A finales del siglo XV, no eran pocos los marinos que se afanaban por encontrar en las Cortes europeas la financiación necesaria para emprender una nueva ruta que uniera, a través del océano Atlántico, el Viejo Continente con el levante asiático, una región del orbe conocida como las Indias y codiciada por su privilegiada situación estratégica a la hora de comerciar con las materias primas que de allende se extraían, y cuyo principal banderín de reclamo eran las especias. 

Tras recibir calabazas por parte del rey Juan II de Portugal, un por entonces anónimo Cristóbal Colón presentaría su proyecto a los Reyes Católicos. El plan sería desechado, por la sencilla razón de que Colón se había anticipado unos años en eso de hacer acto de presencia ante los monarcas de las Coronas de Castilla y Aragón, pues lo cierto es que estos andaban preocupados en cosas más prosaicas, como culminar la Reconquista. Sólo tras la toma de Granada, el 2 de enero de 1492, las negociaciones pudieron reanudarse, hasta fraguar en un acuerdo firmado el 17 de abril, que ha pasado a la historia con el título de Capitulaciones de Santa Fe. La mayor aventura de todos los tiempos estaba a punto de comenzar.

El 3 de agosto de 1492 partía del puerto de Palos de la Frontera (Huelva) una expedición formada por un centenar de hombres enrolados en tres embarcaciones: las carabelas Pinta y Niña y la nao Santa María. Setenta y un días llevaban navegando rumbo oeste por el Atlántico cuando, a bordo de la Pinta, uno de sus tripulantes divisó tierra. Para la posteridad quedó que el honor de ese avistamiento recayera en la persona de Rodrigo de Triana (una curiosidad: a pesar del origen sevillano que parece deducirse del topónimo que acompaña al nombre de este marinero, lo más aceptado hoy en día es que fuera natural de Lepe, municipio onubense que luce orgulloso en su escudo la figura de su más ilustre vecino).

Ese territorio firme descubierto aquel 12 de octubre de 1492 resultó ser la isla Guarahani (para entendernos, lo que ahora denominamos Bahamas), aunque poco tardó la cristianísima comitiva en bautizarla como San Salvador. Durante las semanas siguientes, la tripulación continuó su periplo y tropezaría con mamotretos del tamaño de Cuba o Haití, a las que llamaron, respectivamente, Juana y La Española (en esta última se englobaría también la actual República Dominicana).

La noche del 24 de diciembre de 1492, la nao Santa María encallaría en la zona norte de La Española. Con sus restos se levantaría el primer asentamiento hispano en ese Nuevo Mundo que, recordemos, en su fuero interno los primeros exploradores aún identificaban con la parte este de Asia. Se trataba del Fuerte Navidad, que terminaría cobrando un trágico protagonismo en aquellos albores del Descubrimiento: cuando un año más tarde Colón emprendió el segundo de sus cuatro viajes a América, se encontró con que el Fuerte Navidad había sido arrasado; y los treinta y nueve españoles que habían permanecido en él, masacrados.  

Entre medias, mediante la bula Inter Caetera, el papa Alejandro VI había dado su plácet a que los Reyes Católicos hicieran suyas las posesiones que para ellos había conseguido Colón. A rebufo de la misma, y como solución salomónica capaz de apaciguar el caldeado ambiente imperante en la península ibérica, el 7 de junio de 1494 España y Portugal sellaban una tregua a través del Tratado de Tordesillas, por el cual se reconocían mutuamente el monopolio de navegación y comercio, así como la propiedad, sobre sendas partes situadas a uno y otro lado de una línea imaginaria trazada a 370 leguas (2.000 kilómetros) al oeste de Cabo Verde: nuestros serían los territorios que quedaran a la izquierda de esa raya; lusos, los de la derecha (a excepción de las islas Canarias, incorporadas ya entonces casi en su totalidad a la Corona de Castilla), lo que de rebote acabaría proporcionando a los portugueses un Brasil que no sería descubierto hasta 1500.

El 11 de septiembre de 1504, Colón decía adiós para siempre a las tierras cuyo hallazgo le darían fama universal. Dos años después, de lo que se despediría es de este viejo mundo. El Nuevo, esas Indias que se revelaron estar más para acá de las verdaderas Indias, sería objeto de otra epopeya a lo largo de las décadas posteriores.

El resumen de ese relato es vertiginoso. Si de conquistas se trata, en 1521 Hernán Cortés concluía la de México; en 1532, Pizarro empezaba la de Perú; y en 1540, Pedro de Valdivia iniciaba la de Chile. Cambiemos de elemento y vayamos al agua: en 1513, Núñez de Balboa descubría el océano Pacífico y Ponce de León penetraba en Florida buscando la fuente de la eterna juventud; en 1541, Hernando de Soto se plantaba en el río Misisipi; y en 1542, Francisco de Orellana clavaba sus ojos delante del Amazonas. Y como no era cuestión de que en nuestro Imperio se pusiera el sol, en 1522 Juan Sebastián Elcano completaba la primera vuelta al mundo; en 1565, Legazpi sometía las Filipinas; e incluso, a partir de 1569, personalidades como el monje Martín de Rada, Guido de Lavazares o Francisco de Sande acariciaron la idea de añadir China al listado de pertenencias españolas.

El suma y sigue de nuestro esplendoroso pasado sufriría un revés definitivo en el siglo XIX, esa centuria que debería desaparecer de los libros de Historia de España. Patrocinadas por la masonería, poco a poco las distintas provincias de Ultramar entraron en una dinámica disgregadora que tendría su epílogo en 1898, con la pérdida de Cuba. Se echaba la persiana a cuatrocientos años de dominio español; se abrían las puertas del odio hacia toda nuestra ingente obra.

 

Puñalada trapera

Coincidiendo con la conmemoración del segundo centenario de la independencia de México, hace dos semanas el jefe de Estado de un pequeño país ubicado en las entrañas de la cuna de la civilización occidental pidió perdón. Arrogándose una legitimidad que no le corresponde, pidió perdón a no se sabe quién y sobre no se sabe qué, en nombre de lo que hicieron otros hace más de cinco siglos. Así se las gasta un tal Jorge Mario Bergoglio. En su derecho está de manifestarse como le venga en gana. Mas ocurre que, al mismo tiempo, ese argentinito de a pie también blande el nombre de Francisco, lo que le convierte en papa de la Iglesia católica y en guía espiritual de más de 1.300 millones de personas en todo el mundo.

Sobre el terreno donde in illo tempore, invocando a los Huitzilopochtli y Quetzalcóatl de turno, millares de seres humanos de toda edad y condición eran sacrificados en ceremonias paganas, se leyó un mensaje del papa Francisco pidiendo perdón. La misiva no especificaba mucho más, pero cualquiera pudo leer entre líneas que la causa de sus disculpas la constituían las supuestas atrocidades cometidas por los españoles que desde 1492 habían arribado a América. Una manera un tanto sui generis de saltarse a la torera las Sagradas Escrituras, si traemos a colación lo que dejó dicho el profeta: «El hijo no cargará con la culpa de su padre, ni el padre con la culpa de su hijo» (Ezequiel, 18:20).

En este punto, y más allá de la sempiterna conducta de poner las dos mejillas, se hace necesario refrescarle a la diplomacia vaticana un principio esencial que rige en el derecho internacional: el de reciprocidad. Así que, en justa correspondencia con la petición de perdón papal, tendría que haber negociado que a renglón seguido el Gobierno mexicano se disculpara por las matanzas de miles de cristeros, nombre con el que allí se conoce a los católicos que se rebelaron durante los años veinte del siglo pasado contra las prohibiciones y demás medidas sectarias auspiciadas por el presidente Plutarco Elías Calles.

Pero dejémonos de suspicacias y tomemos por bueno el mea culpa de Bergoglio. Al instante, la alegría nos inunda el ánimo por lo que, en consonancia con dicha actitud, puede ser el inicio de un carrusel de actos de contrición. A vuelapluma, caemos en la cuenta de que en los próximos días el papa Francisco seguramente extenderá su petición de perdón a los centenares de familias destrozadas por el terrorismo etarra, dada la tibiez —cuando no apoyo expreso— del clero vasco para con los asesinos. Y de improviso, nos congratulamos porque tampoco tardará en pedir perdón a toda la sociedad española por el comportamiento de la curia catalana, a la que le importa un comino la fracturación social que se vive en Cataluña y, por extensión, en España entera como consecuencia del proceso independentista materializado al abrigo de las sotanas cuatribarradas. 

¡Ay, Señor! La cruda y triste realidad es que podemos esperar sentados hasta el día del Juicio Final si creemos que algo de esa naturaleza va a suceder. No es ningún secreto la falta de aprecio que Jorge Mario Bergoglio experimenta por España, país al que se negó a viajar en 2015 para celebrar el 500 aniversario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús, una de los treinta y seis doctores con los que cuenta la Iglesia católica. ¡Igualico que aquel santo llamado Karol Wojtyla! Los que estamos en esa difusa franja que nos sitúa entre el Pinto y el Valdemoro de la vida nunca olvidaremos el inmenso amor que Juan Pablo II profesaba hacia la Tierra de María. Revivimos, con la nostalgia de ese niño que en 1982 gritaba Totus tuus, el vigor de un papa que un año antes a punto había estado de caer asesinado por las balas criminales de la KGB. Rememoramos a ese papa que en 1993 coronó a la Virgen de los Milagros en el monasterio de la Rábida y oró en la parroquia de Palos de la Frontera, punto de partida del descubrimiento y evangelización de América. Y nos emocionamos con el papa que en 2003, ya enfermo y anciano, gritaba a un millón de jóvenes empapados por el diluvio caído en el aeródromo de Cuatro Vientos que no tuvieran miedo de extender el mensaje de Jesucristo.

¡Qué diferencia, Dios mío! Mientras recordamos con admiración la valentía del polaco en su infatigable lucha contra el comunismo soviético, hasta derrotarlo, sentimos verdadera repugnancia ante las imágenes del bonaerense saludando efusivamente a Fidel Castro, a Maduro, a Evo Morales, a Correa y a tantos otros sátrapas con los que tan buena sintonía demuestra tener. Quienes evocamos aquellas imágenes de 1983 en las que Juan Pablo II abroncaba en el aeropuerto de Managua al sacerdote Ernesto Cardenal, sandinista confeso y uno de los mayores activistas de la Teología de la Liberación —un año después el propio Wojtyla firmaría su suspensión a divinis para ejercer el sacerdocio—, nos tuvimos que morder la lengua ante su rehabilitación en 2019… a manos de Francisco. ¡Qué diferencia, por Dios!

 

¿Orgullo o perdón?

¿Acaso tenemos los españoles que pedir perdón por haber hecho llegar la Buena Nueva al continente americano y haber librado a las tribus nativas de la tiranía a la que les sometían los aztecas y los incas? ¿Hemos de pedir perdón por la labor protectora hacia los indígenas que impulsó Isabel la Católica, refrendada después por las Leyes de Indias y por el derecho de gentes que desarrollaría la Escuela de Salamanca? ¿Debemos pedir perdón por haber llevado la cultura al otro lado del océano Atlántico, donde a partir de 1551 empezaron a fundarse universidades al cobijo de esa máxima de Felipe II de crear un ejército de frailes y profesores? Pues Bergoglio pidió perdón por todo eso a los mexicanos y, en general, a los descendientes de esa América precolombina inventada y falsa, fruto de la distorsión llevada a cabo por la leyenda negra contra España. Es más, aun sin reparar en ello, pidió perdón por existir, pues precisamente lo que hicieron aquellos españoles que dejaron atrás la Edad Media e inauguraron la Edad Moderna fue el permitir que los ancestros de Jorgito y él mismo existieran.

Cuando el ciudadano Bergoglio decida dejar de hablar a título personal y lo haga como papa de la Iglesia católica pronunciándose ex cátedra, su palabra —nunca mejor dicho— irá a misa. Pero mientras muestre sus pareceres erigiéndose en ese montonero comunista que lleva dentro, lo que diga o haga que para él se lo quede, pues la infalibilidad pontificia no alcanza a tales declaraciones. Ningún sentimiento de culpa ni, menos aún, ninguna obligación de pedir perdón tenemos los españoles por la gesta que realizaron un puñado de los nuestros en las postrimerías del siglo XV para exportar hasta América la civilización occidental y el cristianismo. Quizá el sudamericano Bergoglio debería preguntarse cómo, si no, pudo un día llegar a enfundarse el anillo del Pescador.