Planteamiento

La pretendida retirada por la archidiócesis de Mérida-Badajoz de la lápida de caídos de la población de Monasterio, en uno de sus templos característicos, según nos informa la prensa electrónica, nos invita a exponer la contribución sangrienta y patrimonial de la diócesis de Badajoz, en defensa de la Fe durante la última guerra civil, a los efectos de comentar una breve síntesis sobre la persecución religiosa en Extremadura. Y todo ello motivado por la existencia de un convenio concertado actualmente entre la Diputación socialista de Badajoz y la citada archidiócesis, en cuya virtud se fija que ésta última se obliga a retirar las lápidas relativas a la Guerra Civil de sus edificios religiosos a cambio de determinadas ayudas económicas para la hipotética restauración de bienes eclesiásticos: en teoría, los vestigios que hicieran mención al recuerdo trágico de la guerra; pero que, en puridad, representa un fraudulento eufemismo con el que se pretende aniquilar toda referencia al heroísmo del bando vencedor, para así esconder las responsabilidades morales de la izquierda en el holocausto que implicó la guerra civil. Pues bien, sorprende tal decisión episcopal por el martirio y sacrificio que supuso para dicho territorio eclesiástico el azote inmisericorde del izquierdismo extremeño, influenciado por dos fanáticos de cuidado: la diputada socialista Margarita Nelken, agente secreto de la URSS según la documentación desclasificada de la CIA, y el ugetista Martínez Cartón, un diputado que se vanagloriaba de la Rusia soviética de los años treinta. No sólo eso, sino también por la preterición de los miles de badajocenses que, enrolados en las unidades del ejército regular o en los batallones de voluntarios, murieron en defensa de la cristiandad, en los diferentes frentes de batalla, cualquiera que fuese su ideología particular. Y es que no estamos hablando aquí del regionalismo carlista ni de la revolución pendiente, sino de meros soldados católicos que, aunque hoy pudiera pensarse -en ciertos sectores “progresistas” de la Iglesia- que quizás aquéllos estuvieran errados, creían férreamente que ofrecían su vida en defensa de la Fe.

Pues bien, todo esto parece olvidarlo el arzobispado extremeño, por lo que nos vemos en la necesidad de repasar, siquiera brevemente, lo que sufrió la iglesia de Badajoz por causa del socialismo durante la guerra civil, sin entrar en el inventario de daños ocasionados por dicha ideología durante la II ª República o la posguerra y sin tratar siquiera las afrentas observadas en los territorios episcopales de Plasencia y Coria. Por lo demás, hemos prescindido en este prontuario estadístico de utilizar fuentes civiles, pues preferimos servirnos de materiales históricos de naturaleza eclesiástica; la mayoría de ellos originarios de la provincia de Badajoz o provenientes de datos recolectados en dicha demarcación provincial, y que, paradójicamente, la referida archidiócesis extremeña parece desconocer en el momento presente.

Fuentes eclesiásticas

Informe del Vicario de la Diócesis de Badajoz (1941)

El Obispado de Badajoz elaboraba una memoria en abril de aquel año, lo suficientemente expresiva de lo que supuso el holocausto rojo para dicho territorio episcopal, todo ello a solicitud del fiscal instructor de la Causa General. Pues bien, el estudio enumera un total de 34 religiosos asesinados en la diócesis, comprendiendo sacerdotes, miembros de órdenes religiosas y seminaristas. Por su parte, los templos de iglesias y conventos destruidos de forma notable fueron según dicho estudio diez edificios, destacando los incendios de las iglesias parroquiales de Almendralejo, Azuaga, Llerena, Monasterio y Fuente de Cantos; mientras que las profanaciones y saqueos afectaron a más de setenta templos, señalándose el empleo del hacha y el fuego para destruir las imágenes sagradas, pisoteándose y dispersando por el suelo las sagradas formas. El referido informe, pese a que no pueda considerarse aún completo, detalla minuciosamente los tormentos y suplicios sufridos por el personal eclesiástico sacrificado. Así, pone de manifiesto las terribles torturas soportadas por las víctimas, como el exponerlas varias horas al sofocante sol extremeño antes de matarlas; las repetidas palizas infligidas; la fractura de huesos y la espina dorsal; el cabalgar sobre los mártires enterrados parcialmente; el fusilamiento de clérigos enfermos; la obligación de andar descalzo sobre cal viva; amputaciones de extremidades; escarnios públicos; apaleamiento mortales; tapado de la boca con estiércol, etc.

Álbumes del Santuario Nacional de la Gran Promesa (1950-1953)

Los álbumes conservados en este santuario vallisoletano acreditan que la guerra civil produjo la muerte de 3008 habitantes de la provincia de Badajoz, comprendiendo tanto los ejecutados en la retaguardia roja como los caídos en línea de fuego, formando parte del Ejército Nacional. Pues bien, habida cuenta que el álbum de la Delegación Nacional de Excautivos, depositado también en dicho santuario, refiere el asesinato alevoso de 1144 badajocenses, nos hallaríamos con que los soldados muertos en los frentes de batalla, defendiendo los ideales cristianos de la España Nacional, serían unos 1864 extremeños, nacidos o avecindados de la provincia. Por lo demás, los restantes álbumes del santuario anotan el asesinato de 29 sacerdotes y dos seminaristas de la diócesis badajocense.

Guía de la Iglesia en España (1954)

La oficina general y estadística de la Iglesia contabiliza las bajas de la diócesis de Badajoz durante la contienda en 31 óbitos; significando que fueron asesinados un canónigo y un sochantre del clero catedralicio, dos seminaristas y hasta 27 sacerdotes, sobresaliendo entre ellos diez párrocos y arciprestes y hasta once coadjutores. También moriría a manos de la milicianada izquierdista un sacerdote, que ejercía como catedrático de instituto.

Informe diocesano de Badajoz; Manuel Medina Gata  (canónigo), circa 1960

Durante el dominio rojo fueron doce los templos arrasados o destruidos en gran parte, según este estudio inédito. Por lo demás, las autoridades rojas  se incautaron de 97 iglesias parroquiales y 45 ermitas y santuarios. A mayor abundamiento, las imágenes de talla destruidas fueron 425, los retablos despedazados sumaron 346; las tablas pictóricas aniquiladas contabilizan 72 y los cálices perdidos intencionadamente, 81. Por su parte, las profanaciones contra el Santísimo muestran las siguientes cifras: arrojado al suelo en quince parroquias; quemándolo en cuatro; y sumido sacrílegamente en otras dos.

Monseñor Montero Moreno (1961)

La estadística manejada por este estudioso -con el tiempo sería el primer dirigente de la archidiócesis Mérida-Badajoz en 1994- ha venido a puntualizar que fueron 32 miembros del clero secular los asesinados durante la contienda, de entre los 317 individuos que componían por entonces el plantel episcopal, suponiendo, por tanto, un porcentaje de pérdidas humanas del diez por ciento; mencionando detalladamente el asesinato colectivo de franciscanos y sacerdotes en la zona meridional de la provincia, donde el social-comunismo cometió barbaridades horribles, como el asesinato de familias enteras en el municipio de Granja de Torrehermosa, bajo la dirección del alcalde socialista de Llerena, Rafael Maltrana, convertido por entonces en comandante militar del sector. Por lo demás, monseñor Montero enumera en el territorio episcopal hasta seis iglesias destruidas completamente, junto con otras 125 profanadas, saqueadas y derruidas parcialmente; destruyéndose también el 33 por 100 del ajuar litúrgico de toda la diócesis de Badajoz.

 

La persecución izquierdista en la localidad de Campanario

El comité rojo de la localidad mencionada, compuesto principalmente por individuos socialistas, mandó a la muerte a decenas de vecinos, entre ellos a dos sacerdotes y un seminarista, tras utilizar principalmente el convento de la localidad como recinto carcelario. En total, en la jurisdicción de dicha localidad, fueron 29 las personas masacradas entre principios de septiembre y finales de octubre de 1936, perdiendo la vida por represalias políticas más vecinos fuera del término municipal. La razón de tal suplicio resulta evidente: los eclesiásticos inmolados eran de ideología conservadora, según informa la Causa General; fuente que también nos revela que, el dieciocho de octubre de dicho año, elementos rojos destruyeron tres iglesias de la localidad, quemando las imágenes y los objetos de culto, aparte de someter a torturas y malos tratos a setenta personas pacíficas durante varios meses del dominio republicano.

 

 Conclusión

Estos son los datos escuetos que el Arzobispado de Mérida-Badajoz parece omitir de modo incomprensible, pactando con el heredero histórico del causante de tantas calamidades intencionadas, sepultando burocráticamente el recuerdo de quienes fueron muertos por ser católicos en la retaguardia, soportando por ello todo tipo de tormentos, o, mismamente, el ejemplo de quienes cayeron en las trincheras por defender el ideal cristiano de los años treinta. Con ello muestra una docilidad sorprendente ante las arbitrariedades del poder político regional que, en esta materia tan controvertida, se ha portado como un tirano de nuevo diseño, similar a la conducta de aquel socialismo mejicano del Estado de Tabasco, que, entre 1925 y 1934, persiguió hasta la extenuación a quienes profesaban la religión católica; coyuntura que facilitó a Graham Greene un sólido argumento para escribir una de sus novelas más famosas.

Y es que la burocracia de la archidiócesis mencionada ha cometido un error garrafal, impropio de una institución tan pía y sabia, al entrar en tratos con un interesado en que no se conozca lo que sucedió en la provincia y alrededores, con ocasión de la lucha fratricida de 1936; seguramente por lo que tiene que esconder al respecto, por mor de las actuaciones deplorables de Maltrana y demás personajes del socialismo regional. En segundo lugar, por no haber consultado previamente el magnífico libro de monseñor Montero, quien aún hoy figura como arzobispo emérito de la Archidiócesis de Mérida-Badajoz. Y, en último término, por haber pactado con un colectivo sectario, como lo representa en la actualidad las huestes del socialismo extremeño, que se equiparan en esta materia a las famosas camisas rojas del gobernador mejicano de Tabasco, el socialista Garrido Canabal, quien en un alarde de anticlericalismo llegó incluso a llamar a uno de sus parientes Luzbel…

En cualquier caso, perdonar no implica olvidar, ni mucho menos esconder los mártires que murieron por unos principios que han sido la vitola de la religión católica, que si no fue exterminada por el socialismo de la época fue, precisamente, por el sacrificio generoso de esos miles de personas que ofrecieron su sangre. No hacen falta más comentarios.