A los que vivieron la Guerra y a los que vivieron durante el Régimen de Franco, e incluso, a las nuevas generaciones ya posteriores a la muerte del Caudillo, no hay que recordarles lo que fue y significó el “Cara al sol”. El himno que llegó a igualarse, por su bellísima letra y su música, con el himno nacional, hasta el punto de que normalmente se cantaban los dos en todos los actos oficiales. Pero hoy me voy a limitar a reproducir las páginas de Agustín de Foxá en las que cuenta cómo se hizo y cómo nació el “Cara al sol”. Pasen y lean:

“Una tarde, tomé un taxi y le dije al taxista:

—    A la calle Serrano, numero 86.

Tenía prisa por llegar

Salió a recibirme sonriente José Antonio.

—    Qué madrugador. ¿Qué deseas?

—    Vengo a hacerme de Falange

—    Me parece muy bien; esta noche dormirás con la conciencia más tranquila.

Le llevó a su despacho y le hizo la ficha

—    ¿Tu segundo apellido?

—    Torroba.

—    ¿Tienes automóvil?

—    Sí.

—    ¿Cuánto quieres cotizar?

—    4 duros

—    Yo mismo te presento

Firmó y le entregó la pluma.

Pensó  que acaso iba a firmar su sentencia de muerte. Se acordó de los tres ataúdes junto al yeso del depósito. Pero vio también lo ojos seguros, serenos, de José Antonio, que prometían la victoria de la juventud.

Y firmó serenamente”.

Pero, no había pasado un mes cuando José Antonio en persona le llamó por teléfono y le dijo: “Hola Agustín, esta noche tomamos una copa y me gustaría que estuvieses. ¿Dónde? En “Or Cóndor”. Vale, allí estaré. ¿A qué hora? Después de cenar. Vale.”

Al entrar ya se veía que el local era una especie de rastro Aristocrático donde acudían los visitantes franceses a impregnarse de tipismo madrileño. Allí se vendía al esnobismo del momento, libros raros de brujería, viajes y recetas, grabados antiguos, zuecos, cerámica y mantones de Manila.

—    Está ya abajo, don Agustín – le dijo un camarero nada más entrar.

Los bajos del hotel eran una especie de cueva vasca, con acuarelas de Guipúzcoa en lo zócalos, carros de bueyes rojos, caseros de boina, frontones, maizales, curas con paraguas y cielos promisos de Loyola.

—    Hola, José Antonio. ¿Cómo estás?

—    Hola Agustín, yo bien y por lo que veo tu también.

Allí estaban el Marqués de Bolarque (Don Pedro), Rafael Sánchez Mazas, José María Alfaro, Dionisio Ridruejo, Luis Rosales y  Jacinto Miquelarena. En un momento el maestro y compositor se puso al piano y sonó una música alegre enérgica y guerrera.

—    A ver ¿Cuántos poetas hay aquí? – dijo José Antonio – porque os he reunido aquí porque no quiero dejar pasar un día más sin que hayamos hecho una canción para nuestra Falange, un himno, los chicos necesitan himnos y canciones, música enérgica que les encienda el corazón y la mente. Así que manos a la obra y escribir lo que se os ocurra, entre todos estoy seguro que lo conseguiremos esta noche.

—    Y aquellos poetas se dispersaron y cada uno en una mesa, entre las migas de pan y el olor reciente de la fruta fueron escribiendo sus versos.

Foxá escribió los primeros, defendía que el arranque del himno tenía que ser brioso, fuerte, enervante:

De cara al sol con la camisa nueva,
que tú bordaste en rojo ayer.

José Antonio y Rafael amputaban silabas preposiciones. Y se acercó Dionisio Ridruejo con un papel arrugado; leyó:

Volverán banderas victoriosas
al paso…

Llenó la palabra que le faltaba con el la la inarticulado de las canciones que no se recuerdan; añadió:

de la Paz.

Todos  se abstrajeron en la caza del adjetivo:

—  El paso fuerte

—  Recio

—  Alegre

Hizo José Antonio el ademán de coger en el aire aquella palabra

—    Eso, eso; alegre.

Ridruejo apuntó: “al paso alegre de la paz.”

—    ¡Magnífico!

—    ¿Dónde está José María?

—    Arriba, en la barra. Voy a buscarle.

No salía la segunda estrofa. Resultaban barrocos todos los intentos a base de ejércitos sobre las nubes y pálidas centurias de muertos.

José María bajaba y recitaba la estrofa de la sonrisa de la primavera y aquella tan hermosa cuyo último verso era:

Que en España empieza a amanecer.

Eran las dos y media de la madrugada. Agustín encendía su último pitillo. Algunos se querían marchar. Pero Agustín Aznar vigilaba la puerta.

—    De aquí no sale nadie.

Campanudo y taciturno, don Pedro, el canciller, como le llamaba José Antonio tachaba con una línea de lápiz el segundo verso de la última estrofa, aquel que ya nadie iba a conocer: “y será la vida, vida nueva”. Escribió con la letra menuda encima unas palabras.

—    ¿No os gusta más esto:

Que por cielo, tierra y mar se espera?

Aprobaron unánimes.

—    Desde luego mejor.

—    Gana mucho.

Propuso Bolarque impaciente:

—    Aunque esté incompleto el himno, vamos a cantarlo.

José Antonio se frotaba infantilmente las manos; agrupáronse alrededor del piano.

—    Atención

Sonaron los primeros compases. Comenzaron a cantar. La música se hacía densa; eran voces juveniles que invocaban a la muerte y a la victoria. Se ponían firmes inconscientemente, levantaban el brazo. Y era que estaba allí el himno, arrebatándoles, sorprendiéndoles a ellos mismos, vivo ya, independiente, desgajado de sus autores.

En los ojos de José Antonio brillaba una luz de entusiasmo velada por una ligera tristeza. Le parecía escuchar en la cercana calleja las pisadas rítmicas de sus camaradas que marchaban hacia un frente desconocido, y que penetraba por la ventana el aire frio de las batallas y de las banderas. Y se imaginó a sus mejores pronunciando, moribundo en la tierra,  en el mar y en la aire, aquellas palabras que hacía unos minutos, sobre el papel, no eran nada y que ya no pertenecían a los poetas.

Exaltábase Rafael releyendo la primera estrofa:

—    Tiene “cosa” popular. Esto es lo bueno. Las rimas fáciles, “nueva” con “lleva”.

Comentaba José Antonio todavía enardecido:

—    Ha quedado estupendo; lo haremos cantar en la calle de Alcalá con acompañamiento de pistolas.

Flotaba sobre las mesas el humo denso de los pitillos. Salieron. Hacia frio. Subieron por Alcalá, entre faroles, levantándose los cuellos de los abrigos.

Al día siguiente, Agustín de Foxá encontró la estrofa de los caídos. Se la llevó al anochecer a José Antonio.

Si caigo aquí tengo otros compañeros

que montan ya la guardia en los luceros

imposible el ademán.

 José Antonio añadió tres versos para enlazar con la tercera estrofa.

Si te dicen que caí

me fui

al puesto que tengo allí.

Reparó Agustín:

—    Dos veces “caí” no me gusta.

—    Pon en su lugar “formaré” y acompáñame a Recoletos.

Bajaron por la calle de Olózaga y José Antonio se metió en Bakanik

Al final el himno, que acabaría siendo casi el himno de la España nacional y hasta la muerte de Franco, quedó así:

Cara al Sol con la camisa nueva,
que tú bordaste en rojo ayer,
me hallará la muerte si me llega
y no te vuelvo a ver.

Formaré junto a mis compañeros
que hacen guardia sobre los luceros,
impasible el ademán,
y están presentes en nuestro afán.

Si te dicen que caí,
me fui al puesto que tengo allí.

Volverán banderas victoriosas
al paso alegre de la paz
y traerán prendidas cinco rosas
las flechas de mi haz.

Volverá a reír la primavera,
que por cielo, tierra y mar se espera.

¡Arriba, escuadras, a vencer,
que en España empieza a amanecer!

¡España una!
¡España grande!
¡España libre!
¡Arriba España!”