Fueron unos 45.000. Una mañana de 1941, hicieron la mochila, cogieron un tren y viajaron hasta Alemania para enfundarse el uniforme alemán. Dejaron atrás una guerra para meterse en otra. Sabían que iban a Rusia, a un lugar donde la nieve llegaba hasta la rodilla y la temperatura era de treinta grados bajo cero.

Más de cinco mil muertos. Miles y miles de mutilados. Miles de enfermos. Algunos de ellos encerrados en los gulags rusos. Hoy, ochenta años después, según los expertos, sólo viven cinco. O eso es lo que nos cuenta José María Blanch, que va a cumplir 99 años.

 

Un chaval que soñaba con unirse al ejército nazi

Este hombre de pelo blanco, voz radiofónica y gesto suave es una de las últimas oportunidades para ahondar en la psicología de un chaval que quiso, a toda costa, ir a la guerra. Que soñaba con unirse al ejército nazi. Que hoy, si pudiera regresar a aquellos días de 1940, volvería a ponerse el uniforme alemán.

Que se agarró a la vida, en el claro de un bosque, parapetado tras un bloque de hielo, cuando sus compañeros yacían muertos alrededor. Que se acostumbró a despertarse en mitad de la noche para apilar cadáveres.

En la División Azul hubo de todo: falangistas y carlistas voluntarios, algún que otro monárquico; pero también hijos de republicanos que necesitaban dinero y, sobre todo, limpiar el expediente de su familia. Ese fue el caso, por ejemplo, de Luis García Berlanga.

Blanch sobrevive con una memoria intacta. Con unos principios muy difíciles de comprender mirados desde el presente

Hemos encontrado a Blanch, que saluda en un piso de Madrid, sentado en una mesa-camilla, gracias al libro “Los últimos cincuenta de la División Azul”, de Alejandro Nolasco. Todos han ido muriendo estos años, pero Blanch sobrevive con una memoria intacta. Con unos principios muy difíciles de comprender mirados desde el presente. Con una amabilidad tan melodiosa que cuesta imaginarlo, pistola en mano, en la batalla de Krasni Bor.

¿Por qué en la guerra fue donde mejor se lo pasó?

¿Qué sabía Blanch de los nazis cuando se alistó? ¿Qué supo al llegar al frente? ¿Cómo fue su relación con los rusos? ¿Qué vio acerca de los judíos? ¿De qué sirvió aquel derramamiento de sangre? ¿Cómo fueron las batallas en la nieve? Y lo más inquietante: ¿por qué dice que la guerra fue el lugar donde mejor se lo pasó?

Vayamos al principio. José María Blanch nació en Sant Feliu de Guixols, Gerona, en 1923. De muy niño, muerto su padre, emigró con su madre a Francia. Allí estuvo hasta que acabó la Guerra Civil española. Entonces, un buen día, decidió ir a visitar a la familia. Con 16 años, cogió la bici y pedaleó desde Niza hasta Gerona. Más de quinientos kilómetros.

Era el siglo de las guerras, la guerra era lo normal

Ya, desde muy pequeñito, quería ser militar. Le fascinaban los espartanos. Los tebeos, los periódicos, los juguetes… Era el siglo de las guerras y todo tenía una perspectiva bélica. La guerra era, podríamos decir, políticamente correcta. La guerra era lo normal.

José María era uno de tantos. Uno de esos niños que quería ir a las guerras que aparecían en los cines. No quería ser futbolista, torero ni cantante. Quería ser militar… y combatir.

Él, como tantos jóvenes después de la guerra, se había apuntado a Falange con sus amigos. Y quisieron ir juntos al frente

No tuvo ninguna duda cuando vio aquel anuncio en los periódicos. José María, además, no se vio obligado a escuchar las advertencias de su madre, que estaba en París. Él, como tantos jóvenes después de la guerra, se había apuntado a Falange con sus amigos. Y quisieron ir juntos al frente.

Quería ir a la guerra para vivir una aventura

Cuando se alistó, fue enviado a Calatayud, donde recibió una formación muy rudimentaria. José María jamás había disparado un arma. Tampoco había montado a caballo. Lo destinaron a artillería porque llevaba gafas. Los miopes no podían formar parte de la infantería.

En aquel campamento, se dio cuenta de que, además de falangistas, había republicanos. Todos juntos, por la noche, marchaban en formación. A oscuras. Tenían prohibido incluso encender cigarrillos. Así deberían desplazarse por la nieve rusa. Por la noche, sin luz.

A José María y sus compañeros les dieron el uniforme español, que se caía, literalmente, a trozos. Ellos mismos debían coserse los botones. El pantalón de nuestro protagonista, por ejemplo, tenía un agujero a la altura de los testículos.

Los nazis iban metiendo a los divisionarios españoles, decena a decena, en una cámara de gas. Aquellos que se tambaleaban no se habían puesto bien la máscara 

En Alemania, al poco de llegar, les entregaron el uniforme alemán, que venía equipado con unas botas de lujo y hasta cinco cepillos distintos para limpiarlas. También les dieron una máscara de gas. El primer test fue aprender a usarla.

Los nazis iban metiendo a los divisionarios españoles, decena a decena, en una cámara de gas. Les miraban, desde fuera, a través de una ventanita. Aquellos que se tambaleaban no se habían puesto bien la máscara. Esta es, dice José María, una anécdota silenciada por los historiadores.

Blanch y sus compañeros empezaron a conocer, superficialmente, el holocausto

Una cosa era el antisemitismo reinante de la época y otra saber en qué se traducía exactamente. José Manuel explica que no sabía que esa tecnología que usaron los nazis para probar a la División Azul se utilizaba al mismo tiempo para asesinar a los judíos.

Llegado a Alemania, Blanch y sus compañeros empezaron a conocer, superficialmente, el holocausto. De hecho, los soldados españoles tuvieron problemas con los alemanes por ayudar a los judíos. Todavía hoy, José María recuerda cómo se montó con una judía en el tranvía para protegerla.

Los soldados españoles tuvieron problemas con los alemanes por ayudar a los judíos

 

No sólo la relación de los españoles con los judíos fue motivo de disputa con los alemanes. También lo fue el trato con los rusos. Según cuenta Blanch, los nazis tenían prohibido confraternizar con la población civil de los territorios que iban conquistando.

José María Blanch, que tenía facilidad para los idiomas, se puso a estudiar ruso. Le dieron un permiso para practicar con los prisioneros. Se hizo amigo de varios de ellos. Asegura que no hubo diferencias, por ejemplo, en la comida o en la ropa.

Ochenta años después todavía piensa en Lisa. Nunca más supo de ella

Una de sus mejores amigas en el frente fue Lisa, que vivía en una casa grande de cristales resquebrajados. Solía ir a verla, charlaban durante horas y, por la noche, como hacía mucho frío, dormían juntos. Vestidos. Hoy, ochenta años después, José María dice que todavía piensa en ella. La vio marchar, con lo puesto, por la nieve, el día que los alemanes prepararon un ataque en su pueblo. Nunca más supo de Lisa.

José María Blanch era un diamante en bruto. Hablaba español, inglés, francés y alemán. Estaba aprendiendo el ruso. Esta facultad le valió el sobrenombre de “el intérprete”. Aquella condición le elevaba por encima del resto. Ya no era una carne de cañón cualquiera. Sus superiores le libraban de las misiones de riesgo y él se cabreaba.

Las madrinas de guerra

Pero, ¿cómo es posible que José María Blanch aprendiera a leer y hablar ruso en apenas dieciocho meses? Lo hizo, cuenta hoy, gracias a una novia que tuvo. No fue Lisa, porque aquella chica fue solo amor platónico, sino otra.

No habló de aquella novia en el libro donde relató sus recuerdos de la División Azul, pero lo confiesa ahora, con una media sonrisa, ante la sorpresa de su nieta.

Igual que en la Guerra Civil, los soldados de la División Azul conocieron las madrinas de guerra. Chicas jóvenes que les mandaban cartas, fotos, tabaco y comida al frente. En Leningrado, los divisionarios tenían dos tipos de madrinas: las españolas y las alemanas. Cuenta Blanch que era muy fácil distinguirlas. Unas iban vestidas, muy vestidas; y otras, casi todas rubias, iban… en bañador.

El mero camino hacia el frente ya fue una revelación de lo que José Manuel y sus compañeros iban a encontrar: cadáveres y más cadáveres. Ellos iban al asedio, pero quienes volvían se detenían en las cunetas para enterrar y desenterrar. Esa fue su primera imagen de la guerra.

Lo único que le produjo pánico en la guerra fue caer prisionero. Por eso llevaba siempre dos granadas de mano. Antes de que lo cogieran, las explotaría 

Muchos de esos cadáveres habían sido víctimas de lo que los divisionarios españoles llamaban el “organillo de Stalin”. Un mortero de veinte bocas.

José María Blanch asegura que no tuvo miedo en la guerra. Dice que no tenía miedo a morir. Lo explica con una especie de chiste, un razonamiento que se repetían los divisionarios antes de entrar en combate.

Lo único que le produjo pánico en la guerra fue la posibilidad de caer prisionero. Por eso llevaba siempre consigo dos granadas de mano. Antes de que lo cogieran, pensaba, las explotaría.

La batalla de Krasni Bor en Leningrado

El 10 de abril de 1943, llegó lo que José María Blanch acabaría llamando “el día del apocalipsis”. La batalla de Krasni Bor en los arrabales de Leningrado. De pronto, una explosión pulverizó a toda la infantería española. Muchos años después sabría que los rusos les causaron un 75% de bajas y que, aun así, no consiguieron romper el frente.

Sin saber muy bien cómo, se quedó junto a cinco compañeros, parapetado tras un bloque de hielo. Un militar alemán, un cocinero, un practicante y un soldado. Cuando tuvo que poner por escrito sus sensaciones, eligió estas palabras:

“Yo disparaba sin pensar. Una fuerza oscura me tenía anclado en mi lugar y allí hubieran terminado mis días si no fuera porque oí a Gilberto, el cocinero, decir: ‘Yo me largo’. Una pequeña luz se encendió en mi cerebro. Fue como un clic, un deseo de vivir”.

Las heridas de bala en Rusia no eran tan graves

En días como ese, de vuelta al campamento, aprendió que las heridas de bala en Rusia no eran tan graves. Porque la herida se congelaba nada más producirse y la sangre dejaba de salir. Era frecuente que un soldado caminara con un par de tiros en zonas superficiales sin darse cuenta. Al entrar en el refugio, empezaban a sangrar a borbotones.

No fue aquel día el único en que José María Blanch rozó la muerte. A bordo de otra misión, decidió cruzar a campo descubierto él solo. Pensó que los rusos no gastarían munición para acabar con un solo hombre. Pero la gastaron. Le dispararon a cañonazos. Blanch se echó al suelo y hundió la cabeza en la nieve durante quince minutos. Hasta que regresó el silencio.

Si un caballo perecía, los divisionarios se daban un festín

Los bombardeos eran desoladores. De un día para otro, morían un montón de compañeros. Pero en la guerra casi todo tiene un efecto positivo por colateral que sea. Incluso los bombardeos lo tienen. Fíjense: cuenta Blanch que, si habían bombardeado, tocaban a más comida por soldado. Porque no había dado tiempo a recalcular el envío de los paquetes. Otro tanto sucedía con la muerte de los caballos. Si un caballo perecía, los divisionarios se daban un festín.

José María Blanch y el resto de divisionarios que sobrevivieron al frente ruso regresaron a España. Creyeron que serían recibidos por la misma multitud exaltada que los despidió en el andén. Creyeron que serían recibidos como héroes.

José María Blanch y el resto de divisionarios que sobrevivieron al frente ruso regresaron a España. Creyeron que serían recibidos como héroes 

Pero Franco había cambiado su política de alianzas internacionales. Viendo que los Aliados tomaban la delantera y se postulaban como ganadores de la Segunda Guerra Mundial, quiso ocultar al máximo la División Azul. Blanch y sus compañeros se bajaron del tren y, con su macuto, se fueron cada uno a su casa. Solos. En silencio.

Le pregunté a José María Blanch por el síndrome del estrés postraumático que queda en algunos soldados. El sentimiento de culpa, las pesadillas o las imágenes que no se pueden borrar.

Si José María Blanch, de casi 99 años, tuviera 18… volvería a ir a esa guerra.