Confieso que siento debilidad por un personaje que, por su arrojo, coraje, lealtad a una causa y entrega fiel a su marido, me ha conmovido siempre durante mis investigaciones sobre la Guerra de las Comunidades (1520-1522). No es otro que la llamada “Leona de Castilla” o “la Brava hembra”, así reconocida en las crónicas de la época y por su afectos –que eran muchos- y sus detractores –que eran demasiados-, especialmente el todopoderoso emperador y rey Carlos I de España y V de Alemania, me refiero a María López de Mendoza y Pacheco (1496-1531), esposa de Juan de Padilla (1496-1521), el valeroso y gran capitán de las huestes comuneras derrotado en la batalla de Villalar (23 de abril de 1521), ajusticiado , de manera inmediata, por los graves delitos que se le imputaron, a la sazón, el de lesa majestad, al día siguiente de la derrota (24 de abril de 1521).

 

Cartel de la película dirigida por Juan de Orduña, protagonizada por una magistral Amparo Rivelles

          María Pacheco pertenecía a la Casa de los Mendoza, una de las más distinguidas del Reino de Castilla. No en vano era hija del Gran Tendilla, Iñigo López de Mendoza y Quiñones (1440-1515), I marqués de Mondejar, II conde de Tendilla.  Por ascendencia familiar, bisnieta del Marqués de Santillana, Iñigo López de Mendoza y de la Vega (1398-1458), I conde del Real Manzanares, XI señor de Mendoza, III señor de Hita, III señor de Buitrago, reconocido poeta e insigne militar.  Nieta del segundo hijo del marqués de Santillana, Iñigo López de Mendoza y Figueroa (1419-1479), hermano de Diego Hurtado de Mendoza, I duque del Infantado, y del famosísimo cardenal Mendoza, Pedro González de Mendoza (1428-1495).  Sus hermanos –siete, cinco varones y cinco mujeres-, tendrían una vida de relevancia y reconocimiento social, especialmente sus hermanos, muy allegados al emperador: Luis Hurtado de Mendoza y Pacheco, II marqués de Mondéjar, III conde de Tendilla, presidente del Consejo de Castilla, presidente del Consejo de Indias, Virrey de Navarra, consejero y amigo de Carlos I; Diego Hurtado de Mendoza, embajador del monarca, poeta y escritor; Francisco de Mendoza y Pacheco, obispo de Jaén y consejero de Carlos I; Antonio de Mendoza y Pacheco, primer Virrey de México, segundo Virrey del Perú; Bernardino de Mendoza, capitán general de las galeras de España en el Mediterráneo. Sus hermanas fueron emparentadas con hombres de elevada posición social. María Mendoza y Pacheco casó con el II marqués de Monteagudo y VII señor de Almazán, Antonio de Mendoza y Zúñiga, “el Galán”; María de Mendoza y Quiñones, emparentó con el XI señor de Almazán, Pedro Carrillo de Albornoz, alcalde mayor de los hijosdalgo de Castilla.

          Como podrán comprobar, por línea paterna, un linaje cuajado de parientes de la más alta alcurnia del Reino de Castilla.

 

          Con los que tuvo una relación más estrecha fue con Luis, Diego y María de Mendoza y Pacheco. Pese a esa relación y las influencias que ante Su Cesárea Majestad pudieran tener, a pesar de sus reiterados intentos de mediar para que se hermana fuera indultada, no consiguieron evitar que María Pacheco fuera excluida del Perdón General (1 de noviembre de 1522) promulgado por Carlos I. De hecho, aparecía en la “lista negra” en el sexto lugar y sería condenada a muerte en 1524. Su largo exilio en Portugal, por espacio de nueve años, fue un constante deambular, enferma, débil, escondida y finalmente fallecida en Oporto (1531). Contaba con treinta y cuatro años de edad.

 

Retrato de María de Pacheco

          María, “la Comunera”, había casado con Juan López de Padilla y Dávalos, en Granada, el 18 de agosto de 1511, con quince años de edad, seis menos que él. Fue un matrimonio previamente acordado, sin la aceptación de ella pero con la conformidad de Juan, del que por cierto, se sentía muy orgulloso su padre, “el Gran Tendilla”, y su madre, Francisca Pacheco. Sin embargo, muy pronto surgiría el amor recíproco entre la pareja hasta el final de sus vidas. Una unión inquebrantable, sólida, firme y decidida en la adversidad y en la dificultad. María supo adaptarse y acomodarse a su nueva vida de mujer casada con un hombre de inferior categoría social. No añoró el lujo nazarí del palacio en que nació y vivió, no tuvo aspiraciones de lujos ni riquezas, y supo entender la causa por la que luchó su amado esposo. Casi nueve años de feliz –casi siempre- matrimonio truncado violentamente con el ajusticiamiento de su esposo (23 abril de 1521). Tenía entonces veinticuatro años. Fruto de la felicidad conyugal nacería Pedro de Padilla, en Granada, en 1516, pero que moriría todavía niño, en Alhama de Granada, en 1523, lejos de su madre exiliada y aquejado de la peste.

 

          La muerte trágica de su hijo y el dolor por la pérdida de Juan marcarían el resto de su existencia. Un dolor incontestable agravó su endémica debilidad física los últimos años de su vida. Su aflicción y sufrimiento eran extremos. Pese a todo, nunca dejó de creer en la causa defendida por la Comunidad, de manera ardorosa y profundamente asumida, frente a las apetencias imperiales y los excesos de un joven e inexperto monarca. Supo, con renovado y entusiasta empeño, defender la memoria de Juan de Padilla en la imperial ciudad de Toledo, hasta el 4 de febrero de 1522, cuando huyó hacia el exilio. Diez meses de pertinaz resistencia, de decidida entrega a un sueño malograda e imposible de alcanzar, de enconada y  ardorosa defensa hasta el final. Su bravura y temperamento, su marcada personalidad, su capacidad de liderazgo, las simpatías de sus conciudadanos, guiaron su pulso en tan adversa situación en la que se encontraba, rodeada, amenazada, traicionada e intimidada por los realistas, algunos ayer comuneros declarados.

 

Detalle de la obra de Vicente Borrás y Mompó (1881) que recoge el momento en el que recibe la noticia de la muerte de Juan de Padilla, en Villalar.

          María López de Pacheco y Mendoza, “la Leona de Castilla”, por mérito propio merece un capítulo destacado en la Historia de España. Mi respeto y admiración, como historiador y como hombre, rinden homenaje a esta extraordinaria mujer.