey, porque el Emperador ya había elegido a su hermano José para sustituir a los españoles.

Sin embargo, la Reina, más atrevida o más insensata que el Rey, se dirige a Napoleón y le dice:

 

  • Sire, al Rey y a la Reina les complace que este asunto tan espinoso se haya resuelto a favor de S.M.I., pero creo que a cambio S.M.I. debería proporcionarnos los medios necesarios para nuestra subsistencia y un lugar decente para retirarnos con nuestro querido Príncipe de la Paz. Los tres queremos vivir apartados y lejos de cualquier intriga.
  • Señora -le responde Napoleón- Francia nunca abandona a sus amigos. Serán siempre atendidos como Reyes.

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Ninguno de los tres volverían a España en vida.

Los Reyes y Godoy recibirían 6 millones de francos anuales y los castillos de Compiègne y Chambord, más la servidumbre necesaria, y de por vida.

Sin embargo, sí volvieron a ver en dos ocasiones a S.M.I. Napoleón Bonaparte, una a la vuelta de su rápida campaña en España y la toma de Madrid y otra poco antes de su marcha a la campaña de Rusia. Entonces supo por el siempre servir general Savary lo siguiente:

 

  • Sire, lo de esta familia no tiene nombre. ¿Sabe, Sire, que el Rey, la Reina y Godoy viven juntos los tres como si fuesen un solo matrimonio?
  • ¿En la cama también? -pregunta con sorna el Emperador.
  • Según sus servidores, también. Bueno, en realidad tienen tres dormitorios, cada uno el suyo… pero las Damas de Honor de la Reina y las doncellas aseguran que muchas mañanas los han encontrado a los tres en la cama de la Reina.
  • O sea, una cama redonda.
  • Por lo que se dice, sí, Sire.
  • Bueno, general, si ellos son felices así no se inmiscuya en sus vidas privadas. ¡Son pobres gentes! … y no se puede comprar un Imperio por menos.

Bueno, ya lo saben, yo ni quito ni pongo Rey pero ayudo a mi señor…y mi señor será siempre… ¡La verdad y la Historia! (o la Intrahistoria).

 

Julio MERINO

Periodista y Miembro de la Real Academia de Córdoba