Finalizada la Segunda Guerra Mundial, los partisanos comunistas de Tito llevaron a cabo una serie de espantosas matanzas contra los miembros de los ejércitos derrotados y contra todos aquellos que pudieran suponer una amenaza, real o imaginaria, al establecimiento del nuevo estado comunista. Eslovenia fue el escenario de los peores crímenes de Tito, y fue un historiador esloveno, Roman Leljak, con su libro “Enterrados vivos” de 1989, el primero en señalar algunos de los lugares donde se habían cometido estas atrocidades. A pesar de los años transcurridos, los crímenes comunistas en Eslovenia, y en las demás repúblicas que formaron parte de la antigua Yugoslavia, siguen siendo un tema controvertido y sometido al enfrentamiento político. Los verdugos y sus herederos políticos no quieren reconciliarse con sus víctimas y han intentado silenciar lo ocurrido. Sin embargo, las fosas siguen apareciendo, como la de la localidad de Mostec (foto principal), descubierta en agosto y donde se han contabilizado los restos de 139 personas asesinadas entre mayo y octubre de 1945. Y también hay partisanos que han decidido hablar.

La semana pasada, el programa “Pričevalci” (Testigos) de Jože Možina, de la RTV SLO (Radio Televisión Eslovena), presentó a Anton Cizel, un anciano de casi 100 años, un partisano que durante un tiempo incluso presidió la asociación local de combatientes comunistas. Su testimonio tiene una importancia histórica innegable, ya que revivió el recuerdo del asesinato de los prisioneros de Tehari en el verano de 1945, del que fue testigo como partisano. El llanto y los gritos de las víctimas inocentes le marcaron y le han acompañado durante toda su vida. “Es una carga terrible”, dijo durante la entrevista. Se trata del testimonio extraordinariamente veraz de un partisano centenario que relata las masacres de civiles y prisioneros perpetradas por las autoridades comunistas en la posguerra.

Anton Cizel

Durante el programa Anton Cizel se despojó del peso de su conciencia y relató cómo tuvo que conducir a los prisioneros a los lugares elegidos para la matanza en Mostec y Huda Jama como guardia partisano. “Todos estaban dirigidos por los comunistas... A ambos lados de la columna había zanjas y allí los fusilaron. Las mujeres lloraban, eran jóvenes, tenían hijos. Kardelj, Kidrič, Milka Planinc...”. Cizel estuvo a punto de llorar varias veces y contó como él y su hermano no tuvieron otra opción que unirse a los partisanos. “La primera noche, cuando los partisanos vinieron a por nosotros, no tuvimos opción. No me sentía muy cómodo allí, dormíamos en el bosque”. Sin embargo, acabaron llevándose bien con los partisanos, que también les enseñaron las ideas del marxismo, Lenin y Stalin. “Sólo se les elogiaba, nadie dijo la verdad. Lo mismo decían de Tito”. También recuerda los combates con los alemanes, ver a sus compañeros morir y a los heridos ser llevados al hospital a hombros.

Cizel contó con horror cómo condujo a prisioneros inocentes a los lugares de la matanza. “Esto es lo que queda”, señaló, reconociendo que los recuerdos de los asesinatos vuelven a menudo. “Recuerdos dolorosos, una carga terrible. Todavía puedo oír el llanto. Sólo oigo los disparos. Cada vez había menos gritos”. Los prisioneros sólo se enteraron de que iban a ser asesinados cuando vieron la zanja. Cuando los prisioneros subieron a los camiones, nadie en Tehari sabía que iban a la tumba. “Sólo cuando llegamos allí y vieron a gente con palas lo supieron. Y luego hubo llantos. Había una zanja bajo el campo y el río Sava fluía detrás de ella. Fueron asesinados allí. Hablé con ellos por el camino y le pregunté a una mujer por qué la habían encerrado, ella no lo sabía. Era camarera y trabajaba en una tienda. También recuerdo a un hombre mayor que era zapatero y le regalé cigarrillos, eso tenía valor en aquella época. O le di un trozo de pan a una mujer”, recuerda, señalando que a menudo hacía lo que no debía para ayudar a los prisioneros.

Nadie interrogó a las personas que Cizel llevó a los lugares de la matanza. “Nadie les preguntó nada, simplemente los mataron. Y es terriblemente doloroso”. El partido fue el actor principal de todo esto. “El partido era lo más importante. Así tenía que ser”.

“Les quitaron las tierras a los agricultores y los negocios a los comerciantes. A las mujeres que estaban embarazadas o tenían hijos les cortaban los pechos y luego les echaban licor encima”, recordó Cizel con horror y lágrimas en los ojos. “Nunca te lo quitas de la cabeza, nunca”. Dijo que los recuerdos le atormentaban y que algunos soldados se suicidaron después de la guerra a causa de ello. En octubre de 1945 se sacudió el peso de la guerra, se casó en 1950 y se trasladó a una granja. También recordó la época en que formaba parte de la comisión de la asociación de militantes comunistas. La asociación de militantes nunca se molestó en excluir a los asesinos de sus filas. “Los que asesinaron estaban en su mayoría en el partido y se protegían unos a otros”.