La llamada “Restauración” (1874), devolvió al trono español a la dinastía borbónica de la mano del Rey D. Alfonso XII y lo hizo, dejando atrás aquella triste y lamentable I República -primer ensayo de este régimen político que, al igual que su sucesora la segunda, lo único que trajo a España fue desolación y penurias- en plena 3ª Guerra Carlista (1872-1876).

Fue, precisamente, en el contexto de esta campaña, concretamente el 27 de marzo de 1874, cuando, el 2º Batallón del 1º Regimiento de Infantería de Marina (actual Tercio del Sur), a las órdenes del Teniente Coronel Joaquín Albacete Fuster, se cubre de gloria en la acción de San Pedro Abanto (Vizcaya) en la que, cargando a la bayoneta, rompe el cerco de Bilbao lo que le valió la concesión de la Laureada de San Fernando en su modalidad de colectiva. 

Culminada la guerra carlista, con España pacificada, se volvió la vista a la necesidad imperiosa de revitalizar nuestra fuerza naval, teniendo en cuenta, de una parte, el desgaste de las unidades que se encontraban operativas; de otra, los grandes avances en la construcción de buques militares y, finalmente, nuestra presencia en el lejano oriente (Filipinas), en el Caribe (Cuba y Puerto Rico) y en el Pacífico (las Carolinas y las Marianas) que exigía disponer de una potente Escuadra con capacidad de defender tan lejanos territorios, ambicionados por algunas potencias, a uno y otro lado del Atlántico, en plena fase de expansión. 

Consecuencia de esta necesidad, se comenzaron a presentar en las Cortes los llamados “Planes de Escuadra”, fruto de los Ministros Vicealmirante Francisco de Paula Pavía y Pavía (1881-1883) y Contralmirante Juan Bautista Antequera y Bobadilla (1884-1885). En ambos gabinetes se pergeñaron planes navales que no llegaron a buen fin en su totalidad, debido a lo elevado de los costes, al igual que sucedió con los restantes Ministros de Marina, cuatro más entre los años 1881 y finales de 1885.

En noviembre de 1885, accede al Ministerio el Contralmirante José Mª Beránger Ruíz de Apodaca quien en junio del año siguiente presentó su “Plan Naval” a las Cortes, proponiendo la construcción de once Cruceros protegidos; seis Cruceros torpederos de 2ª clase; cuatro Cruceros torpederos de 2ª clase; noventa y seis torpederos de 1ª clase y cuarenta y dos de 2ª, además de otras unidades menores, a los que habría que sumar los que ya se encontraban en construcción.

En estos años, se entabla el debate entre los partidarios del “Acorazado” -tesis defendida por el Contralmirante Antequera-, más lento, con mayor desplazamiento, con más potencia de fuego y de mayor coste, y el “Crucero” -defendido por el del mismo empleo Beránger-, más rápido, con menor desplazamiento, con menor potencia de fuego y mucho más barato.

Hay que tener en cuenta que, en estas fechas, se encontraba en construcción en los astilleros de La Seyne-Tolón (Francia) el acorazado “Pelayo”, de 9.900 tn. de desplazamiento, que causaría alta en 1888.

Con la llegada al Ministerio del Contralmirante Rafael Rodríguez de Arias Villavicencio, en octubre de 1886, asume el proyecto anterior y por tanto las tesis del Vicealmirante Beránger, que, sin embargo, merced a ciertas modificaciones, dejaba la puerta abierta a la construcción de acorazados caso de resultar conveniente. Finalmente, en enero de 1887, este plan es aprobado.

Dentro de este proyecto reformado se dispone la construcción de seis Cruceros acorazados de 7.000 tn. En este instante, se encontraban en fase de construcción los Cruceros de la clase “Reina Regente” -hablamos del que resultó hundido al regreso de participar en una comisión diplomática en 1895-, así como los de menor tonelaje “Isla de Cuba”, “Isla de Luzón” y “Marqués de la Ensenada”, ordenados por Beránger.

El proyecto de 1887 incluía la construcción de otro gran Crucero-acorazado, el “Emperador Carlos V”, el mayor buque construido hasta entonces en España (Cádiz), con un desplazamiento de 9.235 tn., poco menor que el “Pelayo”.

Además, durante estos años, se encargó la construcción de una serie de Contratorpederos, uno de la clase “Destructor”, y seis de la clase “Furor”, con un desplazamiento de 380 tn.

De esta forma, el grueso de la Escuadra quedaría formado, de una parte, por diez grandes Cruceros -los tres de la serie “Reina Regente”, los seis nuevos encargados y el “Emperador Carlos V”- y de otra, por el Acorazado “Pelayo”, las Fragatas acorazadas “Numancia” y “Vitoria” -asignadas entre 1864 y 1867-, los pequeño Cruceros de la serie “Isla de Cuba”, los Cruceros no protegidos y los Contratorpederos -uno de la clase “Destructor” y seis de la clase “Furor”.  

De los seis grandes Cruceros acorazados, los primeros en ser entregados fueron los "Infanta María Teresa", "Almirante Oquendo" y "Vizcaya" -conocidos como los Cruceros del Nervión-, construidos en Bilbao y asignados entre 1893 y 1895, así como el “Emperador Carlos V” construido en Cádiz y asignado en 1897. Los tres restantes, el “Cardenal Cisneros” -en Ferrol-, el “Princesa de Asturias” –en La Carraca- y el “Cataluña” -en Cartagena-, no entrarían en servicio hasta 1903.

En el año 1896, cuando se preveía como inevitable un enfrentamiento armado con los Estados Unidos dada la situación en Cuba, siendo de nuevo Ministro de Marina el almirante Beranger, consiguió del Gobierno, tras ímprobos esfuerzos, obtener los créditos necesarios para comprar en Italia un nuevo Crucero acorazado, el "Cristóbal Colón", de un desplazamiento similar a los tres restantes de la desventurada Escuadra del almirante Cervera, enviada a las aguas de Santiago de Cuba.

Este buque, perteneciente a la clase italiana “Giuseppe Garibaldi”, cuyo cabeza de serie había sido vendido a Argentina, desplazaba 6.800 tn., muy similar a los “Infanta María Teresa” con 6.890, una eslora un poco menor y con una velocidad de 20 mudos, casi igual a los anteriores.

Su armamento principal consistía, sobre el papel, en dos cañones de 254 mm., situados a crujía a proa y popa; diez de 152 mm.; seis de 120 y otros veinte de menor calibre, así como cuatro tubos lanzatorpedos.

El buque, una vez adquirido, no fue dotado con su artillería principal toda vez que los dos “Armstrong” que debería haber montado fueron rechazados por inservibles, con lo cual el buque partió hacia el mar Caribe desprovisto de sus elementos principales de ataque y defensa, pese a la petición del Almirante Cervera de que se montasen, toda vez que era preferible instalar los defectuosos antes que ninguno.

Ordenada su partida hacia Cuba, la Escuadra se hizo a la mar con los Cruceros “Infanta María Teresa”, buque insignia de Cervera, “Vizcaya”, “Almirante Oquendo” y “Cristóbal Colón” y los Contratorpederos “Furor”, “Plutón” y “Terror” de 380 tn. y armados con tubos lanzatorpedos y artillería de pequeño calibre (entre 75 y 57 mm.).

Cuando aquel 3 de julio de 1898, la Escuadra, en una misión prácticamente suicida, trató de forzar la salida de la bahía de Santiago de Cuba, rodeada por los potentes Acorazados norteamericanos, el “Colón” lo hizo en tercer lugar, tras el “Infanta María Teresa”, buque insignia de Cervera, y el “Vizcaya”. Fuera, los potentes “USS Texas” y “USS Iowa”, con su artillería principal dotada de piezas de 305 mm. y los “USS Indiana” y “USS Oregón”, con otras de 330 mm., aguardaban la salida de nuestra Escuadra que, pese a demostrar valentía y arrojo, fue masacrada por los yanquis.

En cuanto al “Colón” prácticamente inerme, debido a la falta de su artillería principal, logró, merced a su velocidad superior a la de los pesados Acorazados, poner mar de por medio huyendo de aquella ratonera. Sin embargo, la utilización de carbón de baja calidad en sus calderas le hizo perder pronto su ventaja, viéndose su Comandante, el Capitán de Navío Emilio Diáz-Moreu, ante la disyuntiva de que el buque cayese intacto en manos enemigas, en el deber de embarrancarlo, ordenando a la dotación abrir las válvulas lo que hizo imposible que los norteamericanos evitasen su hundimiento e incluso sus posterior rescate, siendo el pecio que mejor se conserva, a día de hoy, de la Escuadra del Almirante Cervera.

Con relación a los otros tres Cruceros –“Infanta María Teresa”, “Vizcaya” y “Almirante Oquendo”-, todos fueron destruidos de una u otra forma, haciendo imposible su recuperación por parte de los norteamericanos. El “Vizcaya” y el “Almirante Oquendo” fueron destruidos por sus dotaciones y el “Infanta María Teresa”, pese a ser rescatado por los yanquis, cuando era remolcado para efectuarle reparaciones, una tormenta rompió el cable de amarre siendo imposible su recuperación tras ser localizado, días después, varado. A lo que se ve, el “María Teresa” se negó a enarbolar otra enseña que la gloriosa roja y gualda.

Por lo que respecta a los Contratorpederos, el “Furor” y el “Plutón” sucumbieron en esta acción, en tanto que el “Terror”, por averías se había dirigido a Puerto Rico y desde allí, regresó a España, estando en servicio hasta 1925.

Una vez más, se demostró la heroicidad de nuestros marinos que, a sabiendas del final que les aguardaba, prefirieron hacer buena la frase del Almirante Méndez Núñez de que “vale más honra sin barcos que barcos sin honra”. 

Equivocado o no en su planteamiento táctico, el Almirante Cervera fue fiel al cumplimiento de las órdenes recibidas y supo dar la cara defendiendo la dignidad de España, mientras los políticos, sentados en sus poltronas, de la Carrera de San Jerónimo, no fueron capaces de dotar a nuestra Armada de los recursos imprescindibles para ejercer con solvencia su misión, la mejor prueba está en el “Cristóbal Colón” que se hizo a la mar, con gallardía, sin siquiera contar con su artillería principal.

Como postrer apunte digamos que, en 2018, la vil canalla podemita y sus compinches -comunistas, separatistas, anarquistas, etc.-, encabezados, en este caso, por la tipa que preside el Ayuntamiento de Barcelona le retiraron la calle al Almirante Cervera, muy “valiente” esta vividora y toda su patulea. ¡Qué pena!