Mi ideal era hacerme arquitecto; pero como carecía de medios, no tuve más recurso que ganarme el pan como peón de albañil o llevando cargas de ladrillos”

 

En cuanto al marxismo, en su ideología extrema, el comunismo, yo sostengo, y lo llevaré a cabo, que su destrucción es precisa, indispensable, para que reine la paz en el Mundo”

José María Carretero Novillo, más conocido por el pseudónimo con el que pasó a la Historia, “El Caballero Audaz”, fue, sin duda, uno de los más grandes periodistas del siglo XX… y como “por los hechos los conoceréis” solo voy a decir de él lo que dijo don Benito Pérez Galdós en el prólogo de una de sus novelas:

“No creo que entre los jóvenes que triunfan hoy haya otro escritor que aventaje a “El Caballero Audaz” en amenidad, interés, elegancia y soltura. Su prosa parece embrujada para cautivarnos… yo, desde mi ocaso, le aseguro a este escritor días de gloria en la novela si a ella dedica todo su gran talento de narrador”

O citar algunos de los personajes a los que entrevistó (entrevistas que fueron publicándose en la revista “La Esfera”, de la que incluso llegó a ser Director):

Adolf Hitler, Alejandro Lerroux, Isaac Albéniz, Benito Pérez Galdós, Vicente Blasco Ibáñez, Manuel de Falla, María Barrientos, Hermanos Álvarez Quintero, Jacinto Benavente, Guglielmo Marconi, Margarita Xirgú, Pedro Muñoz Seca, Benito Mussolini, Ramón Pérez de Ayala, Ricardo León, Pablo Iglesias, Rubén Darío, Sofía Casanova, León Trotski, Ramón María del Valle-Inclán, y un largo etcétera.

"He exhumado esa antigua interviú, que fue publicada por entonces, como un recuerdo de mi impresión personal de Adolfo Hitler. Sería pueril presumir de zahorí...Aquella tarde de octubre de 1930, para mi Adolfo Hitler no era má que un  agitador político, uno de tantos jefes del partido de oposición popular. Ninguna de sus doctrinas me eran familiares.Ni yo ni nadie podía imaginar entonces, que aquel hombre había de llegar a ser uno de los más grandes y trágicos protagonistas de la moderna Historia de Europa."

 

"Galería", junto con "Lo que se por mí" y "El libro de los toreros", son las tres colecciones de libros, en las que "El Caballero Audaz" recopiló las entrevistas que realizó a lo largo de su extensa carrera periodística.

 

La entrevista a Adolf Hitler:

 

Ivan Mayouskine, el ruso famosísimo actor cinematográfico,

creador de esas maravillas del séptimo arte que se llaman "El Diablo blanco" y "El difunto Matías Pascal", durante su estancia esta primavera en París, me había invitado reiteradamente a visitarle en Berlín, en cuyos estudios de la U.F.A. está realizando su película Troika.

 

Cartelera del estreno de Troika en el teatro Fortuny de Reus (1930)

 

Es ya en el otoño, y porque una casa alemana ha adquirido mi novela "El Jefe Político", cuando yo llego a Berlín.

 

Vengo con gusto, porque sobre la amistosa invitación de Mayouskine, me trae a la capital alemana el propósito de ultimar contrato con el célebre empresario judío Rossemfer, que me propone hacer la adaptación al cinema de mi novela "Mi marido", que él conoce por la traducción francesa.

 

Esta tarde de Octubre de 1930, en el hall del histórico y suntuoso hotel Adlom, de Berlín, la insigne actriz cinematográfica Olga Tchekowa, madame Rossemfer y su esposo, Iván Mayouskine, el gran fotógrafo español Pepito Campúa, el inteligentísimo reportero Adelardo Fernández-Arias, El duende de la Colegiata, y yo, entretenemos el tiempo en una grata conversación de evocaciones españolas, de arte y literatura y de cinematógrafo, cuando de pronto, veo que Iván Mayouskine se levanta para ir a estrechar la mano de alguien que, al pasar por el centro del hall, le ha dirigido desde lejos un saludo muy insinuante y amistoso.

 

Al ver llegar al célebre artista, ha avanzando también hacia él, con lo que quedan conversando a pocos pasos de nuestras mesas. Fernandez-Arias y Rossemfer están enfrascados en una conversación sobre las posibilidades del cinema.

 

El Duende de la Colegiata es un experto empresario, porque en Suiza era el dueño y explotador de más de veinte espectáculos de esta índole, cuando la epidemia de la gripe española —que la denominaban ellos— le obligó a cerrarlos por orden del Gobierno, para evitar la propagación de la enfermedad.

 

Esto fue su ruina.

Entonces se puso a escribir, casi a destajo, guiones para el cine alemán, que estaba en sus balbuceos.

 

Mientras tanto, yo observo al interlocutor de Mayouskine.

 

¿Qué recuerdo me trae a la imaginación la figura de aquel hombre excesivamente cortés, y un poco extraño.?...

 

¿De qué le conozco yo?...

 

Físicamente, tiene un aspecto vulgar.

 

No es feo ni guapo; talla mediana, ojos intensamente azules, pero acerados cuando reciben la luz directa, nariz corta y fuerte, expresión seca y dura, pero muy insinuante.

 

La única nota singular de su rostro es un reducido apéndice capilar —apenas dos pinceladas negras, mejor dicho, castañas, bajo la ternilla nasal—, que recuerdan el mezquino bigotito tan popularizado por Charlie Chaplin.

 

Este personaje, para mi desconocido, habla como excitado, casi sin apenas mover los labios.

 

Con sus manos muy blancas y enormes acciona de continuo para subrayar la fuerza de sus argumentos;

ahora mismo, con su diestra, al afirmar algo, parece tajar el aire, y de pronto, con su mano izquierda elevada, subraya el tono íntimo de su conversación y eleva al mismo tiempo su dulce voz persuasiva.

 

Me extraña que, al separarse del desconocido, rubrica su saludo con un taconazo enérgico cuadrándose ante el artista con rigidez militar, y después alzando su diestra extendida hasta el semblante.

 

No puedo contener mi curiosidad y pregunto a Mayouskine por la personalidad de su amigo.

 

Él me dice, con acento admirativo en la voz:

 

—¡Es Adolfo Hitler! El jefe del partido nacionalsocialista...

A mi juicio, el único político que si llegara al Poder, sería capaz de salvar la situación de Alemania.

 

— ¡Ah! Exclamo satisfecho— Es Adolfo Hitler.

¡Así pensaba yo que su cara no me era desconocida!

¡Naturalmente!

Lo he visto en numerosas fotografías.

 

    Quizás te interese también: "España hacia el Fascismo" (el 8º libro de la serie "Al servicio del pueblo" de Caballero Audaz.)

  

—¡Claro! es el hombre del día— me dice Mayouskine—

En París se publican constantemente caricaturas suyas.

 

—Pues el bello Adolfo no es tan bello como lo llaman los humoristas.

 

— ¿No has leído un artículo que publica esta semana en el Voelkischer Beobachter?

 

Es una crónica de una audacia extraordinaria.

 

Dice en ella que ya está en su trinchera como durante la guerra, pero que de esta trinchera no saldrá sino muerto.

 

Es la imitación de Mussolini en Alemania.

 

—¡Qué lástima no haberle identificado antes.!

 

—¿Por qué?

 

—Me hubiera gustado conocerle personalmente.

 

Mayouskine me interrumpe.

 

—¿Tienes mucho interés en ello?

 

—Políticamente, no. Estoy voluntariamente desterrado de España porque no me son gratas las dictaduras, por blandas que sean, y este hombre será un dictador de Alemania.(1)

 

— No lo creas. El dice siempre que está esperando a Cristo, como San Juan; es decir, que quiere establecer un emperador en Alemania.

¡Y así será!

 

Porque él imita en todo a Mussolini.

 

Ya en Noviembre de hace dos años, Herman Hesser dijo en el Circo Krone:

 

"No tenemos que buscar un Mussolini alemán; le conocemos: se llama Adolfo Hitler".

 

Ese gran hombre cree que está protegido por fuerzas sobrenaturales.

Hace muy poco tiempo escribió:

 

"Mi gran adversario, el presidente del Reich, Von Hindenburg, tiene ochenta y tres años; yo tengo cuarenta y estoy bien de salud.

No me pasará ninguna desgracia, porque siento que la Providencia me predestinó para la gran tarea de redimir y salvar a mi Patria.

Cuando yo tenga ochenta y cinco años, el señor Von Hindemburg habrá muerto hará ya mucho tiempo."

 

—De cualquier forma, es curioso este hombre, y a mi me interesaría como documento humano, y además por su celebridad, porque Adolfo Hitler es hoy día aquí una figura de una gran popularidad, ¿no?...

 

—Puedes juzgar por este detalle me dice Mayouskine—:

el mes pasado anunció Hitler en Hamburgo una conferencia y se vendieron catorce mil invitaciones a un marco.

 

Es la primera vez que en Alemania se paga por escuchar un discurso político.

 

—Eso me hace suponer que es un gran orador.

 

—Efectivamente. Tiene un gran poder de fascinación sobre las masas. Su voz es magnífica y terriblemente dominadora.

Su oratoria es lenta, persuasiva, dramática, pero de una energía formidable, que enciende el entusiasmo de la muchedumbre...

 

A mi parecer, tiene una personalidad extraordinaria; pero en fin... —me brinda con acento cordial—,

si quieres enjuiciarlo por ti mismo, te lo presentaré mañana.

 

Acabo de invitarle a los estudios de la U.F.A. para presenciar el último rodaje de la película Troika

me ha prometido asistir...

 

Aunque hables con él te será muy difícil sacar nada en claro, porque acostumbra a cultivar el misterio del más allá de su política.

 

 

Y, efectivamente, a la otra tarde, después de admirar los prodigiosos e inmensos decorados ideados para la película Troika, converso entre bastidores de los mismos, con el jefe del partido nacionalsocialista alemán, cuya expansión rápida preocupa no solamente a los gobernantes del Reich, sino a los del Mundo entero.

Estamos sentados en dos hondas butacas de cuero que han colocado para nuestra comodidad. 

De primera impresión, este hombre singular me parece un poco seco, no sólo en sus ademanes, sino en la rigidez militar de su postura y en el tono de su voz autoritaria y despectiva.

Ha tenido unas palabras de elogio para la escenografía nevada de Troika.

 

— ¡Es colosal!— afirma—. Parece inconcebible que este artificio nos de luego, en la pantalla, una impresión de realidad superior a la realidad misma.

 

Pero yo logro, en seguida, llevar a mi interlocutor al tema que me interesa para que me hable de su vida,

de sus principios, de su ambiente.

 

Hitler entonces pierde un poco su envaramiento, y su mirada de acero parece humanizarse.

 

Mientras, hace moverse su bigotillo en una leve sonrisa.

 

—Nuestro lema—me dice— es muy difícil sentirlo fuera de nuestras fronteras y sin haber sido sometidos a las humillaciones que ha sufrido Alemania.

 

—Pero usted no es alemán— le digo.

 

—Yo soy alemán, porque amo a Alemania sobre todas las cosas.

 

—¿Pero no es usted austriaco?

 

—¿Qué más da?—pregunta, como rechazando mi impertinencia— Austria es Alemania,

y ¡así tiene que ser!

Yo amo Alemania sobre todas las cosas—me repite—, precisamente porque soy austriaco, porque nací en Austria el año 1889, el 20 de abril, a las seis y treinta de la tarde.

 

Esta puntualización de detalles me hace sonreír.

El me mira sin comprenderme.

 

— Si nací en Austria. Pero usted pensará que eso no es decir nada.

Mi pueblo se llama Braunau. No es muy grande.

Una pequeña y deliciosa aldea de la Austria superior, que en otro tiempo perteneció a Babiera, y que está situada cerca de los antiguos confines de Alemania.

 

— ¿A qué clase social pertenecía su familia?

 

— A la más modesta. Mi padre, de la clase campesina, a fuerza de tenacidad, logró hacerse empleado de Aduanas y llegó a ser oficial.

 

Para algo debí yo de venir al Mundo en una situación tan crítica.

 

—¿Así lo comprendería usted desde pequeño?

 

—¡Oh! no, señor. Yo no comprendía nada.

 

Mi padre quiso inculcarme la necesidad de estudiar y me matriculó en una escuela de primera enseñanza de Fishlham, cerca de Hafeld.

 

Pero yo era un bruto, y dos años más tarde, sin haber aprendido nada, me mandaron a la escuela del Convento de Lambach.

 

Y, ¡fíjese usted lo que es la vida!

De allí me expulsaron, porque uno de los profesores me encontró fumando en el jardín del convento.

 

A mi, que en la actualidad odio el tabaco y que no he fumado jamás, se me ocurrió en aquella ocasión, para facilitar mi destino, seguramente, encender un cigarrillo que me había dado un condiscípulo.

 

—¿Era usted buen estudiante?...

 

Vacila un instante Adolfo Hitler. Me mira atentamente.

 

Después exclama:

 

— Si hubiese sido buen estudiante, a estas horas no sería lo que soy.

Desconfíe usted de los prodigios; de esos niños que a los ocho años saben tanto como un profesor de Filosofía y Letras.

 

¡Detestable! Esos resultan siempre siendo unos cretinos.

 

Mi conducta era regular; mi aplicación, suficiente; de Geografía e Historia sabía lo necesario, de Matemáticas mal. En Ciencias Químicas era muy aplicado, porque me gustaban mucho.

 

En ejercicios físicos siempre sacaba sobresaliente, y en lo que más me distinguía era en Taquigrafía y Dibujo.

 

—Es curioso.

 

—Si, porque ya verá usted— me dice el animadamente— :

 

Terminé el grado con facilidad, pero sin brillantez, y entonces mi padre me quiso llevar a una academia, para que yo pudiera seguir al carrera de funcionario del Estado.

 

Esto no era para mi. Lo detestaba.

¿Qué quiere usted?

Me causaba náuseas la idea de tener que permanecer en una oficina, de no poder disponer de mi tiempo y de estar obligado a invertir toda mi vida en estúpidos formularios.

 

—¿Entonces se opuso usted abiertamente a los designios de su padre?

 

—No. Abiertamente no. Yo no debía hacer esto y no lo hacía.

Me contentaba con la firme resolución que había tomado de no ser jamás funcionario.

 

—¿Pues que deseaba usted ser?...

—No tenía todavía una predilección formal.

Me gustaba la diversidad del Mundo, y tal vez un poco la bohemia y la inquietud del mañana.

 

De pronto, por el contagio de una amigo, cierto día vi con toda claridad que yo lo que deseaba ser era artista: pintor.

 

—A su padre, ¿que le pareció esto?

 

—Hombre, mi padre clamó en el desierto de mi espíritu. ¿Pintor?... ¿Artista?...

¡Nunca, mientras viva yo.!

 

—¿Y se avino usted a esta resolución paterna?

 

—No. Es curioso. Me aventuré a declarar que entonces estaba decidido a no aprender ya absolutamente nada.

 

Claro está que con tales declaraciones mi situación se iba a hacer imposible,

pues mi padre terminaría por imponerme su voluntad sin guardar mis consignas:

 

¡No aprender nada de nada!

 

Seguro estaba de que mi padre, al darse cuenta de lo poco que adelantaba en el colegio,

consentiría en dejarme correr tras el destino que estaba soñando.

 

 

El medio más eficaz era, por lo pronto, las malas notas.

 

Aprendía lo que me interesaba, y particularmente cuanto creía útil para mi futuro porvenir de pintor y descuidaba todo lo que desde ese punto de vista me parecía de poca importancia, como también otras materias que no me interesaban tanto.

 

Mis hojas de calificación de aquella época están llenas de Insuficientes y Aplazados.

 

En esto —dice con voz triste— mi padre padeció un ataque apoplégico y cayó muerto cuando yo tenía apenas doce años.

 

Yo entonces lamenté mi resistencia pasiva a seguir sus consejos, pues me pareció que se había marchado del mundo con el anhelo de ayudarme a formar una posición, para preservarme de las amarguras de mi propia vida.

 

—No obstante, ¿usted no rectificó?

 

—No. Yo en mis convicciones no rectifico jamás.

 

Mi pobre madre intentó que prosiguiera mis estudios, pero yo, poco a poco me apartaba espiritualmente de la escuela; no era mi ideal aquel recinto donde los niños nos aprendíamos de memoria una materia, unos cantos, y una educación, que a lo mejor iba a estorbarnos en la vida.

 

Afortunadamente, y esto que voy a decirle parece una salvajada,

afortunadamente tuve una gran hemoptisis, y esta enfermedad me apartó del colegio.

 

Me repuse, y a partir del mes de octubre de 1907 me fui a Viena, donde me preparé con mucho entusiasmo para el ingreso en la Academia de Pintura.

 

—¿E ingresó usted?

 

—No, señor; fui reprobado por falta de aptitudes.

Esto quiere decir que los dibujos que había llevado para someterlos al juicio del tribunal examinador, eran tan malos, que éste rechazó la prueba de mi capacidad.

 

—Fue un poco triste ese golpe ¿verdad?— le pregunto un poco sonriente.

 

—Si. No se burle usted al cabo de mi vida.

Fue como un hundimiento de todas mis ilusiones.

No se lo que me espera en el Mundo, pero es difícil que pase por otro momento más triste.

 

Deprimido, volví a mi casa, y lloré con mi madre este fracaso.

 

Mi madre estaba enferma.

Iba a dejarme pronto, y yo sentía el remordimiento de haber sido el hijo mimado, cediendo a la estéril holganza, y haber pasado la vida repantigado entre blandos edredones.

 

Al fin, el 21 de Diciembre de 1908, Clara, mi madre, va a reunirse con Alois, mi padre, dejando en el Mundo a este mozalbete de diecinueve años, que no ha aprendido nada, que no logró nada y que no sabe hacer nada útil.

Intenté otra vez ir a la Escuela Técnica y a la Academia de Arte. Pero tampoco lo conseguí.

 

—¿De qué vivía ud. entonces?

 

—Mi ideal era hacerme arquitecto; pero como carecía de medios, no tuve más recurso que ganarme el pan como peón de albañil o llevando cargas de ladrillos.

 

—Tenía entendido que fue usted también pintor artesano.

 

—Sí, eso es lo más cundido por el Mundo.

En efecto, pintaba si era necesario, y pintaba bien, al óleo y al temple...

 

Pasé cuatro o cinco años de miseria, de verdadera hambre; pero como nada de lo que la vida nos da se pierde, a aquellos años de aprendizaje, de vivir aquellos malos tiempos de necesidad, debo mi dura resistencia de hoy y la inflexibilidad de mi carácter.

 

Es decir, que todas aquellas privaciones, y aquellos golpes de la vida, fueron mucho más fuertes que los palos que me daba mi padre y perfeccionaron mi espíritu, modelándolo, endureciéndolo.

 

—¿Hablaba usted ya entones en público?

 

—Pues, sí. entonces empecé.

 

Por que todavía guardaba prendas de vestir más o menos buenas, y esto me daba cierta preponderancia entre los obreros, a los cuales les explicaba mi manera de ver entonces la vida y las cosas.

 

Fuera de estas pláticas, yo era huraño, y me limitaba a aguzar el oído cuando los demás hablaban de política.

 

Pero observaba con desaliento que aquellos desgraciados obreros de Viena, negaban todo sistemáticamente y no concedían nada a los demás hombres.

 

La nación, por ser un invento de la clase capitalista, era una letrina; la Patria, por ser un instrumento de la burguesía, no servía para otra cosa que para explotar a los obreros; la autoridad de las leyes, por dirigirla hombres letrados, se utilizaba para subyugar al proletariado; la escuelas, porque era un instituto preparatorio para esclavos; la religión, porque era el medio para el embrutecimiento del pueblo, la moral, porque es la característica de los borricones iletrados de la aristocracia.

 

Yo no estaba del todo conforme con aquel ronco lenguaje y aquel concepto áspero que de la vida tenían mis compañeros.

 

Pero me di cuenta de que era absolutamente inútil oponerme a sus convencimientos, porque me faltaban materias de discusión, conocimientos positivos de lo que se discutía, y entonces, con una frenética ilusión, como el que tiene que llevar a cabo un acto heroico, empecé a leer libro tras libro, para saturarme de conocimientos.

 

Afortunadamente, yo soy un caso extraordinario de asimilación; me aprendo lo que quiero aprenderme,

y desecho lo que estorba de mi intuitiva tendencia a verlos problemas.

 

En esto, un cerrajero llamado Antón Drexler, fundó el partido Obrero Nacionalsocialista.

 

Yo me opuse a los Sindicatos, y dada mi actitud hostil, se me hizo la vida imposible entre aquella gente.

 

—Qué edad tenía usted entonces?

 

—Apenas veintiún años.

 

Y a partir de este momento, el diluvio de miseria, odios y aislamiento.

 

El año 1908 era yo un personaje taciturno en el asilo de mendigos de Meidling.

 

Para dormir, un duro catre, y de cabecera, en lugar de almohada, las pobres prendas miserables que llevaba sobre el cuerpo.

 

Comía la sopa gratuita del convento de la Gumpendorferstrasse, y por la noche algún pedazo de pan con embutido de caballo que me regalaba un compañero.

 

¡Esto no se olvida!

 

Siempre parece que me estoy viendo yo mismo, durante aquel invierno, quitando la nieve de las calles, débil, con los pies desollados, vestido con un traje azul raído, casi cayéndome de hambre.

 

Los burgueses ignoran todos estos dolores y sólo aspiran a que se les gobierne, de la forma que sea más cómoda para su bienestar.

 

¡Cuantas veces en aquella época yo me he detenido en la estación ferroviaria del Oeste y, por algunas monedas, me he ofrecido a los viajeros para llevarles sus maletas al hombro.!

 

Por aquel entonces, conocí a un hombre extraordinario, se llamaba Reinhold Hanisch, me dio un consejo que no olvidaré jamás.

En el momento que iba a trabajar en las obras de un terraplén, cerca de Favoriteh, me dijo:

 

"No sigas por ese camino.

Tu eres una inteligencia privilegiada... no te debes dejar llevar por el vértigo de la desgracia;

una vez que hayas empezado con los rudos trabajos manuales de desmonte,

te resultará muy difícil volver a evolucionar hacia arriba.

Es preciso que te redimas tu mismo.

Acógete a tu disposición de pintor"

 

Y así lo hice.

 

Empecé a pintar tarjetas postales, a copiar pequeños lienzos, que comerciantes de muebles y fabricantes de cuadros me compraban por algunos marcos, para embutirlos en los respaldos de los sofás que se llevaban entonces.

 

Hanisch me ayudaba mucho, porque era él el que se entendía con los comerciantes,

y además tenía una hábil captación para vender mis trabajos por los cafés y en público.

 

—¡Es extraordinario!—murmuro yo, mirando a este hombre con admiración— . ¿Y después?

 

—¡Oh, después!... Tendríamos para escribir una tonelada de libros— exclama, ya con un movimiento impaciente.

 

—¿Hizo usted la guerra?..

 

—¿Como no?...

¿Hablaría yo como hablo a mi pueblo si no hubiese hecho la guerra?...

 

Una de las cosas que me irritaban, precisamente, es no haber venido al Mundo un poco antes para haber podido tomar parte en las anteriores guerras alemanas.

 

Yo di gracias al cielo cuando en el año 1914 se me presentó la ocasión de servir a mi Patria como soldado voluntario.

 

—¿A que unidad perteneció usted?

 

—Al regimiento de List, o sea, al Regimiento bábaro número 16 de infantería de reserva, el cual estaba formado por voluntarios, y entre los cuales había hombres de todas las clases sociales, sobre todo muchos académicos.

 

Yo me presenté el 5 de febrero de 1914, y una vez que estuve listo para el combate, contra lo que dicen mis enemigos, estuve siempre en primera línea de choque.

 

Fui herido dos veces, se me concedió la Cruz de Hierro, y cumplí con mi deberes de buen patriota, como el mejor de los mejores.

 

—¿Llegó usted a cabo?

 

—Mi propósito no era hacer una carrera militar— se limita a decir secamente—.

Llegué a suboficial, pero el 14 de octubre de 1918, en el frente de Iprés, un ataque de gases me dejó totalmente ciego.

 

Estos ojos que ve usted, se achicharraron casi totalmente, y yo no se a que milagro de la Providencia le debo el volverlos a tener; pero la ceguera me tuvo inutilizado mucho tiempo.

 

Cuando volví a ver, contemplé con dolor inmenso cosas que no debieron haber pasado.

 

—¿Y entonces fundó usted su partido?

 

—Si señor. Se fundo el solo, acumulándose alrededor de mi, agrupándose en torno mío, todo el dolor inmenso de la nación derrotada, y toda la desesperación, y la amargura de la injusticia, y la crueldad con que Alemania fue tratada después de la guerra.

 

Y eso es todo.

 

La Providencia me designó a mi, como podía haber designado a otro...

 

Entonces nació en mi corazón el deseo de luchar, hasta romper las trabas del Tratado de Versalles...

 

Hace una pausa, eleva su diestra como hacia una lontananza invisible y agrega:

 

—En principio, todo mi partido se reducía a siete hombres de buena voluntad, que nos reuníamos en la cervecería de Sternecker, de Munich...

 

En las elecciones del 14 de septiembre pasado, mi partido obtuvo 810.000 votos,

y tiene doce diputados en el Reichstag. (2)

 

Yo no puedo por menos de interrumpirle entonces:

 

—Muy bien. ¿Pero no hay cierta incongruencia entre las ideas fundamentales del nacionalsocialismo,

y esa tácita aceptación y práctica de los procedimientos liberales y democráticos?

 

—Si la hay— me responde solemnemente.

 

Y con acento tajante agrega:

 

—Un mandato, un imperativo categórico de las circunstancias, nos lleva a aceptar este antagonismo.

 

Todavía no somos lo bastante fuertes para tratar de imponer nuestra ley, y tenemos que aceptar esa táctica de la democracia, que la considero fracasada, pero que nos puede llevar a la conquista del Poder.

 

—Entonces, el nacionalsocialismo es anti-demócrata— le pregunto yo, totalmente ignorante de los postulados del partido que acaudilla este hombre, que personalmente me parece extraordinario.

 

—Si, señor— afirma rotundamente— . Es anti-democrático, puesto que pretendemos anular la coexistencia de diversos partidos y asumir exclusivamente la responsabilidad de la gobernación de nuestro país; es antiliberal y antiparlamentario, y nacionalsocialista, porque cultivamos la fe en la superioridad de nuestra raza, y pretendemos la conquista de una vida mejor para el proletariado.

 

—Lo que quiere decir— le interrumpo— que tiene ciertos puntos de contacto con el marxismo.

 

—¡De ninguna manera! — rechaza vivamente— Repudiamos el marxismo por su interpretación materialista de la Historia; para nosotros es cuestión de principios que el hombre no viva pendiente únicamente del goce de bienes materiales...

 

En cuanto al marxismo, en su ideología extrema, el comunismo, yo sostengo, y lo llevaré a cabo, que su destrucción es precisa, indispensable, para que reine la paz en el Mundo.

 

Adolofo Hitler, a medida que habla de su credo, se ha ido animando...

 

Aunque se expresa en francés, cada vez es más gutural su acento y sus ademanes más enérgicos...

 

Comprendo que este hombre como orador sugestione a las multitudes...

 

En sus ojos hay la dureza, el brillo febril de los fanáticos, de los criminales, que se torna en caricia dulce, y en sonrisa insinuante, ya afable, cuando se acerca a nosotros la artista Olga Tschenkowa y toma asiento a su lado.

 

    Más entrevistas de José Maria Carretero Novillo.

 

*   *   *

 

(1) José María Carretero se exilió en París tras el advenimiento de la Dictadura de Miguel Primo de Rivera.

 

(2) Carretero enmarca la entrevista en Octubre de 1930, sin embargo, (y según la wikipedia) los resultados electorales a los que alude Hitler, se corresponden con los de las elecciones federales de Mayo de 1928.

 

Dado que la entrevista fue reeditada en 1946, todo apunta a que Carretero confunde fechas.

 

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Publicado con permiso de los herederos de los derechos literarios de José María Carretero Novillo.