1. El año de 1854 fue trágico para La Coruña. Una epidemia de cólera, de origen asiático, se cebó con la ciudad, reduciendo su censo, en el más optimista de los balances, en más de un 12% en el plazo de dos meses.

Por lo que cuentan las crónicas, el origen de esta pandemia hay que situarlo en noviembre del año anterior en el puerto de Vigo a donde arribó un vapor, llevando a bordo personal contagiado de esta enfermedad. El conocimiento de este hecho provocó que se ordenase el traslado de toda la dotación del barco al lazareto de la isla de San Simón, con el fin de cumplir la preceptiva cuarentena.

Pese a las medidas adoptadas, la enfermedad se propagó, aunque en principio con poca virulencia, afectando a segmentos de la población en que las condiciones de higiene no eran las adecuadas.

Con el paso de los meses, la virulencia de la enfermedad fue en aumento, no pudiendo las autoridades sanitarias controlar el brote que comenzó a extenderse.

Así las cosas, en mayo de 1854, fondeó en la bahía coruñesa la fragata “Abella”, que tenía previsto realizar una travesía con rumbo a Cuba, trasladando a un grupo de colonos. Uno de estos colonos contrajo la enfermedad, falleciendo de resultas de ella, lo mismo que le sucedió a otros cuatro más, que murieron a bordo en los días siguientes.

A la vista de lo que estaba sucediendo y ante el temor de que la enfermedad se propagase por la ciudad, se ordenó que la fragata se trasladase a la isla de San Simón, lo que se verificó seguidamente. Sin embargo, probablemente saltándose la cuarentena, un marinero que tenía domicilio en la coruñesa calle de la Alameda, logró eludir los controles y desembarcó, dirigiéndose a su casa familiar.

Aquel, fue el foco que desencadenó la tragedia. Pese a que el marinero, que presentó muy pronto síntomas de la enfermedad, logró superarla, no así su madre y una tía que fallecieron poco después. Sin embargo, el bacilo comenzó a propagarse por la ciudad.

Fue a partir del mes de septiembre, cuando la enfermedad alcanzó las cotas de mayor virulencia hasta el punto de que la cantidad de contagiados y fallecidos sigue sin poder precisarse con exactitud ya que, unos autores la cifran en 3.000, en tanto que otros la elevan a 8.000, en un universo de población de 24.000 almas que eran las residentes en La Coruña en aquel trágico 1854.

Fueron jornadas dantescas las vividas en la ciudad, especialmente entre los días 19 y 21 de octubre, registrándose cientos de fallecimientos diarios. Cadáveres hacinados en fosas comunes, tras ser recogidos de las calles y de los portales donde aguardaban a que fuesen retirados para darles cristiana sepultura. Médicos que no daban abasto atendiendo enfermos. Alaridos de dolor. Angustia y terror de una población que veía como cada día se iba diezmando, sin poder ponerle remedio.

Se prohibió que las campanas de las iglesias tocasen a muerto, cada vez que se tenía conocimiento de un fallecido en el ámbito parroquial, con el fin de evitar, en alguna medida, que el pánico se apoderase, todavía más, de la población y que el toque de clamor se repitiese día y noche, de forma incesante como el mejor pregonero de la muerte.

Así las cosas, en la jornada del 22 de octubre de aquel año, el pueblo de La Coruña volvió la vista a la Virgen. Ya lo había hecho, con buen resultado, en 1589 cuando se recurrió a Nuestra Señora del Rosario para que mediase en la salvación de la ciudad, asediada por los ingleses. Ahora había que rogarle que nos librase de la epidemia de cólera.

Aquel día, más de 10.000 personas, lo que significa más de la mitad de la población que aún quedaba viva, se congregaron en el atrio de la iglesia de San Nicolás para hacer sus piadosas rogativas a Nuestra Señora de los Dolores que se venera en dicho templo de la Pescadería coruñesa.

Se agotaron todas las velas en los comercios de la ciudad; muchos fieles acudieron descalzos a postrarse ante la imagen enlutada de Nuestra Señora para suplicarle que liberase a la ciudad de aquel tormento.

Y así fue, a partir del día siguiente -así lo refiere el prestigioso doctor Carro Otero-, la epidemia comenzó a remitir. Finalmente, en el mes de noviembre siguiente, todo regresó a la normalidad y la epidemia se fue por donde había venido, dejando, eso sí, un reguero de muerte y de ruina económica en la ciudad.

Muchos dirán que todo fue fruto de la casualidad, otros que del ciclo de la enfermedad que se agotó. Siempre hay que buscarle una excusa, una explicación, una justificación, igual que se buscó la del excesivo consumo de vino cuando los ingleses, borrachos, abandonaron la ciudad en 1589, tras ser derrotados por el Marqués de Cerralbo, María Pita y los demás españoles que, con ahínco, bajo el amparo de la Virgen, defendieron con valor la plaza de La Coruña.

Sea por el motivo que sea, lo cierto es que las dos veces que los coruñeses volvieron la vista a la Madre de Dios, impetrando su divina mediación y protección, La Coruña se salvó en dos momentos críticos de su historia.

A partir de aquel 1854, la imagen de Nuestra Señora de los Dolores, venerada en su camarín de San Nicolás, ha gozado de una gran devoción en La Coruña, hasta el punto de ser coronada canónicamente, en la plaza de María Pita, entre el fervor popular, en agosto de 1929.

Todavía, hoy en día, cada vez que llega el Viernes de Dolores, la talla de vestir de la Virgen sale en procesión de la iglesia de San Nicolás para recorrer las calles del centro coruñés. Incluso lo hizo, cuando en un gesto de maldad sin parangón, aquellos sectarios de la marea, que ocupaban el gobierno municipal coruñés, trataron de prohibirlo.

Son muchas las localidades españolas que, a la hora de festejar a su Patrona o a su Patrón, rememoran trágicos episodios de su historia en los que, bien epidemias, bien guerras, estuvieron a punto de hacerlas desaparecer y por ello, volvieron la vista a una imagen divina que, a la postre, medió por su salvación.

Por eso, tal vez, en estos momentos de despiadado globalismo, de manifiesta falta de fe, de feroz relativismo, de medidas arbitrarias que coartan nuestras libertades más elementales, fuese bueno mirar a los cielos para rogar por su divina protección que, a la vista de lo que estamos viendo, será la única que podrá poner remedio a nuestra caótica situación.