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El segundo recuerdo de mi infancia que se me viene siempre a la cabeza en cuanto abro mi baúl de los recuerdos tiene que ver con la Guardia Civil. Aquella Guardia Civil de los años del hambre… Verán, yo vivía en la Calle Montilla (después la cambiarían de nombre) de mi pueblo de Nueva Carteya, una calle muy curiosa, porque la mitad era completamente llana y la otra mitad era una cuesta de 73 escalones. A la izquierda, y casi haciendo esquina, en la calle que nosotros llamábamos “El camino”, estaba el Cuartel de la Guardia Civil y a la derecha, y al subir el último escalón de la cuesta, estaba La Plaza del Mercado, único mercado del pueblo, donde se ubicaban la iglesia de San Pedro, también la única de Nueva Carteya, y el Ayuntamiento. Aquella plaza era el lugar más concurrido por las mañanas y el más solitario de las tardes-noches.

Pues bien, por aquella calle Montilla pasaban todas las mañanas, y casi siempre a la misma hora, entre 9:00 y 10:00, una pareja de Guardias Civiles que conducían a un hombre, a veces dos y hasta tres, con las manos atadas a la espalda. Eran los detenidos que los Números trasladaban desde el Cuartel, primera estación de cualquier detenido, al Ayuntamiento, donde realizaba sus funciones el Juez (creo que eran “Jueces de Paz” que no tenían por qué ser titulados, normalmente eran vecinos del pueblo elegidos por las “fuerzas vivas”). Aquella imagen de los presos conducidos, malvestidos, de caras tristes y siempre con alpargatas, y la de la pareja de la Guardia Civil, con sus uniformes verdes recién planchados y sus tricornios brillantes como una patena, no se me ha olvidado nunca.

Un día le pregunté a mi madre: “Mama (así le llamábamos a mi madre, al igual que “Papa” a mi padre) ¿y por qué llevan a esos hombres presos?” Y mi madre siempre me daba la misma respuesta: “Hijo, porque habrán robado algo, seguro que habrán robado algunas gallinas, algún pavo o algún cochino… Sus familias se están muriendo de hambre