Presidido por el Rey, que estuvo acompañado por la Presidenta del Congreso, la Vicepresidenta Primera del Gobiernos y otras Autoridades, se celebró el acto de inauguración de la MAGNA EXPOSICIÓN con la que la Biblioteca Nacional homenajea al que fuera Segundo Presidente de la Segunda República con motivo del 80 aniversario de su muerte. La Exposición, que se ha montado con el título de "Azaña: intelectual y estadista", permanecerá abiertas hasta el 4 de abril del 2021 y con ella se abre el amplio programa conmemorativo que ha organizado el Gobierno para  festejar y celebrar el republicanismo de Azaña.
                     "El Correo de España" se complace en publicar el informe que Julio Merino escribió sobre Azaña, el hombre de la República para su obra "Los Grandes personajes españoles del Siglo XX". Hoy el primer capítulo:
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El Hombre de la Segunda República

 

Que Don Manuel Azaña fue “el hombre de la Segunda República española” nadie lo pone en duda, ya que él fue tras el 14 de abril de 1931 quien guía y dirige los pasos del Régimen sobrevenido a la caída de la Monarquía. Y a pesar de que “allí” estaban y estuvieron hombres como Alcalá Zamora, Largo Caballero, Indalecio Prieto, Julián Besteiro, Serrano Suñer, Gil Robles, José Antonio Primo de Rivera, Calvo Sotelo, Cambó, Santiago Alba y tantos más.

            Azaña es el padre de la “Reforma militar”, el espíritu de la Constitución de 1931 y sobre todo el mentor del “Frente popular”… y pudo ser, sin duda, el gran hombre de Estado que llevara España a las aguas tranquilas de modernidad democrática, pues dotes no le faltaban, como aceptaba y aceptan sus más encarnizados rivales.

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            Según sus biógrafos Azaña se destapa como un hombre decididamente resolutivo en cuanto se sienta como Ministro de la Guerra en el Gobierno Provisional y no duda ni un momento del papel que la Historia le ha reservado ni siquiera del que ha reservado a los demás. De ahí su labor de aquellos tres meses preconstituyentes y el respeto que se gana inmediatamente entre sus propios “compañeros de viaje”. O el aplauso que un día se gana en las Cortes a petición del propio Ortega y Gasset… “Lo que ha hecho Azaña –dirá el filosofo– es una verdadera hazaña”.

            Pero fue también, sin duda, el gran orador de aquel Parlamento… por cierto, un parlamento lleno de grandes oradores como Alcalá Zamora, Prieto, Cambó, Besteiro, Madariaga, Romanones, Gil Robles, Unamuno, Ortega, José Antonio Primo de Rivera y etc. etc.

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            “He conocido -diría Miguel Maura- tres Azañas diferentes en tres etapas sucesivas: el del periodo revolucionario y el Gobierno provisional; el de la Presidencia del Consejo y la máxima responsabilidad de Gobierno y el Azaña físicamente acabado, moribundo, pero con su cerebro privilegiado no sólo intacto, sino afinado por la enfermedad y la desgracia, un mes justamente antes de su muerte… pero el de entonces, el primero de la serie, era con mucho, el peor: despectivo, soberbio, incisivo sin piedad y sin gracia, reservado para cuantos no fuesen sus habituales contertulios, despiadado en los juicios sobre las personas y los actos ajenos; en una palabra: insoportable”.

Biografía personal

Pero ¿quién era realmente Manuel Azaña y qué fue de la encrucijada vital que vive España desde el 14 de abril de 1931 y el 1 de abril de 1939?

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De entrada digamos que él mismo se definió en 1933 de este modo: “Soy un intelectual, un liberal un burgués”… a lo que habría que añadir “y un español”, ya que Azaña, a pesar de sus aciertos o de sus errores, fue por encima de todo un español que creyó factible volver España de revés y construir la “nueva España”.         

Azaña nace en Alcalá de Henares el día 10 de febrero de 1880, lo que quiere decir que al proclamarse la República acaba de doblar la curva del medio siglo, en el seno de una familia liberal. Estudia con los agustinos en El Escorial y luego en la Universidad Central, donde ¡qué casualidad! ingresa el año 1898, de la que saldría el 26 de junio de 1900 como doctor en Derecho. En 1902 ingresa en la Academia de Jurisprudencia con un discurso sobre “La libertad de asociación”, en el que, entre otras cosas, afirma que “el problema central del s. XIX ha sido el de la relación entre el individuo y el Estado” y sostiene que debe hallarse una “fórmula de armonía” que concilie el espíritu de solidaridad con el individualismo… Son los dos años del “Jardín de los frailes”, la novela autobiográfica que tanto tiene de cierto, es decir de realidad. Son los años de la búsqueda de una “identidad personal”, del “equilibrio interno” de que son también victimas sus coetáneos de la llamada generación de 1914: Ortega, Juan Ramón Jiménez, Picasso, Américo Castro, Marañón y otros.         

En 1911 Azaña pronuncia en la Casa del Pueblo de Alcalá de Henares una conferencia sobre “El problema nacional” en la que plantea los efectos que el “desastre del 98” ha provocado en los jóvenes de su tiempo y el “dolor de España”. Ese “dolor” que aprisiona a todos los intelectuales de la época y que les lleva a desear una “España nueva”. Esa España de la que habla intensa-mente en el artículo que publica en “La Correspondencia de España” bajo el título “Vistazo a la obra de una juventud” y firmado con el seudónimo de “Martín Piñol”.

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Durante 1911 y 1912 Azaña “vive libre” en París como becario de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas y escribe las “Notas de París” como corresponsal literario. Comienza la gran influencia de Francia y lo francés…          

“Al comparar la sociedad española con cualquier sociedad europea robusta… lo que se descubre es el tardo paso de nuestro pueblo… y el contraste entre el destino normal de un español y de otro europeo, nos enseña que la prerrogativa que gozamos o el permiso que nos tomamos para zigzaguear, dispersándonos sin esfuerzos por las mallas por una sociedad sin cohesión ni disciplina, no es compensación suficiente del fracaso cierto de nuestras vidas.”           

De 1913 a 1920 Azaña es secretario primero del Ateneo de Madrid, su verdadera plataforma política, porque allí y desde allí el intelectual ambicioso comienza a cimentar su futuro poderío. Es entonces cuando se incorpora al Partido Reformista de Melquiades Álvarez y Azcárate y cuando con Ortega y otros fundan la Liga de Educación Política… Pero, sobre todo es durante esos años (de los 33 a los 40) cuando se dedica a estudiar a fondo los problemas de la época en especial el militar.

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La cultura es mi única Patria.

El 24 de noviembre de 1911 (ayer hizo precisamente 107 años) llega Manuel Azaña a París. Va becado (350 pesetas al mes y 400 para viajes) por la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, con la firma de Santiago Ramón y Cajal. Su estancia en la capital francesa será de un año, aunque la beca le cubría nada más que seis meses y los otros seis los tuvo que pagar de su bolsillo. Y aunque la beca le fue concedida para ampliar estudios sobre el “Derecho Civil francés” en la École Nationale des Chartes, adscrita a la Universidad de la Sorbona, el joven Azaña dedica su tiempo más a conocer París y estudiar la Moderna Historia de Francia, especialmente la Revolución francesa. De ahí que un día dijera: “La diferencia entre Madrid y París es que en Madrid hay más bares que librerías y en París más librerías que bares”. 

De su estancia en París quedarían sus “Notas de París” que a medias fueron publicadas en “La Correspondencia de España” y las opiniones de sus dos mejores amigos de aquellos meses: el geógrafo y antropólogo Luis de Hoyos y Salvador de Madariaga. El primero diría: “Azaña era un hombre muy curioso, pues era un hombre tímido, miedoso, asustadizo, incapaz de matar una mosca y en ocasiones hasta cobarde, pero sobre todo una esponja de saberes y cultura. Una mente privilegiada que diseccionaba las cosas y las personas con más rapidez y limpieza que el bisturí de un cirujano emplea en sus cortes. Recuerdo ahora que un día, cuando salíamos por enésima vez del Louvre, nos dijo al amigo Salvador (Salvador de Madariaga) y a mí: “¿Sabéis que diferencia veo entre el museo del Prado de Madrid y este Louvre de París?, pues que los españoles no saben apreciar lo que tenemos y consideran el Prado como una reliquia del pasado que guardan como oro en paño y el Louvre es para los franceses una luz que brilla tanto como la del sol, un faro de cultura. ¡Ay, por algo Francia es Francia y España, España!”. Otro día, recién llegado, nos pidió que le lleváramos a la actual Plaza de la Concordia, donde durante la Revolución estuvo instalada la guillotina. Quería saber donde murieron exactamente Dantón y Robespierre… sí, era, como he dicho, una esponja dispuesta a absorberlo todo”. 

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Por su parte Salvador de Madariaga diría de él más tarde: “Conocí a Manuel Azaña a finales de noviembre de 1911 en la Sorbona, donde él acudía cada mañana a seguir un curso de Derecho Civil. Yo ya llevaba 11 años en París, pues obligado por mi padre había cursado Ingeniería en la “École nationale superieure des mines” de la Sorbona, y naturalmente me conocía París mejor que Madrid. Desde aquel día nos hicimos amigos, aunque yo tenía 7 años menos que él, y fui en parte (la otra parte lo fue mi también amigo Luis de Hoyos) su “cicerone”. Recuerdo que el paseo que más le gustaba, y que hacíamos casi a diario, comenzaba en la Plaza de la Bastilla y la Columna de Julio para luego bajar al puente de Austerlitz, y de allí, embarcados, hasta la Concorde, y terminar recorriendo los Campos Elíseos… Eran sus momentos de gloria donde su mente se desbordaba y hablaba hasta por los codos, lo que desmonta la fama de introvertido que le seguía y le siguió siempre (y sí, es verdad, era introvertido cuando en las reuniones o tertulias aparecían personajes que no le caían bien, pero cuando estaba con nosotros se transformaba en un parlanchín de feria y no dejaba hablar a nadie). Era un hombre raro, de aspecto pueblerino, mal vestido y poco cuidado, huraño, crítico con la sociedad que, según él, no le daba lo que se merecía (el resentido de Marañón), pero sobre todo era un devorador de cultura, la cultura era para él como un Dios hasta el punto que solía decirnos: “La cultura es mi única Patria”. Sin embargo, era un poco misógino. Lo descubrí cuando una tarde, al terminar nuestro paseo diario, le propusimos ir a pasar la noche al “Moulin Rouge”, porque se negó en redondo: “No, no, esas cosas son para vosotros, yo he venido a París a estudiar y  aprender y no para divertirme viendo a mujeres desnudas o semidesnudas y emborracharme con champagne. La hora de las mujeres no ha llegado todavía para mí… aunque llegará, o eso espero” (se casaría con Dolores Rivas Cherif el 27 de febrero de 1929 y no tuvieron hijos)”.

Pero para saber con exactitud cómo fue su primera estancia en París hay que leer la “Vida y tiempo de Manuel Azaña” del historiador Santos Juliá, quien tomando como base las “Notas de París” del propio Azaña describe con detalle los estudios, las lecturas y los paseos en la capital francesa. Como puede verse en el párrafo que reproduzco:

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“En cualquier caso, Azaña disfruta en París, durante el primer semestre de 1912, de una notable variedad de cursos abiertos a toda clase de auditorios; asiste a varios mítines políticos, en la rue Danton, a favor de Córcega, donde oye a los socialistas Marcel Sembat y Albert Thomas o, en otra ocasión a Jean Jaurès, en su defensa de un ejército nuevo; prodiga visitas a los museos, al jardín de Luxemburgo, al Louvre, donde vuelve una y otra vez, a perderse por sus diferentes salas, anotando sus impresiones; visita iglesias, Sant Severin, que le parece bella, y su vecina Saint Julien le Pauvre, que en efecto le parece pobre y… nada más, Saint Sulpice, que le deja frío, el Panteón, antes iglesia, que no le dice nada, la Sainte Chapelle, una joya, nota nada original, realmente; asiste a una amplia variedad de conciertos, siempre de música clásica: gran cosa la audición de un “Mesías”, de Händel, y una exclamación, como todo un comentario a una “Octava sinfonía” de Beethoven; (…).

Definitivamente, no hay tiempo para aburrirse; más bien lo contrario: demasiada dispersión, demasiadas cosas iniciadas y no acabadas, demasiada inseguridad en el fruto de su trabajo: “me parece que seré singular en el arte de no hacer nada”, confía a su diario el 30 de marzo después de haber intentado “recapitular” con objeto de trazar el borrador de trabajo que debía enviar a Madrid. “No he encontrado nada”, escribe, con desaliento. Y es que, en efecto, de las variadas sensaciones y aprendizajes que París le va despertando sólo dejará su huella en los artículos que envía a “La Correspondencia de España”, siempre bajo el seudónimo de Martín Piñol, aunque no siempre publicados. Así ocurre con el segundo de ellos, ejemplo del tipo de crítica política que le gustaría prodigar y titulado, en el original que conservó entre sus papeles, “La dignidad del Parlamento”, aunque a su amigo Vicario le habla de haber enviado uno sobre “La crisis del Parlamento”…”

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Sobre el problema español

En enero de 1910 Azaña cumple los 30 años y entra de lleno en su “etapa de gestación” (según la teoría de las “Generaciones” de Ortega) y, en realidad, comienza su vida pública, porque ese año y el siguiente es cuando da a conocer su primera “filosofía” política. Es verdad que lleva ya unos años de gran actividad intelectual, acaso por olvidar la tragedia personal que ha vivido. Sus padres mueren los dos cuando él apenas ha cumplido los 10 años y eso, y el irse a vivir con una tía suya, le marcará para toda su vida. A pesar de eso, y sin perder nunca el recuerdo de su madre, supo resistir y aparentar que aceptaba los designios de Dios. Primero durante el estudio de Bachillerato, que realiza en el Instituto Cisneros de Madrid. Después, en el “Real Colegio Universitario María Cristina” de El Escorial (con exámenes en la Universidad de Zaragoza). También ha superado ya su etapa de pasante de abogado en un importante despacho en el que se encuentra como compañero a Niceto Alcalá Zamora y ha aprobado, “Sobresaliente cum Laude”, su tesis doctoral sobre “La responsabilidad de las multitudes” (entre otras cosas había dejado escrito que: “establecía que cuando actúa en multitud, el individuo es responsable de sus actos y reconocía que cuando las multitudes alzan la voz amenazando con perturbar el orden es para reclamar algo que casi siempre se les debe en justicia”)... y había hecho sus primeros pinitos literarios, casi todos con seudónimo.

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Tal vez porque ya habían aflorado a él las cuatro cosas que marcarían su vida: la antipatía natural, su huraño espíritu (era el inicio del resentido que sería más tarde, según Marañón), el anticlericalismo (según algunos por sus disgustos y enfrentamientos con los frailes de El Escorial, lo que andando los años inspiró su mejor novela: “El jardín de los frailes”) y sus simpatías por las ideas socialistas-marxistas que ya se estaban apoderando de Europa. No, no había perdido el tiempo. 

Pero a primeros de 1910 descubre el Ateneo de Madrid, que sería a partir de ese momento su nueva casa y le serviría de plataforma política en su triunfal carrera hacia la Presidencia de la República. Al año siguiente ya era Secretario y “mandamás” por enfermedad del Presidente, Rafael María de Labra, y su gran preocupación es organizar y modernizar la gran biblioteca de la Gran Casa de la Cultura Española. Azaña lee a todas horas y polemiza con todo el mundo, principalmente con los hombres del 98, a los que combate, a pesar de su admiración, por su pesimismo, consecuencia del desastre del 98.

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Es entonces cuando pronuncia en la “Casa del Pueblo” (4 de febrero de 1911) de Alcalá de Henares, su pueblo natal, la primera conferencia seria y política y cuando los Partidos comienzan a verle como un posible diputado. Quizás también porque, desde aquel día, demostró también que era un gran orador. En el curso de la conferencia dice cosas graves sobre la situación de España. Santos Juliá dice en un momento de su obra “Mi vida y tiempo de Manuel Azaña” estas cosas: “Azaña también piensa en España, el problema español, los orígenes de su decadencia, los caminos para su retorno a la corriente general de la civilización europea. Su originalidad consiste en repensar el secular problema en un permanente debate con la generación del 98 y con la imagen que de España se había construido en el exterior desde que los viajeros ilustrados dejaron testimonio de sus vivencias en suelo español. Para lo primero, remontó en su búsqueda histórica más allá del siglo de oro y apuntó dos de las intuiciones geniales en lo que podría haber sido una gran obra de historiador: que la nación es una invención moderna y que las raíces de la modernidad española no había que buscarlas en el siglo de los Austrias sino en el reinado de Alfonso Onceno, cuando se forja la lengua. Con esto se sitúa ya en un terreno que le permite reivindicar una larga tradición de la que él se considera heredero y parte, y alejarse del “nacionalismo de tizona y herreruelo” propio de quienes sueñan el siglo de los Austria como el cenit de la grandeza de España. Lejos de ahí, Azaña piensa a los Austria como una distorsión de la historia, al triunfar, aliados a la nobleza, sobre los burgueses y el pueblo de las Comunidades. Y de ahí su tercera genial intuición, sobre la que ha llamado la atención Joseph Pérez, pero que ahora se comprende mejor: la que le permite ver en la rebelión de los comuneros la primera revolución moderna y, en su derrota, el triunfo de la Monarquía católica e imperial, origen de la inexorable y larga decadencia española”.

En 1911 se va por primera vez a París (como ya reflejé en el anterior capítulo) y es a la vuelta cuando tiene los primeros contactos con Ortega y Gasset y otros jóvenes del Ateneo. Y a mediados de octubre de 1913 respalda con su firma, la primera, un llamado “Prospecto de la Liga de Educación Política de España”, en la que pedía “la organización de una minoría encargada de la educación política de las masas, vincular la suerte de España al avance del liberalismo y el proyecto de nacionalización y agruparse con el propósito de ejercer algún tipo de actuación política que abriera, (con la Monarquía todavía) las puertas a la Democracia.

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 Naturalmente aquello supuso un apoyo explícito al Partido Reformista, que había fundado Melquiades Álvarez, al que Azaña y otros se afilian enseguida. Azaña se hizo muy amigo y admirador de Melquiades Álvarez (de ahí su tragedia personal cuando supo que “Don Melquiades” había sido asesinado por los rojos en la cárcel Modelo, el año 36). Ya como afiliado al Reformismo pronunció su primer discurso en el que reivindicó una vez más “la Democracia Parlamentaria, la necesidad de un Estado laico y soberano, atento a la justicia social y a la cultura, y a la imperiosa necesidad de acabar con el caciquismo, sin embargo, deshecho la posibilidad de que nuestro Partido pueda cometer tal empresa con la ayuda de socialistas, republicanos o liberales”.

El Estado era para él su “otro yo”, por encima del individuo y de las masas. “Señor Ministro de la Gobernación no olvide que la vida de la República vale más que la de cualquier ciudadano”, le diría a Miguel Maura cuando quiso reprimir con la Guardia Civil a los que quemaban las iglesias y los conventos.

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Las urnas le dan la espalda

Hubo dos cosas que le amargaron su Etapa de Gestación (cuando el hombre lucha ya por implantar su mundo propio): las urnas y las letras. La primera porque su salida al campo de la política, ya como miembro del Partido Reformista, de Melquiades Álvarez, fue un verdadero desastre. En febrero de 1919 se presentó como candidato por el Puente del Arzobispo (Toledo) y no resultaría elegido. Sería su primera desilusión. En junio de 1920 se presenta de nuevo por el mismo pueblo y vuelve a fracasar. Lo que vino a demostrar que su antipatía natural, su seriedad y también su timidez, no atraía a las masas (cosa que se confirmaría en sus etapas triunfales de la República). Azaña, a pesar de sus ideales democráticos, no era hombre para las urnas. 

Tampoco tuvo éxito en sus primeros escarceos políticos en el ambiente más culto. En mayo de 1919, participó en un mitin con un discurso en que ya aparecieron sus primeros ataques directos a la Corona y unas primeras referencias a la posibilidad de una revolución, por la fuerza si fuese necesario, para cambiar el “status quo” de la realidad española… y es que sus ideas liberales se iban acercando a las izquierdas y especialmente al socialismo. En ese estado mental participa, junto a otros intelectuales reformistas y algunos republicanos y socialistas, en la creación de la “Unión Democrática Española para la Liga de la Sociedad de Naciones Libres”, que reclamaba una democracia plena para España. Entre octubre de 1919 y abril de 1920 vive, por segunda vez, en París como enviado especial del diario “El Fígaro” y dimite como Secretario del Ateneo. 

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Atraviesa y vive la segunda amargura, la de las Letras. No soporta y envidia el éxito que tienen otros escritores como Azorín, Maeztu, Unamuno, Machado, Ortega, Miró o Blasco Ibáñez. La envidia le corroe porque, aunque no se lo diga nadie, él se siente más que muchos de ellos… y esa envidia es la que se va transformando en el resentimiento, que ya no le abandonó mientras vivió. No soportaba ver las librerías llenas de las obras de los demás y que los periódicos y las revistas les dedicasen páginas enteras y que todo lo que él hacía pasara en un silencio humillante. 

Así que impulsado por su amigo, y ya cuñado Rivas Cherif, y patrocinado por Amos Salvador, un arquitecto amante de las Letras, en junio de 1920 funda “La Pluma”, una revista literaria que ambicionaba hacerse como guía literaria del Madrid intelectual, y fue en ella donde comenzó, incluso contra su voluntad y por presión de sus amigos, la publicación de su novela “El jardín de los frailes”, que fue publicándose hasta 1923 en que la cerró para dirigir la revista “España”, más política y más intelectual.

Pues bien, por su interés y para conocer en su salsa el estilo serio, cervantino y epigramático del de Alcalá les reproduzco las primeras y últimas páginas de la que sería la mejor novela de su obra literaria:

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“La primera vez que oí hablar de los Schlegel fue en El Escorial de Arriba, una tarde de otoño, hace ya veintitantos años. No eran pasto de la murmuración de vecindario de San Lorenzo: se hablaba de ellos en una sala baja, fría, donde un par de docenas de adolescentes, de codos en los pupitres de pino todavía pegajosos de barniz, sufríamos la iniciación literaria. Encaramado en la tribuna, un fraile joven, quebrado de color, escuálido, de boca rasgada y dientes desiguales, nariz aguileña y ojos saltones entreverados de sangre, daba suelta a su elocución caudalosa. De voz insegura, tan pronto ronquilla y velada como chillona y metálica, entre gallos y rociadas de saliva, con el tropel de palabras que le salía de la boca se trompicaba. Era el padre Blanco, uno de los brotes más lozanos que ha dado en nuestra época el añoso tronco agustino. En el aula hostil, la luz cenizosa de noviembre pesaba en los párpados. A tales horas ya nos rendía el cansancio cotidiano. Esforzábamos la atención para no sucumbir al tedio o al sueño. La lección del padre Blanco era, no obstante, soportable como ninguna porque hablaba de cosas inteligibles y amenas cuya inserción con nuestra sensibilidad personal veíamos patente. Teníanle los suyos por crítico literario de primer orden y ponderaban su arremetida contra «Clarín», para los frailes arquetipo del impío. Dentro y fuera de clase era el padre Blanco parlanchín y burlón. Los estudiantes le llamábamos fray Sátira. Andaba casi a brincos; cada ademán, una sacudida. Empezaba a toser; ardía en sus pupilas la calentura. Murió algunos años después, creo que en Jauja. Su «Historia», que nunca nos dieron a leer, no vale tanto como pensaban.

Nuestra preparación de bachilleres, si juzgo por la mía, era modesta. El que más, recitaba de coro páginas del Campillo, Yo había cursado ese librito en mi colegio de Alcalá y conservaba en la memoria algunas nociones más sólidas: «¿Qué son tropos? Formas figuradas de hablar». O bien: « Criticar es aplicar los juicios de la sana razón a las obras literarias y artísticas». Campillo fue uno de esos catedráticos zumbones, amigos de ensañarse con los alumnos haciendo chistes a su costa. Era exigente y, como decían, clerófobo; al verlo en la comisión de exámenes, los alumnos del colegio de segunda enseñanza se helaban de espanto. Pero los frailes lo amansaban a fuerza de comidas pantagruélicas y vino sin tasa. Tomábase don Narciso licencias increíbles. Una tarde, sentado en el tribunal, como le doliese un callo, se quitó una bota, la puso sobre la mesa, extrajo del bolsillo una navaja y recortado un pedazo de cuero en la parte que le laceraba, se calzó tan campante. Andando el tiempo, alcancé a Campillo en el Ateneo, donde tuvo apestosa fama. Era un andaluz procaz, de ingenio pronto, fecundo en chocarrerías. En la biblioteca de la casa hubo un ejemplar de La Regenta, famoso por las notas que don Narciso le puso al margen. El ejemplar desapareció, ni sé si por decreto de un bibliotecario pudibundo o porque algún bibliómano curioso lo haya guardado para sí. Dos hijos que don Narciso tenía no heredaron la vocación literaria de su padre: tal vez los reverendos Escolapios de Alcalá, en cuyas aulas fueron a cursar la segunda enseñanza, suscitaron en ellos otras inclinaciones y se dedicaron a barristas.

En abril de 1923 volvió a presentarse a otras elecciones y cosechó su tercer fracaso. Eso hizo que se apartara del Partido Reformista y se pusiera ya (sobre todo después del Alzamiento de Primo de Rivera) abiertamente frente a la Monarquía.

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La encrucijada: Monarquía o República

No lo puede resistir. La envidia es superior a sus fuerzas. Ver lo que han alcanzado sus tertulianos del Ateneo y comparando lo que él ha conseguido le corroe las entrañas. Ortega, sólo 3 años más joven que él, es Catedrático de Metafísica de la Universidad Central desde 1910. Sánchez Albornoz, 13 años más joven que él, ya es Catedrático de Historia. Salvador de Madariaga, tan sólo 6 años más joven, ya tiene plaza oficial como representante de España en la Sociedad de Naciones. Gregorio Marañón, casi a la misma edad que él, ya es Catedrático de la Universidad, Director del Hospital San Carlos y, lo que más le duele, es que le nombren Presidente del Ateneo, estando él allí que conocía la Docta Casa mejor que nadie… Y Alcalá Zamora, su viejo compañero como pasante en el despacho Díaz Cobeña, había sido ya hasta Ministro de Fomento, con 7 años menos.

Bien, pues metidos todos esos casos, y otros más que podrían enumerarse, en una batidora y dándole vueltas en la soledad de la noche va naciendo en su difícil espíritu el resentimiento. Porque se da cuenta que él sólo ha conseguido públicamente ser “Auxiliar tercero de la Dirección General de los Registros y del Notariado”, y en lo literario Director de una revista que paga un amigo y se distribuye sólo en algunas librerías de Madrid (donde se ha atrevido a publicar como “folletón” los capítulos que va escribiendo de “El jardín de los frailes”, que no se publicaría hasta 1927). No soporta que gentes, que según él, valen menos que él, le estén superando en todos los terrenos… y entonces no lo duda más y toma dos decisiones fundamentales para su vida: Primero casarse, cosa que hace con Dolores Rivas Cherif, hermana de su ya amigo Cipriano, que a partir de ese momento se transformarían en una especie de guardianes de “Don Manuel”, pues si la señora le atendía todo en casa, el cuñado le acompañaba a donde quiera que fuese, acto político, paseos camperos, restaurantes, hoteles o viajes (de ahí que entre los conocidos se comentase que Azaña se había casado con dos hermanos). La segunda es arrojarse al mundo de la política y como la política está en manos del dictador Primo de Rivera al General se enfrenta y contra él escribe (y ya de paso contra el Rey y la Monarquía) su primera “Apelación a la República”, aunque para entonces ya se ha acercado a los socialistas Fernando de los Ríos y Julián Besteiro (para más inri, los dos también Catedráticos) y comienza su labor de aproximación y unión de los grupúsculos republicanos que ya están surgiendo por todas partes.

Miguel Ángel Domenech recoge en uno de sus libros este párrafo de “Apelación a la República”:

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“Por ello, hay que recordar que la forma política republicana implica el establecimiento de mecanismos e instituciones de manera que el fundamento de la democracia no quede limitado a la simple forma de democracia representativa, ni que el ejercicio de la responsabilidad política de los ciudadanos gravite únicamente en el voto, y en la delegación de poder en representantes surgidos del sufragio. Las insuficiencias de la democracia representativa han sido de hecho denunciadas por la desafección de los ciudadanos hacia una política delegada en unos pocos. Elegir a los que han de gobernar no es enteramente gobernar. Consentir, asentir y elegir no es autogobierno. Lo es participar en la formación de las decisiones, en la toma de ellas y en su ejecución. Una constitución republicana debe contemplar formas de democracia participativa, deliberativa, popular y mandatada. Al efecto deberían contemplase instituciones tales como la revocación de cargos, la brevedad y la rotación frecuente de los mandatos, la preferencia por la forma colegiada de gobierno en ejecutivos, el funcionamiento frecuente y accesible de la iniciativa popular y los referéndum, la introducción de algunas formas de mandato imperativo, la introducción del procedimiento de sorteo en la designación de algunas magistraturas públicas, las prohibiciones y limitaciones a la acumulación de cargos públicos, la rendición de cuentas después del mandato ante órganos ciudadanos independientes, la extensión de la incompatibilidad e inelegibilidad para del desempeño de funciones públicas de aquellos que estén ligados de una manera privilegiada a actividades e intereses privados, el estudio de la incompatibilidad de un grado de renta y forma de vida suntuosa y excesiva, de manifiesta desigualdad, para el desempeño cívico y virtuoso de funciones públicas.”

El 11 de febrero de 1926 se reúnen para recordar la llegada de la “Primera República”: el Partido Republicano Radical, de Alejandro Lerroux; el Partido Republicano Federal, formado por siete amigos y sin militancia; el Grupo de Acción Republicana, de Azaña, con hombres como Jiménez de Asúa y Pérez de Ayala a su lado y el Partido Republicá Catalá, de Marcelino Domingo y Lluis Companys. Ese mismo día hicieron público un Manifiesto, ya firmado como “Alianza Republicana” en el que se pedían abiertamente “unas Cortes Constituyentes elegidas por sufragio universal, en las cuales lucharemos por la proclamación del régimen republicano. Manifiesto al que rápidamente se sumaron Vicente Blasco Ibáñez, Miguel de Unamuno, Antonio Machado, “Azorín”, Luis Bello y muchos catedráticos de las Universidades de toda España. 

En el mismo se señalaban algunos de los objetivos de los republicanos:

“El régimen de excepción, fuera de la ley constitutiva del Estado, a que ha sido y viene siendo sometida España, señala a cuantos hombres y a cuantas fuerzas políticas tengan conciencia de su responsabilidad un deber inexcusable, y les exige cumplirlo en toda su plenitud. (...) ¿Qué obra de gobierno consideramos como fundamental y mínima? Primero: El restablecimiento de la legalidad por la convocatoria de unas Cortes Constituyentes... Segundo: Una ordenación federativa del Estado, reconociendo la existencia de diferentes personalidades peninsulares. Tercero: Solución inmediata del problema de Marruecos. Cuarto: Nivelación del presupuesto, transformando totalmente el tipo y la especie de los impuestos, y la aplicación y volumen de los gastos. Quinto: Creación de la cantidad de escuelas indispensables para resolver de una vez y sumariamente el problema de la enseñanza primaria. Sexto: Supresión de censos y foros... Séptimo: Preparación adecuada del Estado para todas aquellas intervenciones y facilidades a la asociación de elementos productores, para todas aquellas iniciativas por cuya colaboración ambas fuerzas, el Estado y la Sociedad, hagan leal y prácticamente posible la realización del programa mínimo de las actuales aspiraciones del proletariado. (...) Nos hemos unido y prometemos solemnemente no separarnos hasta que la obra señalada se cumpla en su totalidad.”

En la Junta Provisional de dirección ocupó ya lugar destacado Manuel Azaña.

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