Qué lejos queda ya en tiempo y en espacio aquella guerra de nuestros abuelos en la que cedimos, por los afanes expansionistas de los norteamericanos, las últimas posesiones del otrora inmenso imperio en el que nunca se ponía el sol.

Todavía queda en nuestro inconsciente colectivo aquella frase conformista de “más se perdió en Cuba”, cada vez menos utilizada tal vez porque una buena parte de las nuevas generaciones de españoles no le encuentren el mínimo sentido al ignorar que hasta hace poco más de un siglo Cuba, al igual que Puerto Rico, las Filipinas, las Marianas y las Carolinas formaban parte de España, de la España ultramarina.

El Acorazado “Pelayo”, buque insignia de la Escuadra de Reserva

Sí, lo sé, muchos de los lectores pensarán que es una exageración afirmar que una parte de las nuevas generaciones desconocen lo sucedido en las postrimerías del siglo XIX, sin embargo, he de señalar que muchos más de los que podríamos imaginar ignoran que el Sahara fue territorio español hasta 1975. Así que es fácil deducir el conocimiento que pueden tener sobre nuestras posesiones ultramarinas en el siglo XIX: ninguno.

La Historia de España, para descrédito y menoscabo de nuestro sistema de enseñanza, manejado por la izquierda recalcitrante y la pijoprogresía desde hace muchos años, es una materia que no interesa a los docentes y, en consecuencia, tampoco a los alumnos.

No hace mucho, una profesora de Historia de un centro público me hablaba del interés que, entre su alumnado, despiertan episodios como el Desembarco en Normandía y otros de las grandes guerras y, sin embargo, jamás oyeron hablar del realizado por nuestras fuerzas armadas en Alhucemas, por cierto, precursor de aquel, así como de otros brillantes capítulos de nuestra grandiosa historia militar. Todo eso, le suena a chino cantonés.

Hoy, hablarles a nuestros jóvenes de la grandeza de nuestra historia no está de moda. Nadie les habla de los Reyes Católicos y si lo hacen es para desvirtuar su figura, lo mismo que sucede con la magna obra de la Conquista de América. ¿Qué les pueden importar a nuestros jóvenes los gloriosos Tercios o las expediciones a lo largo y ancho del mundo llevadas a cabo por nuestros compatriotas?, ¿qué les pueden importar figuras inmortales como Alvaro de Bazán, Blas de Lezo o Gálvez?, ¿qué importancia tiene lo sucedido en Lepanto o en Bailén? Todo eso, a esa izquierda miserable y al separatismo incrustados en nuestro sistema de enseñanza desde hace muchos años, no les interesa y hay que reemplazarlo por la construcción de personajes y hechos creados en sus mentes perversas, incapaces de superar cualquier revisión hecha con un mínimo de rigor histórico, con el único fin de distorsionar la realidad de una Historia en la que los españoles escribimos sus más brillantes páginas.

Crucero “Carlos V”

La ignorancia mata -ignorantia necat, que dirían los latinos-, pero no se trata de una muerte física, individual, se trata de la muerte del sentimiento colectivo de pertenencia, de la muerte de los valores heredados de nuestros antepasados, de la muerte de nuestros referentes como Nación, de la muerte de nuestra Historia y de esta forma, convertirnos en una masa carente de objetivos, carente de referentes, fácilmente manejable y, en consecuencia, menos libre.

Sin embargo, no es este el tema que hoy me gustaría tratar. Simplemente, quiero recordar un hecho de nuestra historia naval poco conocido y que, de no haber sido por el contubernio angloamericano, tejido de forma muy sutil, tal vez hubiese cambiado el curso de la Historia.

Tras la batalla de Cavite, que tuvo por escenario la bahía de Manila, el 1 de mayo de 1898, en la que el Contralmirante Montojo con una Escuadra, compuesta por buques anticuados, prácticamente desprovistos de protección y con una artillería de menor calibre, se tuvo que enfrentar con otra norteamericana, al mando del Comodoro Dewey, compuesta por buques más modernos, mejor protegidos y con mayor potencial artillero, nuestro gobierno quiso reaccionar.

Para ello, el 11 de mayo, llegó a Cádiz el Almirante Manuel de la Cámara para ponerse al mando de la Escuadra de Reserva que allí se estaba formando, con el fin de dirigirse a nuestros territorios de ultramar y participar en su defensa.

Si bien, en un principio, el objetivo de esta fuerza naval era el distraer la atención del enemigo, atacando la costa este de los Estados Unidos, con lo cual se aliviaría la presión norteamericana sobre Cuba y Filipinas, ahora el nuevo objetivo, encomendado al Almirante Cámara, era el de dirigirse al archipiélago filipino y allí contribuir a su defensa y aseguramiento para la Corona española.

Uno de los Cruceros auxiliares adquiridos por la Armada

La Escuadra de Reserva estaba formada por un conglomerado de buques de diversas características y desigual valor militar, constituyendo, en la práctica, el núcleo de fuerza más importante con que contaba la Armada que, con su partida, dejaría prácticamente indefensas nuestras costas que tendrían que ser protegidas por un puñado de buques muy anticuados o con una escasa potencia ofensiva-defensiva.

La Escuadra colocada a las órdenes del Almirante Cámara, estaba formada por cinco núcleos. El primero, el más importante y con mayor potencial bélico, lo integraban el Acorazado “Pelayo”, buque insignia; el Crucero “Carlos V” y los Cruceros auxiliares -buques mercantes propiedad de la Armada, artillados- “Patriota” y “Rápido”. El segundo, por los Cazatorpederos o Destructores “Audaz”, “Osado” y “Proserpina”; el tercero, compuesto por los Cruceros auxiliares “Isla de Panay”, que transportaba al 2º Batallón del 2º Regimiento de Infantería de Marina, y “Buenos Aires”, en el que navegaba un Batallón expedicionario del Regimiento de Infantería “Burgos nº 36”. El cuarto grupo lo integraban una serie de vapores de la Compañía Trasatlántica –“Colón”, “Covadonga”, “San Agustín” y “San Francisco”-, como buques transportes de carbón y, finalmente, el quinto, por los también vapores “Alfonso XII”, “Antonio López”, “Giralda” y “Joaquín del Piélago”. Como se advierte, un conglomerado de buques de desigual valor militar.

El Acorazado “Pelayo”, contaba con un cinturón blindado hasta 1,5 m. por debajo de la línea de flotación, así como blindaje en la cubierta y barbetas y estaba artillado con piezas de 320, 280 y 160 mm., siete tubos lanzatorpedos y otras piezas menores, y el Crucero “Carlos V”, de casco de acero y armado con piezas de 280 y 140 mm. y otras menores, constituían el grueso de la fuerza naval expedicionaria y ellos dos solos superaban, con creces, el potencial militar de la Escuadra de Dewey que operaba en Filipinas.

Por su parte, los Cruceros auxiliares, estaban artillados con piezas de 15 y 12 cm., así como otras menores, en tanto que los Vapores lo estaban con otras de 15, 12 y 9 cm, junto a otras menores.

Además de estos buques, poco más restaba para la defensa de las costas nacionales, quedando esta constreñida a la División de Cruceros auxiliares situada en Canarias y al Guardacostas acorazado “Vitoria”, el Crucero protegido “Alfonso XIII” y algunos Torpederos.

Aquel conglomerado de buques integrados en la Escuadra de Reserva, levaron anclas y partieron de Cádiz en la tarde del día 15 de junio, poniendo rumbo suroeste, en una maniobra de distracción, haciendo creer que su destino eran las costas atlánticas americanas.

De acuerdo con el plan previsto, una vez efectuada esta maniobra de distracción, al caer la noche, el grueso de la Escuadra, salvo algunos de los cargueros, viraría, poniendo rumbo sureste, internándose en el Mediterráneo, teniendo cuidado, amparándose en las sombras del nocturno, de no ser vistos por los vigías de Gibraltar para evitar que la maniobra fuese detectada y llegase a conocimiento de sus aliados yanquis.

Una vez cruzado el Mediterráneo, a la altura de Port Said, los Contratorpederos regresarían a Mahón y el resto de los buques cruzarían el Canal de Suez para, una vez atravesado el Mar Rojo, desembocar en el Océano Indico, para dirigirse a las Filipinas.

Durante la larga travesía se iría prescindiendo de los buques auxiliares, una vez consumido el carbón de sus bodegas, con el fin de que llegasen a las posesiones españolas del Extremo Oriente poco más que el “Pelayo”, el “Carlos V” y los cuatro Cruceros auxiliares, así como los buques encargados del transporte de tropas.

Sin embargo, aun a sabiendas del control que ejercían las Autoridades británicas sobre el Canal de Suez que, sin embargo, no era territorio inglés y los acuerdos internacionales que limitaban el carboneo en puertos neutrales, no se esperaba la cantidad de dificultades con las que, finalmente, se tuvo que enfrentar el Almirante Cámara.

Desde retrasos deliberados a la hora de cruzar el Canal, pasando por la prohibición de adquirir carbón, la limitación del tiempo de permanencia en puerto, hasta la negativa a permitir las operaciones de carboneo incluso desde los buques propios, todo ello debido a las descaradas presiones británicas, en connivencia con los intereses de sus socios y aliados norteamericanos, ante las autoridades egipcias y otomanas, retardaron la consecución de los objetivos asignados a la Escuadra de Reserva que no pudo cumplir los plazos inicialmente previstos.

Por fin, el 4 de julio llega la autorización para cruzar el Canal y el 7 la Escuadra se encontraba ya en el Mar Rojo donde recibe la orden de regresar a España ya que, el día 3, se había producido la batalla naval de Santiago de Cuba, con resultado adverso para nuestras armas, y se temía que la Escuadra yanki atacase las costas españolas.

De esta forma, el 27 de julio concluye la aventura de la Escuadra de Reserva con su llegada a Cádiz.

Como resumen, cabría señalar que la pérdida de peso de España en el contexto internacional y las gestiones infructuosas de nuestros representantes diplomáticos cerca de los gobiernos turco y egipcio, contribuyeron notablemente a que, finalmente, la Escuadra de Reserva no pudiese lograr su objetivo que, muy probablemente, habría cambiado el curso de la Historia.

Una página de nuestra Historia poco conocida.