El Desembarco de Alhucemas

Un día como hoy, 8 de septiembre, festividad del Nacimiento de la Virgen, de hace noventa y ocho años, tuvo lugar un hecho decisivo en nuestra historia militar reciente, el glorioso Desembarco de Alhucemas que supuso el comienzo del fin de una pesadilla que llevaba años mortificando a España: la guerra de Marruecos.

No vamos a retrotraernos muy allá en el tiempo ya que, desde que en 1912, y eso sin contar lo sucedido en 1893 y en 1909 -guerra de Margallo y guerra de Melilla, respectivamente-, tomamos posesión formal de la Zona del Protectorado marroquí, que nos habían asignado los tratados internacionales tras la Conferencia de Algeciras de 1906, la situación de guerra, primero latente y más tarde declarada, en aquel territorio, provocó una sangría constante de vidas españolas y la principal fuente de preocupación tanto de políticos, como de militares y del pueblo en general, teniendo su punto de inflexión en julio-agosto de 1921, con el desplome de la Comandancia General de Melilla, en lo que se conoce como “el Desastre de Annual”.

Tras los luctuosos sucesos de aquel verano de hace cien años, que se llevaron por delante la vida de miles de españoles y el repliegue de nuestras tropas hasta las puertas mismas de Melilla, comenzó la fase de contrataque y recuperación del terreno perdido. Fue un conjunto de operaciones, largo y dificultoso, en el que nuestros militares pusieron todo el empeño y valía hasta lograr definitivamente, en 1927, con éxito, el final de aquella penosa y eterna campaña.

Sin embargo, desde el principio, se sabía que la única forma de acabar con aquella pesadilla pasaba por el hecho incuestionable de tomar el corazón del Rif: Alhucemas, cuartel general de las kábilas más belicosas -beniurriagueles y tensamanes-, con su cabecilla Abd el-Krim al frente. Pese a todo, por uno u otro motivo, se tuvo que aguardar a la llegada al gobierno del insigne General Miguel Primo de Rivera en 1923 para que la operación militar, conducente a alcanzar tal objetivo, comenzase su fase de planeamiento.

Para lograr el objetivo final solo cabían dos opciones, una acción por tierra que permitiese la toma de aquel territorio, algo que ya se había intentado sin éxito en la campaña de 1921, o una anfibia que, teniendo por objetivo la bahía de Alhucemas, cogiese al enemigo de revés.

Con relación a las operaciones anfibias todavía pesaba negativamente en la opinión general el desastroso resultado del desembarco aliado en Galípoli en 1915, en el contexto de la I Guerra Mundial, lo que provocó el abandono de este tipo de operaciones, hecho este que otorga al Desembarco de Alhucemas un mayor valor, además de constituir la primera acción de estas características en la historia reciente de España.

El General Primo de Rivera, aclamado por sus tropas, en la cubierta del Torpedero 22 (Museo Nacional de El Prado)

Tras lograr la colaboración francesa, algo prácticamente negado hasta entonces, al comprender que Abd el-Krim y sus pretensiones republicanas suponían un serio peligro también para los intereses galos, especialmente tras la batalla de Uarga -el llamado “Annual francés”, un conjunto de acciones que se desarrollaron en la Zona francesa del protectorado entre abril y julio de 1925 y que costó a Francia un importante número de bajas-, comenzaron a definirse los objetivos de la operación.

El General Primo de Rivera, asumió el mando supremo de la operación, poniendo en la jefatura del componente terrestre al General Sanjurjo; en la del naval al Vicealmirante Yolif y en la del aéreo al General Soriano.

Esta acción militar en la bahía de Alhucemas ha pasado a la historia como una operación conjunta entre las Fuerzas Armadas españolas y francesas, además de un operativo combinado al tomar parte en él efectivos y medios tanto terrestres, como navales y aéreos.

Sin embargo, pese a que a muchos historiadores, incluido algún español, se les llene la boca aduciendo que se trató de una operación conjunta hispano-francesa, si nos atenemos a los hechos y a los efectivos participantes, tal aseveración no deja de ser una suerte de falacia histórica, toda vez que tanto la dirección, como el peso de las operaciones fue, casi en exclusiva, español y, por tanto, constituye, fuera de toda duda, un éxito de nuestras armas, contando con una pequeña colaboración de nuestro país vecino.

Tomada la decisión y diseñado el plan de operaciones, que se llevaría igual a la práctica aunque no se contase con la colaboración francesa, se procedió a la adquisición por nuestra Armada de un total de veintiséis barcazas “K”, procedentes de la fallida operación de Galípoli, que se encontraban arrumbadas en Gibraltar y que se trasladaron a Ceuta una vez fueron puestas en estado operativo. A partir de ahí, comenzó el alistamiento de los medios humanos, así como del material y el equipamiento necesarios para alcanzar el objetivo previsto: el desembarco y toma de Alhucemas, una operación arriesgada, debido a lo abrupto del terreno y a la capacidad defensiva de los rifeños, que, caso de no alcanzar el éxito pondría el prestigio militar de España en entredicho a nivel internacional.

La diferencia de los medios aportados entre nosotros y los franceses es abismal. Por parte española, concurrieron a la operación un componente terrestre integrado por unos 13.000 hombres, pertenecientes a Unidades de las Comandancias Generales de Ceuta y de la Melilla.

La fuerza procedente de Ceuta, bajo el mando del General Leopoldo de Saro, estaba integrada por la 6ª y 7ª Banderas del Tercio; tres Tábores de Regulares del Grupo “Tetuán” nº 1; un Tábor de la Mehala de Larache; tres Tábores de harca, dos de la de Tetuán y uno de la de Larache; tres Batallones de Cazadores de Africa; una Batería de obuses de 10,5 cm.; dos Baterías de montaña de 7,5; una Compañía de Carros de Asalto FT-17 (12 carros); cuatro Compañías de Zapadores, dos del Batallón de Tetuán y dos del de Larache; una Sección de alumbrado; una Sección de tendido telefónico; ocho Estaciones ópticas; un Parque móvil con dos Secciones; tres Estaciones radio-telegráficas; una Sección de obreros; una Compañía de montaña de Intendencia; una Sección de panadería de campaña, otra de depósito de víveres y otra de faeneros de Intendencia; una Ambulancia de Sanidad de montaña; un Hospital de campaña; una Sección del Servicio de higiene; una Sección de la Compañía de Mar de Ceuta y otra de camilleros.   

La cabeza de playa

La fuerza procedente de Melilla, bajo el mando del General Emilio Fernández Pérez, estaba integrada por la 2ª y 3ª Banderas del Tercio; tres Tábores de Regulares del Grupo de Melilla; tres Tábores de la Mehala de Melilla; la Harca de Melilla; un Batallón Expedicionario de Infantería de Marina; un Batallón de Cazadores de Africa; un Batallón del Regimiento de Infantería “Africa” nº 68 y otro del de Melilla nº 59; una Batería de obuses de 10,5 cm.; dos Baterías de montaña de 7,5; tres Compañías de Zapadores; una Sección de alumbrado; una Sección de tendido telefónico; nueve Estaciones ópticas; un Parque móvil con dos Secciones; tres Estaciones radio-telegráficas; una Sección de obreros; una Compañía de montaña de Intendencia; una Sección de panadería de campaña, otra de depósito de víveres y otra de faeneros de Intendencia; una Ambulancia de Sanidad de montaña; un Hospital de campaña; una Sección del Servicio de higiene; una Sección de la Compañía de Mar de Melilla y otra de camilleros.   

El componente naval estaba formado por la Escuadra de Instrucción y por las Fuerzas Navales del Norte de Africa e integrada por dos Acorazados (Alfonso XIII y Jaime I); cuatro Cruceros (Méndez Núñez, Blas de Lezo, Victoria Eugenia y Extremadura); un Portahidros (Dédalo); dos Destructores (Alsedo y Velasco); siete Cañoneros (Cánovas del Castillo, Canalejas, Dato, Laya, Lauria, Recalde y Bonifaz); once Guardacostas (Uad Muluya, Uad Kert, Uad Martín, Uad Ras, Uad Lucus, Uad Torga, Tetuán, Arcila, Larache, Alcázar y Xauén); seis Torpederos (7, 11, 13, 14, 17 y 22), siete Guardapescas (Marinero Jarano, Maquinista García, Condestable Zaragoza, Cabo de Infantería de Marina Garciolo, Torpedista Hernández, Contramaestre Castelló y Marinero Cante); cuatro Remolcadores (Ferrolano, Cartagenero, Gaditano y Cíclope); dos Aljibes (Africa y E); 26 Barcazas “K” (1 a 26), blindadas y provistas de motor; dos Transportes de Guerra (Almirante Lobo y España nº 5) y 19 Transportes mercantes (Menorquín, Cabañal, Segarra, Vicente Ferrer, Escolano, Castilla, Vicente Roda, A. Cola, Alhambra, Aragón, Lázaro, Jorge Juan, Florinda, Sagunto, Romeu, Navarra y Menorca), entre ellos dos buques Hospital (Villareal y Andalucía).

El portahidros “Dédalo”

El componente aéreo, integrado por la 2ª y la 3ª Escuadra, con cinco Grupos y once Escuadrillas, alineaban un total de 101 aparatos de los modelos “Breguet XIV”, “Bristol F2B”, “Fokker C-IV”, “Breguet XIX”, “Savoia S16”, “Dornier Wal”, “De Havilland D.H.4”, “Potez XV” y “De Havilland D.H.9”, de bombardeo y reconocimiento, así como por tres Hidroaviones sanitarios “Junkers”. Por su parte, la Aerostación Militar aportó un Globo. Otras fuentes cuantifican la fuerza aérea en tres Escuadras con seis Grupos.

En cuanto a la aviación naval, se contó, además de con el portaviones “Dédalo”, con tres Escuadrillas de hidroaviones de seis aparatos cada una, de “Savoia 16B”, “Supermarine” y “Macchi 18” de bombardeo y reconocimiento y un Dirigible rígido, así como otros seis “Macchi 24” de la base de Mar Chica.

Como se advierte, se trataba de una imponente demostración de fuerza, participando, en el componente terrestre una parte importante del Ejército de Africa; en el naval, el grueso de la Escuadra de Instrucción y de las Fuerzas Navales del Norte de Africa, siendo también de mucha relevancia el componente aéreo, a sabiendas de la ferocidad y el importante número de rifeños a los que tendrían que enfrentarse nuestras fuerzas.

El aporte francés, consistió en un Batallón de Infantería de Marina que no desembarcó hasta 24 horas después del inicio de las operaciones y ya con la cabeza de playa prácticamente consolidada; un Acorazado (París); dos Cruceros (Metz y Strasbourg); dos Torpederos (Annamite y Tonkinois); dos Avisos (Reims y Amiens); un Remolcador con un Globo cautivo y una escuadrilla de bombardeo “Farman Goliath”, compuesta por seis aparatos. Es fácilmente deducible, por tanto, que la fuerza aportada por los franceses no pasó de discreta por mucho que se obstinen algunos historiadores en pretender compartir, en igual medida, el éxito de la operación entre ambas Naciones.

Tampoco se debe caer en el error de creer que la resistencia ofrecida por los rifeños fue baladí, antes bien todo lo contrario. Alrededor de unos 11.000 hombres formaban el ejército de Abd el-Krim, disponiendo de la artillería que nos había ocupado en las diferentes posiciones caídas en la fase anterior de las operaciones, especialmente tras el Desastre de Annual. Además de esto, habían logrado disponer de capacidad de minado, de hecho, en la playa de la Cebadilla, habían enterrado hasta cuarenta minas que hubo que inutilizar. A todo esto, hay que sumar la ferocidad tradicional del rifeño, el conocimiento del terreno y la ocupación de las alturas que hubo que cañonear con la artillería naval y con los bombardeos aéreos.

La operación, bajo el mando supremo del General Primo de Rivera, constituyó todo un éxito. La primera oleada del desembarco comenzó a maniobrar hacia el objetivo a las 1100 horas y a las 1300 la segunda. Tras iniciar un rápido avance, se toman las alturas dominantes no sin oposición de los rifeños que causan importantes bajas en nuestras filas, incluso alcanzan con sus piezas algunos de nuestros buques. Sin embargo, la aviación realizó una operación de castigo contra los objetivos enemigos y al final de la tarde, los 13.000 hombres y una buena parte del material e impedimenta estaban ya en tierra.

Los carros FT 17, desembarcados en Alhucemas

Tras vencer la resistencia rifeña, el día 23, con todo el material desembarcado y contando con el apoyo logístico necesario, se inició el avance que culminó el 13 de octubre, tras consolidar todas las posiciones. A partir de ese instante, comenzaría el principio del fin que llegaría en 1927 con la ocupación total y la pacificación de la zona española del Protectorado.

Uno de los militares más destacados en esta operación fue el entonces Coronel Francisco Franco que, al frente de sus Legionarios, ocupó la extrema vanguardia, siendo su columna la primera en desembarcar a unos 50 m. de la playa de Ixdain, teniendo que recorrer esta distancia hasta la costa con el agua a la altura del cuello y el armamento en alto, bajo el fuego enemigo.

El desembarco, planeado a conciencia y del que se guardó absoluta reserva hasta el último momento, resultó un éxito hasta el punto de no solo revalidar las operaciones anfibias que habían sido prácticamente descartadas por todos los Ejércitos después de lo de Galípoli, sino también por ser la primera vez en la historia que medios blindados -los 12 FT 17- participan en una operación de estas características.

Sobre este asunto de la participación de medios blindados, cabe resaltar que, aunque la citan algunos autores como concurrente a la operación, hay certeza absoluta de que la Batería de Schneider CA-1, de procedencia francesa igual que los FT 17, con que contaba el Ejército, no participó en el desembarco.

La relevancia internacional de esta gran operación viene avalada, además de por el éxito obtenido, por el hecho de que, años después, serviría como referente a la hora de planear el Desembarco de Normandía.

¡Honor y gloria a los héroes del desembarco de Alhucemas!