"No bastaría todo el océano para lavar la sangre de mis dedos". Macbeth (II, ii, 49)

 

Hace escasos días recordaba tenebrosas historias de mi madrileño barriada, Aluche. Hablaba de su singular y espeluznante mapa del terror.  Yolanda González, vecina de ese barrio, bilbaína como yo, era asesinada el 1 de febrero de 1981. La extrema derecha española en connivencia con las cloacas policiales-militares de la época. Y en lontananza CIA/OTAN-GLADIO. Tres disparos, dos en la sien (P-38 Walther del calibre 9 mm Parabellum, Emilio Hellín), uno en el brazo (el estudiante de Ciencias Químicas, Ignacio Abad, fallecido de cáncer a los 37 años), acabaron con la vida de esta chavala de 18 años. Su cadáver, arrojada  cual perro sarnoso en una carretera de San Martín de Valdeiglesias. Una efigie suya, indispensable recuerdo, preside el Intercambiador de transportes de Aluche.

Asesinato de Luis Ortiz de la Rosa

El próximo 10 de julio se cumplen veinte años del vil asesinato del policía nacional Luis Ortiz de la Rosa. Reventado en Aluche. La banda asesina Eta alertó de la colocación de un coche bomba en la calle Ocaña, número 115, Subdirección General de Informática del Ministerio de Injusticia. Los agentes se apresuraron a acordonar y a desalojar la zona pero, 45 minutos después del aviso, el artefacto, compuesto por 40 kilos de dinamita, estalló.

La explosión hirió a trece personas y afectó de lleno al agente de la Policía Nacional Luis Ortiz de la Rosa que, a pesar de estar fuera de servicio, se había ofrecido para ayudar a sus compañeros. El policía, de 33 años y natural de San Martín de la localidad madrileña de Valdeiglesias, estaba casado y tenía un bebé de 17 meses. Contaba su viuda que la noche que precedió a asesinato bañó, dio de cenar y acostó su cría. La última noche.

¿Se arrepiente de verdad un asesino?

Se habrán fijado, aciaga rima: Aluche y San Martín de Valdeiglesias. Hace escasas fechas,  Ana Belén Egües Gurruchaga, alias Dolores, una de las dos condenadas por el crimen de Aluche, y que consideraba un "honor" haber militado en el comando Madrid, era trasladada al principal talego asturiano.

Acumula condenas de miles de años por estragos terroristas y asesinato. Cumplirá las tres cuartas partes de su condena en abril de 2024 y se ha dispuesto su paso al tercer grado después de que haya aceptado la legalidad penitenciaria y presentado un escrito en el que rechaza la violencia, admite el sufrimiento de las víctimas y el daño causado por su ¿imperdonable? Proceder criminal. ¿Arrepentimiento sincero? Juzguen ustedes. También ignoro si el "paseíllo" de Yolanda ejecutado con singular saña por Emilio Hellín e Ignacio Abad implicó contrición y arrepentimiento.

Y más fatales rimas...

1 de febrero de 1980, atentado que se produjo en la carretera entre la bellísima Ea (el pueblo más hermoso de España) e Ispaster. Fue un ataque con armas de fuego y granadas realizado por Eta militar. El objetivo fue un convoy de guardias civiles que escoltaba a trabajadores y armas de la cercana fábrica de Esperanza y Cía en dirección hacia la capital vizcaína. El ataque fue el más brutal del aciago 1980, su letal cénit, el año en que la banda asesinó mató a más personas que cualquier otro.

Fallecieron dos etarras manipulando las granadas, Javier Argote y Gregorio Olabarria Gorrotxategi Bengoa. Y seis guardias civiles, despiadadamente masacrados. Alfredo Díez Marcos, José Gómez Martiñán, Victorino Villamor González, Antonio Marín Gamero, José Martínez Pérez-Castillo y José Gómez Trillo. La viuda de este último, Manuela Viera, regresando al umbroso lugar del crimen. Incurables heridas. Funerales de tapadillo. "No queremos medallas, queremos a nuestros maridos".

...en invernizo día

La idea inicial los integrantes del Grupo 41, la inquietante y lúgubre caterva de las secciones (para)militares, C y Z, de Fuerza Nueva era colocar una bomba en las oficinas que la agencia Cinco Cero tenía en las proximidades del Bernabéu en represalia por la distribución de la revista Interviú, que había identificado a dos militantes de la ultraderecha asesinados poco después por Eta. Era la culminación de una campaña que se había iniciado con la quema de varios quioscos de prensa que vendían la publicación. Pero el atentado perpetrado esa misma mañana del 1 de febrero de 1980 por los etarras contra los seis guardias civiles les hizo alterar sus planes.

El objetivo pasó a ser Yolanda González Martín, representante de la Escuela de Formación Profesional de Vallecas en la Coordinadora de Estudiantes que aquellos días se oponía con vehemencia a las reformas educativas del gobierno de Suárez. Convivía desde hacía un año en una sencilla casa de la calle Tembleque 101 con su novio, Alejandro Arizcun, y una compañera, María del Mar Noguerol.

Los amigos de la Policía de Hellín y cía les habían asegurado que los tres formaban parte de un "comando de información" de Eta en la capital, y el hecho de que Yolanda fuera natural de Bilbao y uno de los moradores tuviera un apellido vasco (en realidad era navarro), Arizcun, no hacía sino confirmarlo. No hacía falta más.

Los secuestradores de Yolanda la inquirieron sobre su pertenencia a la banda asesina. Yolanda negó con insistencia. Y lo dicho: tres disparos. Dos fulgores de luz, dos secas descargas de Hellín. «¡Dispara!», conminó al lampiño chaval de 19 tacos, Ignacio Abad, macilento ante aquella borrachera de sangre y crueldad. Pero Ignacio consumó un tercer disparo...

Palabras que salvan y se salvan

...Y las palabras de la madre de Yolanda, junto a las de la viuda del guardia civil José Gómez Trillo que pueden ver en el enlace que les pongo: el sobresaliente docu de mi buen amigo Iñaki Arteta, 1980, España bajo el terror de Eta. Palabras de seres queridos que perdieron injustamente lo que más querían, las únicas que me interesan entre todo este macabro horror. Invernizas y fieras rimas.

“Los momentos de Yolanda desde que entraron en su casa, la tiraron al suelo, revolvieron todo, la amenazaron, la pegaron, la hicieron bajar del coche con la pistola pegada a los riñones, la llevaron al campo en plena noche oscura, mientras le pegaban y le escupían en la cara…”.

En fin.