De alguna forma, estar vivo consiste en contar a los muertos, en narrar y recordar sus peripecias vitales, hasta el fin del mundo o hasta la muerte de uno mismo. Me embarga la congoja al conocer la noticia —con días de retraso— de la muerte de Mikel Azurmendi. No le conocí personalmente pero quise entrevistarlo en más de una ocasión después de quedar deslumbrado con su libro El abrazo. Hacia una cultura del encuentro; uno de los mejores ensayos publicados en España en años. Pertenecía a la generación de Jon Juaristi, Fernando Savater o de Mario Onaindia, que pasaron de pertenecer y/o simpatizar con ETA a combatirla. Muchos le recordarán sólo por haber fundado el Foro de Ermua, y harán bien, pero Azurmendi fue mucho más: novelista, filósofo, articulista, profesor, cocinero, padre, amigo y, finalmente, creyente. Meses antes de morir decía de sí mismo: “Mi viejo yo ha muerto. Hoy soy un aprendiz”.

En su excelente libro El abrazo. Hacia una cultura del encuentro escribía: “Todo enamorado ha sentido ese deseo de traspasar el muro de la realidad para descubrir lo misterioso y milagroso de su estado de cosas mental y emocional ante el encuentro con la persona de su vida. Ese deseo no se colma con obtener un objeto ni saciar una carencia, sino que exige llenarse más y más del amante, de toda existencia del amante, tanto cognitiva como emocionalmente. De manera que el deseo sería algo como una fuerza interna hecha de apetencia inteligente-afectiva que nos lleva a maravillarnos del mundo y de los seres humanos. Una potente apetencia por desvelar el misterio de la realidad y de uno mismo. Como si fuésemos un cohete que nos impulsase más allá, como si nuestra alma fuese una pedigüeña con los brazos siempre abiertos para recibir el regalo de la vida con todas sus cosas. Nuestra naturaleza sería pura avidez de alcanzar vida buena y bella”.

Azurmendi estudió antropología en la Sorbona de París, donde leyó a Sartre y estudió, entre otros, a Simmel, Pareto y Durkheim. Estuvo inmerso en el “Mayo del 68” parisino lanzando adoquines contra la policía y buscando la playa debajo de sus pies. Fue un destacado antropólogo y sociólogo español que conocía de memoria a clásicos de la talla de Max Weber. Siguió un itinerario intelectual similar al de otros personajes de su generación —Antonio Escohotado, Gabriel Albiac o José María Álvarez—, pasando del marxismo al liberalismo. Con el añadido de que Azurmendi estuvo amenazado por ETA, sufrió torturas a manos de sus ex-compañeros terroristas y hasta fue víctima de un atentado que, por fortuna, resultó frustrado, como narra en su autobiografía Ensayo y Error. Y tuvo el añadido de que en la última vuelta del camino encontró la trascendencia, algo que no pueden decir todos sus coetáneos, muchos de los cuales siguen inmersos en el materialismo o en el nihilismo derivado del 68. Porque Azurmendi fue capaz de despojarse del lastre modernista y de abrazar, tras desnudarse espiritualmente, el estilo de vida de los primeros cristianos.

Todo ocurrió cuando fue invitado a dar una charla ante un auditorio de católicos pertenecientes al grupo Comunión y Liberación. La actitud del público durante el acto y de las personas que lo componían a la salida le dejó impresionado. Entonces decidió sumergirse, como un antropólogo que estudia una tribu, en ese mismo grupo durante sus labores caritativas y de convivencia con los pobres y enfermos en los barrios marginales de Madrid. Allí vio la miseria del capitalismo pero también vio el renacer del primer cristianismo durante un período de dos años ininterrumpidos. Durante esa investigación se dio cuenta de que todos los grandes nombres de la sociología y de la antropología partían de un sesgo de base por el cual sus conclusiones estaban equivocadas y en ningún caso habrían podido explicar con sus leyes estrictamente materialistas la dinámica interna y el funcionamiento del grupo católico que Azurmendi estudiaba. Porque, según Azurmendi, toda la Universidad europea del siglo XX y disciplinas enteras como la propia sociología o la antropología estaban fundamentadas en su rechazo furibundo de la religión. De esa metanoia personal, una auténtica transformación, surgió su fascinante obra El abrazo. Hacia una cultura del encuentro, que supuso una conmoción en numerosos círculos católicos y una conmoción en la vida del propio Azurmendi. ¿Mediante qué presupuestos racionales o biológicos se puede explicar esa entrega desinteresada al otro? Solo mediante el ejemplo de Cristo se entiende esa actitud de sacrificio y de amor. Sin embargo, Azurmendi era renuente a convertirse. Seguía dominado por el agnosticismo cauto que llevaba consigo a semejanza de su maestro y modelo intelectual Ludwig Wittgenstein.

Su libro El abrazo. Hacia una cultura del encuentro, ha sido traducido a varios idiomas y su edición italiana ha supuesto un éxito de ventas y un fenómeno cultural. Se trata de una obra llena de testimonios, historias, fragmentos ensayísticos, crónicas periodísticas, extractos de dietario, experiencias autobiográficas y demás mezcla de géneros que sirve para demostrar cómo a la religión se llega por la comprensión, sí, pero también como nadie encuentra la fe mediante la razón, o no sólo, sino fundamentalmente por la experiencia. Escribió: “Humanidad tenía allí la forma sensible de la misericordia y no la forma inteligible al modo kantiano o pascaliano. No, la humanidad no era allí el Hombre sino que te sentían a ti, apreciaban tenerte cerca porque pasabas junto a ellos y eras tú. No se trataba de la sacralidad de la persona en abstracto, en cuanto símbolo de la Humanidad entera. No se ritualizaba el quilate de género humano que había en ti: tú no eras el sagrado portador de derechos humanos ni la encarnación de la Razón, sino que eras tú, otro semejante a los que por allá andan, sufren y se alegran. Se apreciaba la costumbre de una efusión por el cuerpo presencial del otro, algo así como un generoso hábito de piedad hacia el otro que se hubiera contraído sin esfuerzo, como si fuese una pasión y no una casualidad ni un deber. Todo era allí un coro de Antígona clamando «nada es más asombroso que el ser humano», o sea, tú mismo”.

En El abrazo. Hacia una cultura del encuentro se puede leer: “Aunque se diera que Dios no existe, sería verdadero el estilo de vida de esta gente. Pero sin que exista Dios, jamás sería realizable la belleza de la experiencia cotidiana de gente que abraza la vida como ésta. Además, tan sólo merced a este estilo humano de vivir la vida es como se puede comprender qué significa que Dios existe”. Azurmendi era un Dostoievski y un Solzhenitsyn español que pasó de revolucionario a creyente. Meses antes de su muerte, se convirtió al cristianismo: así lo afirmaba, al menos, en una carta pública y en una entrevista, la última, donde se le veía en paz consigo mismo. En esa misma entrevista sintetizaba sus principales convicciones: “la vida no es para guardarla ni para conservarla, la vida es para dársela al otro, porque el otro es un bien y siempre dependemos del otro”. Mikel Azurmendi tenía casi ochenta años al momento de morir. Si el cristianismo es un acontecimiento que no se pueden reducir a la mera razón, Charles Peguy decía que “cristiano es el que da la mano”; quién abre los brazos para abrazar al otro o propone siempre el encuentro con el prójimo, podríamos añadir. Jamás podré hacer esa entrevista, pero no desisto de la posibilidad de un encuentro. Nos vemos al otro lado, Mikel Azurmendi.