Para salir al paso de ciertas sutilezas, en la zona vascongada donde mandaron los del Gobierno vasco, iban diciendo que les interesaba la independencia patria, y para ello no les importaba unirse a los comunistas, porque obtenida la victoria muy pronto dominarían estas fuerzas. Candidez la de los obispos de Vitoria y Pamplona, pensaban aquellos, que condenaron con razones que luego terminarían por cumplirse.

Esto era lo que decían los obispos: “No, esta razón no debilita un ápice las nuestras; primero, porque para un católico la primera de las razones es la autoridad, cuando se ventilan intereses del espíritu y aquellos otros que, sin ser puramente espirituales, dicen relación a la conducta moral y a la vida eterna. Luego, porque no es lícito hacer un mal para que de él se derive un bien, ni se puede anteponer la política a la religión; antes que la Patria está Dios, a quien debemos amor sobre todas las cosas. Y, finalmente, porque es grave peligro pactar con un enemigo tenaz, poderoso, irreductible, como lo es el que hoy pretende la hegemonía de España porque la fidelidad de los pactos no obliga a los sin Dios, fundamento único de toda obligación moral, porque el comunismo no se contenta con menos que con todo y porque al final de la contienda, cuando os halléis, tal vez en minoría, frente a un enemigo irreconciliable, por principios y por objetivo social, quedaréis en el desamparo en que quedan siempre las minorías en régimen de democracia autocrática, ya que el comunismo ha hecho compatible en el hecho de la vida social esta antilogía de regímenes políticos”.

En realidad, los obispos no hacían otra cosa que repetir la doctrina de Pío XI, aplicada a la realidad de los vascongados ¿Y cuál fue la actitud y conducta de los nacionalistas ante el documento de los obispos? No hay peor cosa que subvertir la jerarquía de los valores en la vida. Los nacionalistas vascos habían antepuesto ante todo la causa de su política y era lógico que su actitud tuviera un reflejo en esta cuestión: rebelarse. Y se rebelaron.

Primero negaron que existiera aquella famosa Pastoral. Muchos dudaron entonces que existiera realmente tal documento, aunque se había dado por la radio; se había editado en el Boletín eclesiástico; y el rumor de la calle también traía noticias de todo aquello.

Los católicos ante el drama vasco

El pueblo vasco sufrió en su conciencia y de haber conocido la doctrina de la Pastoral la habría acatado y cumplido. A la realidad de los católicos vascos ante el drama de su pueblo en armas, pudieron hacer varias precisiones: la mayor parte de los católicos vascos anteponían su fe cristiana al sentimiento político; la mayoría de los políticos nacionalistas vascos antepusieron el credo político a su credo católico; casi todos los nacionalistas del pueblo permanecieron de buena fe en el error, por culpa de sus dirigentes; se llegó a crear una teología de la guerra que llegaba al pueblo a través de los periódicos, del folleto, de la radio y también de cierta parte del clero; había un fondo  de simpatía hacia el nacionalismo por su exaltación a la tierra vasca; una parte del clero conocía y falseó la verdad del documento; la mayoría del clero fue víctima de la propaganda contra la doctrina de los obispos de Vitoria y Pamplona.

Esta fue la voz de los Pastores en aquellos difíciles momentos: “No podéis cooperar al quebranto del Ejército español… si triunfan los marxistas, no habrá salvación para los católicos y procurarán por todos los medios borrar hasta el último vestigio de Dios”.

Calumnia, que algo queda

Obsesionados los gobernantes vascos con que el mundo les diera la razón, quisieron explotar también el mito del obispo perseguido, forzado a escribir y firmar documentos que no quería ni sentía como propios. Incluso llegaron a reclamar la ayuda del mundo para salvar al obispo de Vitoria. Roma callaba, los obispos españoles igual, y el mismo obispo también guardaba silencio. Luego, todo el mundo pensaba, que era verdad lo que decían los separatistas.

Pero el obispo de Vitoria si habló entonces. Lo hizo en Roma, donde confirmó que era cierto que le habían hecho firmar lo que no quería ni sentía. Por otra parte, eran católicos los que propagaban las dudas.

Como es sabido, la mentira tiene las patas muy cortas y siempre es fácil darle alcance. El propio Dr. Múgica, en una carta escrita en Frascatti, el 25 de julio de 1937 decía: “No, quien me conoce  sabe perfectamente  que yo no he firmado, ni firmo, ni firmaré   jamás  documentos episcopales  por coacción de nadie… Díjose que en Bilbao negaron que fuera auténtico aquel documento y para deshacer la falsedad Radio Vitoria, Radio Castilla de Burgos  y nuestro Boletín Eclesiástico del 15 de septiembre de 1936 hicieron resonar la verdad… Finalmente, consigno una vez más que aquel documento fue nuestro, del Ovispo de Pamplona y mío”.

Los separatistas vascos supieron difundir la sombra de la sospecha, pero los documentos de los que entresacamos los párrafos más determinantes demuestran la verdad en los testimonios de los obispos y, sobre todo, el del Papa Pío XI.