1. Destrucción sistemática de la familia y la vida e inoperancia eclesial

En España se violan los pactos más sagrados, los que son establecidos entre un hombre y una mujer, por medio de la plaga social del divorcio con millones de rupturas matrimoniales en 40 años desde la promulgación de la ley por la UCD. En España se llama matrimonio a la unión, contraria a la naturaleza, de dos personas del mismo sexo y se permite la aberración de que puedan adoptar niños privándoles de su derecho fundamental a tener un padre y una madre. En España se juega a ocupar el puesto de Dios para decidir lo que es bueno o malo, para ser el dueño de la vida y de la muerte. Más aún, se reclama el suicidio (eutanasia) o se establece el blindaje constitucional del asesinato (aborto) como un derecho. Así, la sociedad española mata impune y sistemáticamente a sus hijos más inocentes con cifras escalofriantes: 100.000 abortos anuales, el 40% menores de edad; sumando ya más de 2.500.000 abortos desde su despenalización en 1985 (Instituto Nacional de Estadística, año 2018). Las muertes por violencia familiar, que los progres de todo pelaje llaman «violencia de género», en la España de 2019 han sido 55.

Por cierto, un dato para muchos pastores de la Iglesia, asociados a la batalla cultural de la izquierda por la inmigración indiscriminada («tender puentes en lugar de levantar muros»), los inmigrantes que han fallecido en el Mediterráneo en los últimos 6 años suman 15.000. Contra facta non valent argumenta. Contra los hechos no sirven los argumentos. La dimensión social y externa de la Iglesia en España, sumida en la crisis universal producida a raíz del Vaticano II, se encuentra envuelta en un avanzado proceso de decadencia y autodisolución. En los próximos diez años, por motivos simplemente demográficos, será imposible ocultar cómo el nefasto modus operandi adoptado desde mediados de los años 60 por muchos pastores sólo ha conducido a la apostasía en masa de la población. El catolicismo español pronto llegará a un punto de inflexión al perder, por defunción, el 45% de sus fieles, el 65% de las religiosas que pueblan los monasterios españoles y el 40% de los sacerdotes.

El bloque socialista-comunista-independentista sustituirá el actual Estado aconfesional por un Estado laicista de hecho: no tardará en despojar a la Iglesia de la «X» de la Declaración de la Renta y gravarla con los impuestos de los que hasta ahora se encontraba exenta, además de la embestida contra la educación diferenciada y la concertada junto la desaparición, en la práctica, de la asignatura de religión del sistema educativo. Con todo, hay que decir que por desgracia estos medios al utilizarse mal por parte de la Iglesia, tampoco han servido de mucho en los últimos decenios.

El resultado será que, a la irrelevancia y descrédito cada vez mayores de la Iglesia en España, se le sumarán una reducción drástica de su actividad debido a la falta de efectivos y de dinero. No nos encontramos ante una época de cambios, sino ante un cambio de época: la fase terminal, suicida de la posmodernidad, lo único peor que la modernidad. La actuación de muchos pastores de la Iglesia, desde el Vaticano II, rehusó ofrecer la alternativa cultural y crítica a la modernidad anticristiana, para pasar a abrazarse con ella. Así se convirtieron en la comparsa de todas las causas que promueve el Nuevo Orden Mundial: ecologismo y cambio climático, islamofilia e inmigración, relativismo cultural e indigenismo, democratismo y homosexualidad, etc.

Lecturas recomendadas: Conferencia Episcopal Española, Teología y secularización, Edice, Madrid 2006; Alicia Rubio, Cuando nos prohibieron ser mujeres… y os persiguieron por ser hombres, Madrid 2017; Gabriele Kuby, La revolución sexual global. La destrucción de la libertad en nombre de la libertad, Didaskalos, Madrid 2017; Taylor R. Marshall, Infiltración. El complot para destruir a la Iglesia desde dentro, Homo Legens, Madrid 2019.

  1. Falsificación del pasado y creciente acoso a la Iglesia

En España se promueve, con la totalitaria Ley de Memoria Histórica, desenterrar y fomentar el odio y el enfrentamiento entre sus miembros, justificando a la izquierda violenta y golpista de antaño con el fin de legitimar a la extrema izquierda actual. Dicha ley presenta la Guerra Civil como un enfrentamiento maniqueo entre la democracia y el fascismo, al mismo tiempo que criminaliza el régimen de Franco equiparándolo a la Alemania nacional-socialista de Hitler.

Las certeras palabras de Menéndez Pelayo, ya en 1881, constituyen una profecía cuyo triste cumplimento se despliega ante nuestros ojos: «Hoy presentamos el lento suicidio de un pueblo que, engañado mil veces por garrulos sofistas, empobrecido, mermado y desolado, emplea en destrozarse las pocas fuerzas que le restan, y corriendo tras vanos trampantojos de una falsa y postiza cultura, en vez de cultivar su propio espíritu, que es lo único que redime y ennoblece a las razas y a las gentes, hace espantosa liquidación de su pasado, escarnece a cada momento las sombras de sus progenitores, huye de todo contacto con su pensamiento, reniega de cuanto en la historia nos hizo grandes, arroja a los cuatro vientos su riqueza artística y contempla con ojos estúpidos la destrucción de la única España que el mundo conoce, de la única cuyos recuerdos tienen virtud bastante para retardar nuestra agonía».

En España se impide el ejercicio libre de la religión por parte del poder político, porque dicho ejercicio no consiste únicamente en la posibilidad de la celebración privada del culto católico, sino también en su amplia proyección social en todos los campos: cultural, educativo, informativo, etc. En España se traga a pies juntillas el sectarismo antirreligioso de los medios de comunicación y del sistema educativo, así han conformado la sociedad más anticlerical de Occidente rellenando las pobres mentes ayunas de conocimientos básicos donde en su lugar residen prejuicios irracionales y de un nivel cultural muy bajo. De ahí que el ataque permanente y la ridiculización a la que es sometida la Iglesia Católica en general y, sus miembros en particular, desde internet, las aulas, los micrófonos o las cámaras no deje de aumentar.

El Gobierno socialista-comunista-separatista prepara una nueva desamortización de los edificios de titularidad eclesiástica a través de la revisión de las inmatriculaciones «indebidas», según afirman. Lo que en realidad pretende es un ataque jurídico para que el Estado intervenga en el culto católico, regulando su contenido, en calidad de copropietario de los templos. Además, dicho Estado, como guardián de los sacrosantos derechos democráticos exige que ningún credo reste la debida sumisión a las instituciones públicas, es decir, al Gobierno. Adorar a Jesucristo resultará antidemocrático, el dogma católico liberticida y los Mandamientos de la Ley de Dios serán considerados como delitos de odio castigados por el artículo 510 del Código Penal. En el fondo se trata de prohibir la celebración de la Santa Misa, el corazón de la fe católica. Es también lo que se buscaba con la profanación del Valle de los Caídos: acabar con el culto eucarístico de la Basílica, con la comunidad benedictina y con la cruz. Terminar con el presunto «enaltecimiento del dictador» no era más que una excusa forzada, para otros casos inventarán más.

Ya se ha comenzado a igualar a los desiguales, asegurando que todos los credos merecen el mismo respeto se iguala a la todavía mayoría católica española y europea con la minoría árabe y africana. El Padre Ángel, a quien un cardenal y arzobispo presentó a sus clérigos como modelo sacerdotal, es el prototipo de cura democrático, mediático y «oenegero» que aplaude la izquierda en su afán de patrocinar la visión desnaturalizada de la Iglesia, a la que ella misma colabora en una espiral suicida, con su connivencia con la heterodoxia y la heteropraxis desde hace más de 50 años. La Iglesia está siendo empujada aceleradamente, por los sectores más nefastos desde del posconcilio, hacia un callejón sin salida a donde no quiere ni puede ir. Hay que insistir una y otra vez que la Iglesia no puede cambiar porque es fundada por Cristo y no por los hombres, por consiguiente, los fieles han de tomar conciencia de que las erráticas declaraciones y decisiones de tantos malos pastores no representan a la Iglesia, sino que van contra la misma Iglesia. De ahí que cada fiel tenga claro el deber de defender la propia fe católica y de dar razón de la misma.

Bien alto lo proclamó Santa Catalina de Siena: «¿Por qué guardáis silencio? Este silencio es la perdición del mundo. Obrad de modo que el día en que la Suprema Verdad os juzgue no tenga que deciros estas duras palabras: “Maldito seas tú, que no has dicho nada”. ¡Basta de silencio!, clamad con cien mil lenguas. La Iglesia de Cristo ha perdido su color, porque hay quien chupa su sangre, que es la Sangre de Cristo, que, dada gratuitamente, es robada por los que, negando el honor debido a Dios, se lo dan a los hombres».

Lecturas recomendadas: Pío Moa, Los mitos de la guerra civil, La esfera, Madrid 2017; Los mitos del franquismo, La esfera, Madrid 2018; Roberto de Mattei, Vaticano II. Una historia nunca escrita, Homo Legens, Madrid 2018; Federico Jiménez Losantos, Memoria del comunismo. De Lenin a Podemos, La esfera, Madrid 2019.