En la tarde del 30 de agosto de 1951, el Jefe del Estado Generalísimo Francisco Franco  visitaba  el campamento que llevaba su nombre, instalado por el Frente de Juventudes en la playa de Gandarío,

En el Campamento Nacional “Francisca Franco”, esperaban la llegada del Caudillo, el capitán General de la VIII Región Militar, Teniente General Delgado Serrano; obispo de Mondoñedo, doctor Vega Mestre; gobernador civil y jefe provincial del Movimiento de La Coruña, señor Pardo de Santallana; gobernador militar, general Mariñas Gallego; presidente de la Audiencia Territorial, Marqués de Caballero: alcalde de La Coruña, Alfonso Molina Brandao; presidente de la Diputación Provincial, Diego Delicado; el Ayuntamiento de Sada con su alcalde, así como el secretario nacional del Frente de Juventudes Alfonso Pérez Viñeta y el asesor nacional de Cultura señor Sosa, catedrático de la Universidad de Madrid. Animismo esperaban al Generalísimo el jefe del Campamento Francisco Vales-Villamarín Vía, mandos del Frente de Juventudes y los sacerdotes de las parroquias cercanas.

En el campamento, que se hallaba adornado con profusión banderas Nacionales y del Movimiento, se celebraba en aquellos momentos  un turno campamental al que habían concurrido 198 seminaristas procedentes de la diócesis de Mondoñedo. Lo seminaristas convivían con otros dos turnos campamentales, uno el “General Elorza” compuesto por cien aprendices de la Fábrica Nacional de Armas de La Coruña y del Parque y Maestranza de Artillería de la ciudad Herculina y otro de dos centurias del Frente de Juventudes de la Coruña.

El Caudillo de España  llegó a las seis y cuarto de la tarde. Vestía uniforme de capitán general y su presencia fue acogida con grandes aclamaciones y vítores de ¡Franco, Franco, Franco! y ¡Arriba España!

Acompañaban al Caudillo el teniente general Martín Alonso, jefe de su Casa Militar; segundo jefe de la misma, contraalmirante Nieto Antúnez; segundo jefe de la Casa Civil Fernando Fuertes de Villavicencio y otras personalidades de su séquito, así como su escolta.

Tras saludar a las autoridades que le esperaban en la puerta del campamento, el Generalísimo pasó revista a  la centuria del Frente de Juventudes de La Coruña “Monte Naranco”, que le rindió honores de ordenanza,  mientras la banda de música del Frente de Juventudes de Málaga, interpretaba el himno Nacional.

En la gran explanada del campamento formaban también el turno de los  Seminaristas de Mondoñedo y los aprendices de la Fábrica de Armas, las centurias. “Espina” y “Universitaria” de La Coruña, y los conjuntos del Frente de Juventudes de toda España, que habían participado en la competición nacional de cultura y arte, celebrada esos días en la ciudad de La Coruña  a cuyas formaciones pasó también revista el Caudillo, entre constantes vítores y gritos de ¡Franco! ¡Franco!. Finalizada la revista el Generalísimo  se trasladó al barracón donde se hallaba instalada la capilla del campamento, donde oró durante unos instantes.

El Generalísimo  en la visita que realizó al campamento Nacional “Francisco Franco” del Frente de Juventudes en Gandario (La Coruña) en 1951, en el momento de pasar revista a una Centuria que le rinde Honores de ordenanza. .

Seguidamente, pasó a una tribuna colocada en uno de los lados del amplio campo de deportes, que se hallaba flanqueado por grandes mástiles con banderas Nacionales y del Movimiento y con un repostero como dosel al fondo.

Con el Generalísimo se sentaron el capitán general, el obispo de Mondoñedo, gobernador civil y otras altas autoridades y mandos del Frente de Juventudes. En el campo de deportes, y formando cuadro, se situaron las diversas unidades del Frente de Juventudes acampadas y los conjuntos artísticos de la organización. El delegado provincial, señor Herce Valdivia pronunció unas palabras, ofreciendo al Caudillo la actuación de los conjuntos artísticos de las Falanges Juveniles de toda España y subrayando el alborozo que les producía la presencia en el campamento de Gandarío del salvador de España.

Seguidamente, el cuadro de armónicas de Valencia  interpretó varias composiciones. Después, el grupo de danzas de marineros de Rianjo, compuesto por pequeños y auténticos pescadores, vestidos con trajes de agua y portando unos tridentes de madera y descalzos, hicieron una actuación de danzas típicas marineras.

A continuación, los aprendices de la Fábrica de Armas y del Parque de Artillería realizaron unas demostraciones de gimnasia educativa. Seguidamente la “Schola Cantorum”, de los seminaristas" de Mondoñedo, interpretó una partitura religiosa.

Más tarde, la rondalla y grupos mixtos de danzas de Zaragoza actuaron ante el Generalísimo. Uno de los pequeños, acompañado de la rondalla, interpretó una jota con una salutación al Caudillo, y después el grupo de danzas interpreto un baile típico aragonés. Finalmente, la notable banda de música del Frente de Juventudes de Málaga interpretó una selección de aires gallegos.

Todas las actuaciones fueron seguidas con gran interés y complacencia por el Generalísimo, que aplaudió las interpretaciones y felicitó a los mandos de la Organización.

Al terminar la actuación de los grupos artísticos comenzó a llover torrencialmente y las  formaciones se trasladaron de nuevo a la explanada central del campamento, y a continuación el obispo de Mondoñedo pronunció unas palabras dirigiéndose al Caudillo y afirmando que el campamento simbolizaba “la España gloriosa forjada por Franco, en donde se forman los hombres para servir a Dios y para servir a la Patria”. “El clarín y la campana” —dijo—“llaman juntos a las juventudes de España”.

  1. Banderas Nacionales, de Falange Española y de la Comunión Tradicionalista flameando al viento en el campamento Nacional “Francisco Franco” de Gandarío

A pesar de la lluvia intensísima que caía en aquellos momentos, el Jefe del Estado, entre atronadores vítores, aclamaciones y flamear de Boinas Rojas, se dirigió a los presentes con estas palabras:

“En el rincón de esta ría gallega, donde todo proclama la grandeza de su Creador, en esta playa de Gandarío, donde nuestro mar bravío se torna dulce para besar las orillas en que se levanta nuestra bandera; en este sencillo campamento en el que el Movimiento Nacional imprime a nuestros muchachos el espíritu  del monje y las virtudes del soldado, habéis querido, Excelentísimo y Reverendísimo Señor, que vuestros seminaristas compartan la hermandad de las juventudes de España, en el fuego diario del campamento y en estas fiestas donde los cantos enraizados en la tierra  y transmitidos por las generaciones se elevan a los Cielos en un Hosanna permanente 

Así los futuros paladines de nuestra fe se hermanan con las legiones intelectuales y del trabajo, representadas en estas agrupaciones de estudiantes, de aprendices de nuestras fábricas, de pescadores de nuestras costas, y de trabajadores de nuestros campos.

En estos campamentos salpicados por el solar español, se siente el corazón ensanchado por la promesa de una juventud que surgió a la vida bajo los clarines de nuestra guerra, en este duro parto de la Historia con el que alumbra el amanecer de nuestra Patria.

El Movimiento Nacional vino a unir y a estrechar los lazos entre los hombres y las tierras de España. No es una cosa que caduque, ni que pueda terminarse, no es el capricho de una persona ni la decisión de un sector; es el destino de una generación; es una necesidad histórica, un imperativo de nuestro tiempo, la decisión de un pueblo en rebeldía que no quiso morir; las fuerzas del espíritu triunfando sobre el materialismo, las divisiones y las luchas intestinas que nos deshacían.

La Patria, esa Madre que vuestro obispo invocaba, no es como dije muchas veces, una propiedad; es la  Madre que manda y a la que estamos obligados a servir; una grandiosa prenda que recibimos en usufructo, que forjaron generaciones y que unas a otras entregaron amorosamente cultivando sus campos, creando sus pueblos, levantando sus iglesias, cuidándola, defendiéndola y mirándose en ella, plantando sus árboles y creando sus vegas, regando los campos y levantando sus fábricas; creando, en una palabra, todo aquello que da al hombre la tranquilidad y el bienestar.

Y sin embargo, llegó un momento en que todo en España perecía, en que los campos se anarquizaban, las fábricas se cerraban, se quemaban las iglesias, los talleres y un materialismo soez y vengativo amenazaba con destruirnos mientras unas concepciones extrañas nos enfrentaban a españoles contra españoles.

Y esa Patria, ese patrimonio sagrado donde se encontraban encerradas las esencias de nuestra existencia, todos los afectos y todos los amores, eso iba a desaparecer por voluntades extrañas y por traiciones y miserias internas.

Y estas son las razones que no caducan, esta es la realidad de montar nuestra guardia, la guardia vuestra, de los religiosos a los pies del Dios que intentaban mancillar, la guardia al pie de aquel monumento al Corazón de Jesús que, en su barbarie, quisieron fusilar y la guardia de nuestros soldados y nuestros camaradas en todos los lugares de España, en los valles como en los montes, en nuestros pueblos y en nuestras ciudades, en nuestros puertos y en nuestras fronteras, defendiendo una historia, una tradición, todo aquello que nos es querido; agrupando y sumando nuestro esfuerzo para que si otra vez la semilla extraña quisiera fructificar tropezase con nuestros puños y nuestros brazos y la Patria no peligre, esa Patria que rescatamos un día con la sangre de los mejores y que hemos de entregar engrandecida a las generaciones que nos sigan.

Habéis recibido en este Campamento las diarias lecciones del deber, habéis meditado en las tardes, alrededor de vuestros fuegos, sobre la Historia y las tradiciones de nuestra Patria, sus acciones gloriosas, sus tristezas, y con todo ello no se ha hecho otra cosa que marcaros una senda y unas normas que habéis de seguir en vuestra vida, normas que enraícen en vuestro corazón, que se presentan sacrificios, pero que nos dan  la gloria, si fuere menester, de morir contentos, que son las sendas que siguieron nuestros mejores y que son las que, lo mismo las milicias de Dios que las de las armas, seguimos desde el momento en que abrazamos una fe o juramos una bandera.

Estas lecciones de nuestros Campamentos son toda la “malicia” del tan zarandeado “totalitarismo español” que forja hombres fuertes de cuerpo y sanos de espíritu.

Yo tengo la seguridad de que si un día la Patria lo demandara, en estas Falanges Juveniles está la mejor cantera para nuestros ejércitos y detrás de nuestra bandera, en los frentes como en la retaguardia, en los montes como en los valles, nuestras Falanges encuadrarían a la juventud de España, sin pensar en los sufrimientos, como hizo nuestra generación en la  Cruzada siguiendo la trayectoria gloriosa de nuestros antepasados, cuando en los albores de nuestra historia, con un simple pan de bellotas en el zurrón, sin contar los meses ni los años, detuvieron a nuestras puertas durante siglos, derrotándolas, a las legiones más gloriosas del Imperio Romano.

¡Arriba España!»

Al terminar el Generalísimo su vibrante alocución estalló una clamorosa ovación, repitiéndose los gritos de “¡Franco, Franco, Franco!” De seguido fue entonado el Cara al Sol, dando el Caudillo de España los gritos de ritual.

La banda de música de la Falange de Málaga interpretó el himno Nacional, en el momento del arriado de las Banderas del campamento, lo que hicieron  el Caudillo, el capitán general de la Octava región Teniente General Delgado Serrano  y el obispo de Mondoñedo,

El Caudillo de España en el momento del arriado de Banderas del campamento del Frente de Juventudes de Gandarío.

A continuación, cuando las manecillas de los relojes marcaban las siete y media de la tarde,  el Caudillo, tras despedirse de las autoridades y  mandos del campamento, se dirigió al coche que había de conducirle al Pazo de Meirás, rodeado por las  juventudes falangistas que no dejaron en ningún momento de aplaudirle y vitorearle