El caso del rey emérito ha degenerado en  espantosa tragicomedia. Durante 40 años casi fue un dios de la prensa, de casi todos los partidos, de casi todos los políticos, figura intocable, “motor de la democracia”, prestigio sin apenas tacha dentro y fuera de España. Al final resulta que el hombre nunca entendió gran cosa de la democracia ni de la propia España, simplemente aprovechó una situación histórica que nada le debía; y que sus preocupaciones reales en el doble sentido eran las tías, la pasta y la vela. No ha sido “un hombre de honor que amara a España”, como había querido educarlo Franco, y ha causado estragos a la monarquía, a la democracia y al prestigio de España. Ya empezó con la entrega del Sahara y ahora quiere rematarlo volviendo a Madrid por Navidad, ajeno a que con ello destroza  cualquier efecto del discurso de Felipe VI, esperado con cierta  inquietud por muchos.


Sin embargo, la propia institución monárquica, legada por Franco, ha sido todos estos años un factor, aunque declinante, de estabilidad. Carrillo aceptó la monarquía, y el PSOE terminó haciéndolo, al menos la de Juan Carlos, porque Torcuato supo, como él mismo dijo, hacer que “se sintieran débiles”. No es lo mismo ser débil que sentirse tal, pues si el  débil se siente fuerte puede  causar graves  perturbaciones. Tras la muerte del Caudillo se sintieron fuertes por unos meses como supuestos traedores de la “libertad”, de la que siempre habían sido verdugos. Pero tuvieron que sentir su debilidad en el fracaso de la huelga general y del boicot con que quisieron impedir el referéndum del 76 (democracia desde la legitimidad franquista). Después,  Juan Carlos creyó, como le habían dicho los “expertos”, que la monarquía se consolidaría si el PSOE le aceptaba en el trono, al modo de otras monarquías europeas. Y que, para lograrlo, le convenía olvidar de dónde venían él mismo y la institución, cediendo de hecho a PSOE y separatistas la legitimidad democrática que el referéndum había rechazado. Su errónea creencia llegó al extremo de firmar la ley llamada de memoria histórica, que le deslegitimaba precisamente por su origen. ¿No se dio cuenta de su alcance? Aparentemente, no.


Ni el emérito ni sus consejeros (exceptuemos a Sabino Fernández Campo, empeñado sin mucho éxito en inculcar al rey el deber de la ejemplaridad) y sus conseguidores,  algunos de los cuales terminaron en la cárcel,  parecían tener la menor noción de la historia y el programa del PSOE, ni de la significación del marxismo que dicho partido fingió abandonar por oportunismo, ni de la base doctrinal de los separatismos. Sabían que la España que heredaban era un país próspero muy distinto  de la república y que por tanto había dinero, y además estaba lo que llamaban “Europa”;  y creían que el dinero todo lo arregla y que con él y con “Europa”, se  evitarían problemas serios. Pero desde la ley de memoria histórica el nuevo frente popular no ha hecho más que fortalecerse, con el PP de comparsa, y ahora no solo se siente fuerte, sino que lo es,  lo bastante para maniobrar  contra la monarquía (y la democracia) golpeándola con el involuntario ariete de Campechano y humillándola de manera sistemática. El golpe más violento hasta ahora ha sido la infame profanación de la tumba de quien trajo la monarquía, golpe del que nadie quiere darse por enterado, pero no por ello menos brutal y decisivo, consecuencia de la sustitución de la historia por la “memoria” de los delincuentes.


Juan Carlos pasará a la historia como un personaje frívolo y cantamañanas, corrupto económica y sexualmente. Es decir, como un socialista “de libro”, si exceptuamos que los socialistas son algo menos ignorantes y tienen un proyecto histórico bastante definido. Y ahí están unos corruptos denunciando y destrozando políticamente a otro corrupto, clave de la situación a que han llevado al país. El caso recuerda el de Alcalá-Zamora, liquidado políticamente (y de paso a la propia república)  por los mismos que le debían el poder. Lo cual no deja de ser una ironía de la historia, o acaso justicia poética.
Queda por saber si todo este proceso va a traer una nueva república, que solo podría ser tan caótica y despótica como la anterior: basta ver a sus promotores. Eso va a depender de la popularidad que retenga la monarquía, que por ahora es superior a la del frente popular; pero dependerá sobre todo de los partidos que apoyen a la monarquía entendiendo su significación democrática y nacional, aun si “olvidan”  su origen (serio peligro). Están por una parte los Castrati Cacofónicos del PP, en los que es imposible confiar,  y más seriamente VOX. 
La cuestión podría quedar definida el año que está a punto de empezar, coincidente con el 90 aniversario de la llegada de la II República. Dado que ella es el gran mito justificador  del frente popular actual, seguramente dedicarán un esfuerzo especial de re-mitificación de aquel caos. De momento nos hemos adelantado con mi libro La Segunda República Española. Nacimiento, evolución y destrucción. Es una síntesis basada íntegramente en las palabras e ideas de los propios personajes sin la “traducción” de los memoriadores, y en la cuidadosa sucesión de los hechos. Pues un mismo suceso puede adquirir significaciones muy diferentes según el momento histórico en que se dé.
Por ello importa mucho que el libro obtenga  una difusión comparable al de Los mitos de la guerra civil,  pues solo así puede crear verdadera opinión pública frente a las envenenadas tergiversaciones de los memoriadores o de la Cheka cultural.