Cuando el 14 de abril de 1931 llega la República a Ortega sólo le faltan unos días para cumplir los 48 años, o sea que está en plena "Etapa de Gestión, o predominio y mando" (45-60, según su propio Método) y ha publicado ya sus principales obras: "España invertebrada" (1921) y "La Rebelión de las masas" (1929). Sin embargo, es mucho más conocido por los dos "puñetazos en la mesa política" que había dado en 1914 en el "Teatro de la Comedia" de Madrid sobre la "Vieja y Nueva política", que fue una puntilla de fuego para la Restauración y el turno de los partidos y un mensaje de cambio de cara al futuro, y un segundo, "El error Berenguer", el artículo que publicó en "El Sol" el 15 de noviembre de 1930 que significó realmente una "puntilla de muerte" para la Monarquía y el Rey Alfonso XIII. Aquel artículo que terminaba con su ya histórico "Delenda est Monarchia" abrió las puertas de la República. 

Así que no pudo sorprender que la primera llamada que recibió Alcalá-Zamora, su amigo, la noche que se izó la bandera republicana y se formalizó el "Gobierno Provisional" fuera la suya. Ortega recibió la República con verdadera euforia y tanto más cuando pocos días antes, el 10 de febrero, había creado y puesto en marcha, con Marañón, Pérez de Ayala y Antonio Machado, la "Agrupación al Servicio de la República", que aunque no se constituye como partido político busca movilizar a todos los intelectuales de España, profesores de Universidad y universitarios, profesores de Institutos, maestros nacionales, médicos, notarios, registradores de la propiedad y en general a todas las profesiones liberales y gentes de la cultura.  Y es que en aquellos momentos Ortega creyó que la "nueva política" que había soñado en 1914 había llegado. Para aquel filósofo la Monarquía y los Borbones habían sido los principales responsables de la decadencia de España y la pérdida del Imperio y el "desastre del 98". 

Y aunque la "Agrupación" no se había formalizado como partido sí se presentó a las elecciones para Cortes Constituyentes que el Gobierno convocó para el 28 de junio. Y como independientes se presentaron en las listas de los republicanos-radicales. Es verdad que sólo consiguieron Actas de Diputados el propio Ortega, Marañón, Pérez de Ayala y Alfonso García Valdecasas y otros (en total hasta 13 diputados). Pero la semilla que habían sembrado daría su fruto inmediatamente después. Así que allí estaba, en el Congreso de los Diputados, cuando el 14 de julio se constituyeron las primeras Cortes republicanas y junto a él Don Miguel de Unamuno, que también había ganado su Acta como independiente por Salamanca.  

Ortega estaba exultante, como lo demostraría en su primera intervención parlamentaria aplaudiendo y resaltando los valores de la República y celebrando que ésta hubiese llegado, increíblemente, sin disparar ni un solo tiro y con la alegría de todos los españoles, aunque tan sólo unos días después ya alertó a los Señores diputados de lo que había que evitar: "Nada de estultos e inútiles vocingleos, violencia en el lenguaje o en el ademán; hay, sobre todo, algo que no podemos venir a hacer aquí: ni el payaso, ni el tenor, ni el jabalí".  

 ¡Ay!, pero muy pronto se dio cuenta que aquellas Cortes iban a estar dominadas por los jabalíes, los tenores y los payasos y fueron decayendo sus alegrías recientes y más cuando en el transcurso de los debates del articulado de la nueva Constitución las Izquierdas y los Republicanos-radicales aplaudían sus discursos pero a la hora de las votaciones le daban siempre la espalda. De ahí que pocos días antes de que se aprobara la Constitución (9-12-1931), el día 9 de septiembre, publicara en "Crisol" el famoso artículo que pasaría a la Historia como el del "No es esto, no es esto", aunque su título fuera "Un aldabonazo". Decía así:  

No es esto, no es esto

"Desde que sobrevino el nuevo régimen no he escrito una sola palabra que no fuese para decir directa o indirectamente esto: ¡No falsifiquéis la República! ¡guardad su originalidad! ¡No olvidéis ni un instante cómo y por qué advino! En suma: autenticidad, autenticidad... 

Con esta predicación no proponía yo a los republicanos ninguna virtud superflua y de ornamento. Es decir, que no se trata de dos Repúblicas igualmente posibles -una, la auténtica española, otra, imaginaria y falsificada- entre las cuales cupiese elegir. No: la República en España, o es la que triunfó, la auténtica, o no será. Así, sin duda ni remisión. 

¿Cuál es la República auténtica y cuál la falsificada? ¿La de «derecha», la de «izquierda»? Siempre he protestado contra la vaguedad esterilizadora de estas palabras, que no responden al estilo vital del presente -ni en España ni fuera de España. (....) No es cuestión de «derecha» ni de «izquierda» la autenticidad de nuestra República, porque no es cuestión de contenido en los programas. El tiempo presente, y muy especialmente en España, tolera el programa más avanzado. Todo depende del modo y del tono. Lo que España no tolera ni ha tolerado nunca es el «radicalismo» -es decir, el modo tajante de imponer un programa-. Por muchas razones, pero entre ellas una que las resume todas. El radicalismo sólo es posible cuando hay un absoluto vencedor y un absoluto vencido. Sólo entonces puede aquél proceder perentoriamente y sin miramiento a operar sobre el cuerpo de éste. Pero es el caso que España -compárese su historia con cualquier otra- no acepta que haya ni absoluto vencedor ni absoluto vencido. 

(... ) Pero en esta hora de nuestro destino acontece, además, que ni siquiera ha habido vencedores ni vencidos en sentido propio, por la sencilla razón de que no ha habido lucha, sino sólo conato de ella. Y es grotesco el aire triunfal de algunas gentes cuando pretenden fundar la ejecutividad de sus propósitos en la revolución. Mientras no se destierre de discursos y artículos esa «revolución» de que tanto se reclaman y que, como los impuestos en Roma, ha comenzado por no existir, la República, no habrá recobrado su tono limpio, su son de buena ley. Nada más ridículo que querer cobrar cómodamente una revolución que no nos ha hecho padecer ni nos ha costado duros y largos esfuerzos. Son muy pocos los que, de verdad, han sufrido por ella, y la escasez de su número subraya la inasistencia de los demás. Una cosa es respetar y venerar la noble energía con que algunos prepararon una revolución y otra suponer que ésta se ha ejecutado. Llamar revolución al cambio de régimen acontecido en España es la tergiversación más grave y desorientadora que puede cometerse. Lo digo así, taxativamente, porque es ya excesiva la tardanza de muchas gentes en reconocer su error, y no es cosa de que sigan confundidos lo ciegos con los que ven claro. Se hace urgentísima una división de actitudes para que cada cual lleve sobre sus hombros la responsabilidad que le corresponde y no se le cargue la ajena. 

Las Cortes constituyentes deben ir sin vacilación a una reforma, pero sin radicalismo -esto es, sin violencia y arbitrariedad partidista-. En un Estado sólidamente constituido pueden, sin riesgo último, comportarse los grupos con cierta dosis de espíritu propagandista; pero en una hora constituyente eso sería mortal. Significaría prisa por aprovechar el resquicio de una situación inestable, y el pueblo español acaba por escupir de sí a todo el que «se aprovecha». Lo que ha desprestigiado más a la Monarquía fue que se «aprovechase» de los resortes del Poder público puestos en su mano. Una jornada magnífica como ésta, en que puede colocarse holgadamente y sin dejar la deuda de graves heridas y hondas acritudes, al pueblo español frente a su destino claro y abierto, puede ser anulada por la torpeza del propagandismo. 

Yo confío en que los partidos (...) no pretenderán hacer triunfar a quemarropa, sin lentas y sólidas propagandas en el país, lo peculiar de sus programas. La falsa victoria que hoy, por un azar parlamentario, pudieran conseguir caería sobre la propia cabeza. La historia no se deja fácilmente sorprender. A veces lo finge, pero es para tragarse más absolutamente a los estupradores. 

Una cantidad inmensa de españoles que colaboraron con el advenimiento de la República con su acción, con su voto o con lo que es más eficaz que todo esto, con su esperanza, se dicen ahora entre desasosegados y descontentos: «¡No es esto, no es esto!» 

La República es una cosa. El «radicalismo» es otra. Si no, al tiempo."

 

                              ¡Que firme ahora mismo o lo matamos!

 

Pero la alegría primeriza fue evolucionando hacia la desilusión y a la desesperanza. Porque Ortega se dio cuenta enseguida que por los derroteros que estaban siguiendo las Izquierdas, y principalmente los republicanos de Azaña y los socialistas del PSOE, la República acabaría mal y desmotivado abandonó las Cortes e incluso clausuró la "Agrupación al Servicio de la República", con un "Manifiesto" que se hizo público el 29 de octubre de 1932 y que en realidad era una ruptura. 

Y apartado de la política activa se refugió en su cátedra, en sus conferencias y en sus libros, no sin antes despedirse con su famoso discurso del "Cinema de la Ópera" de Madrid de "Rectificación de la República", en el que entre otras cosas dijo: "Lo que no se comprende es que habiendo sobrevenido la República con tanta plenitud y tan poca discordia, sin apenas heridas, ni apenas dolores, hayan bastado 7 meses para que empiece a cundir por el país desazón, descontento, desánimo y en suma tristeza". 

Y con ese ánimo descorazonador y triste le llegó el 18 de julio de 1936. Una tristeza que se convirtió en preocupación y miedo cuando recibió la noticia del asesinato de Calvo Sotelo y más cuando los milicianos acabaron a sangre y fuego con la sublevación militar del Cuartel de la Montaña.

Tan sólo 4 días después una tarde se presentaron en su domicilio particular un grupo de milicianos armados que tras aporrear la puerta con sus fusiles entraron con un manifiesto que tenía que firmar. En aquella situación se produjo la siguiente escena (que más tarde, ya en el exilio, recordaría en su obra "En cuanto al Pacifismo"): 

  • "¿Qué queréis? –les preguntó la hermana, con el miedo reflejado en sus ojos, y más sabiendo como sabía que su hermano estaba muy enfermo en la cama. 
  • Venimos a que el "Sabio" firme este "papel". 
  • ¿Y qué es eso? 
  • Un Manifiesto. ¡Hay que acabar con los asesinos fascistas!  
  • ¡Que lo firme ahora mismo o lo matamos! 

    Y la hermana cogió aquel papel y se lo llevó al dormitorio. Naturalmente cuando Ortega leyó el texto gritó furioso: "Eso no lo firmo yo ni aunque me maten". 
  • Por favor, Pepe, que estos son capaces... 
  • ¡Pues que me maten!, yo no firmo esa locura... Sal y se lo dices así. 

    Y con espanto, aunque tratando de evitar lo peor, trató de ganar tiempo y les dijo: 
  • Mi hermano dice que esto no lo puede firmar él, pero que si se cambian algunas cosas está dispuesto a firmarlo. 

    Y aquellos radicales se miraron, dudaron y dijeron:
  •  
  • Está bien, así se lo diremos a los del Comité, pero volveremos. 
  • ¡Sí, volveremos, Don José tiene que dar la cara para acabar con los asesinos fascistas! 

Y dando patadas a la puerta salieron de la casa." 

Fue un momento casi trágico y Ortega ya no lo dudó y aun estando enfermo se puso en contacto con su hermano Eduardo y le contó lo que había pasado. Eduardo, que tenía buenas relaciones con los miembros del Gobierno y con la Directiva del PSOE, asustado, se movilizó y en unos cuantos días consiguió que Ortega saliese de España con su mujer y sus tres hijos. El 1 de agosto de 1936 ya estaba en París y comenzaba su exilio. "Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo".
 

Un exilio que también tendría alternativas, porque de París se fue a los Países bajos y luego a Argentina, donde permaneció, aplaudido y agasajado por el mundo intelectual, varios años y desde donde siguió los avatares de la Guerra Civil y el final de abril de 1939. Curiosamente no regresa voluntariamente a España, pero en 1942 se instala en Lisboa y con frecuencia viaja a Madrid. El Régimen de Franco le da plena libertad de movimientos, aunque no le restituye en su cátedra de la Universidad, incluso llega a pagarle los sueldos devengados esos años. Hasta que en 1945, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, decide volver definitivamente "por España". Murió en 1955 y a su entierro, multitudinario, acudió la Plana Mayor del Franquismo .