La Ley de Memoria Democrática (LMD) va mucho más lejos, en su locura por liquidar, con 83 años de retraso, una guerra civil…, al querer, por la fuerza y a todo trance, que nos olvidemos del heroísmo ofrecido por miles de combatientes, que fue, sin duda, el hecho más romántico y reseñable de aquel conflicto bélico entre españoles. Y lo hace –no nos engañemos- por la derrota tan aparatosa que sufrieron las tropas inicialmente gubernamentales, cuerpo beligerante del que nuestro ejecutivo se ha mostrado como si fuera su hooligan más fervoroso y ruidoso. Bien es cierto que la contienda bélica de 1936, concluida tres años más tarde, constituye, evidentemente, un periodo difícil y delicado de nuestra historia reciente; pero, en el que la izquierda desbocada de entonces fracasó estrepitosamente por aliarse con el crimen y el fraude; y ya desde antes del inicio de las hostilidades. Completamente derrotada, sin necesidad de capitulaciones ni rendiciones condicionadas. Esto es, desde una perspectiva estrictamente bélica, el resumen definitivo del enfrentamiento de 1936-1939.

Antes que nada, he de precisar que a mí no me doblegan los aprendices de tiranos, como sin duda van a pulular al socaire de esta norma historicida, para impedirme decir lo que ocurrió en varios aspectos de la Guerra de España. Y lo hago por decencia histórica y sentido del deber. No tengo que agradecer al régimen del Caudillo nada especial, únicamente que el generalísimo se portó como un caballero, allá por inicios de los setenta, con ocasión de un problema burocrático que surgió con el destino de funcionario de uno de mis familiares más queridos. Nada más, pues como dije en este mismo periódico, mi familia procedía del republicanismo moderado y del sindicalismo de la CNT, habiendo sido mi abuelo paterno dirigente de la CNT en La Coruña y mi padre, con solo quince años, escribiente del sindicato cenetista, cuando estalla el Movimiento Nacional[1]… Es decir, mis familiares no pertenecían ni a la Falange ni a los bizarros requetés, ni tampoco formaban parte del sistema de información de uno de estos grupos políticos, con lo que aquello significaba, como sí ha ocurrido con algún escritor que ahora echa pestes contra las tropas de los primeros tiempos de la guerra.

Los escribas que han confeccionado el texto de este ucase contra la Historia de nuestra guerra civil, la han titulado democrática y memorística ¡Protesto por tal ignominia! Los que hemos estado alguna vez en un país tradicionalmente democrático, como es el caso del Reino Unido, hemos podido comprobar como allí se respeta y agradece el esfuerzo de los hombres que dieron su vida por la Patria. Cosa que aquí no ocurre, pues, por ejemplo, quien ponga en letras de oro el sacrificio de los muertos franquistas en el crucero Baleares puede ser perseguido desde el día en que entre vigor la LMD. Que aspirantes a esbirros para que esta ley cumpla milimétricamente sus fines por desgracia nos sobran; que hasta ha habido alguno de estos nuevos censores que han levantado la voz para que esta ley fuera más dura e inquisitiva.

Como iba diciendo, en el Reino Unido, se conservan monumentos y monolitos en recuerdo de los británicos que han ofrecido su vida en las últimas guerras: I Guerra Mundial, II Guerra Mundial o guerra de las Malvinas. Y en el mes de noviembre de cada año, se celebra el día de los caídos, organizando un desfile de los antiguos combatientes que es muy emotivo. Personalmente, contemplé el efectuado en el año 1998, y era altamente emocionante el ver cómo incluso desfilaron los ancianos de la Gran Guerra en silla de ruedas…Eso sí es una democracia, donde dimiten sus ministros y se respetan la memoria de sus antiguos soldados; lo nuestro, ni hablar. Lo nuestro es una partidocracia, con aspiraciones a convertirse en una satrapía periódica, a la que únicamente el texto de la Constitución puede ponerle freno. Por eso los partidos tienen tanto interés en controlar el nombramiento de los miembros del Tribunal Constitucional.

Pues bien, a los redactores de esta norma tan maquiavélica, únicamente les interesa la memoria de los fusilados y perseguidos por las tropas de los sublevados y los condenados por los tribunales de guerra y posguerra; me temo que por razones exclusivamente propagandísticas de tipo político. Ni siquiera han mostrado interés alguno por los caídos en combate del Ejército republicano, yaciendo más de 80000 soldados en el campo de batalla, enterrados por las tropas de Franco en sus avances bélicos, como puntualizó el Servicio Histórico Militar en su tiempo; y con los que seguramente se están confundiendo no pocas de las hipotéticas fosas de que hablan los variados grupos memorialistas. Hasta ahora, y después de más de 20 años de desenterramientos continuados, solamente se han recuperado unos siete mil esqueletos de ejecutados y asesinados en zona nacional que, curiosamente, no difiere mucho de la cantidad de represaliados adelantada en 1977 por el general Salas Larrazábal para el año sangriento de 1936, por lo que a las retaguardias respecta, y bajo el concepto estadístico internacional de ejecuciones en población civil por los Ejércitos beligerantes… 7791 es la cantidad que publicó Salas Larrazábal en 1977; y, para el año 1937, 4214 ejecutados sin publicidad… En cambio, las sentencias judiciales públicas de muerte, serían, según este insigne historiador, 4726 para 1936 y 4740, para 1977… Todo ello, en conformidad con los datos estadísticos del Registro Civil[2].

Se infiere fácilmente de lo expuesto que la maquinaria propagandística del socialismo y comunismo actuales busca visualizar continuamente los ejecutados izquierdistas del conflicto armado para conseguir así arrinconar moralmente a sus adversarios políticos y confundir de paso a las nuevas generaciones y electores. Por ello, perseguirán a quienes no compartan sus doctrinas propagandísticas, en relación con la guerra y la época de Franco: únicamente por necesidades políticas de tipo sociológico ¡que hay que ser bellacos para conducirse de tal guisa!; pero es lo que cabe deducir de operación política tan innoble con la concordia nacional como la que estamos comentando. No les sirve ya el modelo de Memoria Histórica del ex presidente Zapatero, pues es muy suave para sus oscuros objetivos. Por eso se inventan el concepto de víctima, y ¡pobre de quien ose llevarles la contraria! Y es que los tiranos de la política suelen actuar así, en tiempos de paz; implacablemente contra las minorías pacíficas. Y utilizan como coartada insostenible, la posible molestia que pudieran sufrir los parientes de los represaliados en zona nacional y en la paz, por su oposición al régimen el 18 de Julio… quienes ni siquiera se constituyeron en asociaciones reivindicativas hasta el año 2000…, coincidiendo con las segundas elecciones generales, que ganó por mayoría absoluta el Partido Popular… ¡Que también es casualidad!

Por eso pretenden hacer desaparecer en su desmedida ambición política todo vestigio que recuerde los centenares de miles de españoles y extranjeros asesinados, ejecutados, martirizados y expoliados en la zona que el Frente Popular dominó durante la pasada guerra civil. Lo mismo que la memoria de aquellos miles de soldados del bando nacional que se batieron como bravos guerreros, debiendo ser conceptuada su conducta bélica como de auténticos héroes y valentísimos combatientes, pues habiéndolos conocido, puedo afirmar que siempre tuvieron mi respeto y consideración. Sencillamente, porque fueron los mejores. Es hora ya de referirnos a estos hombres, de su sacrificio y de sus hazañas. Fueron tantos que vamos a limitarnos a citar las unidades más características del Ejército y la Armada, haciendo una mención obligada a los combates heroicos de resistencia frente a un enemigo rojo muy superior, como fueron los célebres asedios del Alcázar de Toledo, Santa María de la Cabeza, Gijón y Oviedo, o las ofensivas republicanas de Belchite, Brunete o Alcubierre. Y es que estos combates debieran ser considerados, para la posterioridad, como auténticas gestas de las armas españolas y, de hecho, algunos de ellos han sido objeto de estudio en las diferentes academias militares.

Ejército de Tierra: las tropas de África

No fueron pocas las unidades del Ejército de Tierra del bando rebelde que serían condecoradas con medallas militares representativas del gran valor castrense exhibido por sus componentes en la lucha; incluso, las más honoríficas como la Laureada de San Fernando o la medalla al Mérito Militar. Con todo, hemos de fijarnos en la admirable conducta combatiente del llamado Ejército de África y de sus unidades legendarias como eran la Legión, los Regulares o las tropas indígenas propiamente dichas (Meh-al Jalifiana, Tiradores de Ifni, etc.). En primerísimo lugar, por haber sido la referencia moral del Alzamiento para el resto de guarniciones militares que tomarían partido a la postre por los rebeldes. Y ello fue así porque este Ejército representaba simbólicamente la continuidad histórica con las antiguas tropas coloniales del antiguo imperio español, que tanta gloria dieron a nuestra nación en el pasado: las que conquistaron y defendieron el Nuevo Mundo; las que combatieron antaño en los Países Bajos o las últimas que, en nuestra decadencia decimonónica, abandonaron las Islas Filipinas. Y seguramente esa cualidad fue la que tuvo en cuenta el general Mola para designar que fuera el Ejército de África el primero en sublevarse contra el gobierno ilegítimo del Frente Popular. En segundo lugar, porque la contribución bélica de estas unidades en la victoria definitiva de la contienda resulta incuestionable, motivado por la cantidad de caídos que sufrieron estas unidades de vanguardia. De hecho, en todos los combates importantes que se libraron en territorio nacional, allí estuvieron siempre en primera línea de combate, cosechando múltiples triunfos, pero a costa de mucha sangre[3]. Tanta que asombra el gran número de medallas de sufrimientos por la Patria con que fueron condecorados los ex combatientes de estas unidades africanas al término de la contienda. Es decir, pelearon hasta la extenuación[4].

Era un cuerpo de Ejército compuesto por hombres de distintas razas: íberos, magrebís, negros… Con diferentes lenguas y hasta con distintas religiones: católicos, musulmanes, judíos…  Y era un cuerpo de Ejército de soldados humildes y proletarios, pero con espíritu y moral militar extraordinarios, lo que excluye cualquier tipo de adscripción política. Su rapidísimo progreso hacia el centro del país, una vez cruzado el Estrecho, ha sido criticado por algún autor, fundamentándose en la dura represión observada tanto en Andalucía occidental como en Extremadura, olvidando que ese rápido avance del Ejército de África evitó a buen seguro que esos territorios liberados fueran escenarios de crímenes horrorosos y destrucciones espantosas como desgraciadamente ocurrieron en las provincias de Badajoz, Toledo o Ciudad Real, controladas por el socialismo montaraz y sus aliados.

Marina: el crucero Baleares

Una parte sustancial de la oficialidad de la Marina fue sacrificada por los comités revolucionarios de los buques de guerra, siguiendo un plan de exterminio similar al observado en la Revolución rusa de 1917. Una vez sobrepuestos de esta desgracia, la Marina de guerra de los sublevados desarrolló numerosas operaciones que han sido puestas en valor por los vicealmirantes Moreno de Alborán y de Reyna, en su voluminosa obra La Guerra Silenciosa y Silenciada. De hecho, una de las primeras acciones de la Armada, relacionado con el heroísmo de los soldados nacionales, fue el haber participado en la defensa del cuartel gijonés de Simancas[5], pidiendo los supervivientes que los cañones de los barcos amigos abrieran fuego contra los propios defensores ante la inminente caída del cuartel[6]… Con todo, hay un acontecimiento naval que ha trascendido por sus caracteres trágicos de epopeya marítima: me refiero al hundimiento del crucero nacional Baleares en marzo de 1938. El citado buque de guerra había participado en varias batallas importantes; una de ellas en las proximidades de Argel, donde encontraría la muerte gloriosamente el pequeño héroe de la localidad coruñesa de Órdenes, el soldado de infantería de Marina, Manuel Lois García, por lo que le fue concedida la cruz Laureada de San Fernando a título póstumo. Pues bien, en la madrugada del seis de marzo de 1938, el crucero Baleares fue alcanzado por un torpedo enemigo frente al Cabo de Palos, matando a las dos terceras partes de la dotación y casi a toda la oficialidad, dejando el buque sin luz y con averías insubsanables. El moderno barco se hundía irremediablemente y era preciso salvar la tripulación superviviente, cuya dirección asumió el teniente de navío Manuel Cervera Cabello, entre el fuego y las constantes explosiones. Los supervivientes, mutilados, heridos y jóvenes flechas mostraron una disciplina admirable ante la muerte próxima que dejó asombrado al capitán del buque británico que acudió a socorrer a los náufragos. Estaban formados en cubierta, con el Baleares ya en picado, cantando el Cara al Sol y la Salve Marinera… Y es que las incidencias que acontecieron momentos antes de hundirse el crucero fueron dantescas y aún estremece el recordarlas, cuyos detalles conocí por comunicación de los náufragos, y que bien pudieran servir para un guion cinematográfico. Así lo entendieron también las autoridades al imponer inmediatamente la Medalla Militar Colectiva a los tripulantes del navío siniestrado, pese a haber supuesto una gran pérdida para la Escuadra. El teniente de navío mencionado, que tras dirigir con éxito la evacuación de los escasos supervivientes, destruir la documentación y las claves, decidió hundirse con el buque que se encaminaba directamente al fondo del mar, mas una bolsa de aire milagrosamente lo arrastraría a la superficie, siendo condecorado por ello con la Medalla Militar Individual en 1943.

Aviación: García Morato y Carlos Haya

Conocidos son las actuaciones militares de los pilotos Joaquín García Morato y Carlos Haya González, cuyas hazañas bélicas han sido puestas en duda por historiadores de medio pelo y aficionados memorialistas. El primero fue condecorado con la cruz Laureada de San Fernando, desconociendo estos ingenuos elementos que una medalla militar de San Fernando únicamente se otorgaba tras juicio contradictorio, donde un jurado inspeccionaba los méritos de aspirante y sus carencias. El galardón le fue concedido en doce de mayo de 1937, indicándose en la nota oficial la siguiente singladura bélica:

Resumen de tan ejemplar actuación hasta el día 18 de febrero último, que le ha hecho digno y acreedor a la más preciada recompensa, es el de más de ciento cincuenta servicios de guerra, en los que invirtió unas doscientas horas de vuelo y sostuvo cuarenta y seis combates aéreos, casi siembre fuera de nuestras líneas, internado sobre terreno enemigo y con difícil o imposible regreso en caso adverso, en los que derribó diez y ocho aviones rebeldes…[7]

Por su parte, el piloto Carlos Haya fue el encargado de aprovisionar por el aire a los sitiados en Belchite y a los heroicos defensores del Santuario de la Virgen de la Cabeza hasta que este enclave jiennense fue conquistado definitivamente por las tropas republicanas tras ¡ocho meses de asedio! Murió en acción de guerra en el frente de Teruel, siendo promovido de inmediato para ascenso en juicio contradictorio[8], donde se hacía constar textualmente lo siguiente: el capitán Haya es un caso excepcional pues era un místico de esta Arma, incansable, inteligente, entusiasta y uno de los aviadores mejor preparados y más aptos en todos los aspectos, habiendo constituido su muerte gloriosa una pérdida irreparable para el Arma de Aviación, ya que por sus conocimientos técnicos y tácticos estaba destinado a desempeñar un importante papel (…) Jefe de escuadrilla de vuelo nocturno, siendo el alma del aprovisionamiento del Santuario de la Virgen de Santa María de la Cabera, y habiendo aparecido la caza enemiga, tuvo que hacer estos servicios por la noche, habiendo días que llegó a hacer cuatro servicios,  demostrando con ello un deseo insaciable de socorro a aquellos héroes, citando también la labor científica del malogrado Capitán. En 1940, le fue impuesta con carácter póstumo la Medalla Militar Individual y propuesto para la Cruz Laureada de San Fernando[9], en cuyo juicio contradictorio se señalaban, entre otros, los siguientes méritos: 

Gonzalo Queipo de Llano y Sierra como Jefe que fue del Comandante Haya, afirma que los méritos contraídos por aquél los considera acreedores a la más alta recompensa, señalando los hechos y servicios del aprovisionamiento de los defensores del Santuario de Santa María de la Cabeza, servicios que señala como los que se llegan a las cumbres del heroísmo, afrontando riesgos constantes, riesgos cada vez mayores por que el enemigo ponía el máximo empeño en dificultar el abastecimiento acumulando antiaéreos y todo el material de que podía disponer con aquel objeto. Afirma asimismo que lo que no pudieron hacer otros aviadores volviendo al aeródromo de origen sin haber podido cumplir el objetivo, el Comandante Haya arrojaba siempre la carga en los puntos convenientes, siendo en verdad el alma de aquella defensa. Afirma asimismo que debiendo prestar después otros servicios el Comandante propuesto para la Laureada aprovechaba cuantas horas le dejaban libre estos servicios para acudir a Sevilla y efectuar los aprovisionamientos de los defensores del Santuario.

Los voluntarios civiles en primera línea

El estallido del Movimiento Nacional produjo el alistamiento de miles de entusiastas en los batallones militares de voluntarios desde los primeros instantes del levantamiento militar, hasta el punto de tener la Junta de Defensa Nacional que adoptar medidas especiales para que se recogieran las cosechas, abandonadas por los mozos que habían abrazado las armas con asombroso y desinteresada valentía. Incluso, fue necesario ordenar que los jóvenes jueces, notarios, fiscales y registradores, que habían descuidado sus labores profesionales por ir a luchar junto con los soldados, retornasen a su trabajo público porque no existían funcionarios que pudieran sustituirles.

Dejando a un lado los miles de voluntarios italianos o portugueses que vinieron a combatir en las filas del Ejército de Franco, es obligado mencionar los millares de voluntarios nacionales, destacando, sobre todo, quienes que se enrolaron en las legendarias unidades de Falange y del Requeté. El número de estos voluntarios superó ampliamente la cifra de los 250.000 combatientes activos en los diferentes frentes de guerra[10]. Por lo que a la Falange respecta, los falangistas constituyeron batallones de voluntarios en todas las provincias que se adhirieron al Movimiento Nacional, computándose hasta 25.000 falangistas combatientes en Sevilla, 23.000 en Navarra, 12.000 en Burgos, 12.312 en Cádiz, 11.800 en Granada, 10.000 en León, 25.500 en Aragón, 3.684 en Marruecos, etc. Incluso, los territorios ocupados inicialmente por el Frente Popular no impidieron que se formaran banderas falangistas como en Asturias, con 6.447 efectivos, Cataluña con 1.395, Vizcaya con 2.122, Valencia con 1.320 o las centurias de Cantabria, Guipúzcoa o Castellón[11].

Por su parte, las batalladoras unidades del Requeté se organizaron en bastantes provincias tradicionales[12], sobre todo los famosísimos tercios de Navarra, Guipúzcoa, Vizcaya y Álava, con las célebres unidades de Lácar (12.000 soldados), Montejurra (10.500 efectivos), Oriamendi (1505 carlistas guipuzcoanos), Nuestra Señora de Begoña (1000 vizcaínos), Virgen Blanca (1.446 alaveses) ... No obstante, la constitución de batallones carlistas y tradicionalistas también tuvieron lugar en la mayoría de provincias con un sentimiento regionalista, como fue el caso de Asturias (Covadonga), Aragón (Virgen del Pilar), Burgos (Santa Gadea), Galicia (Apóstol Santiago), Andalucía (Virgen del Rocío), León, (Virgen del Camino), Cataluña (Monserrat), Extremadura (Guadalupe), Rioja (Nuestra Señora de Valvanera), Valencia (Nuestra Señora de los Desamparados) etc. Incluso existieron compañías de tradicionalistas operativas en territorios como Valladolid. En su estudio concienzudo sobre las milicias nacionales, el general Casas de la Vega llegó a contabilizar hasta 109 banderas de Falange y 55 tercios de Requeté[13].

Pues bien, el espíritu combativo de todas estas unidades se refleja en las docenas de medallas militares de grandísimo valor obtenidas por estos aguerridos combatientes, llegando siquiera la Falange a obtener un centenar de medallas de indudable prestigio; incluyendo los galardones colectivos atribuidos a completas unidades de falangistas y carlistas, pudiendo contarse hasta siete laureadas colectivas y 56 medallas del Mérito Militar de igual naturaleza. Por su parte, las medallas de sufrimientos por la Patria fueron numerosísimas entre falangistas y requetés, habida cuenta los miles de voluntarios heridos en campaña (80.557 heridos y 16.243 muertos …)[14].

En mérito de lo expuesto, he de decir que los datos estadísticos que muestro, siquiera sean incompletos, sugieren una realidad muy distinta con el relato de ciertos historiadores de ocasión, y con el que no pocos políticos sin escrúpulos nos intentan confundir y engañar, sirviéndose de todo tipo de sandeces y embustes. De hecho, los soldados del Ejército Nacional, los que personalmente conocí, eran hombres de otra pasta, con unos valores admirables –hoy, no muy en boga-, como el valor, el respeto, la solidaridad o la caballerosidad.

Pues bien, prohibir su recuerdo, ningunear sus hazañas, esconder sus sacrificios es tarea más propia de canallas que de demócratas ¡Hasta estos límites tan bajos hemos caído por mor de ese sectarismo que nos ciega! cuando el heroísmo es algo sublime en cualquier Ejército. Es mi opinión al respecto, absolutamente respetuosa.

 

[1] Mi abuelo se llamaba Gerardo Piñeiro Baliño, murió en noviembre de 1933; y mi difunto padre, José-Teófilo Piñeiro Fariña, en abril de 2014. Procedían del anarcosindicalismo y el socialismo agrario, pero eran católicos practicantes. Mi padre, con quince años, fue el encargado de tratar con Falange para la entrega de la documentación cuando la CNT fue disuelta tras el Alzamiento, pues pese las diferencias ideológicas con los falangistas tenía buena amistad con algunos camisas viejas.

[2] Cf. Pérdidas de la Guerra, Planeta, 1977, Barcelona.

[3] La Legión tuvo las siguientes bajas durante la campaña: muertos, 7.674; desaparecidos, 776; y 28.972 heridos. Fuente ABC, (24.02.1940), p. 8.

[4] Veamos un ejemplo del valor derrochado por tales soldados: “Por resolución de 8 del actual, S. É. el Generalísimo de los Ejércitos Nacionales, se ha dignado confirmar la concesión de la Medalla Militar al Cabo indígena número 3.839, del Tabor de Ifni-Sahara, Hadmed Ben Abselan Xaguer, el cual, en unión de tres soldados más, consiguió quemar dos tanques enemigos e inutilizar otros dos. Burgos, 13 de abril de 1939. — Año de la Victoria. DÁVILA” (BOE, (17.04.1939), pp. 2154 y ss.).

[5] Al teniente de navío Ángel Riva Suardíaz, defensor de Simancas y salvado in extremis de ser fusilado por los asaltantes republicanos, le fue concedida la cruz Laureada de San Fernando en 1947 por su conducta heroica en este asedio que duró desde el 19 de julio hasta el 21 de agosto de 1936.

[6] Día 21.- “Disparad sobre nosotros”. Incendio y destrucción del cuartel de Simancas. Cf. Bonet, J. A. (1939): ¡Simancas!, Gijón, p. 207.

[7] BOE, (15.05.1937), p. 1445.

[8] BOE, (31.07.1938), p. 278 y ss.

[9] BOE, (28.10.1940), p. 7395.

[10] Cf. Payne, S. G. (1986): Los militares y la política en la España Contemporánea, Sarpe, Madrid, pp. 487 y ss.

[11] Archivo particular del autor.

[12] Redondo, L. (1957): El Requeté, la Tradición no muere, AHR, Barcelona.

[13] Las Milicias Nacionales en la Guerra de España, Editora Nacional, 1974, Madrid, pp. 187 y 188.

[14] Véase decreto de 1 de abril de 1939, haciendo extensivas las disposiciones del Decreto de 1° de diciembre de 1938 (B. O. núm. 63) a los Capitanes, Tenientes y Alféreces de Requetés y Jefes o Subjefes de Centuria o Falange que se indican, BOE, (04.04.1939), p. 1925.