Recuerdo cuando era niño y escuchaba la canción del legionario: «Cada uno será lo que quiera, nada importa su vida anterior» y recuerdo además el novio de la muerte: «Nadie en el tercio sabía quién era aquel legionario tan audaz y temerario que a la legión se alistó, nadie sabía su historia». ¿Qué?, ¿cómo? ¿Podría ser eso posible hoy? Yo, que generacionalmente no tuve la ventura de tener que realizar el servicio militar obligatorio y, además, soy víctima de la LOGSE, no alcanzo a imaginar aquella posibilidad de conmutar o redimir sin muerte ni resurrección. 

Sin embargo, así fue. Lo acreditan la historia y decenas de testigos. Los entrevisté, lo juro. A unos cuantos. Orgullosos, con nostalgia, aunque para no hacer eterno este artículo, sólo reseñaré las añoradas andanzas del legionario Gustavo MORAL por ser uno de los más representativos. «Siendo yo recluta en la subinspección de la legión sita en Leganés, en 1979, fui testigo de cómo un hombre llegó corriendo y se metió dentro del cuartel de guardia. Los legionarios que estaban de centinelas le pararon y, en ese momento, cuando estaba subiendo el chaval parte de las escalerillas, llegó un coche de la policía. El sargento se fue hacía el tío que había huido, diciéndole que se saliera para fuera. El prófugo dijo que le dieran asilo. El sargento cogió un contrato de 5 años, se lo puso encima de la mesa y, señalando el contrato, le dijo “Firma aquí”. El hombre lo firmó, entonces el sargento salió a hablar con la policía. El que estaba al mando de los dos, con el rostro rígido y constreñido, espetó: “Ha entrado un delincuente y queremos que lo saquen”. Sin titubear, el sargento replicó: “Aquí dentro sólo hay legionarios”. “No, lo hemos visto entrar”. El sargento le repitió “Aquí dentro solo hay legionarios”. El policía entendió el sentido de sus palabras y se limitó a decir “Si son todos legionarios, entonces no hay problema alguno”.» 

Dicho lo cual queda debidamente acreditado que hubo un tiempo en el que a los legionarios no se les preguntaba por su pasado, que podían alistarse hasta en un mero banderín de enganche ante el Gobierno Militar, bajo seudónimo y sin documentación que acreditase su identidad. Nada había que probar más que ante los médicos ser útil, tal y como escribió Millán Astray, en su libro “La Legión”. Eso significó una renacer para hombres que se habían equivocado. Se les daba una nueva oportunidad que entrañaba bien para la sociedad. Malhechores y criminales abandonaban el mal arte de delinquir y se entregaban a defender su nación.

Ahora, en cambio, sin esa posibilidad, la única opción es la cárcel; pero es bien sabido que las prisiones producen un efecto contrario al deseado por nuestra constitución y demás normas, para con los reclusos, sobre todo en la mayoría de los módulos de las mismas. Más de 50.000 presos en España (hemos llegado a tener cerca de 80.000 durante esta democracia, frente a los menos de 10.000 en la dictadura del General Franco), con un coste de 2000.-€/preso/mes. Vistos los datos, parece más idóneo buscar una solución que empodere a los reos y aporte valor a la sociedad. Es mucho más sencillo, barato y eficaz, reinsertar, resocializar y reeducar a los internos desde La Legión que desde una cárcel. 

Planteo la opción de ingresar en La Legión como medida cautelar alternativa a las de prisión provisional y/o como pena sustitutiva al cautiverio tradicional en régimen cerrado. De tal forma se conseguiría restituir el perjuicio causado a la víctima, pagando la responsabilidad civil mediante el trabajo del legionario y del mismo modo a la sociedad, defendiendo a España y participando en misiones internacionales. Se lograría, ahora sí, la reinserción y reeducación de los penados en armonía con el artículo 25.2 CE, dada cuenta de la función educativa en valores de la que es bandera La Legión. Se conseguiría incluir a los delincuentes implicándolos en un proyecto, sometiéndolos a disciplina y vinculándolos a todos a una gran causa-compromiso.

Si ya fue costumbre aceptar en La Legión a los forajidos y reconducirlos, ahora no debería existir temor ni duda alguna a la hora de que cualquier persona privada de libertad por la justicia, pueda ser resocializada y educada en valores. ¿No será mejor que maliciarlos en los vicios y en las bandas de la cárcel? 

Antonio Casado Mena

Doctorando en derecho. Abogado y economista.