Si por algo se ha distinguido, permanentemente, a lo largo de la historia, la izquierda social-comunista, anarquistas, separatistas y republicanos, ha sido por tratar, como objetivo prioritario, de hacer desaparecer a España como nación, borrando su pasado y convirtiendo nuestro territorio en un mosaico de tierras inconexas, al más rancio estilo tribal.

Esta aseveración es fácilmente demostrable con solo pararnos a ojear las páginas de nuestra historia reciente. Uno de los primeros y más penosos ejemplos, lo encontramos en aquella I República, auténticamente de opereta, con ocho gobiernos en un periodo de veintidós meses de existencia (11 de febrero de 1873 a 29 de diciembre de 1874), en que España fue testigo de la llamada guerra cantonal (julio de 1873 a enero de 1874), que enfrentaron los llamados cantones a modo de guerras entre tribus, más propias de la Edad del Hierro que del siglo XIX.  

Tampoco podemos olvidar el intento de disgregación nacional, merced al otorgamiento de estatutos de autonomía a algunas Regiones durante la II República, lo que generó, sin ir más lejos, la creación del Estado catalán. Sin contar, claro está, de aquel insano afán de socialistas y comunistas de bolchevizarnos, convirtiéndonos en un satélite de la U.R.S.S.

Ambos ejemplos son los más visibles y notorios, aunque no los únicos ya que, desde finales del XIX, hemos asistido, de forma sistemática, al intento reiterado de dañar la imagen de España, incluso a costa de pactar con sus enemigos de siempre. No podemos olvidar la actitud adoptada por la izquierda cuando los sucesos de 1909 en la zona de Melilla que provocaron la “Semana Trágica”, cuando, tras realizar una campaña de agitación popular, trataron de impedir la salida para el teatro de operaciones africano de la III Brigada de Cazadores, con guarnición en Barcelona, sin importarles lo vital que eran aquellos refuerzos para evitar que la plaza de Melilla fuese arrasada por los rifeños.

De hecho, en 1978, cuando se parió el engendro de la España de las autonomías, aquellas pretensiones republicanas estuvieron muy presentes a la hora de parcelar nuestra Patria, descohesionándola y convirtiéndola en un mosaico, a modo de reinos de taifas con lo que ello implica. El mejor ejemplo lo tenemos en esos territorios que se denominan “nacionalidades históricas”, un término más que discutible si nos atenemos a la realidad de nuestro devenir a lo largo de los tiempos.

Sin embargo, la cosa no queda ahí. Al igual que ahora estamos siendo testigos de ello, los mismos artífices de estos desmanes han tratado, desde siempre, con excepciones muy contadas, de llevarse por delante los signos más característicos e identificativos de España, borrando, minimizando o tergiversando las páginas más gloriosas de nuestra historia y, por ende, nuestras señas más características de identidad.

Tal vez, alguien, sin duda muy ingenuo, puede que crea que la implacable persecución al mundo taurino, de la que somos testigos, guarda relación con el hecho de salvar a unos animales que, por cierto, carecerían de valor para otro menester. Pues si alguien lo cree, está muy equivocado, se trata de eliminar una tradición enraizada en nuestra singular cultura.

Incluso puede haber quien crea, por seguir con ejemplos, que la pretensión de cargarse la Cruz del Valle de los Caídos está directamente relacionada con el General Franco o con José Antonio Primo de Rivera, cuando en realidad se trata de borrar, de un plumazo, el símbolo por excelencia de la esencia cristiana de nuestra civilización.

¿Cómo es posible que se aliente y tolere a nuestros docentes que enseñen a la juventud que la conquista y colonización de América fue un genocidio del que tenemos que sentirnos culpables? Sin embargo, esos mismos maestros, insisten en dulcificar la invasión musulmana, pintándola como si fuese la llegada pacífica de unos señores que, sin que nadie los llamase, se presentaron un día aquí para trasladarnos su cultura y conocimientos, cuando en realidad se dedicaron, de forma sistemática a dominar y esclavizar, a sangre y fuego, a todos los españolitos.

En fin, se podría hablar de muchos más ejemplos con las que se está tergiversando la historia, como es el caso de la implacable persecución al régimen de Franco y su figura. Todo ello, sabiamente dirigido hacia una juventud desarmada, con el fin único de que cambien la perspectiva de nuestro pasado.

No tardará mucho tiempo en que otras figuras, como el caso de la mejor Reina que tuvo la Historia del mundo, Dña. Isabel I de Catilla, desaparezca de los textos o se le trate como una represora por haber expulsado a los judíos; la misma suerte que correrá Felipe III por haber hecho lo propio con los moriscos y así sucesivamente.

Pero, en fin, no es este el tema del que nos vamos a ocupar en esta ocasión; hoy, pondremos el foco de atención en un Cuerpo de acrisolado valor, con un historial impecable de servicio a España y del que, por muchos motivos, deberíamos sentirnos llenos de orgullo todos los españoles, nuestra querida Infantería de Marina, que también estuvo en el punto de mira de la perversa izquierda nada más acceder al gobierno de la II República.  

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De hecho, nuestra querida Infantería de Marina, de la que nos sentimos orgullosos de pertenecer, la más antigua del mundo (1537), presente en Lepanto, en las Terceras, en Trafalgar, en Tolosa, en América, en Africa, en Asia; en cuyas filas militaron ilustres personajes como D. Miguel de Cervantes Saavedra y D. Félix Lope de Vega y Carpio, llegó a ser disuelta al poco de instaurarse la II República.

Su disolución, viene determinada por un Decreto del Ministerio de Marina de 10 de julio de 1931 (Gaceta del 18 siguiente), por el que se procede a la reorganización de la Marina Militar. En este texto, compuesto por diez Capítulos y cincuenta y dos artículos, el artículo 51º del Capítulo VIII, señala:

“Infantería de Marina. El Cuerpo de Infantería de Marina se declara a extinguir con la plantilla que se fije. Los servicios actualmente encomendados a este Cuerpo se cubrirán con marinería seleccionada a su ingreso en el servicio, al mando de Oficiales del Cuerpo General, que tendrán en estos destinos la mayor estabilidad posible. Estos servicios continuarán en su forma actual e tanto en cuanto no se proceda a la sustitución, cuyos detalles orgánicos se prevendrán, mediante la reglamentación oportuna”.

Que la medida estaba en marcha, lo ratifica otro Decreto del mismo Ministerio, fechado el 22 de agosto siguiente (Gaceta del 28), que, de acuerdo con el anterior, fija la plantilla de personal computable a efectos de su extinción, estableciendo la siguiente:

Un General de Brigada; cuatro Coroneles; diez Tenientes Coroneles; veintidós Comandantes; treinta Capitanes y veintidós Tenientes y un número de Alféreces indeterminado.

Posteriormente, con el fin de dar un nuevo paso para su definitiva disolución, otro Decreto de 29 de agosto (Gaceta del 1 de septiembre), dispone el cese del General de División José Mª Delgado Criado como Inspector del Cuerpo de Infantería de Marina, al igual que por otro, de igual rango y fecha, publicado en la misma Gaceta, se procede a cesar del General de Brigada Antonio Murcia Riaño, como jede de la Brigada de Infantería de Marina y también al del mismo empleo Eleuterio Suardiaz Miyar, como Jefe de la Sección del Cuerpo de Infantería de Marina en el Ministerio de Marina, con lo cual, la Infantería de Marina queda literalmente descabezada.

Finalmente, para completar la faena, sirva este símil taurino, un nuevo Decreto, fechado el 10 de septiembre de aquel mismo año (Gaceta del 12), dispone el cierre inmediato de la Academia de Infantería de Marina, previniendo que los Alumnos que se encuentren cursando estudios en la misma, ingresen, como Aspirantes de Marina de primer curso en la Escuela Naval Militar, con idénticos derechos a los adquiridos para los que ingresan por oposición en dicho Centro de enseñanza.

De igual modo, se señala que aquellos alumnos procedentes de Infantería de Marina, que, a la conclusión de su periodo formativo, asciendan al empleo de Alférez de Navío y que no posean las aptitudes físicas para el servicio en la mar, pasarán a desempeñar servicios en tierra.

De esta forma, quedaban liquidados 394 años de brillante historia de un Cuerpo que sirvió a España en todos los continentes y estuvo presente, escribiendo su nombre con letras de oro, en algunas de las páginas más brillantes de la Historia Militar de España.

Sin embargo, cabría preguntarse si tras esta disolución, en apariencia justificada por razones de tipo económico como se señala en el Decreto de 10 de julio por el que se procede a la disolución del Cuerpo, se solapaban otras motivaciones de índole político.

Admitamos que a la finalización de la primera guerra mundial y de forma especial tras el fallido desembarco de los aliados en Gallipoli (1915), las operaciones anfibias habían quedado desacreditadas y con ello, la mayoría de las Infanterías de Marina del mundo, entraron en proceso de crisis.  

De hecho, un Real Decreto de 30 de agosto de 1925, refiere la necesidad de reorganizar, cuanto antes, el glorioso Cuerpo de Infantería de Marina. Sin embargo, tan solo nueve días después, el 8 de septiembre siguiente, el brillante desembarco de Alhucemas, en el que participó un Batallón Expedicionario del Cuerpo, vino a demostrar -España lo hizo- la utilidad y posibilidades que ofrecían las operaciones anfibias.

Pese a todo, eso no debió ser aval suficiente para los republicanos españoles que, nada más “pisar moqueta”, una de sus primeras medidas, ochenta y cinco días después de haber asumido el control político de España, fue la decisión de decretar la disolución del Cuerpo, aduciendo lo gravoso que resultaba para el Erario y la inutilidad de sus funciones.

Es interesante señalar que, a fecha de publicación de los Decretos precitados, la presidencia de la República la ocupaba Niceto Alcalá-Zamora, exministro con la monarquía, conservador, perteneciente a la derecha liberal republicana, que había sido representante de este movimiento, en el llamado “Pacto de San Sebastián”, reunido en agosto de 1930, con el fin de sentar las bases para el derrocamiento del Rey.

Por su parte, el Ministerio de Marina, lo ocupaba el coruñés Santiago Casares Quiroga procedente de la izquierda republicana, concretamente de la Organización republicana gallega autónoma (ORGA), participante también en la conspiración dimanante del Pacto de San Sebastián.

En este primer gobierno provisional de la República, la cartera de Guerra la ocupaba otro oscuro personaje de nuestra historia reciente, Manuel Azaña, de Acción Republicana, propulsor de la Ley que lleva su nombre, gestada entre abril y septiembre de 1931, que pretendía, bajo la apariencia de una modernización del Ejército, republicanizarlo, convirtiéndolo en más cívico.

El propio Manuel Azaña, se había manifestado partidario de la disolución del Cuerpo de la Infantería de Marina al considerarlo innecesario, por tratarse de un Cuerpo eminentemente colonial y concebido para tales fines. Una excusa burda, máxime si tenemos en cuenta que, a esa fecha, España todavía poseía territorios en Africa.

Sin embargo, creemos que tales argumentaciones, incluso la económica, fueron realmente excusas para deshacerse de un Cuerpo de brillante historial que había defendido, como lo hace a día de la fecha, los intereses de España, tanto dentro como fuera del territorio nacional.

Tal vez, la explicación para este pretendido, que no logrado por falta material de tiempo, atropello de los republicanos, haya que buscarlo en los privilegios de los que goza el Cuerpo, entre los que se encuentran los siguientes:

Privilegio de ostentar los títulos de Real y Glorioso. El título de Real, considerándolo como Cuerpo de la Casa Real, se le concede como reconocimiento a su valerosa defensa del Castillo del Morro y de la plaza de la Habana (R.O. de 23 de marzo de 1763).

El título de Glorioso se debe a los valiosos y brillantes servicios prestados a España a lo largo de su dilatada historia.

No vamos a ahondar más en la larga lista de privilegios derivados de ambos títulos ya que se escapa de la pretensión de este trabajo. Sin embargo, tal vez, esta vinculación del Cuerpo a la monarquía española, a la historia patria en sus épocas más gloriosas, fuesen móviles más que suficiente para, sin recato ni respeto a las tradiciones, la izquierda republicana procediese a su liquidación que, como hemos señalado, no se completó, afortunadamente, por falta material de tiempo.

Podríamos hablar mucho más sobre este asunto y otros que han pasado casi inadvertidos para una parte de los españoles, todos ellos directamente relacionados con ese afán de borrar nuestras glorias pasadas, convertido en objetivo prioritario de esa izquierda malvada y miserable que, a día de hoy, nos gobierna. No podemos pasar por alto el hecho de que, con la llegada de los socialistas al gobierno de España en 1982, La Legión también pasó unos días de zozobra cuando se comenzó a especular sobre su posible desaparición.  

En resumen, que todo aquello fuertemente arraigado en España, aquello de lo que debemos sentirnos especialmente orgullosos, aquello que nos recuerda nuestro esplendoroso pasado, ha constituido siempre un objetivo prioritario de la izquierda que, cada vez que alcanza el poder, pretende llevarse por delante con la única pretensión de aniquilar el alma de España.