Miércoles, 20 de julio:

Los ataques prosiguen con más virulencia que nunca. Las bajas cada vez son mayores. Los heridos se amontonan, sucios, con aspecto cadavérico, y la falta de médico hace más angustioso, más penoso, su tránsito hacia la muerte. Los moribundos gimen pidiendo el auxilio que nadie les da, incluso el de un cura que los acompañe en los últimos momentos, alguien que los consuele espiritualmente en víspera de la muerte y que tampoco tenemos en la posición si excluimos al pobre del Diácono que hace lo que puede dentro de sus limitaciones que son muchas.

Recuerdo una mañana en la Sala de Banderas del acuartelamiento de Melilla. Coincidí con el Capitán Lasarte, Pater de uno de los Regimientos de la guarnición. Un navarro bravo y recio cuya entereza necesitaríamos ahora aquí.

  • ¿Así que te vas a Igueriben? –preguntó en tono despreocupado– ahí es donde me hubiera gustado estar a mí y no aquí tan lejos del sitio donde más me van a necesitar.

A la postre, aquellas palabras del sacerdote resultaron proféticas y desde luego que mejor estaría ahora aquí, con nosotros, ayudándonos a bien morir.

Yo mismo he recibido un rebote en un brazo. En el botiquín, los sanitarios atestados de trabajo, me han dicho que no tiene importancia. Me han hecho un pequeño torniquete con un trozo de mi camisa. Realmente no tiene importancia, no es más que un rasguño. He vuelto a mi puesto, con mis hombres. Todos sabemos cuál va a ser el desenlace final. La muerte se palpa. Es imposible resistir un día más en este infierno. Pese a todo hay que resistir, debemos resistir.

La peste, el olor a muerte, es ya imposible de soportar. Los cuerpos en plena putrefacción se muestran como amasijos informes de carne y sangre que se extienden por doquier. Esta suciedad pestilente que nos rodea por todas partes. Ojalá nos quedase la colonia que nos hemos bebido para aplicarla a nuestras fosas nasales y mitigar, un poco, este hedor que todo lo invade, este nauseabundo olor que se enseñorea de este cementerio de cuerpos insepultos y fantasmas, de espectros, en forma de un grupo de Soldados que mantenemos, a ultranza el honor de España, en este infierno de Igueriben.

De nuevo la maldita palabra, ¡infierno! Me sigue aterrando, sin embargo, creo que ya me da igual pensar en ella. El infierno está ya tan cerca de mí que casi acaricio sus puertas con mis manos.

Producto de mi estado febril, a mi cerebro vuelve el recuerdo de aquel penetrante olor a incienso que llenaba el ambiente en casa de Jazmine la última noche que pasamos juntos. Por un momento, su sensual aroma, envuelve la posición haciendo alejar el pestilente olor a muerte que se respira por todas partes. Me siento bien respirando aquel perfume de suaves matices, recordando las noches maravillosas que gocé entre sus brazos, sintiéndome destinatario de sus caricias, de sus besos, de sus confidencias en baja voz. 

Todos los Oficiales estamos en el parapeto ocupando los puestos que dejan los Soldados que caen heridos o muertos. Incluso el Comandante Benítez, que no cesa de arengarnos para mantener vivo nuestro espíritu, empuña su pistola y hace fuego contra el enemigo que surge de todas partes.

Annual (cromos rogerfm)

Ese hijo de puta de Abd el-Krim quiere que nos rindamos bajo palabra de respetar nuestras vidas. Uno de sus emisarios nos lo ha hecho saber a gritos. ¿Qué palabra puede tener ese traidor? Espero que Benítez rechace su oferta, de lo contrario todos pereceremos de un tiro por la espalda o en la nuca. Prefiero morir dando la cara antes que de rodillas delante de esa chusma.

El Comandante Benítez ha rechazado enérgicamente el ofrecimiento del moro. La Guarnición le ha vitoreado. Vuelven a mi memoria una vez más los nombres de heroicos sitios como los de Numancia, Sagunto, Gerona, Zaragoza, Baler, incluso mi Coruña natal que supo defenderse contra en inglés, sin capitular, sin rendirse, allá por 1589. Todos ellos son nombres que han sido decisivos a la hora de fraguar mi vocación militar.

La sed me consume. El calor es insoportable. Sigo teniendo fiebre. He comenzado a pensar seriamente en la muerte y no me asusta demasiado o tal vez tengo tanto miedo que no soy siquiera capaz de sentirlo. Sin embargo, estoy resignado, resuelto a morir con honor cuando llegue el momento, de hecho, sé que no hay escapatoria posible.

Me vienen a la memoria las últimas palabras del primo de mi padre dichas en su casa de Madrid de regreso del sepelio de mi pobre madre: "A fin de cuentas, todos nos vamos a morir tarde o temprano". Efectivamente todos vamos a morir, pero a nadie le agrada morir a mi edad; todos esperamos que la vida nos dé una oportunidad de vivirla, una oportunidad que nos negará a todos los que estamos aquí defendiendo esta posición.

El cerco cada vez se cierra más sobre nosotros. El moro ataca de forma resuelta plantándose en las alambradas y lanzando bombas de mano contra el parapeto. No nos han dado tregua durante todo el día, de sobra saben que se agotan todos nuestros recursos, la situación se hace a cada paso más insostenible y crítica.

En los últimos días no he dormido ni dos horas, tan sólo esa especie de duermevela plagada de pesadillas horrorosas. Rostros demacrados; cuerpos putrefactos, reventados por el calor y una legión de sombras siniestras se entremezclan formando una especie de procesión que les conduce a un lugar oscuro e infernal. Palpo la muerte en todas ellas. Al final, el ruido de un disparo me devuelve a una realidad cien veces peor que mis pesadillas: ¡Igueriben!

Esta imagen de fantasmales evocaciones me recuerda aquellas historias que de pequeño me contaba Juana en la cocina de mi casa paterna. Historias de aparecidos, de Santas Compañas, de procesiones de muertos que me aterraban y luego no me permitían dormir hasta que no llegaba mi madre a hacerme compañía; sin embargo, me encantaba escucharlas de su boca, temeroso, acurrucado en una esquina.

Aquellas historias que hablaban de comitivas de muertos que recorrían caminos y aldeas en los nocturnos, iluminados por la tenue luz de fanales y velas. Juana decía que eran almas que no podían descansar y por eso recorrían los campos y bosques en macabra procesión. ¿Y nosotros?, ¿saldrán nuestras atormentadas almas a recorrer estos olvidados riscos, cada noche, después de muertos? Prefiero no pensar en eso.

Las gloriosas cargas del “Alcántara” (tomada de Bellumartis Historia Militar)

A mi cabeza vuelve la idea de poder quedar mi cuerpo insepulto una vez todo haya terminado. Yacer en este inhóspito lugar para ser objeto de cualquier tipo de profanación por parte del moro o servir de alimento a cualquier alimaña. Espero que me den cristiana sepultura y que mis restos descansen algún día, junto con los de mis antepasados, en nuestro panteón familiar de San Amaro, dando cara al mar de La Coruña, a su luminosa bahía.

La noche nos trae consigo de nuevo una calma relativa y aunque el cansancio me tiene aturdido, no soy capaz de cerrar los ojos. Tal vez me niegue a ello por temor a no poder defenderme y morir durmiendo. No quiero, solo aspiro a tener la suficiente presencia de ánimo para enfrentarme de cara con la dama negra. Recibirla de pie, en el parapeto, con gallardía, fiel al juramento que hice en la Academia.

Pienso en aquella vieja mora de Melilla, en sus premoniciones que creo se harán realidad. Pese a no estar arrepentido de encontrarme aquí, tuvo razón al asegurar que una mujer pudo ser el inicio de mis desgracias. Adela, su mágico hechizo, me cautivó y después, aunque estaba dispuesto a terminar aquella intensa relación, la noche de Jueves Santo, al verla sonriendo para aquel hombre en su balcón, me hizo enloquecer.

Salmerón acertó al decir que había pedido destino por mi desengaño con ella. Tal vez ahora siga en Almería, presto a embarcar rumbo a Melilla para auxiliar esta posición o se encuentre ya en Melilla camino de este infierno. De todas formas, sé que estoy en el lugar donde debo estar y me siento orgulloso de haberlo pedido voluntario, sin que nadie me lo exigiese salvo mi honor y la fe ciega que tengo en el cumplimiento del deber, algo en lo que fui educado en mi casa desde bien pequeño.

Sé que estoy en pecado mortal. No me he confesado ni comulgado antes de salir hacia aquí, ni siquiera tuve tiempo o no quise tenerlo, preferí quedarme al lado de Jazmine, traicionando el amor de mi amada Carmiña. Supongo que Dios Todopoderoso sabrá perdonármelo y que este calvario que estoy sufriendo en la posición sirva para expiar todas mis culpas que no son pocas.

¿Qué habrá después de la muerte? Estoy seguro de que, llegado ese supremo instante, mi Ángel de la Guarda, que jamás me ha abandonado, baje a tomarme de la mano y llevarme a ver a mi madre, a mis abuelos. Sé que Dios existe y eso me reconforta en estos momentos tan delicados que estoy viviendo.

Recuerdo aquellas oraciones que me enseñó mi pobre madre y que rezaba a mi lado, a los pies de mi cama, cada noche antes de dormir. Hay una en especial que me gustaría poder recitar en este momento, aquella que hablaba de la “calle de la Amargura”. Sin embargo, no soy capaz de recordarla por más que lo intento, siento tristeza por haberla borrado inconscientemente de mis recuerdos ahora que la necesito, aunque estoy seguro que mi madre, allá donde esté, la estará rezando por mí.

A punto estuvo de producirse un milagro. Ya con la puesta del sol, pero sobre todo de madrugada, hemos observado como en el cielo se formaban varias nubes cerca de la posición, avanzando hacia nosotros. Todos las aguardamos alborozados. El agua que tanto necesitamos podía caer sobre nosotros en forma de maná divino. Preparamos todos aquellos recipientes susceptibles de ser utilizados como eventuales depósitos para recoger el agua. Al final cayeron unas gotas sobre la posición, unas gotas que sirvieron para humedecer los labios de los más afortunados, engañando su sed. Pero después, después nada. Las nubes se perdieron en el horizonte y de nuevo la brillante noche africana, con su interminable desfile de refulgentes estrellas, se convirtió en la protagonista de una noche más en nuestro calvario.

El espectáculo ha sido dramático. Al ver caer las primeras gotas, al transmitirse la noticia a gritos por toda la posición, los heridos, arrastrándose, han abandonado sus camas para salir junto a los que nos podemos sostener en pie y abriendo sus bocas aguardar que el agua mojase sus secas gargantas.

No he sido capaz de conciliar el sueño a lo largo de toda la noche, tan solo logré cerrar los ojos y así tratar de descansar, tampoco fui capaz de lograrlo sumido en funestos pensamientos y oscuros presagios.

Siento que la vida se me escapa a cada segundo que pasa. Cuantas cosas se han quedado por hacer, cuantos sueños sin realizar, cuantos proyectos sin llevar a buen puerto. Que ingrato es morirse a mi edad, sin casi haber vivido la vida. Siento dolor por mí mismo, por la pobre Carmiña que llorará mi muerte; por mi padre que jamás podrá reponerse del dolor que le cause la noticia, pero también lo siento por todos mis compañeros, por todos los Soldados que están sabiendo entregar aquí su vida, olvidados por todos, abandonados a nuestra suerte en este infernal reducto.

Que sensación tan extraña me embarga. Sé que por más que lo pretenda la suerte está echada; sé que la muerte tiene ya mi nombre en su lista y que nada puedo hacer por remediarlo. De nada serviría tratar de huir; de nada serviría tratar de ocultarme. Sólo quiero que Dios nuestro Señor en su infinita misericordia me conserve con presencia de ánimo hasta el último instante.

(Tomado de la novela “Tiempos de amor y muerte. El infierno de Igueriben”. LC Ediciones 2018, del mismo autor).