Los tercios, élite militar de la Monarquía de los Austrias, nacieron oficialmente con la Orden de Génova, dictada por el emperador Carlos V en 1536. Con dicha instrucción vieron la luz los tres primeros tercios españoles de la historia: el de Lombardía, Nápoles y Sicilia. Nacieron allí, en Italia, porque era donde la monarquía les necesitaba. La amenaza francesa sobre Milán, así como sobre el resto de la Península Itálica, llevó al monarca nacido en Gante a establecer allí de forma permanente a estos tres primeros tercios. La defensa de Italia se antojaba vital, por lo que la élite militar debía estar allí, siempre dispuesta a defender las fronteras de la Monarquía de España.

Este párrafo que acaban de leer probablemente no les haya resultado sorprendente, pues la fama de la Orden de Génova es de sobra reconocida por casi todo aquel interesado en la historia de los tercios. Confío, sin embargo, en que el resto del artículo sí les cause un gran asombro, pues vamos a ver cómo nacieron dichas unidades. Vamos a analizar, en definitiva, el origen de los Tercios, tema sobre el que acabo de publicar un libro con la editorial SND Editores.

Pensemos, entrando en el asunto que aquí nos atañe, en quiénes componían las filas de los tercios, pues una unidad militar sin hombres no es nada. En efecto, los soldados de la élite militar de España pertenecían al pueblo, al estado llano. Eran soldados profesionales, pagados y dependientes de la corona, no de las levas de los señores feudales. Pero, ¿cómo fue posible que en 1536, con la Edad Media todavía muy presente en el imaginario político, cultural, social y militar, se pudiera oficializar un ejército de infantes? Vamos a verlo. Vámonos a la España de los siglos XII y XIII.

La Reconquista, término de gran utilidad para definir el periodo comprendido entre el 711 y el 1492, marcó una gran excepcionalidad en la Península Ibérica. En ningún otro lugar de Europa se vivieron ocho siglos de guerra irregular y cruel. Sepúlveda, por ejemplo, sufrió infinidad de tomas cristianas y reconquistas musulmanas en apenas 50 años. ¿Cómo podían sus habitantes, auxiliados por una pequeña guarnición de soldados, resistir una razia enemiga? Defendiéndose con las armas. O vencían o ellos y sus familias serían aniquilados o, lo que es peor, capturados y vendidos como esclavos. La crudeza del conflicto, como les digo, permitió que Castilla y Aragón generasen una sociedad guerra, una sociedad de hombres y mujeres acostumbrados a matar y a morir, al manejo de las armas.

En Francia, donde la Guerra de los Cien Años podría haber generado un fenómeno similar, se despreció siempre la aportación militar del pueblo por parte de la nobleza. Esta temía que se acabasen sus privilegios, justificados por su labor de defensa del pueblo. En España, al contrario, siempre se tuvo en cuenta la importante aportación que las milicias urbanas y concejiles podían hacer en el mantenimiento de la frontera.

Esta cuestión, que considero el origen más primigenio de los tercios, debía estar apoyada por una transformación política de primer orden, pues crear un ejército profesional, permanente y al servicio de la corona rompía de lleno con los principios feudales. Alfonso de Palencia, gran humanista y teórico que convivió mucho tiempo en las cortes de Enrique IV y los Reyes Católicos, fue el primero en vislumbrar el Estado moderno. Supo, gracias a su experiencia en Italia y en la Corona de Aragón, que Castilla debía romper la hegemonía que la nobleza efectuaba sobre los monarcas. No es descabellado afirmar que reyes como Juan II o Enrique IV fueron meros títeres en manos de personajes como Álvaro de Luna, gran Condestable de Castilla. Sus enseñanzas, concentradas en su obra El tratado de la perfección del triunfo militar, iluminaron parte de las transformaciones que Isabel y Fernando llevaron a cabo. Acuñó antes que nadie, para que se hagan a la idea, el término España Unida. Supo, también el primero, que convertir España en una potencia hegemónica dependía de vencer a Francia en Italia.

Los Reyes Católicos influenciados por Palencia y por la Guerra de Granada, donde se quebró el arte medieval de la guerra, llevaron a cabo un inmenso corpus legislativo para moldear el incipiente Estado Moderno. En sendas ordenanzas entre finales del siglo XV y principios del XVI dieron forma al ejército permanente y profesional, armaron al pueblo, conscientes de que la guerra pasaba por ellos, por los infantes, alejaron a la nobleza de las cotas de poder que antaño tuvo y, por último, comenzaron la guerra contra Francia en Italia.

Gonzalo Fernández de Córdoba, por sus dotes para el nuevo arte de la guerra, tal y como demostró en la Guerra de Granada, fue enviado en 1495 a Italia para vencer a Francia. Consciente de la superioridad francesa en una batalla campal, como sufrió en Seminara en 1495, necesitó de su gran ingenio para imponerse a las armas galas. Escaramuzas, emboscadas nocturnas, asedios… Todo lo que el nuevo arte de la guerra requería fue puesto en liza por el capitán español. Tuvo éxito, sin duda, pues logró liberar el Reino de Nápoles de la amenaza francesa. Especialmente destacables resultaron los asedios de Seminara, Atella, Laurino y Ostia, entre otros.

Pero poco tardó Francia en volver a ceñirse sobre Italia. Un par de años, para ser exactos, pues en 1501 se retomó la guerra. El Gran Capitán, mucho más experimentado, sabía que su táctica de rehuir las batallas campales ya no sería igual de útil, pues los franceses también aprendían de sus fracasos. Las jugadas maestras de Fernández de Córdoba llegaron, sin embargo, en 1503. En tal fecha tuvieron lugar las batallas de Ceriñola y Garellano, donde la nueva concepción del arte de la guerra, necesaria para ver confirmados los tercios, explotó definitivamente. El conocimiento del terreno, el engaño, la utilización combinada de picas y arcabuces, la artillería y la caballería ligera como fuerza escaramuzadora decantaron la victoria española.

Acababa, tras estas victorias, la Guerra de Nápoles, que tuvo lugar entre 1501 y 1504. Sus consecuencias, en cambio, fueron superiores a las propias ganancias territoriales de la contienda. Gonzalo demostró al mundo y, sobre todo, a sus capitanes, que el nuevo arte de la guerra había llegado para quedarse. Debían confiar en la división de las tropas en coronelías, en la combinación dual de picas y arcabuces y en la prudencia como gran valor militar, dejando de lado el tan airado viva quien vence, propio de tiempos medievales.

A tal cuestión se dedicaron sus tres principales sucesores, Pedro navarro, Fadrique Álvarez de Toledo y Próspero Colonna. Y no fueron sus seguidores solo de oídas, sino que la conexión entre ellos fue tangible. Navarro y Colonna sirvieron bajo las órdenes de Fernández de Córdoba en las guerras italianas. Navarro dirigía la infantería, mientras que Colonna tuvo bajo su cargo la caballería ligera, uno de los cuerpos de más difícil manejo. De Toledo, conocido como Duque de Alba, luchó hombro con hombro con el Gran Capitán en las Guerras de Granada, acontecimiento que forjó una horneada de capitanes acostumbrados a la guerra irregular y moderna. De esta manera, los tres triunfaron notablemente en sus campañas: Navarro en África, Colonna en Italia y Toledo en Navarra.

La batalla de Rávena en 1512, donde las armas españolas fueron duramente derrotadas, demuestra que no siempre se siguieron los consejos del Gran Capitán. En ella hizo acto de presencia un personaje fundamental en el origen de los tercios: el Marqués de Pescara, Fernando de Ávalos. En Rávena cayó en una emboscada por su imprudencia, pero en Bicoca en 1522 y en Pavía en 1525 llevó las tácticas establecidas por Gonzalo Fernández de Córdoba a un siguiente nivel. No es descabellado afirmar, de hecho, que las tácticas militares con que los tercios nacieron en 1536 ya estaban establecidas desde 1525 gracias a la aportación del marqués.

Este proceso militar, por supuesto, no debe ser considerado el único a tener en cuenta en el proceso de formación de tales unidades. Los tercios, tal y como se establece en la Orden de Génova de 1536, fueron las unidades de encuadramiento que permitieron a la Monarquía Hispánica mantener tropas permanentes en los territorios donde la amenaza enemiga era más acuciante. Pero no se establecieron tropas permanentes en 1536 por primera vez. En Navarra, tras la conquista de 1512, se fijó un contendiente de unos 1.500 hombres para defender la frontera allí. En África, una vez Pedro Navarro tomó Orán, Trípoli y Argel, se destinaron, a priori, unos 3.000 soldados de forma permanente, conscientes de que, aunque la ciudad estaba tomada, el territorio colindante era profundamente hostil.

Este proceso, que he denominado como el origen de los tercios, es mucho más complejo que lo que les acabo de explicar. Podrán encontrar tal proceso más detalladamente en mi reciente publicación: El Origen de los Tercios en la Monarquía Hispánica. Sirvan estos párrafos, sin embargo, para darles una idea genérica al respecto e invitarles a adquirir el libro.