Cierta noche de verano de hace ahora un siglo, en una casa de campo alemana, alejada del ruido del mundo —aunque éste fuera entonces casi monacal comparado con el de hoy— una joven estudiante de Filosofía no podía dormir. Se encontraba alojada allí por un matrimonio amigo, que aquel fin de semana se había ausentado. En la soledad del lugar, la treintañera indagadora de ideas, acostumbrada a pensar sin descanso pero sistemáticamente, al modo fenomenológico, decidió combatir el insomnio de la manera más natural para una mente como la suya. Discípula aventajada de un autor de moda, feminista sin alardes, agnóstica angustiada como todos por el asedio de y a Dios, Edith —sí, Edith Stein, han supuesto bien— bajó a la biblioteca y tomó un libro al azar. Creía que la lectura le iba a proporcionar el anhelado sueño. Sin embargo, lo que encontró fue un estado de trasposición muy distinto. Tanto que no pudo dejar aquellas páginas hasta el colofón, ya amanecido el día. La obra que había elegido, o mejor la que escogió a aquella mujer, era de otra mujer única en la Historia de la Humanidad: Santa Teresa de Jesús y el libro de su vida. Al terminar aquellas líneas, dijo para sí, según escribiría años después: “Esto es la verdad”. Unos meses más tarde recibiría el bautismo, años después ingresaría (un día de la Virgen del Carmen recibió la ansiada respuesta positiva) en la Orden de Santa Teresa, y cambiaría su nombre por Teresa Benita de la Cruz. Sería superiora del convento de Colonia. Moriría, junto a una hermana suya de nacimiento, en la cámara de gas, por judía, un 9 de agosto de 1942. Juan Pablo II la canonizaría cuarenta y seis años después y la nombraría copatrona de Europa.

La detención de Santa Teresa Benedicta de la Cruz tuvo lugar el 2 de agosto de 1942, en el Carmelo de la ciudad holandesa de Echt, donde se había refugiado. Aquel día, las Hermanas de la Cruz celebraban el LXVII aniversario de la fundación del Instituto, otra mañana en que cuatro muchachas y un sacerdote con fama de santo hacían realidad en el monasterio sevillano de Santa Paula el sueño de una de ellas, santa también de estilo carmelita: Sor Ángela. De la Cruz una y de la Cruz la otra. Dos de agosto, día crucial para ambas, radiante para la santa sevillana, sórdido para la pensadora silesia que abrazara, como la primera, el Reino de Dios como el único verdadero. La andaluza, zapatera, casi analfabeta y a pesar de ello febril escritora de lo divino y lo humano juntos. Sólo su salud quebradiza le impidió hacer los votos y tomar los hábitos del escapulario. La prusiana, honda viajera de los caminos de la razón, pero desarmada por el testimonio de la castellana fundadora y andariega, igualmente profusa devota de la pluma en Gracia de Dios. Al fondo, una santa abulense que nunca encontró acomodo en Sevilla aunque dejó en ella, además de Las Moradas, la semilla de su Monte Carmelo, el jardín en el que Ángela y Edith atisbaron el Paraíso.

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