Federico de Urrutia (tal vez madrileño, tal vez bilbaíno) fue un destacado poeta falangista. Afiliado desde 1933 al partido de Falange Española, y que colaboró durante la Guerra Civil con la revista Vértice, en la que participaron otros intelectuales afines al bando nacional (como José Luis López-Aranguren o Dionisio Ridruejo). También hizo periodismo en el diario “Informaciones” durante la segunda guerra mundial y después hizo cine en la década de los setenta, siendo guionista y argumentista de diferentes películas.

     Hoy, quiero recordar tanto a viejos como a jóvenes, que, en España, en siglo pasado, hubo una guerra fratricida que causó muchas muertes en ambos bandos y una perturbación del hábitat natural, algo que no impidió que surgieran flores para hacer más llevadero aquel infierno. Y eso es lo que hizo Federico de Urrutia plantando semillas de amapolas rojas en medio de la pólvora negra. Ese semillero se llamó “Poemas de la Falange Eterna”, que contiene, de entre todas esas amapolas, su poesía más célebre y bella: el “Romance de Castilla en armas”, oda que emociona de sobremanera ya que está escrita en tono épico, con fuerza, vibrante, y que inspiró el cancionero del Frente de Juventudes, que se escuchó profusamente cantado en los frentes de guerra.

    El “Romance de Castilla en armas” comienza con un tono tradicional, con una visión de los jóvenes castellanos que dejan familia y novia para marchar a la guerra, bajo la perenne sombra del Cid que los acompaña. El final de la composición es un claro ejemplo de la apropiación cidiana, al vestir al caudillo burgalés con los ropajes de falange: “El Cid con camisa azul, por el cielo cabalgaba”.

     No importa el sentido que hoy se la quiera dar en nuestra sociedad actual, quizás esté muy lejano al que dio el autor. Pero la gente de buena voluntad, sin importar que sus lealtades, miedos y luceros difieran en contenido y forma, puede intentar contextualizarla o no. No importa. Es una poesía exquisita que merece ser recordada y que dice así:

Por la parda geografía

de la tierra castellana,

cara al sol de los trigales

los falangistas cantaban.

 

Allá en la plaza del pueblo,

bajo la iglesia dorada,

las mozas están llorando....

¡Madre, los mozos se marchan!

 

El traje de los domingos,

el trillo, el heno y la azada,

los caballos de la feria

y la novia que bordaba.

¡Todo ha quedado en la aldea

bajo la iglesia dorada!

–¿Por qué te vas a la guerra?

–¡Madre, la Patria me llama!

 

Ávila yace en silencio

en su muralla apretada.

Segovia en recogimiento

dormita bajo su Alcázar.

En Toledo se apagaron

los idilios de la Cava.

Burgos y Valladolid

marcharon a la Cruzada.

Y quedó muda de amores

la Plaza de Salamanca.

Todos los hombres se fueron

al comenzar la batalla.

 

El Cid –lucero de hierro–

por el cielo cabalgaba,

con una espada de fuego

en fraguas del sol forjada.

 

El agua se volvió sangre

en la margen del Jarama.

Y cerca de San Servando

el Tajo, que antes bañaba

milagros de verde fruta

por la vega toledana,

mirando al Alcázar roto

por las noches suspiraba.

Cantos de trinchera bordan

los picos del Guadarrama,

y ya el Alto del León

de los Leones se llama.

En el Cerro de los Ángeles,

que los ángeles guardaban,

¡han fusilado a Jesús!

¡Y las piedras se desangran!

¡Pero no te asustes, Madre!

¡Toda Castilla está en armas!

Madrid se ve ya muy cerca.

¿No oyes los gritos de ¡Arriba España!?

La hidra roja se muere

de bayonetas cercada.

Tienen las carnes abiertas

y las fauces desgarradas.