Estos tiempos de arrestos domiciliarios, toque de queda, confinamientos, distancia social obligatoria, prohibición de reuniones, mascarillas a modo de bozales y todas esas limitaciones de libertad a las que estamos sujetos desde hace más siete meses, tal vez nos hagan olvidar las sistemáticas mermas de libertad -algunas han pasado casi inadvertidas- que hemos ido sufriendo a lo largo de los años.

Tanto en la situación actual, como en las pequeñas limitaciones de libertad de las que venimos siendo objeto de forma silenciosa a lo largo de los últimos años, hay un denominador común a modo de coartada: el miedo. Ha sido necesario, primeramente, inocular el terror y el recelo en toda la población antes de adoptar cualquier medida. Un terror insuperable ante el que estamos dispuestos a sacrificar incluso nuestras libertades más elementales, permitiendo que los que nos gobiernan hagan lo que les venga en gana, al igual que sucede hoy en día.

Una estrategia muy elaborada que ha dado siempre óptimos resultados a aquellos que se han valido de ella para imponer su forma de pensar o simplemente ocultar su falta de voluntad, por el motivo que sea, a la hora de adoptar las medidas previas necesarias que evitarían los ulteriores ataques a nuestras libertades individuales.

Sin recato alguno, incluso con la aquiescencia de una buena parte de los distintos segmentos de la sociedad, acaban de imponer, cual estado de guerra, el “toque de queda” enmascarado bajo la denominación menos agresiva de “restricción de la movilidad nocturna”, un eufemismo de los que ya hablamos en otra ocasión y que, en la práctica, supone una manifiesta limitación de uno de nuestros derechos fundamentales, la libertad de movimiento.

Llama la atención que estos que enarbolaban falsariamente la bandera de “prohibido prohibir”, sean ahora los impulsores y más férreos defensores de este conjunto de medidas, que tan solo provocan prohibiciones y limitaciones para imponer sus criterios ideológicos, algo que ni tan siquiera sucedía cuando los “estados de excepción” declarados en tiempos de Francisco Franco, alguno de los cuales vivimos en primera persona.

Sin embargo, esto de la limitación de nuestras libertades viene ya de atrás, especialmente desde los albores de este siglo XXI.

Probablemente, muchos todavía recuerden cómo eran los viajes en avión de hace cuarenta años. Nos plantábamos en el Aeropuerto de turno con la antelación suficiente, nos acercábamos al mostrador de la Compañía con la que íbamos a volar, nos facilitaban la tarjeta de embarque y accedíamos al interior de la aeronave. No había férreos controles, nadie nos exigía quitarnos los zapatos ni el cinturón; no nos impedían llevar un frasco de colonia; ni tampoco nos miraban como si todos fuésemos sospechosos de ser terroristas y mucho menos nos prohibían embarcar, de forma arbitraria, por el mero hecho de tener el D.N.I. caducado del mes anterior.

Algo similar, sucedía en las Estaciones de ferrocarril. Antes, no hace mucho, cada vez que emprendíamos o rendíamos un viaje, casi siempre había, a pie de andén, alguien que nos despedía o nos recibía. La chiquilla de nuestros sueños con la que, ya con el tren en marcha, nos besábamos, a veces de forma apasionada, teniendo que subir apresuradamente al vagón para no quedarnos en tierra, o el familiar o amigo de turno que acudía a la Estación para darnos la bienvenida o simplemente para desearnos un feliz viaje con un abrazo.

De aquello, ya no queda nada, ni el recuerdo. Gestos tan sencillos y entrañables como los referidos, hoy han sido reemplazados por severos controles donde las máquinas detectoras o un vigilante de seguridad anónimo, constituyen la última y la primera imagen con la que nos topamos cada vez que emprendemos o rendimos un viaje en cualquier Estación de ferrocarril o Aeropuerto.

Tampoco podemos acceder libremente a los puertos para recrearnos con la contemplación de los buques allí surtos, una visita que se repetía especialmente cuando era una unidad de nuestra querida Armada la que recalaba en los muelles de la ciudad. Hoy, las zonas portuarias están férreamente valladas y sus accesos controlados, haciendo imposible cualquier incursión salvo en circunstancias muy concretas.

¿Cuál es el motivo que se aduce para esta limitación de libertades? Pues ni más ni menos que “nuestra seguridad”.

Es cierto que todo tiene su origen en aquel criminal atentado contra las torres gemelas, en septiembre de 2001; sin embargo, tras la irrupción del terrorismo islamista, cabe preguntarse ¿se han adoptado medidas serias para prevenir estos hechos? La respuesta es no. Por nuestras fronteras siguen llegando a diario cientos de individuos procedentes de los países donde se adiestra a estos grupos terroristas sin que nadie adopte la mínima medida para controlar este indiscriminado acceso. Todo se resuelve, es mucho más sencillo, limitando las libertades de los posibles objetivos de estos ataques: nosotros.

Otro ejemplo. Tampoco se permite ya la realización de aquellas acampadas juveniles que hacíamos en nuestros años de juventud para reencontrarnos con la naturaleza y pasar un fin de semana al aire libre, aprendiendo a ser hombres en unión y camaradería con otros que aspiraban a lo mismo que nosotros.

¿Motivo? Salvaguardar los montes y los bosques. Sin embargo, antes, se registraban infinitamente menos incendios forestales que hoy en día, toda vez que, los que salíamos al monte, habíamos recibido enseñanzas para cómo cuidarlo, evitando el mínimo accidente. Hoy, en lugar de buscar con ahínco a los responsables de estos desmanes o a los que se benefician de ellos, se nos prohíbe a todos acampar bajos las estrellas.

También nos han prohibido, beber una cerveza o un “carajillo” en un campo de fútbol ya que, al parecer, tal acción incrementa la violencia de los espectadores. Antes, cada uno llevaba al estadio lo que le daba la gana y los incidentes eran mínimos. Sin embargo, en lugar de perseguir a los grupos violentos o a las Directivas que alientan la existencia de estos, financiando incluso sus viajes cuando el equipo de turno juega fuera de casa, nos limitan la libertad a todos los demás.

Para todo ello, para este constante goteo de medidas que limitan nuestras libertades, la permanente coartada es la de “nuestra seguridad”.

Nos han prohibido fumar incluso por la calle, aduciendo que atentamos contra la salud pública, sin embargo, son muchas las voces, incluso de los populistas que tienen sillón en el Consejo de Ministros, que claman para que se permita el consumo libre de la marihuana que, por cierto, también es fumable.

Quieren cargarse la Fiesta Nacional ya que atenta contra el ideario del animalismo beligerante, pese a que saben que la supresión de la Fiesta acarrearía la desaparición de la raza de toros de lidia, pero eso no es relevante.

En el colmo del delirio de estos malvados social-comunistas, ya barruntan la posibilidad de prohibirnos comer carne los lunes para que, con ello, nos concienciemos con el sufrimiento animal; sin embargo, los promotores de semejante idea son los mimos bellacos que promocionan el aborto y la eutanasia indiscriminadas, aduciendo que son derechos del individuo.

Toda esta merma de libertades ha indo informando, poco a poco, nuestra vida cotidiana en la que, todo tipo de prohibiciones se ha implantado a lo largo de los años, de una forma sutil y que, en muchos casos, ha pasado casi inadvertida.

Lo más sorprendente es que, como sucede ahora con esto de la Covid 19, todo lo justifican aduciendo a que se hace por “nuestro bien”, “nuestra seguridad”, “nuestro futuro”, “nuestra salud”… Así que, encima, tendremos que estarles eternamente agradecidos. Aun cuando, es fácilmente colegible que no es tanto por estas excusas que nos dan, cuanto por la falta de medidas para atajar muchos de los problemas que sufrimos, que hubieran exigido la implantación, en su momento, de drásticas limitaciones afectando exclusivamente a los posibles infractores y no a la totalidad de la población.

Y esto, es solo el principio. Ya nos tuvieron en arresto domiciliario durante dos meses y nadie protestó. De hecho, alguno salía, a ventanas y balcones, todo ufano, a aplaudir no se sabe bien a quien, llegadas las ocho de la tarde de cada día. Los mismos que, más tarde, se convirtieron en “policías de balcón” capaces de chivarse -eso es lo que hacían, a imagen de aquel odioso compañero de clase que levantaba la mano para decirle al profesor de turno que alguno estaba copiando- de todo aquel que conculcase las normas arbitrariamente dictadas.

En el colmo del adoctrinamiento, del adocenamiento, incluso nos dicen -lo dijo el CNI, que ya es el colmo-, de quien “podemos” fiarnos y de quien no; que hay unos medios de comunicación, que son los que ellos llaman “tradicionales” -los afectos y bien subvencionados por el poder y por el globalismo-, a los únicos que debemos recurrir en busca de una información “veraz”, ya que los demás, los que no comulgan con sus ideas, son unos conspiranoicos que atentan contra la seguridad nacional. ¡Increíble!

Ahora, cómo última medida del despropósito, vienen de vuelta con un nuevo estado de alarma por un periodo de SEIS MESES y, encima, con el “toque de queda” incluido, cómo si se tratase de un estado de guerra, con lo cual, a partir de determinada hora no “podemos” salir de casa ni siquiera a pasear el perro que, por lo que hemos visto, tiene más derechos que nosotros. Probablemente, esta medida tan absurda, obedezca a que el quimérico “comité de expertos”, ha llegado a la sabia conclusión de que el “bicho”, actúa cual vulgar vampiro, así qué pobre de aquel que ose salir por la noche a las calles ya que la Covid, al más rancio estilo de un Drácula de turno, se encargará, sin piedad, de contagiar a quien lo haga.

Por supuesto, no se adopta la lógica medida de perseguir a aquellos que se reúnen en botellones -por cierto, promovidos en su día por estos mismos que ahora coartan nuestra libertad- o en reuniones clandestinas a los que bastaría con sancionar administrativamente de forma ejemplar. No, pero eso no se hace por temor a perder votos entre el segmento más joven donde tienen un caladero importante de seguidores acérrimos, así que, mejor, pagamos todos, con lo cual, tienen la excusa perfecta.

También, nos prohíben cualquier manifestación en la que no se guarde la debida separación social -otra limitación del fundamental derecho de reunión-, con el fin último de que nadie salga a las calles a clamar contra las arbitrariedades de estos miserables que nos llevan a la ruina. Sin embargo, no observaron las mismas normas allá, por el 8 de marzo, cuando su “manifa feminazi” fue la primera gran fuente de contagios. Sin embargo, ahora, ante el temor a que el pueblo, harto de tanta arbitrariedad, se eche a las calles hay que evitarlo como sea.

Pero hay más, no nos olvidemos que, con esta medida, que se prolongará, ni más ni menos, hasta el mes de mayo, se acabaron las fiestas navideñas, las Cabalgatas de Reyes, las procesiones de Semana Santa y se lleva por delante la mitad del Xacobeo-21, sospechoso ¿no?

Y más tarde… Ya veremos. Cualquier otra medida, a cada cual más restrictiva de la libertad, a la espera de que llegue la tan ansiada y deseada vacuna, con la que los globalistas -Soros y cia.- se harán, como mínimo, de oro y encima exigirán a toda la población que se la inocule y aquel que no lo haga será marcado, al igual que hicieron los nazis con los judíos, con una estrella roja, eso sí, de cinco puntas, o simplemente, pintarán los portales de nuestras casas, al igual que en las epidemias de peste del medievo, con un aspa negra.

Por cierto, como medida “innovadora” para acabar con esta pandemia, en el colmo de la estupidez, los malvados e ignorantes podemitas de Málaga, han propuesto que se elimine, este año, el alumbrado navideño, ¿será que las luces multicolores animan al “bichito” a atacar con más virulencia o será por otra cosa…?  

A todo esto, hay que añadir que, como en permanente estado de sospecha, controlan nuestros movimientos a través de los móviles y por medio de internet, eliminando en las redes sociales los comentarios discrepantes, aduciendo que incitan al odio y, sin embargo, permiten que se enaltezcan a los asesinos de ETA, a los separatistas catalanes y a los podemitas que amenazan e insultan, impunemente, a quien no piensa como ellos; limitan nuestros derechos de libre circulación y de reunión; tratan de imponernos un pensamiento único, una memoria única y una cultura única y, para colmo, manipulan, por medio de la prensa, radio y televisión, la información para que solo recibamos aquella que a ellos les interesa.

Sin embargo, aquí no pasa nada, nadie dice nada. Todos callan. Incluso algunos aplauden fervorosamente que mermen nuestras libertades y, mientras tanto, la economía al garete, el paro disparado, los negocios cerrados o al punto de cerrar. La ruina total y todo sigue igual. El pueblo aterrorizado, callado y sumiso.

Por eso, cualquier tiempo pasado fue mejor.