En mayo de 1945, aparecía asesinado en el término municipal de Carral (La Coruña) un individuo desconocido que, tras las indagaciones judiciales, resultó ser Antonio Rodríguez López, un antiguo socialista que formaba parte de la resistencia antifranquista. Había sido muerto por sus propios correligionarios, quienes le acusaban de colaborar con la Policía. El hecho no hubiera tenido mayor trascendencia, pues se trataba de una táctica habitual del maquis contra quienes consideraba colaboracionistas, si no fuese por el registro domiciliario practicado seguidamente en una fonda de la capital coruñesa. De hecho, las pesquisas dieron como resultado que, entre las pertenencias personales del asesinado, se hallara un bloc escrito de su puño y letra, donde el desafortunado pasaba revista a sus actividades políticas desde el advenimiento de la IIª República. Pues bien, sobre la base del contenido de dicha fuente documental, junto con el complemento de otros elementos probatorios poco divulgados, intentaremos desentrañar los caracteres generales de la violencia socialista de carácter político, durante los años previos al estallido de la Guerra Civil, en lo que concierne al accionar terrorista y subversivo de sus grupos de acción.

 

Los antecedentes

Dejando a un lado la violencia revolucionaria en estado o situación de guerra, la conducta reprobable y delictiva de pistoleros y bandas armadas ha de ponerse en relación, inicialmente, con la incultura y tosquedad de una militancia política específica; sin perjuicio de que se adopte una programación y orquestación planificadas, como suele ocurrir con los comandos de acción directa. No obstante, el gansterismo político, propiamente dicho, comienza en España en torno a 1920 y tiene su centro neurálgico en la provincia de Barcelona, merced a la actuación del llamado Sindicato Único y su enfrentamiento con el denominado Sindicato Libre; el primero de orientación anarcosindicalista y el segundo, de ideología más bien tradicionalista. Con todo, este pistolerismo nacional termina pronto gracias a la intervención enérgica del general Martínez Anido y la proclamación del Estado de Guerra en septiembre de 1923. La UGT, curiosamente, no  había participado en tales disturbios y la violencia política del marxismo nacional iba a ser conducida  por el Partido Comunista de España, facción que se había desgajado del PSOE en 1920 y 1921. En cambio, el sindicato socialista no reprueba la instauración del Directorio militar del general Primo de Rivera, lo que le permite estar dentro de la legalidad y expandir su organización por todo el país durante los años que duró la dictaduría primorriverista. No obstante, el socialismo español formaba parte de la Internacional Socialista (ISO) y la Federación Sindical Internacional (FSI) y estos organismos internacionales habían acordado entre 1928-1933 la oposición al fascismo, recomendando si necesario fuere el uso de métodos violentos, seguramente por lo ocurrido en Italia tras la Gran Guerra. Curioso dilema para el socialismo patrio, pues hasta entonces había prestado su colaboración al régimen político dominante en España, que bien podía catalogarse como muy próximo al fascismo mussoliniano, por razón de su naturaleza corporativista. No en vano, la Ejecutiva de la UGT discutió la participación de ésta en la Asamblea Consultiva de Primo de Rivera, votando a su favor personajes tan representativos como Julián Besteiro o Enrique Santiago; y hasta Largo Caballero fue nombrado miembro del Consejo de Estado y consejero de Trabajo.

 

Enrique Puente y las bandas de pistoleros

La proclamación de la II República propició que un antiguo panadero gallego, Enrique Puente Abuin, tuviera autorización para armar los primeros pistoleros del socialismo; o al menos los primeros conocidos. Era el grupo de Puente el encargado de repartir las pistolas entre los diferentes comandos, para lo cual las armas se adquirían en el extranjero y eran enviadas de tapadillo a la capital de España, utilizando para ello preferentemente el ferrocarril. De estos grupos, hemos conocido el denominado “Vindicación”, relacionado con la Casa del Pueblo madrileña, cuyos terroristas fueron los  encargados de eliminar los primeros falangistas de Madrid. Por razón de las localidades donde fueron atacados los militantes de la Falange, nos hace pensar que tales grupos armados también operaban en otras provincias: Ciudad Real, Jaén, Badajoz, León, Valladolid, Guipúzcoa, Cádiz, etc. Sea como fuere, el proceso penal sustanciado contra el asesino de Matías Montero, cuya vista en estrados tuvo lugar en febrero de 1934, nos revela algunas características de las bandas armadas del socialismo. El coordinador era Enrique Puente, a la sazón presidente de las Juventudes Socialistas en Madrid, si bien los pistoleros podían ser personas de distintas edades y localidades. Coyuntura que no debe sorprendernos cuando los jóvenes socialistas habían optado definitivamente por la insurrección armada, proclamándolo abiertamente en el semanario Renovación, donde    podían leerse en febrero del 34 consignas como éstas: La única idea que hoy debe tener grabada el joven socialista en su cerebro es que el Socialismo solamente puede imponerse por la violencia (…) Y sobre todo esto, armarse, como sea, donde sea “y por los procedimientos que sean”, armarse; consigna, ármate tú y al concluir, arma si puedes al vecino…

Pues bien, el encargado de los atentados poseía unas listas con las direcciones de las próximas víctimas, así como otra con las matrículas de automóviles señaladas con una rudimentaria esvástica; cuando atentaban contra los militantes falangistas o lectores de los periódicos utilizaban varias contraseñas para identificarse entre ellos, pues solían actuar en conjunto, interviniendo incluso pistoleros iberoamericanos, como sucedió en Zaragoza. Los terroristas se servían incluso de automóviles públicos, prendiéndoles fuego después como hicieron en 1935 Luis Cuenca (futuro ejecutor de Calvo Sotelo), Santiago Garcés (cómplice en dicho magnicidio), Félix Estébanez (chófer de la UGT) y Manuel González Méndez (chófer socialista). La catadura moral de tales individuos no difería mucho de los códigos bandoleros de las bandas latinas o norteamericanas de las últimas décadas: esto es, solidaridad para los miembros del grupo y odio feroz frente al adversario. Con todo, alguno de ellos estaba empapado de la doctrina marxista y hasta escribía con propiedad, como Francisco Tello (un antiguo emigrante en Francia); pero otros, en cambio, eran aún adolescentes, como fue el caso de los menores Gómez Rey o Contreras Santos, lo cual no dejaba de ser una malignidad calculada, pues en tales supuestos se pretendía eludir la imputabilidad por los delitos que pudieran cometerse. En cualquier caso, la mayoría de ellos procedía de clases menesterosas y carecían de estudios medios, aunque algunos no, como la peripecia del mencionado Cuenca, nieto de un general de infantería, quien había sido instructor judicial en La Coruña y gobernador militar en Orense. Con todo, los imputados por tales crímenes podían salir absueltos, como le sucedió al dirigente juvenil Ángel Tejera en 1934, con ocasión de la muerte alevosa del empleado de Falange, Vicente Pérez, quien dejaría nueve huérfanos. Y aunque debiera distinguirse entre los homicidios causados por riñas y los típicos asesinatos a sangre fría, no podemos perder de vista que muchos de aquellos enfrentamientos estaban planificados de antemano, como sucedió el cuatro de marzo de 1934 en la ciudad de Valladolid, cuando una docena de socialistas asesinó a porrazos a un estudiante de medicina que se hallaba cerca del teatro donde hablaban los líderes de Falange y las JONS; la víctima era un estudiante de sólo diecinueve años y sus agresores fueron un maestro nacional y otro estudiante de medicina… Y es que cabe presumir la circulación entre los militantes socialistas de una consigna reservada para eliminar el peligro del “fascismo”; y que se cumplía cualquiera que fueran las reticencias, como lo adveran los manuscritos del citado Tello, donde se  reconocía textualmente lo que sigue: Parece ser que los elementos denominados fascistas no son precisamente aquellos que siguen al retoño del dictador Primo de Rivera (Sumario 58/1934, Juzgado de Instrucción nº 19 de Madrid), lo que no fue óbice para que anotase el coche de José Antonio y también apuntase su matrícula, habiendo declarado a la Policía que estaba dispuesto a matar al político madrileño… Y Tello no era cualquier afiliado mediocre, leía la prensa extranjera y fue presidente del Sindicato de Obreros Municipales de Madrid y secretario del Sindicato de Tallistas, entidades adscritas a la UGT. En fin, curiosa paradoja la del socialismo español que de colaborar con el régimen parafascista del general Primo de Rivera, apenas cuatro años más tarde decidiría eliminar a su primogénito para extirpar el fascio de la Península… No en vano, en abril de dicho año, el coche de Primo sufriría un atentado, protagonizado por unos individuos presumiblemente izquierdistas.

 

 

El esquema revolucionario-insurreccional

Los textos inéditos del mencionado Francisco Tello ya nos indican que el partido comenzaba a decantarse por la línea revolucionaria, dejando a un lado la vía parlamentaria y pacífica, como fórmula para acceder al poder absoluto del Estado; no en vano el socialismo había quedado relegado en las elecciones de noviembre de 1933, que es la época cuando Tello debió escribir los manuscritos aprehendidos por la policía. Pues bien, la maquinaria socialista va engrasándose rápidamente para la revolución de octubre de 1934, incitando a la insurrección, tanto el órgano informativo de las juventudes socialistas como el periódico del partido. En consecuencia, se hacen acopio de armas cortas y largas, participando incluso Indalecio Prieto en el desembarco clandestino de armamento en la playa del Aguilar en Muros de Nalón; y se redactan también las primeras ordenanzas revolucionarias, transcritas por varios autores, en las que podía leerse lo siguiente: Hay que tener en cuenta que la acción combativa en régimen de excepción ha de ser ordinario el atentado personal; por ello, esta organización, más que otra cosa, ha de tener una base terrorista.

Mientras tanto, los ataques y agresiones contra falangistas siguen produciéndose: el diez de septiembre de 1934, un comando marxista mataba al jefe local de San Sebastián; cuando los socialistas tenían que atender otras necesidades más perentorias, no en vano Enrique Puente iba a encargarse de sublevar los distritos madrileños del Hospital y Congreso, lo que implicaba el apoderarse de puntos estratégicos en la capital del Estado, como la estación de Atocha o los accesos a Madrid por la parte del mediodía. No obstante, la intentona revolucionaria de octubre fracasa en el país por carecer de una      dirección militar, precisando al respecto la III Internacional que la revolución debiera haber dispuesto de un estado mayor para alcanzar el triunfo y, en verdad, la española carecía de ello. De hecho, los radicales jóvenes socialistas habían pregonado, ni más ni menos, en Renovación que los jefes y oficiales tenían que ser eliminados, mediante el funcionamiento de tribunales revolucionarios… Fanatismo que, definitivamente, se pondría en práctica 22 meses más tarde, y cuyas consecuencias llevarían al desastre del socialismo en abril de 1939.

Las consecuencias de las jornadas de octubre de 1934 pueden condensarse en la siguiente estadística, a la luz de los daños causados y atribuibles a la revuelta socialista: muertos, 1198; heridos, 2951; destrucciones inmobiliarias, 1032; armas recogidas, 123564; municiones, 353874; explosivos, 96257; robos, saqueos, confiscaciones, pérdidas empresariales, más de 115 millones de pesetas.

Con todo, la derrota de la Revolución de octubre no aplaca el ímpetu revolucionario de los socialistas y meses después redactan una minuta constitutiva del aparato ilegal del partido. Se trataba de organizar un sistema de inteligencia, similar al existente en cada    sección nacional de la III Internacional, creando tres organizaciones interdependientes: el servicio de información, para recabar datos de partidos políticos, barrios, banca y poder público; el servicio de investigación, cuya plantilla actuaría como una especie de policía política; y los servicios especiales, que se encargarían de todo lo relativo a propaganda, activistas, falsificadores, provocadores, armamento, fotografías, electricistas, etc. Este organigrama, una vez aprobado por la Ejecutiva del Partido se convertía en un organismo secreto, el cual ya funcionaba antes de la guerra, al poseer la Agrupación Socialista Madrileña un sistema de información e investigación y había tenido su antecedente en el oculto SIRS (Servicio de Información Revolucionario Socialista) de la Federación Nacional de Juventudes, instituido en el verano de 1934; cuya modalidad más conocida terminó siendo la erección en zona roja de múltiples comités de investigación y vigilancia: es decir, las terribles checas.

Utilizando la misma variable indicativa para el año 1935, podemos comprobar que la Falange sigue teniendo bajas mortales durante ese ejercicio, a pesar de haberse clausurado los centros revolucionarios de izquierda y cerrarse sus publicaciones por imperativo legal, lo que nos hace pensar que el sistema ideado por Enrique Puente seguía funcionando en la clandestinidad. Por tanto, el número de muertos relacionados con Falange crece en intensidad, llegando a computarse en dicho ejercicio doce fallecimientos de los azules frente los catorce del año 34; destacando por su magnitud el atentado sufrido por Juan Pérez Almeida y su hermana menor en el parque de la Alamedilla de Salamanca en la noche del diez de abril, y que les iba a costar la vida. Días antes, un comando socialista había asesinado en Madrid a José García Vara, secretario del sindicato de la panadería, afiliado a Falange. Los sicarios dispararon a la víctima, dándose a la fuga en un coche, lo que nos hace pensar que Luis Cuenca podía ir en dicho vehículo, pues por entonces ya era un pistolero del sindicato ugetista de artes blancas y usaba habitualmente el automóvil para cometer sus acciones delictivas. Así lo entendió también la Falange, ordenando de inmediato una expedición de castigo contra una taberna madrileña, donde se solían reunir militantes de la UGT, matando al propietario. Incluso, en junio, el doctor Luque fue tiroteado a las afueras de Madrid por unos extremistas socialistas, al confundir su automóvil con el de Primo de Rivera.

 

1936 y las Juventudes Socialistas

El mes de enero registra el intento de asesinato del conserje de la Falange de Orense; varios enfrentamientos entre falangistas y socialistas madrileños; la muerte de un miembro de la CEDA en la provincia de Badajoz y los homicidios de dos obreros falangistas en la capital de España, atacados por bandas marxistas. No obstante, a partir de la jornada electoral del 16 de febrero y hasta la proclamación del estado de guerra en las distintas provincias españolas, la Falange contabiliza cerca de un centenar de militantes muertos, la mayoría de ellos a manos de pistoleros socialistas, estando sus actividades  proscritas y sus miembros encarcelados por orden gubernamental; prohibiciones que el Tribunal Supremo consideraría contrarias a Derecho. Pues bien, los últimos camisas azules fallecidos, de que tengo noticias, son dos jóvenes de El Barco de Valdeorras (Orense) y Nistal de la Vega (León): la primera víctima mortal se llamaba Castor Pérez Vega y fue asesinada el 17 de julio en la vía pública; la segunda, Juan Miguélez Fuertes, fue tiroteada por una expedición socialista dos días más tarde, tras irrumpir armada en una festividad local. En realidad, los aproximados 300 asesinatos ocurridos en dicho semestre son, principalmente, de factura social-comunista y anarquista, según se desprende de las relaciones de desórdenes presentadas por el diputado José Calvo Sotelo en las Cortes; y en su comisión hay una gran responsabilidad de las juventudes socialistas, según comentaría Pio Baroja. Cierto que las juventudes del partido socialista se habían unificado en abril con las comunistas, pero se trataba de una fuerza aproximadamente de 40000 almas presta para iniciar una revolución radical de signo marxista. Y es que cuando llegase el momento propicio, el armamento de estos activistas pretendía completarse con pistolas ametralladoras y armas largas.

La adquisición de armas cortas era bastante fácil, pues incluso su venta se ofrecía habitualmente en los medios de comunicación, teniendo en cuenta que la normativa resultaba  permisiva. De hecho, los jóvenes socialistas se proveían de pistolas o revólveres a bajo precio, siquiera fuese en el mercado negro. Precisamente, en el mes de marzo, cuando habían muerto ya varios españoles por antagonismos políticos, el gobierno de izquierdas decretó la recogida de las armas legalmente permitidas, poniendo a la sociedad civil en una situación de evidente indefensión ante las ilegalidades y crímenes de sicarios y pistoleros.

 

La Motorizada

Los jóvenes socialistas disconformes con la unificación comunista se agruparon alrededor de Enrique Puente, amnistiado en febrero por los hechos revolucionarios de octubre del 34, a fin de crear una guardia pretoriana bajo la tapadera de un ficticio club deportivo, el Júpiter Sporting Madrileño, donde recalarían diversos socialistas, pistoleros y activistas recién salidos de la cárcel. Se convirtieron de facto en la guardia personal del diputado Indalecio Prieto, por entonces en disputas con Largo Caballero y su grupo bolchevique por mor del liderazgo del PSOE. Como es sabido, la Motorizada defendió a su líder en los enfrentamientos socialistas de Ejea de los Caballeros y Écija; pero también intervino en las múltiples coacciones acaecidas en las elecciones de Cuenca, donde se privó a José Antonio Primo de Rivera de un acta parlamentaria, y en el posterior asesinato de José Calvo Sotelo. Por lo tanto, resulta conveniente el referirse al armamento del grupo acaudillado por Puente. Así, con el fin de abortar la conjura militar que era conocida a nivel gubernamental, Casares Quiroga, Prieto y Puente se reúnen varias veces para perfilar la estrategia a seguir, acordando una serie de atentados contra las personalidades que suponían estaban preparando el alzamiento cívico-militar. Pues bien, a tales efectos, el cuartel de la Motorizada dispuso de línea telefónica directa con los jefes anteriores y fue pertrechada con doscientos fusiles suministrados por el ministro de la Guerra, el armamento que poseía en secreto el partido socialista y hasta con dos cargamentos de pistolas llegados desde el extranjero; con ello, la Motorizada pudo armar perfectamente a unos dos mil hombres. Según esta misma fuente, publicada en La Actualidad Española años más tarde, la orden de matar a Calvo Sotelo partió del Presidente del Consejo de Ministros, Santiago Casares Quiroga. De hecho, los hombres de la Motorizada que en aquella ocasión fueron seleccionados por el capitán Condés y el teniente Moreno para liquidar, tanto a Gil Robles como a Calvo Sotelo, fueron los que siguen: Garcés, Cuenca, Ordóñez y Rodríguez. Hasta aquí el relato de estas particularidades inéditas, pues lo que ocurrió después es suficientemente conocido.

 

Colofón

Los socialistas mencionados no fueron sancionados por el partido ni siquiera amonestados por las autoridades del Frente Popular, sino todo lo contrario: Condés fue nombrado jefe de la Motorizada en el frente hasta su temprana muerte y eso que era buscado por las autoridades judiciales; Tello llegaría a comisario de Aviación y comandante de escuadrilla en la contienda; Manuel Contreras Santos, comisario del Ejército; Ángel Tejera Lorenzo y Felipe Gómez Rey formarían parte del cuadro de honor de la Motorizada; Enrique Puente, jefe del batallón militar de la Motorizada, ascendería a coronel y gestiona en 1939 que el Vita arribe a Méjico con un precioso flete fruto de rapiñas y saqueos de la guerra; Santiago Garcés fue subjefe del terrorífico SIM, llegando a ser comandante del ejército republicano; Luis Cuenca sería homenajeado por el periódico del partido, El Socialista, tras morir luchando en Somosierra. Curiosamente, el único procesado y sancionado fue el insignificante Manuel González Méndez, pero por asuntos del servicio cuando era Comisario de Retaguardia y Transportes del Ejército del Centro en 1938.

Anexo documental

1º Anotación manuscrita de Francisco Tello:

“45.209- Automóvil de Primo de Rivera. Chervrolet…”.

2º. Borrador manuscrito de Francisco Tello:  

Al camarada Enrique Puente: Después de las notas y conversaciones habidas entre tú y yo, me resta el declararte buenamente lo siguiente: Me mueve a hacerlo cierta frialdad observada hacia mí, frialdad que me hace pensar existe por tu parte, y [que] yo interpreto como desconfianza a mis convicciones socialistas [y] revolucionarias. Desde el mismo momento en que nació la idea que son(?) estas líneas, me entregué por completo a la mejor realización y éxito, tropecé con grandes inconvenientes en la preparación(?) por faltarme lo más preciso, luego al tener planeada la ejecución de la idea vi como yo era objeto de ciertas interrogaciones(…) por parte de camaradas, me hicieron pensar en que había [habido] divulgación del proyecto, a esto se unió la sospecha de ciertos elementos contrarios que imposibilitaban mis gestiones hasta al estar de verme en cierta ocasión forzado a huir por no caer en [manos]enemigas. No he de negarte que los tres o cuatro primeros días estuve dispuesto a realizar plenamente mi labor sin mirar los inconvenientes, aunque estos hubieran sido fatales para mí (…)

3º. Mandato de Casares Quiroga (La Actualidad Española, [15.10.1953], p. 29]):

“Bajo mi total responsabilidad vamos a escarmentar definitivamente a los asesinos fascistas, pero a las cabezas dirigentes ¡Yo ya no espero más! Ayer, Faraudo; hoy, Castillo; mañana será otro, y todo lo más que lograremos será condenar a un vulgar pistolero, mientras Gil Robles, Calvo Sotelo, Primo de Rivera y otros se ríen; pero no, uno está seguro y no escapará fácilmente; pero los otros dos, Gil Robles y Calvo Sotelo, tienen que ser eliminados sin contemplaciones; el capitán Condés tiene mi confianza y sabe lo que hay que hacer”.

4º. Recordatorio de El Socialista, (24.07.1936), p. 3

Llegará el día en que nuestra pluma se emplee para siluetear a algunos héroes, y no será el que menos adjetivos merezca Luis Cuenca, joven socialista de la llamada sección “Motorizada”, cuyos apellidos –no los olvidéis- ocuparán un lugar en la historia. Pero aún es pronto para escribir lo que este muchacho hizo.

5º. Reseña de El Socialista, (30.07.1936), p. 4

Y en Luis Cuenca encarnaba de manera especial el temple heroico que hoy es ya patrimonio común de la Motorizada. Algún día, cuando se escriba la crónica circunstanciada de la guerra y antes de la guerra, se sabrá hasta qué punto es un heroísmo de leyenda el que ha derrochado y están derrochando muchos de nuestros combatientes. Ningún capítulo será superior al que podamos dedicarle a Luis Cuenca, caso excepcional en la epopeya excepcional que está escribiendo el proletariado español.