Entre estos últimos días del mes de julio y los primeros de agosto de 2021 se conmemora el centenario de lo que históricamente se conoce como el desastre de Annual y actualmente se está denominando la guerra del Rif.

Afortunadamente este trágico suceso lo ha juzgado solamente la historia y no la política por lo que realmente sabemos lo que sucedió de una manera veraz. Al menos de momento.

No pretendo con estas letras  hacer un juicio detallado ni un análisis histórico de ese trágico suceso que aconteció en la región norteafricana del Rif en el primer tercio del siglo XX. Hay estudios y publicaciones excepcionales no afectados por “ memorias democráticas” y un expediente, el Picasso, que relatan magníficamente todo lo acontecido. Sólo pretendo en estas letras recordar ciertos actos de heroísmo que se escribieron en esas inhóspitas tierras del Rif. ¿Sus autores? Los mismos de siempre, los que con su sangre han regado todas las tierras de este mundo donde quiera que hayan combatido : los soldados españoles independientemente de su empleo; oficiales, suboficiales y tropa.

Quizá el episodio más conocido de esa guerra norteafricana de principios del siglo XX sea la carga heroica del Regimiento Alcántara con su afamado y laureado jefe Fernando Primo de Rivera. Hecho digno de reconocer permanentemente por la nación que les vio nacer y que, a mi entender, no ha sido reconocido hasta que a este Regimiento melillense se le otorgara la Laureada colectiva de manos del Rey Juan Carlos I.

El desastre de Anual fue sin duda culpa no sólo de una persona. Un rey frívolo, un gobierno incapaz de solucionarlo previamente, un general imprudente y un Ejército de soldados de reemplazo mal equipados contribuyeron al mismo. No obstante, no hay que rasgarse las vestiduras. Todas las naciones que en el mundo han sido han tenido desastres de esta magnitud.

Como decía anteriormente, el Regimiento Alcántara fue una de las Unidades más destacadas pero no la única. En aquellos fatídicos días convivieron hechos viles y cobardes con hechos gloriosos y heroicos tanto colectivos como individuales. Estos últimos superan en mucho a los primeros.

Quiero por ello recordar en estas letras a un laureado capitán de Ingenieros que el maravilloso pintor de batallas Augusto Ferrer Dalmau ha inmortalizado en uno de sus excepcionales cuadros. Me refiero a Félix Arenas Gaspar caído en combate el 29 de julio de 1921 en las inmediaciones de Monte Arruit con tan solo 29 años.

Este joven capitán cuatro días antes había perdido a su hermano Francisco, teniente de Infantería aunque en esos momentos lo desconocía.

Félix Arenas fue uno de los pioneros de la aerostación militar alcanzando a los pocos años de su salida de la Academia de Ingenieros de Guadalajara uno de los primeros títulos de piloto, aptitud que ya experimentó en África y posteriormente se diplomó en la Escuela Superior de Guerra como oficial de Estado Mayor.

El capitán Arenas en aquellas fechas era el capitán al mando de la cia. de telégrafos y de la red permanente de la Comandancia de Melilla pero ante la situación extrema de la zona de operaciones partió con su jefe hacia ella. Se hizo cargo de las debilitadas comunicaciones por heliógrafo y asumió el mando de la extrema retaguardia en el repliegue hacia Monte Arruit. En esta difícil y arriesgada maniobra táctica cedió su vehículo para la evacuación de heridos y posteriormente su caballo a un sargento también herido de gravedad.

Allí, en la posición de Tistutín, al mando de un puñado de valerosos soldados, dando muestra de un sereno valor, hizo frente a los rifeños hasta que uno de ellos le disparó a bocajarro en la cabeza.

Félix Arenas Gaspar, en suma, fue uno de los incontables exponentes heroicos de la raza española. Esa estirpe privilegiada y generosa, templada por el duro clima de su pueblo de acogida y por el sol ecuatorial de su ciudad de nacimiento. Capaz de todos los heroísmos y de todas las generosidades; depósito de gentileza y gallardía y reducto de entrega y honradez.

Años más tarde, por R.O. de 18 de noviembre de 1924, Alfonso XIII le concedió a título póstumo, la  máxima condecoración militar, la Cruz Laureada de San Fernando que fue impuesta a su mujer en Molina de Aragón el 5 de junio de 1928 y a la madre del heroico capitán dos medallas de sufrimiento por la patria. Esta localidad  recientemente le ha ofrecido un sencillo y cálido homenaje ante el mismo monolito que en aquellas fechas inaugurara  el citado monarca.

Mi capitán, los que hemos llevado en el uniforme y en el corazón el emblema de Ingenieros no te olvidamos, por eso estas humildes letras van dedicadas a ti y también a todos los soldados españoles que combatieron en las heladoras tierras de Flandes, en Francia, Italia y Alemania como soldados de los Tercios; a los que defendieron las tierras de ultramar sabiendo que lo tenían todo perdido; a los artilleros que acompañaron a Daoiz y Velarde; a los bravos soldados que te precedieron combatiendo en los Castillejos con el general Prim; a todos aquellos que dieron su vida en Cuba y en Filipinas; a los que cruzaron el fuego con sus hermanos en el Ebro; a los jóvenes e idealistas guripas que asombraron al mundo luchando con denuedo en las estepas rusas; a los valientes soldados de reemplazo, paracaidistas y legionarios que defendieron Ifni y Sahara hasta sus últimos días y a los que recientemente combaten, mueren y mantienen nuestra gloriosa Enseña por cualquier rincón de mundo. Son los herederos de aquellos que combatían en un Imperio donde no se ponía el sol. Me consta que a diario, todos vosotros, en el cielo, pasáis lista de ordenanza y acudís prestos al toque de fajina y al de retreta.

Un fuerte y leal abrazo desde Guadalajara, ciudad en la que te formaste como cadete en su Academia, en la que estuviste destinado y en la que sigues teniendo una calle y un monolito.

Mi capitán, siempre a tus órdenes.