Hubo un tiempo en que estuvo de moda esta expresión  “los niños de la guerra” pero han pasado ya varias  generaciones desde que dejó de ser tema de comentario hablar de quienes,  con 6, 8 o algunos años más vivimos el “terror rojo”.

Porque los niños que la vivieron en “zona nacional”,  no estaban incluidos en esa denominación. Se entendía que la expresión se refería a quienes la habíamos pasado en “zona roja” con diversa suerte. Unos ¡pobrecitos!, desgraciadamente vieron que  se los llevaban a Rusia;  así,  ¡por las buenas!, otros tuvimos mejor suerte y nos libramos del “paraíso de Stalin”.

Probablemente, --no creo equivocarme—son escasos los lectores enterados de que  también los “vascos” enviaron fuera de España a otros “niños de la guerra”, pero no a Rusia.  Me enteré en Cuba. Un capuchino, --al que acompañé varias veces en Semana Santa a “bautizar por los bohíos de la manigua”,  como he referido en otro artículo—independientemente de que era un “Sacerdote modelo” en el aspecto religioso,   estaba enfermo del “cáncer de la ‘superioridad vasca’ y del desprecio a los “maquetos” y era un separatista convencido… y fue uno de los que embarcaron algún niño vasco para “Bruselas”… me lo contó otro capuchino navarro, de la misma comunidad (Ciego de Ávila).pero muy español y, también excelente ministro de Dios..

Ya quedamos pocos “niños de la Guerra” por ley natural…¡han pasado  “ochenta y cinco años”!  y, no nos convocan, ya,  para participar en las Olimpiadas…En vista de lo cual, me ha parecido oportuno hablar un poco de mis experiencias de niño de ocho años  en la “zona roja”. Tengo muchas y muy bien grabadas en la mente. Me limitaré a dar unas “pinceladas”, aunque podría escribir un libro.

La primera: ¿Cómo me enteré yo del inicio de la Cruzada con el Alzamiento Nacional contra la República del Crimen, el 18 de julio de 1936?

--Lo recuerdo como si hubiera ocurrido ayer. Estaba jugando sólo,  en un  extremo del Barrio… y,  en un momento dado oigo a un señor decirle a otro: “¡Ha estallado la guerra!”. 

Ciertamente,  en Santander, en 1936 teníamos no lejos de casa, el cine de la Alameda,  pero se frecuenta poco, y los niños, no teníamos la cabeza llena de películas del Oeste y,  yo me quedé “intrigado”: ¿Qué querrá decir eso?, era chino para mí.

Eso sí, al llegar a casa,  mis tíos nos cogieron  a mi primo Isaac, y a mí, nos quitaron las medallas y escapulario y nos dieron toda una serie de “normas”: Dejaríamos de ir a la Catequesis, no teníamos que hablar con nadie de lo que oíamos,   jugar sí, pero no responder a las preguntas de extraños,… Y nos lo dijeron serios. Mi primo tenía un año más que yo…

Otro tema; la “pelea de los aviones rojos” contra el “Acorazado España”. Desde la “carretera del Alta”,  apoyados en la tapia del otro lado de la calzada, todo el barrio presenció una “película” en “directo”. Veíamos los aviones que intentaban acercarse al acorazado para tratar de hundirlo,  “bombardeando” pero sus cañones se lo impedían y,  los proyectiles,  dejaban en el cielo, unas manchas  de la explosión en forma de “comas” negras, muy cerca de los bombarderos… Para nosotros –los chavales-- era un espectáculo divertido. (Ignorábamos lo que allí se jugaba), Una “mina”  lo hundió desgraciadamente, no los aviones rojos.

Otro recuerdo, muy duro; el primer bombardeo de Santander. (27-XII-1936)

Estábamos los niños jugando en la calle-- era domingo y hacía muy bueno--, cuando, de repente, un soldado, llega corriendo y gritando y a empujones nos haced entrar a toda prisa en los sótanos cercanos. Un segundo,  después oímos el estallido de una bomba-. Había caído a menos de cien metros,  de donde jugábamos,… y  vi,  y experimenté,  las consecuencias: era una “lluvia de cristales” uno de ellos  me abrió una .pequeña herida en la “V” que forman el índice y el pulgar de la mano izquierda, me ha durado la marca hasta que con  los cambios de la vejez ya no es visible.

Al salir en la calle,  varios cadáveres y entre ellos el del soldado que nos había a los niños. Con los años dudaba si realmente había muerto el miliar y, cuando en la celebración de los setenta años de la Liberación de Santander me invitaron a hablar (“Y yo estaba allí”—copiando a Bernal Días del Castillo--)  me acerqué al Barrio y encontré con una señora que lo había vivido como yo y me confirmó que, era verdad, ella lo había visto muerto.

Luego, nos hicieron el “refugio contra los bombardeos” en el consulado Alemán (hoy es el Colegio de Lasalle).

Desgraciadamente, el famoso bombardeo, empezó por la Carretera del Alta y el Barrio Obrero, y ¡yo “estaba allí!”…también en esta ocasión,  por lo que sé de qué hablo.  Las primeras bombas, lanzadas sobre Santander, cayeron sobre nosotros.

Se ve que los nacionales tenían información un tanto equivocada.  Y confundieron la fábrica de “curtidos” --del otro lado del Alta--, con una fábrica de armas o algo así.

No ampliaré más detalles porque no acabaría.

Otro “episodio” que recuerdo,  lo presencié desde la boca del “refugio” que miraba hacia la Bahía t dominaba la Ciudad. Al estar “en alto”,  disfruté –éramos niños…--de un “combate aéreo de los cazas nacionales y los cazas “rojos” sobre  la parte baja de Santander y encima de la bahía… ¡Espectacular la pelea!, y no era una película proyectada sobre la pantalla del cine, sino un combate real inolvidable  que, desde la entrada del refugio, su situación  nos permitía contemplar con la máxima seguridad…

Estos relatos, sé que gustan, y por eso continuaré en otra ocasión, pues la vida de los “niños de la guerra” no tiene desperdicio.

¿Cómo podría olvidar yo –en las circunstancias que vivimos hoy--,  a aquellas “marimachos” –hoy serían feministas  furibundas”-- de “mono y pistolón”, tomando cerveza en la “Polar” de la Alameda, rodeadas de matones “rojos”?