Se cumplen 279 años de la muerte del marino de moda y la pandemia ha obligado a suspender las ofrendas florales y actos que se realizaban en su honor. Desde hace algunos años, cada 7 de septiembre, españoles orgullosos de su historia se reúnen en torno a su figura. Hoy nos preguntamos qué tiene Blas de Lezo para haberse convertido en el personaje de moda. 

Que Blas de Lezo era vasco, es algo que a pocos se les escapa. Con la que está cayendo en España y los sentimientos micronacionalistas exacerbados que se han despertado en algunas regiones, Blas de Lezo se erige como ejemplo de vasco al servicio de España y eso nos conmueve en tiempos en que el sentimiento patriótico es un valor en desuso relegado al rincón de los anacronismos. Pero si hablamos de su nacimiento, no podemos dejar de hacerlo de su muerte, y es que aquí tenemos una cuestión realmente sangrante. Blas de Lezo murió despojado de sus bienes y títulos, después de haber sido defenestrado por su superior. Y lo peor, no se conoce el paradero de sus restos. ¿Cómo no sentir un pellizquito en el corazón ante tamaña injusticia? Después de una hoja de servicios intachable, un bagaje de 22 victorias navales y habiéndose ganado el respeto de quienes sirvieron bajo su mando, resulta incomprensible que Lezo abandonara este mundo desposeído de su dignidad profesional y personal. Y aquí entra en juego el jefe “malo”, ese con quien alguna vez todos hemos discutido. En el caso de Blas de Lezo, ese personaje siniestro era el Virrey Eslava, máxima autoridad política y responsable de la defensa terrestre en la Batalla de Cartagena de Indias; y es inevitable sentir simpatía por la parte débil de la historia, sobre todo cuando la parca y la injusticia se ceba con ella.

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A todos nos impresiona la historia de un jovencísimo Lezo de quince años dejándose amputar la pierna en su bautismo de fuego, y es que podría ser nuestro hijo. Tampoco nos pasa desapercibida la mala suerte de que una astilla se le clavara en el ojo o que un proyectil le dejara inútil el brazo derecho. Y ahí le tenemos, con 22 años y medio cuerpo mutilado, pero con la dignidad intacta. Es inevitable sentir compasión por un chaval tan joven, pero la fortaleza espiritual que demostró y las inevitables comparaciones con las generaciones tan blanditas que tenemos, nos despierta un inevitable sentimiento de admiración. Es todo un elogio a la dignidad que quedó patente cuando, estando destinado en la corte, realizando tareas administrativas por las graves discapacidades que tenía, se dirigió al rey pidiéndole que le devolviera al mar porque “tan maltrecho cuerpo no era buena figura para permanecer entre tanto lujo y que su lugar era la cubierta de un buque de guerra”. Cuando te cuentan esta anécdota y piensas en las tortas que hay hoy en día para acomodarse en política o para apesebrarse con excusas, te das cuenta de que la autocompasión es el recurso de los débiles. Y ninguno queremos mostrar debilidad. Queremos mostrarnos fuertes, estar en el bando ganador, con los que no se rinden. Despertar admiración y respeto. Ya sea por sus circunstancias personales, por su figura icónica o por sus habilidades profesionales, Lezo somos todos en algún momento de nuestra vida. Lo que no es de recibo es que a día de hoy, no podamos recordarle con unas flores en su tumba y tengamos que hacerlo en sus monumentos, que no está mal como acto complementario, pero igual que su figura ha servido para aunar millones de corazones en un sentimiento de pertenencia a un país de grandes héroes, también podríamos proyectar un intento por recuperar sus restos. Lamentablemente ya hemos visto como los gobiernos colombianos se han comportado con el asunto del Galeón San José (de él hablaremos otro día), y aunque Blas de Lezo es querido y respetado en Colombia, nos corresponde a nosotros dar un paso al frente e iniciar una ilusionante etapa de recuperación de símbolos nacionales. Proyectos que hagan país, que buena falta nos hace