Desde que comenzó el verano de aquel año se respiraba en el ambiente algo anormal. De Norte A Sur y de Este a Oeste, se había ido extendiendo una calma rara que presagiaba tormenta inminente. Los periódicos de la Oposición – que eran casi todos-- no ocultaban sus preparativos de ataque. En los cuarteles se manejaban, abiertamente las listas de los generales que estaban a favor, las de los que estaban en contra y las de los “indecisos” (sobre todo desde que, oportuna o inoportunamente se había extendido a capitanes generales a los marqueses Novaliches y de la Sabana). Que era como si todo el país se hubiese convencido de que el choque era inevitable, desde todo lo que se tenía que hablar ya se había hablado y de que había llegado el momento de las armas. Ni si quiera los monárquicos más fervorosos apuestan ya un real por la permanencia de Isabel II en el trono… la propia Reina, la de los tristes destinos, en medio del harén en que había transformado la Corte, no sabe ya qué hacer ni qué medidas tomar, aunque sabe, eso sí, todo, que allí enfrente, invisible, está el enemigo. Ese enemigo que ha sabido recoger y encontrar los ánimos de un pueblo cansado de guerra, de luchas parricidas, de politiquerías y de escándalos palaciegos… Ese enemigo que dispuesto a salvar a la Patria en ruinas ha lanzado ya el ¡basta! Que hace limitar la dignidad por la humillación.

Y así, en ese clima de angustia y de tensión, resuenan en Cádiz los redobles del tambor y las armas de los cañones al amanecer del día 18 de septiembre de 1868:

La Revolución está en marcha. ¡Viva España con honra!... (exclaman los sublevados) y el grito corre de boca en boca por todo el país como un reguero de pólvora… Es la España nueva que nace.

Pero allí, como impuesto por el destino, hay un hombre que es el alma de ese afán transformador. Un hombre que ganó su gran prestigio militar en el ejército de África, y que sabe desde tiempo atrás qué quiere y a dónde va. Un militar que une a sus dotes de mando el arte de saber gobernar (incluida la intriga). Un hombre que por no saber callar ante las torpezas de quien ostentaban el Poder y hacen imposible la concordia nacional, no ha tenido más remedio que soportar el ostracismo. Es el general don Juan Prim.

Y con él a la cabeza y a su lado también el general Serrano y el almirante Topete, lanzan sus gritos de guerra. Y su “Manifiesto a los Españoles”, que escribe el gran poeta Manuel José de la Quintana:

Españoles: La ciudad de Cádiz puesta en armas, con toda su provincia, con la Armada anclada en su puerto, y todo el departamento marítimo de la Carraca, declara solemnemente que niega su obediencia al gobierno de Madrid, segura de que es leal intérprete de todos los ciudadanos que en el dilatado ejercicio de la paciencia no hayan perdido el sentimiento de la dignidad, y resuelta a no deponer las armas hasta que la Nación recobre su soberanía, manifieste su voluntad y se cumpla.

Hollada la ley fundamental, convertida siempre antes en celada que en defensa del ciudadano; corrompido el sufragio por la amenaza y el soborno, dependiente la seguridad individual, no del derecho propio, sino de la irresponsable voluntad de cualquiera de las autoridades; muerto el municipio; pasto la Administración y la Hacienda de la inmoralidad y del agio; tiranizada la enseñanza; muda la prensa y sólo interrumpido el universal silencio por las frecuentes noticias de las nuevas fortunas improvisadas, del nuevo negocio, de la nueva real orden encaminada a defraudar el Tesoro público; de títulos de Castilla vilmente prodigados; del alto precio, en fin, a que logran su venta la deshonra y el vicio. Tal es la España de hoy.

(…)

Acudid a las armas, no con el impulso del encono, siempre funesto; no con la furia de la ira, siempre débil, sino con la solemne y poderosa serenidad con que la justicia empuña su espada. ¡Viva España con honra!

Cádiz 19 de Septiembre de 1868.

Duque de la Torre. Juan Prim.-Domingo Dulce. Francisco Serrano Bedoya. Ramón Nouvilas. Rafael Primo de Rivera. Antonio Caballero de Rodas. Juan Topete.

Gaceta de Madrid, 3 de octubre de 1868.

Desgraciadamente aquella Revolución que pasaría a la Historia como “La Gloriosa” no terminó bien y acabó como casi todo termina en España: como el rosario de la Aurora. Con una Monarquía electiva, con una Republica cantonal y con otra Rebelión militar para traer, de nuevo, a los Borbones.