El Sr. PRESIDENTE DEL CONGRESO: Señores, vamos á entrar en los momentos más grandes de la historia: nacional; espero de los Sres. Representantes que tendrán calma, dignidad y prudencia; que la dignidad, la prudencia y la calma son las virtudes de los poderes fuertes.

Ahora se va á leer una proposición que se ha presentado en la Mesa.

El Sr. SECRETARIO (Moreno Rodríguez): La proposición dice así:

«Pedimos al Congreso se sirva aprobar la proposición siguiente:

 

«La Asamblea Nacional reasume todos los poderes, y declara como forma de gobierno de la Nación la República, dejando á las Cortes Constituyentes la organización de esta forma de gobierno.

Se elegirá por nombramiento directo de las Cortes un Poder ejecutivo, que será amovible y responsable ante las Cortes mismas.

Pi y Margall.=Nicolás Salmerón.=Francisco Salmerón. =Lagunero. = Figueras. = Moliní. =Fernández de las Cuevas.»

 

 

Habla Pi y Margall

 

El Sr. PRESIDENTE DEL CONGRESO: .El señor Pi y Margall tiene la palabra para apoyar su proposición.

El Sr. PI Y MARGALL: No sé, Sres. Representantes de la Nación, si podré guardar la serenidad que estáis acostumbrados á observar en mis discursos. Confieso que me siento profundamente conmovido; afortunadamente mi tarea es más fácil de lo que parece; porque ¿qué podré deciros yo que no esté en vuestro entendimiento, en vuestra conciencia?

Habíais elegido una dinastía que rigiera los destinos de la Nación, y la dinastía acaba de entregaros la autoridad que la habíais confiado; no tenéis, pues un Jefe del Poder ejecutivo; no tenéis tampoco Gobierno, porque este Gobierno había recibido su mandato del Rey, y con el Rey ha desaparecido su mandato. Queda solo aquí un Poder legítimo, el poder de estas Cortes; las Cortes, pues, deben naturalmente reasumir en sí todos los poderes. ¿Hay alguno de vosotros que lo dude? Vosotros mismos acabáis de afirmarlo con vuestros actos.

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Pero si la Cámara entera puede desempeñar el Poder legislativo que hasta aquí ha tenido, no es posible que desempeñe entero el Poder ejecutivo, que requiere una acción más rápida, tanto para llevar á cabo las leyes por vosotros formuladas, como para salvar los intereses sociales, el orden y la libertad. Así, os proponemos que por votación directa elijáis un Poder ejecutivo que se encargue de dar debido cumplimiento á todas vuestras resoluciones.

Como no me propongo ser largo; como no me propongo decir más que lo absolutamente necesario, porque no es hoy día de grandes discursos, no añadiré más sobre este punto. ¿Deberíamos, empero, entrar en otro período de interinidad? ¿Deberíamos dejar la dinastía fuera de su órbita, fuera de su poder, y no sustituir esa dinastía con algo, y no sustituir la misma Monarquía con otra forma de Gobierno? Todos vosotros sabéis los resultados que ha dado hasta aquí la Monarquía. Primeramente ensayasteis la Monarquía constitucional en la persona de una Reina de derecho divino, y no pudisteis jamás conciliar con ella la libertad. El pueblo deseaba reformas; deseaba progreso; deseaba sobre todo la integridad de la personalidad humana, y aquella Reina, y antes su padre, no pensaron más que en cercenar la libertad política, no pensaron más que en atajar los progresos del pueblo español; y llegó un tiempo en que viendo ya que era enteramente incompatible aquella Monarquía con la libertad, vosotros la desterrasteis del reino. Después habéis querido ensayar la Monarquía constitucional de derecho popular, y habéis elegido por unas Cortes Constituyentes una nueva dinastía. Ya veis también el resultado que ha dado: ella misma os confiesa que no ha podido dominar el oleaje de los partidos; ella misma os confiesa que no ha podido atajar la discordia que nos está devorando.

Las divisiones se han ahondado, la discordia ha crecido, la discordia ha llegado á existir hasta entre los mismos partidos que habían hecho la revolución de Setiembre. Confesad, pues, señores, que la Monarquía es completamente incompatible con el derecho político por vosotros creado; preciso es que se establezca la República, y yo creo que está en el ánimo de todos establecerla. ¿Por qué? Porque en realidad, vosotros que habéis sentado el gran principio de la Soberanía nacional, no podéis aceptar más que una forma que sea compatible con este principio; y no lo es ciertamente la Monarquía, puesto que es una verdadera enajenación de la Soberanía nacional en manos de una familia.

¿Cómo será posible que conservarais ya la Monarquía? El privilegio de castas ha desaparecido por completo, y yo pregunto: ¿es posible que cuando se trata del mando supremo de la Nación lo vengáis á vincular en una casta, ó lo que es lo mismo, en una familia? Debéis haceros cargo del estado de las ideas y del movimiento de las opiniones de nuestro siglo. En otro tiempo en que, gracias á las creencias religiosas, universalmente aceptadas, había una base algo firme y había algo que servía de freno al movimiento de las ideas, eran posibles esos poderes inamovibles, esos poderes hereditarios; pero desde el momento en que hay un gran movimiento de ideas, ¿cómo es posible que podáis suponer que una sola persona pueda seguir le corriente de las ideas mismas? Se necesitan poderes amovibles, que puedan participar del movimiento de la opinión pública; y para eso se necesita establecer la República, establecer el Poder ejecutivo de tal manera, que pueda siempre modificarse con arreglo á la corriente de las ideas y á la corriente de la opinión pública del pueblo español.

Ved además cuál es el estado presente de España. Las ideas absolutistas están levantadas en grandes provincias de España: vosotros estáis convencidos de que la fuerza armada, el ejército, no es capaz de poder dominar estas mismas facciones, por las razones que todos vosotros os explicáis, y de que es necesario que los pueblos se levanten contra esas facciones y ahoguen en su principio la guerra civil; y para que esto suceda es indispensable que los pueblos tengan una bandera á la cual acogerse y en cuyo nombre ataquen á esas mismas ideas. No sería fácil que lo alcanzarais por medio de la Monarquía, porque ya habéis visto que esta no produce más que divisiones y hace que los partidos populares no puedan acogerse todos á la sombra de una misma bandera. Siendo así, yo estoy en que la Asamblea soberana debe proclamar desde luego la República, dejando á unas Cortes Constituyentes que vengan á determinar la organización y la forma que deba tener esta República en España.

Nosotros, bien lo sabéis, somos republicanos federales; nosotros creemos que la federación es la resolución del problema de la autonomía humana; nosotros creemos que la federación es la paz por hoy de la Península, y más tarde lo será de la Europa entera; pero nosotros entendemos también que es preciso que todos hagamos algún sacrificio de nuestras ideas, sin perjuicio de que mañana vengan las Cortes para resolver cuál debe ser la forma de la República.

Si las Cortes Constituyentes vienen á decir que la República federal es la forma que ha de adoptarse, quedarán por completo satisfechos nuestros deseos, y seguiremos con ella; mas si por acaso nosotros saliésemos vencidos, entonces obedeceríamos, aunque persistiendo en nuestro propósito, porque no es posible que hagamos jamás el sacrificio de nuestras ideas. Hoy no os pedimos nosotros sino que proclamemos la República, y ya vendrá día en que otros decidirán cuál ha de ser la organización que se dé á esa forma.

 

 

El Sr. ROMERO ORTIZ: Pido la palabra en contra.

El Sr. PRESIDENTE DEL CONGRESO: Sírvase V. S., Sr. Secretario, preguntar si se toma en consideración la proposición que acaba de apoyarse, previa segunda lectura de ella.»

Leída de nuevo la proposición por el Sr. Secretario Moreno Rodríguez, y previa la oportuna pregunta, fue tomada en consideración por unanimidad.

El Sr. ROMERO ORTIZ: Pido la palabra en contra.

El Sr. MARTOS: Pido la palabra en contra.

El Sr. Marqués de SARDOAL: Pido la palabra en contra.

El Sr. Marqués de BARZANALLANA: Pido la palabra en contra.

El Sr. PRESIDENTE DEL CONGRESO: Señor Romero Ortiz, ¿quiere V. S. usar de la palabra ahora?

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El Sr. ROMERO ORTIZ: Como quiera el Sr. Presidente, pues he pedido la palabra en contra de la proposición para usarla cuando me corresponda.

El Sr. PRESIDENTE DEL CONGRESO: Pues en ese caso, tiene la palabra en contra el Sr. Romero Ortiz.

El Sr. ROMERO ORTIZ: Señores Representantes del país, no son estos momentos oportunos para hacer un discurso, ni me he levantado tampoco para eso, sino para expresar una opinión en mi nombre y en nombre de mis amigos de la Cámara y de fuera de la Cámara. Las breves palabras que voy á tener la honra de pronunciar no serán más que una deducción lógica de las que antes ha escuchado la Cámara á mi querido amigo el Sr. Ulloa.

En la proposición que se somete á vuestra deliberación se os propone la proclamación inmediata de la República en España, reservando la organización del país, dentro de la forma republicana, á las Cortes Constituyentes que habrán de ser convocadas en un plazo más ó menos largo. Yo comienzo por recordaros que jamás ha sido doctrina de los partidos liberales de España el que se pueda tocar á la Constitución del país sino en Cortes Constituyentes, nombradas con poderes especiales y extraordinarios para ello. Si ha habido aquí alguna escuela política que haya creído que las Cortes ordinarias unidas con la Corona podían tocar á la Constitución del país, ha sido la escuela moderada. Es preciso llamar con insistencia vuestra atención sobre la contradicción en que incurriríais todos aceptando y ejerciendo poderes especialísimos que el país no os ha confiado. Pudiera repetir las palabras que antes ha pronunciado aquí el Sr. Ulloa: «no seríamos dignos de nosotros, no seríamos dignos de nuestra Patria, si bajo la presión de un triste acontecimiento abandonásemos en un momento las opiniones monárquicas que hemos profesado durante nuestra vida.» Pero esto de ninguna manera, oídlo bien, limita y contradice la declaración que antes hizo aquí el Sr. Ulloa, y que yo voy á repetir aquí en nombre de todos mis amigos, en nombre del antiguo partido conservador constitucional, y es que estamos todos dispuestos á prestar nuestro apoyo leal, nuestro concurso sincero, desinteresado, incondicional al poder público que aquí se levante para sostener el orden y para conservar la integridad del territorio.

El Sr. PRESIDENTE DEL CONGRESO: Señores Representantes del país, en cuestión tan grave, me creo dispensado de las fórmulas severas del Reglamento. Aquí no se habla en pro ni en contra; aquí se habla por la causa del país. Daré la palabra á los señores que la vayan pidiendo, hasta que no haya uno solo que quiera hablar. Tiene la palabra el Sr. Martos.

El Sr. CASTELAR: Pido la palabra en pro.

El Sr. MARTOS (D. Cristino): Estoy como debo á las órdenes del Sr. Presidente; y reconociendo lo extraordinario de las circunstancias, me explico bien lo extraordinario de todo procedimiento. Sin embargo, como el Sr. Castelar ha pedido la palabra en pro, si alegase su derecho ó lo desease, y el Sr. Presidente lo entendiese así, yo estoy dispuesto á hablar después que el Sr. Castelar lo haga.

El Sr. PRESIDENTE DEL CONGRESO: Mientras que haya una fórmula reglamentaria, yo la mantengo y la sostendré. He querido explicar que no había yo de guardar aquí el orden de hablar en contra ó en pro, sino en un sentido. El Sr. Castelar tiene la palabra en pro.

El Sr. SALMERÓN (D. Nicolás): Pido la palabra en pro.

El Sr. CASTELAR: Cedo la palabra al Sr. Salmerón.

El Sr. PRESIDENTE DEL CONGRESO: La tiene entonces el Sr. Salmerón en pro.

 

Habla Nicolás Salmerón

 

El Sr. SALMERÓN (D. Nicolás): Señores Representantes del país, en los críticos momentos en que nos encontramos; cuando no solo se trata de proveer á las grandes necesidades que la abdicación de la Corona de D. Amadeo I echa sobre esta Asamblea; cuando no solo necesitamos proveer á la inmediata constitución del Poder ejecutivo; cuando no solo necesita este Poder ejecutivo tener toda la fuerza y todo el prestigio y poder moral que la casi unanimidad de los españoles debieran prestarle para acabar con la insurrección que desgarra el seno de la Patria; cuando sobre todo eso es más necesario el que podamos levantar las instituciones, sea cualquiera el destino que esta Patria tan asendereada haya de realizar en su día; cuando necesitamos formar instituciones fuertes para hacer eso que vosotros llamáis orden social, para hacer eso que nosotros los republicanos de tiempo antiguo venimos llamando el orden de la libertad y la paz de la democracia, es de todo punto indispensable que puesta, todos y cada uno, la mano sobre nuestra conciencia, sepan que antes y por encima de las divisiones de los partidos políticos que vienen desgarrando el seno de la Patria, nosotros necesitamos unirnos, formar una piña; porque todos debemos, como se decía en ese digno mensaje que acredita el hidalgo nombre de la Nación española, todos debemos, no solamente nuestras vidas y nuestra existencia, sino lo que vale más, nuestro nombre y nuestra propia dignidad particular, al nombre y dignidad de la alta nacionalidad española. (Aplausos.)

¡Ah, Sres. Representantes de la Nación española! es de todo punto indispensable que sepamos, que si ayer nos dividían bajo la Monarquía estas pasiones estrechas de los partidos políticos; que si antes los unos y los otros pugnaban por el poder, hoy no hay Monarquía que nos divida, hoy no hay más que la bandera de la República, á cuya sombra caben todas las opiniones, todos los intereses, todas las aspiraciones políticas de gobierno. Y si vosotros, conservadores, decís que vais á prestar apoyo al Gobierno que aquí mantenga el orden social, levantad un poco más vuestro espíritu, mostrad la nobleza y la generosidad, acaso todavía en vuestras almas apagadas por el resto de una pasión política; levantad vuestro espíritu y decid: vamos á contribuir á edificar lo que sobre las ruinas de la Monarquía es preciso edificar en este país y es indispensable afirmar, vosotros lo sabéis bien, sobre lo único que queda vivo, sobre las ruinas del régimen monárquico; es preciso edificar un régimen nuevo: no traigamos la cizaña y las discordias al seno de la Patria: no os encerréis en lo que está escrito en la Constitución vigente del Estado: no os apoyéis en la legalidad existente. Porque, ¿qué es lo que queda vigente de la legalidad antigua? Una sola cosa: el título primero de la Constitución, los derechos individuales, la Representación nacional en estas Cortes. Si vosotros tenéis patriotismo, os debéis antes á la Patria que á vuestro partido: si vosotros sois hombres que sobre todo amáis las ideas con las cuales solo pueden vivir y prosperar los pueblos, venid á nuestros brazos; á todos queremos, á nadie rechazamos. La libertad y la República forman una sola Patria y crean una sola institución y una sola constitución social, bajo la cual pueden vivir los hombres de las más encontradas opiniones.

Voy á concluir, Sres. Representantes de la Nación española, y voy á concluir rogando á todos que en este momento en que una nueva era se abre en España, en que la Europa entera nos contempla, en que volvemos á aquellos tiempos en que nuestros padres redimieron el suelo de la Patria, la Patria material, pero que también redimieron las ideas, la patria del espíritu; para nosotros ni entre nosotros no hay vencedores ni vencidos, no hay republicanos de ayer ni republicanos de hoy: todos somos españoles, todos somos unos, y con lo que nos encontramos existente, abrazados á esto, como á nuestra única tabla de salvación, vamos á navegar por un mar que, aunque puede ser proceloso, lo atravesaremos tranquilamente, confiados en la integridad de nuestra conciencia, en la justicia de nuestra causa, y sobre todo, en la alta misión que la Providencia nos confía, estando dispuestos, como estamos, á salvar á España y á salvar sobre todo la libertad.

 

 

Habla Ruiz Zorrilla

El Sr. RUIZ ZORRILLA: Pido la palabra.

El Sr. PRESIDENTE DEL CONGRESO: La tiene V. S.

El Sr. RUIZ ZORRILLA (D. Manuel): La he pedido, Sr. Presidente, no para terciar en el debate, para lo que no tengo derecho en este momento; terciaré después por la bondad de mi querido amigo el Sr. Marqués de Sardoal, sino para decir una cosa al Senado y al Congreso reunidos; que antes de que aprobemos ó desaprobemos la proposición presentada por el Sr. Pí, es indispensable que se suspenda la sesión, siquiera sea por breves minutos, para que aquí haya Gobierno que responda de lo que pueda suceder en Madrid y de lo que pueda suceder en el resto del país, puesto que mis compañeros y yo no lo somos ya.

El Sr. PRESIDENTE DEL CONGRESO: Señor Ruíz Zorrilla, el Presidente de las Cortes responde de Madrid.

El Sr. RUIZ ZORRILLA (D. Manuel): ¿Responde el Sr. Presidente de las Cortes del orden en toda España?

El Sr. FIGUERAS: Las Cortes españolas.

El Sr. RUIZ ZORRILLA (D. Manuel): ¿Responden las Cortes españolas?

(Varios Sres. Diputados: Sí, sí.)

El Sr. PRESIDENTE DEL CONGRESO: Orden, señores; orden. El Presidente de las Cortes responde del orden en toda España con la cooperación de S. S. y la de sus compañeros que eran de Gabinete.

El Sr. RUIZ ZORRILLA. (D. Manuel): Su señoría no puede contar, y yo tendría mucho gusto en dársela, con la cooperación nuestra más que como simples Diputados ó Senadores, los que lo sean; y yo tengo el deber de decir dos cosas á la Cámara, sin perjuicio de que sigamos discutiendo esta proposición.

La primera es que no hay Gobierno, porque los que lo éramos con mucha honra en nombre de la Monarquía, hemos dejado de serlo, y la Cámara, al admitir la renuncia del Rey, porque así lo ha creído conveniente, no ha provisto á la primera necesidad en un país que se encuentra en las circunstancias en que el nuestro se halla.

Conste esto; conste que desde el momento en que mi amigo el Sr. Martos ha pronunciado la última palabra, á pesar de que estamos discutiendo acerca de la forma de Gobierno, no la hay hasta ahora.

Nosotros hemos defendido la libertad y hemos sostenido el orden, y desde el momento en que el Sr. Martos ha dicho que nada tenemos que ver con lo que aquí ocurra como cuestión de Gobierno, y que somos simples Diputados, aceptará la responsabilidad el que quiera, el Presidente, la Mesa, la Cámara.

¡Ah, señores! No voy á entrar ahora en el fondo de la cuestión. Si en estos momentos llegase un parte telegráfico diciendo que los carlistas habían ocupado una de nuestras capitales, ó que uno de nuestros generales no había aceptado la situación en que nos encontramos (Murmullos) ¿qué hacer en tan crítico momento?

El Sr. PRESIDENTE DEL CONGRESO: Orden, Sres. Diputados, orden.

El Sr. RUIZ ZORRILLA (D. Manuel): No me interrumpáis: comprended mi situación; apreciadla tal cual es, y en el fondo de vues0tra conciencia creed que yo era dueño, por voluntad de unos y de otros, de la legalidad y de la fuerza; que podía dar aquí la solución, y que no he querido ser dueño de ella, porque no quiero ser dueño de nada; y sin acriminar á nadie, quiero dar una prueba á mi país y al mundo, de que en medio de las injurias, de las calumnias, de las ambiciones, de todo lo que ha ocurrido aquí y de todo lo que pueda ocurrir, yo soy un hombre honrado que ha cumplido con su deber para con el Monarca y para con la libertad, que soy el último de los monárquicos y de los dinásticos, cuando la Monarquía y la dinastía se va, y que hago fervientes votos porque vuestros esfuerzos y vuestros medios correspondan á vuestra impaciencia para establecer lo que yo creo que quizá no sea duradero en este país. (Interrupciones.)

Yo siento que se me haya interrumpido; yo siento que no se comprenda la situación en que me encuentro en este momento, por más que tenga la satisfacción de haber sido Presidente de un Consejo de Ministros acerca de cuyos actos diré después lo que crea conveniente, pero que ha tenido la ventaja, la inmensa ventaja, de que no se ha derramado una sola gota de sangre por culpa suya.

Perdóneme el Sr. Presidente por haber interrumpido el debate, por haberme separado de la discusión cuando no tenía derecho para hacerlo; perdóneme la Cámara, sobre todo; las circunstancias me disculpan. Yo hablaré después acerca de la proposición del Sr. Pí; pero entre tanto, oíd lo que os dice un hombre que no ha de estar aquí, que va á morir para la vida pública, que no tiene más remordimiento que haber vuelto á ella por instigación de sus amigos, única vez que no ha obedecido á sus convicciones. Aquel banco (Señalando al ministerial) puede estar desocupado mientras discuta la Asamblea; pero ¿qué perdéis? ¿Qué se pierde por designar desde luego las personas que se hayan de poner al frente de los respectivos departamentos ministeriales y puedan vencer cuantas dificultades surjan instantáneamente, por efecto de la especial situación que atravesamos? Creedme; la Cámara no puede deliberar y volar al propio tiempo por la conservación del orden público.

El Congreso y el Senado son soberanos en estos momentos, y pueden continuar discutiendo acerca de la proposición del Sr. Pi; pero yo creo que mi observación no se debe desatender... (Interrupciones.-El Sr. Presidente agita la campanilla.) Podéis interrumpirme todo lo que queráis.

El Sr. PRESIDENTE DEL CONGRESO: Nadie interrumpe, Sr. Diputado.

El Sr. RUIZ ZORRILLA (D. Manuel): Todo lo que pienso decir lo diré después, con tanto más desahogo, cuanto que me encuentro en el caso de tener que contrariar la situación del momento y las aspiraciones de todos aquellos que creen que vamos á vivir desde mañana en el mundo del doctor Panglóss.

Por amor á la libertad, que he defendido siempre; por amor al orden, que en todos los momentos, y más en circunstancias críticas es la primera necesidad de toda sociedad, yo os digo que debéis suspender la sesión breves momentos, porque aquí ha desaparecido todo poder que no sea la Asamblea. ¿No queréis? Pues conste mi protesta; conste que todo lo que suceda desde el instante que ha hablado el Sr. Martos, será imputable á los que no toméis en consideración lo que yo os propongo en esto momento.

¿Qué se pierde por hacer lo que yo os pido, lo que yo pretendo en interés ¿de qué? en interés de la Monarquía y de la dinastía que yo amaba y defendía? ¡Ya ha desaparecido! ¿En interés de mi partido? No existe. Os lo pido en interés de la República, que vosotros defendéis. Os lo pido ¿en nombre de qué? Yo me atreveré á decirlo, en nombre del sentido común, porque es imposible vivir en situación tan crítica un solo instante sin Gobierno. ¿Creéis que para gobernar no se necesita más que el calor de la Asamblea, que el entusiasmo de una gran parte del país y la excitación de los individuos que están alrededor del Congreso? No quiero fatigar la atención de la Cámara. Conste que no somos Ministros desde que el Sr. Martos ha resignado en la Asamblea nuestros poderes. Conste que la Asamblea, conste que el Presidente asume el poder, asume la responsabilidad completa y absoluta de todo lo que pueda suceder.

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El Sr. PRESIDENTE DEL CONGRESO: Señores Representantes del país, en el momento en que el Ministerio último, por boca del Sr. Martos dimitió ante la Asamblea, ésta ha reasumido todos los poderes, y yo creía, porque no hay precedente ninguno, ni puede haberlo, que cuando una Asamblea soberana acepta la acción del Gobierno, ínterin se nombra otro, debía ser suficiente mi autoridad, la autoridad del Presidente, porque contaba con que los Sres. Ministros salientes habían de prestarme su auxilio para conservar el orden en Madrid y en toda la Península: he contado con eso; y como soy persona que se queda tranquila en medio de las más difíciles circunstancias, no cabe en manera alguna la observación con que ha interrumpido el debate el Sr. Zorrilla.

Si hay perturbaciones en Madrid, si las hubiera en provincias, contaba con los Sres. Ministros que acaban de serlo, para reprimirlas, siquiera fuese por breve tiempo. ¿Pues qué Asamblea, qué Cortes soberanas habían de dejar huérfanas y desvalidas las funciones de gobierno? Eso era durante una hora, durante hora y media, durante dos horas; pero ahora demos á estos debates las proporciones que se quieran y que el patriotismo de los Representantes del país estimen, y estoy seguro que todos los Sres. Representantes estarán ansiosos de acudir á las funciones de gobierno (Varios Sres. Diputados: Sí, sí), que estoy seguro que dentro de dos horas hay Gobierno, y Gobierno robustecido, el más fuerte y más grande que pueda haber; como que es robustecido por todos los Representantes del país. ¿No es esto bastante? Pues para no interrumpir la discusión, voy á proponer á la Asamblea nacional un medio muy sencillo.

Ruego á la Asamblea que acuerde en este momento que los Sres. Ministros que constituían el Gobierno anterior, pasen á su banco y ocupen las funciones de Gobierno, ínterin la Asamblea nombra otro Gobierno.

El Sr. RUIZ ZORRILLA (D. Manuel): Pido la palabra. (Muchos Sres. Diputados se ponen de pie. -Murmullos; interrupciones.)

El Sr. PRESIDENTE DEL CONGRESO: Orden; sentaos.

Señores Ministros anteriores, en nombre de la Patria, en nombre de la Asamblea nacional, os mando que os bajéis á vuestro banco para desempeñar las funciones de Gobierno.

El Sr. MARTOS (D. Cristino): Pido la palabra.

El Sr PRESIDENTE DEL CONGRESO: No hay palabra. En nombre de la Asamblea, y para robustecer la autoridad del Presidente, exijo que obedezcan, y pasen á ocupar el banco.

El Sr. RUIZ ZORRILLA (D. Manuel): Señor Presidente, estoy dispuesto, aunque vayan todos mis compañeros, á no ir al banco ministerial. Su señoría me permitirá que se lo suplique. (Interrupciones; nuevos murmullos.)

El Sr. PRESIDENTE DEL CONGRESO: Orden; la cuestión es mía.

Mando á los Sres. Ministros que bajen á su banco.

El Sr. MARTOS (D. Cristino): Pido la palabra.

El Sr. RUIZ ZORRILLA (D. Manuel): Conste que he renunciado.

El Sr. FERNÁNDEZ DE LAS CUEVAS: ¿Quién le ha dado al Presidente la dictadura? (Interrupciones.)

El Sr. MARTOS (D. Cristino): Aquí, como Diputado, Sr. Presidente, pido la palabra.

El Sr. RUIZ ZORRILLA (D. Manuel): Yo tengo pedida la palabra también como Diputado.

El Sr. FIGUERAS: Señor Presidente, pido la palabra. (Agitación; murmullos.)

El Sr. PRESIDENTE DEL CONGRESO: No hay palabra.

El Sr. FIGUERAS: Permítame S. S. que diga que la Patria exige que el Congreso nombre Gobierno.

El Sr. MARTOS (D. Cristino): ¡Quién me arrancará mi derecho de diputado? Nadie en el mundo: antes me arrancaré la vida. (Momentos de confusión; interrupciones.)

¿Tengo la palabra, Sr. Presidente?

El Sr. PRESIDENTE DEL CONGRESO: Ahora hablaré yo y después hablará S. S., porque es bueno estar sereno cuando cuestiones de tanta gravedad se están discutiendo.

La posición del Presidente es esta: creía y creo que asumí todos los poderes. (Varios Sres. Diputados: No, no.) ¿El Presidente no puede hablar? (Varios Sres. Diputados: Sí, sí.)

No me altero, señores. Creí que asumía todos los poderes; he dicho mal, porque sería un absurdo decir que asumía todos los poderes públicos; los poderes públicos los asume la Asamblea; hablaba de los poderes de autoridad. ¿Me he equivocado? (Varios Sres. Representante dicen que sí, y otros que no.) Dejadme hablar; es conveniente que me escuchéis, .sobre todo para el orden público. Escuchadme; yo no estoy alterado; no me ofendo de nada; estoy tranquilo en mi puesto.

Yo creía que lo que pasaba aquí es lo que ha pasado en todas circunstancias análogas en el mundo. Había lo siguiente: dos Cuerpos Colegisladores que se reúnen, y que en el acto de reunirse asumen la soberanía nacional; un Gobierno que ha dimitido. Yo pregunto a los Sres. Representantes de la Nación española: ínterin que se nombraba el Gobierno que se iba a nombrar, ¿qué autoridad tenía la obligación, tenía la responsabilidad de acudir a todas las atenciones de gobierno? ¿No era yo? (Un Sr. Representante: No; no haber admitido la renuncia. -Varios Representantes: Sí, sí. -Otros: No, no.) (Gran confusión.) Si no queréis oírme, me bajo. Después de todo, yo, que estoy sereno, no tengo bastante serenidad para creer que no me quiere escuchar la Asamblea; si no me quiere escuchar, me bajo de este sitial. (Muchos Representantes: Sí escuchamos.) Señores Representantes, quiero que tengáis calma, como yo la tengo; notad en este momento la serenidad de mi espíritu, que es imperturbable.

Y decía yo sencillamente: como se va a nombrar un Gobierno provisional, calculaba yo que se haría como hacen todas las Asambleas del mundo, aun cuando no tengan la altura de esta Asamblea; y calculaba que el Presidente tiene obligación de conservar el orden en todas partes, y de acudir a las medidas de gobierno del momento. He comenzado por decir que contaba con la cooperación de los Ministros que acababan de ser Gobierno. ¿Cómo me habían de negar su cooperación para que yo llenase estas funciones del momento? ¿Sería acaso orgullo de ser Gobierno, deseo de ser Gobierno, como si las funciones en este momento del Presidente de la Asamblea no fuesen tan grandes y penosas como lo estáis viendo?

El Sr. Presidente del Consejo de Ministros se ha levantado y ha suscitado una cuestión, como habéis visto. He propuesto yo, me parecía el camino mejor y más corto, que los Ministros salientes conservaran la integridad de las funciones de gobierno, ínterin la Asamblea nombraba nuevo Gobierno. ¿Está acordado ó no está acordado? (Unos Representantes: Sí, sí. Otros: No, no.) Se pondrá nuevamente a votación. (Rumores; agitación.) Escuchadme, Sres. Representantes de la Nación. ¿Está votado, sí ó no? (Un Sr. Representante: Falta la aceptación de los interesados). Guarde S.S. orden. ¿Está acordado? (Muchos Representantes: Sí, sí.) Pues yo he creído que acordado esto por la Asamblea, y contando con el patriotismo de los Sres. ex-Ministros, iban a bajar a sentarse en el banco y llenar sus funciones, más difíciles ahora que nunca, en el intermedio de nombrar la Asamblea el Gobierno provisional de España.

Esta era mi idea, y por eso decía yo que no daba la palabra a nadie. Pues ¿cómo los Ministros no lo han de hacer? ¿Han de dejar todo esto huérfano, desvalido, y sobre todo, no han de aceptar el mandato que les da la Asamblea, la confianza, el cariño, todas las consideraciones que con este voto les da la Asamblea al señor Ruiz Zorrilla y sus compañeros de Gabinete? ¿No es esto así? ¿No la aceptan? (El Sr. Martos: Pido la palabra.) Pues les doy la palabra, y dejo á su responsabilidad y á su patriotismo, y encomiendo a su prudencia que tengan en cuenta las circunstancias en que estamos.

 

Habla Cristino Martos

El Sr. Martos tiene la palabra.

El Sr. MARTOS (D. Cristino); Señores Representantes de la Nación española, voy a hablar con la templanza que la gravedad del caso reclama, y con la mesura y respeto que piden de mí las consideraciones que me merece el que tengo yo a la Asamblea a que me dirijo. Empiezo por declarar que he asistido con dolor a este incidente, que no he provocado, del cual no tengo la menor responsabilidad, porque yo solamente he pretendido usar de mi derecho de Diputado, del cual estoy usando al fin, después de una resistencia indebida, que hubiera valido más que no se mostrase, porque no está bien, Sres. Representantes de la Nación española, que contra la voluntad de nadie parezca que empiezan las formas de la tiranía, el día que la Monarquía acaba. (Aplausos.)

Conste, Sres. Representantes de la Nación española, que no soy hombre yo, ni es hombre ninguno de los que fueron mis dignos compañeros de Gabinete, de excusar ningún trabajo ni de rehuir ninguna responsabilidad, sobre todo en circunstancias difíciles; pero conste también, Sres. Representantes de la Nación española, que a mí me pareció (celebro haberme equivocado por lo visto) que se reclamaba de nosotros con imperio aquello que sin esa circunstancia hubiéramos hecho inmediatamente, accediendo al deseo y al voto de esta soberana Asamblea. (Bien.) Yo, señores, en nombre de mis dignos compañeros de Gabinete entendí, sigo entendiendo, que habiendo recibido nuestra investidura de la autoridad que fue Rey de España, Don Amadeo I de Saboya, de quien he tenido la honra de ser Ministro, habiendo cesado su autoridad soberana por la virtud de su renuncia y por la voluntad de las Cortes que han tenido a bien admitírsela, había cesado con ella nuestra autoridad propia, porque Ministros del Rey éramos, y no de otra autoridad ninguna; y entonces con todo respeto, reconociendo y declarándolo así altamente, que a aquella autoridad que desaparecía de aquella magistratura, sucedía otra autoridad y otra majestad; la autoridad y la majestad de la Nación española representada en estas Cortes; yo, inclinándome delante de ella, depuse el poder que había recibido del Rey. ¿De qué se trata ahora? Se trata de que haya alguna autoridad que responda del orden; del orden, señores, en que estamos todos tan alta y tan igualmente interesados. (Una voz: No lo prueba S. S.) Yo sí lo estoy probando; yo no hacía más sino acudir á la defensa de mi prorrogativa como Diputado; invoco el testimonio de todos para que, despojándose de interés y pasión, me digan si hubiera sido digno de sentarme aquí un solo minuto más, si no me hubiera opuesto á todas las resistencias que hubieran podido oponerse al libre ejercicio de mi derecho como Diputado. (El Sr. Ramos Calderón y otros señores piden la palabra.)

El Sr. PRESIDENTE DEL SENADO: Invoco el patriotismo del Sr. Martos, para que hoy no hagamos discursos, sino actos.

El Sr. MARTOS (D. Cristino): He concluido de esto, Sr. Presidente, y voy á añadir pocas palabras.

No he podido consultar la actitud y resolución de mis dignos compañeros. Me dicen que están conformes con lo que diga; no saben lo que voy á decir; yo les agradezco esta anticipada confianza que me dispensan. Yo digo dos cosas; primera, que la Asamblea es soberana, y que toda soberanía es autoridad, y que toda autoridad es responsabilidad y es obligación; y las obligaciones todas que nacen de esta situación, pesan de derecho sobre la Mesa de estas Cortes; y luego hay una obligación moral que pesa sobre todos y cada uno de nosotros; yo la acepto por mi parte, que es la de concurrir al lado del Presidente de esta Asamblea, al lado de la Mesa de esta Asamblea, para adoptar cuantas disposiciones crea convenientes á la salvación del orden. A eso estamos perfectamente dispuestos, y además, señores, hay otra obligación que nos es especial á los que acabamos de ser Gobierno. Nosotros podemos tener medios, tenemos medios, acabamos de dejar los medios de que carecen otros Sres. Diputados; todos estos medios están á disposición de las Cortes; todos estos medios están á disposición de la autoridad de las Cortes y de quien quiera que sea el encargado de la ejecución de sus funciones en lo relativo al orden público ó sus representantes, y para eso, señores, no necesitamos estar en ese banco (Señalando al ministerial); no necesitamos ser Ministros de una hora, que es todo lo más que vamos á tardar en tener Gobierno. Aquí estamos rodeando al Sr. Presidente de la Cámara; aquí estamos á su disposición, aquí estamos á sus órdenes; pídanos las noticias que quiera, pídanos el auxilio que necesite; estamos al servicio de S. S., porque de esta manera estamos al servicio de la Asamblea, y estando al servicio de la Asamblea, estamos á disposición de la Patria. (Bien, bien.)

Por lo demás, señores, la proposición que se estaba examinando contiene varios extremos, y uno de ellos es el nombramiento de un Gobierno: pues bien; yo quisiera, yo rogaría á mi amigo el Sr. Ruiz Zorrilla y á todos los Sres. Diputados, que deponiendo todo motivo de discordia; como yo desde ahora le depongo, retirando por lo demás todas las palabras que hayan podido escaparse y puedan parecer ofensivas, retirándolas una por una, y protestando que si la he expuesto ha sido en defensa de mi derecho de Diputado; y deseando que todo el mundo haga otro tanto para el bien y la paz de España, y la salvación de la libertad, yo, Sres. Diputados, digo, vamos, vamos pronto á votar la proposición y á nombrar Gobierno.

El Sr. PRESIDENTE DEL SENADO: Señores Diputados y Senadores; cuento por supuesto con vuestra cortesía, .y haciéndome eco fiel del pensamiento del Presidente de esta Asamblea, después de las nobilísimas palabras del Sr. Martos, yo espero que se interpreten de la misma suerte las que ha pronunciado el Sr. Presidente que estaba en esta silla; y como su propósito, así como el de los demás señores, no puede ser sino el que haya Gobierno, comprendo los motivos de delicadeza de los dignísimos amigos míos individuos del Gobierno que ha dimitido, la resistencia que ponen á sentarse en ese banco. Un acuerdo de la Asamblea lo había resuelto, contra la voluntad de ellos; la Asamblea no puede obligarles: sin embargo, é ínterin se nombra otro, yo invocaría el patriotismo de esos señores para que en estos momentos presentes, que pueden ser críticos, aunque no sea más que para una hora, y sin que se amengüe en nada el decoro de los que resisten natural y legítimamente ejercer el mando, para que se sienten en ese banco (El ministerial) y dicten las providencias que crean necesarias; y entre tanto la Cámara, discutiendo la proposición presentada y tomando acuerdo, nombraría el Gobierno que debe sustituirle hoy mismo. Yo ruego, pues, á los señores que formaron ese Ministerio que cumplan el acuerdo de la Asamblea, no con aquella frase vehemente que ha podido salir de la boca del Sr. Presidente, no por otra causa sino porque es acuerdo de la Asamblea.

El Sr. MARTOS (D. Cristino): Si me permite V. S. unas palabras, Sr. Presidente...

El Sr. PRESIDENTE DEL SENADO: Con mucho gusto.

El Sr. MARTOS (D. Cristino): Yo había resistido; Sr. Presidente, el sentarme en ese banco y mis compañeros también, porque aquí van á tomarse graves resoluciones, de las cuales no podemos nosotros participar como Ministros, y deseamos participar con la palabra y con el voto como Diputados. No hay necesidad, señor Presidente, para que nosotros hagamos todo lo que el Sr. Presidente de la Asamblea crea que debemos hacer en bien de la Patria, que nos sentemos en ese banco. Y si todavía el Sr. Presidente lo cree necesario, en bien de la Asamblea no tengo inconveniente.

El Sr. PRESIDENTE DEL SENADO: Pues yo ruego al Sr. Martos y á los demás Sres. Ministros, que ejerzan las funciones de Gobierno, que vayan á hacerlo ínterin la Asamblea cumple con su deber, porque es necesario; yo les ruego, repito, que cumplan con el cometido de la Asamblea.

El Sr. MARTOS (D. Cristino): Señor Presidente, ya que la Asamblea no desea que nos sentemos en ese banco, porque ve la esencia y realidad de las cosas, no sus formas exteriores, para satisfacer al Sr. Presidente tengo que decir que nosotros despacharemos con los subsecretarios; que el señor general Córdova, que fue Ministro de la Guerra, no tanto como Ministro, que ya no lo es, desde el momento en que se ha presentado y admitido la renuncia de la Corona que ha hecho Don Amadeo I, el señor general Córdova, no como Ministro sino como general del ejército español y como hombre patriota, en el Ministerio de la Guerra está cuidando por su parte de todo lo que es de su incumbencia.

El Sr. PRESIDENTE DEL SENADO: Un Sr. Secretario dará cuenta de la comisión del mensaje.»

El Sr. Secretario Moreno Rodríguez, dio cuenta de las comisiones de Sres. Senadores y Diputados que han de presentar al Rey el mensaje de la Asamblea, así como de la de Sres. Senadores y Diputados que han de acompañar al Rey en su viaje hasta la frontera.

El Sr. PRESIDENTE DEL SENADO: Ruego á los señores designados para las comisiones respectivas, que se sirvan prepararse, tanto para presentar el mensaje cuanto para acompañar al Rey en la hora que se fije, hoy ó mañana, y vayan pronto á cumplir su cometido, volviendo al Congreso para continuar la discusión de la proposición.

 

Habla Ruiz Zorrilla

El Sr. RUIZ ZORRILLA (D. Manuel): Si el señor Presidente me permitiera que dijese algunas palabras puesto que he suscitado el incidente, se lo agradecería en extremo; pero si S. S. no cree que debo usar de la palabra...

El Sr. PRESIDENTE DEL SENADO: El Sr. Ruiz Zorrilla tiene la palabra.

El Sr. RUIZ ZORRILLA: Nada más, Sr. Presidente, que para decir muy pocas, porque no quiero molestar la atención de la Cámara con motivo de este incidente.

La Cámara creyó, é hizo bien, que nosotros no debíamos hablar siendo Ministros del Rey, sobre la dimisión del Gobierno; pero no ha hecho la Cámara, aprovechando la urgencia del tiempo preciso, lo que debía haber hecho para proveer á la necesidad más urgente. Entonces el Sr. Presidente del Congreso propuso que continuaran en sus puestos los Ministros salientes, y quiero que conste, entiéndanlo bien los Sres. Diputados (porque en estos momentos no se respira otra atmósfera que la que hay en esta Cámara), quiero que conste que nosotros no podemos, no queremos ni podemos aceptar el sentarnos en aquel banco después de la proposición que se ha hecho.

Y no es mi ánimo prorrogar el debate, que creo conveniente, que creo indispensable.

Yo no soy Gobierno; no he querido admitir el cargo que antes tenía, aunque fuese por breves momentos y á mis compañeros les dije que debían estar á disposición de la Asamblea. (No se puede entender al orador.)

El Sr. OLAVE: Ya habría Gobierno si no se hubiera interrumpido la discusión tantas veces. (Varios Sres. Senadores y Diputados: ¡Es verdad, es verdad!)

El Sr. FIGUERAS: Señor Presidente, he pedido la palabra para intervenir en esta cuestión antes que el Sr. Barzanallana, sobre este incidente.

El Sr. PRESIDENTE DEL SENADO: No hay incidente; está terminado. Yo respeto mucho esas indicaciones, pero el Sr. Barzanallana tenía la palabra y puede usarla, por corresponderle ahora, rogándole, como á todos, que sea breve en su discurso, y tal vez me tomaré la autoridad de fijar el tiempo de la duración de los discursos.

El Sr. BARZANALLANA: El actual Sr. Presidente de esta Asamblea está acostumbrado por experiencia propia á ver con cuánta deferencia escucho yo siempre sus observaciones, como las he escuchado en el largo tiempo que he tenido la honra de ser, como Senador, presidido por S. S.: esté seguro S. S. que en esta circunstancia no necesitaba yo por cierto, Sres. Representantes de la Nación, de su excitación para ser corto. Hoy sé que es día, señores, de ser cortos en palabras, pero en obras largos.

Animados por este espíritu, los Senadores que opinan de cierta manera hemos guardado silencio en el Senado, esperando encontrar aquí, á donde éramos llamados, la ocasión oportuna de decir en brevísimas, en muy concisas palabras, la naturaleza de nuestras convicciones y la estimación de nuestros votos; por eso calló el Sr. Suárez Inclán; yo voy á decir brevísimas palabras, con objeto de que quedemos todos en el lugar en que debemos quedar.

Se nos pide, señores, que votemos una forma de Gobierno con la cual no hemos estado conformes los hombres que se sientan en mi derredor. Nosotros podremos bajar la cabeza resignados ante la fuerza de los acontecimientos; podremos prescindir de la ruptura de una legalidad, que por cierto no habíamos nosotros creado y que aunque la invocásemos sería en vano; no voy á hacer, señores, un discurso de contestación á los argumentos en favor de la República, presentados por el señor Pí y Margall; no quiero oponer á sus perspectivas de felicidad otras que yo creo desgracias más ciertas; no quiero hacer el papel de inútil é impertinente profeta; quiero solo inspirarme en los sentimientos de españolismo, é inspirado por ellos os digo que los Senadores que no hemos tenido, como otros Sres. Diputados, la honra de exponer aquí nuestras convicciones y la naturaleza de los actos políticos en lo futuro, coadyuvaremos en lo que de nosotros dependiese, á que el Gobierno que se establezca sea fuerte y tenga los medios necesarios de dar á este país siquiera un poco de tranquilidad y de reposo.

Nosotros no somos republicanos; el éxito no nos convence; votaremos, porque pediremos que esta proposición se vote por partes, contra la República, y desearemos, sin embargo, señores, que en esta terrible prueba que el partido republicano va á hacer, quede tan airoso como sin duda espera y como la Patria necesita.

En lo que llevamos de siglo, todas las doctrinas políticas, menos la republicana, han estado personificadas en el Gobierno, y con arreglo á esas doctrinas se han resuelto las cuestiones gubernamentales de España. El país, por lo visto, cree que puede hacerse la experiencia de una forma hasta ahora completamente inusitada entre-nosotros; pues yo digo á los republicanos, no diré de la víspera, puesto que no queréis que haya republicanos de la víspera ni del día siguiente, pero á los republicanos consecuentes, que tenéis grandes y elocuentísimos oradores entre vosotros; que tenéis grandes y discretos escritores, y que Dios quiera que podáis probar que tenéis grandes estadistas. Si así no fuese, habrá la Nación española aprendido á su costa que los males de que se queja, en grandísima parte, como yo tengo la desventura de creer, no son dependientes del Gobierno, sino de causas intrínsecas de la sociedad cuyo remedio será más fácil, porque la última experiencia estará hecha. He concluido.

 

 

Continuará