Seguimos con la serie "Los caballos de la Historia", que está escribiendo para "El Correo de España" Julio Merino. Hoy habla de los caballos de Isabel la Católica y los caballos de la conquista de Granada.

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LOS CABALLOS

DE ISABEL LA CATÓLICA

Isabel nació en Madrigal de las Altas Torres en 1451 (o sea, poco antes de que los franceses iniciaran el proceso de rehabilitación de Juana de Arco en Notre Dame de París) y murió en Medina del Campo el año 1504 (cuando Hernán Cortés está llegando a La Española)... ¿Y qué sucedió en ese medio siglo largo? Comprenderá el lector que sería inútil hacer ahora y aquí la biografía de la más grande mujer de nuestra Historia, sobre todo teniendo en cuenta que fue en ese período cuando se produjeron los acontecimientos claves de la unidad de España y el descubrimiento de América.

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Por eso, vamos a pasar directamente a un aspecto casi inédito de Isabel la Católica... ¡y ya es difícil encontrar algo nuevo en la vida de aquella gran reina que empezó de la nada! Me refiero a su habilidad como jinete y su pasión por los caballos. Aunque a decir verdad Isabel I sólo tuvo una pasión: primero Castilla y luego España.

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¿Por qué se aficionó a los caballos y cómo llegó a dominar el arte de montar una mujer que, al parecer y según nos la pintan, sólo pensaba en el poder y en terminar la larga Reconquista de España? ¿Qué caballos prefirió en su accidentada y guerrera vida?... Desgraciadamente para la Historia, estas interrogantes no pueden ser contestadas con «hechos» incuestionables, pues ni siquiera su vehemente defensor Menéndez Pidal las toma en cuenta. Y, sin embargo, sabemos que Isabel pasó muchas horas de su infancia montando a caballo y que los caballos fueron los grandes «compañeros» de sus infortunados primeros quince años. Pues no hay que olvidar los «encierros» a que son sometidos ella y el príncipe Alfonso, su hermano menor, durante los «años locos» de Enrique IV... ni los «traslados forzosos», ni la «guerra entre hermanos» que terminó con la batalla de Olmedo (1465-1466) y el envenenamiento de Alfonso -el que pudo ser, y lo fue de hecho algunos meses, Alfonso XII de Castilla-, ni las posteriores campañas militares y el final victorioso de Granada.

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Fue en esa primera juventud cuando Isabel se forjó como reina y como amazona, cuando gustaba montar los animales más veloces y fogosos... cuando descubrió que para realizar sus sueños necesitaba imperiosamente una gran caballería.

Por eso no sorprendió más tarde su famosa «galopada de Segovia»...

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«Cierto día, un poco después de la victoria de Toro, se sublevó la ciudad de Segovia. El gobernador Cabrera era odiado, y la ciudad había llegado al límite de su paciencia. Se aprovechó un momento en que Cabrera no se encontraba allí, y tampoco su mujer, Beatriz de Bobadilla, que se encontraba haciendo compañía a Isabel en Tordesillas. Disfrazados de labradores, algunos segovianos entraron en el Alcázar y tomaron posesión del castillo. Los defensores tenían consigo a la hija de Isabel, la infanta Doña Isabel, de escasos años, y se replegaron con ella hasta una torre. La mayoría de la ciudad, incluido el arzobispo, se unieron a los rebeldes. Tanto la vida de la niña como la posesión de la ciudad estaban en peligro, aunque quizá lo único que se pretendía era librarse de Cabrera... El caso era grave y exigía una rápida intervención. Entonces Isabel decidió de inmediato partir para Segovia, acompañada solamente del cardenal Mendoza, el conde de Benavente y Beatriz de Bobadilla. Su caballo, más rápido que los otros, se adelantó, y si no fuera porque perdió el camino habría llegado al punto de la rebelión antes que sus acompañantes.»

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O la gran lección de monta que da el 13 de diciembre de 1474 («aquel día que mandó engalanar la ciudad de Segovia y levantar un tablado, donde, en medio de un grupo de nobles, se hizo proclamar Reina de Castilla...»), cuando hace el camino de ida y el de vuelta caracoleando sobre una yegua torda a la que precedían desplegados los pendones de Castilla y un caballero, Gutierre de Cárdenas, portando en la diestra una espada desnuda cogida por la punta, la empuñadura en alto, a la usanza española -dice un cronista- para que, vista por todos, hasta los más distantes, supieran que se aproximaba la que podría castigar a los culpados con autoridad real.

Después, tras la muerte de Enrique IV el Impotente, su hermano, y siendo ya reyes de Castilla y Aragón («tanto monta monta tanto Isabel como Fernando») la gran reina se recorre sus reinos a caballo y casi palmo a palmo para hacer justicia y acabar con el bandolerismo...

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«Isabel y su marido -cuenta el biógrafo Walsh- anduvieron de ciudad en ciudad, algunas veces juntos y otras separados, administrando al pueblo justicia rápida y gratuita. La joven reina oía las demandas, procuraba reconciliaciones y restituciones, condenaba a muerte al culpable y cabalgaba luego hasta el próximo lugar. En poco tiempo su justicia llenó el país de consternación, pues era más terrible porque se la sabía imparcial e incorruptible.»

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Famosa fue también su cabalgada cuando guiso para Fernando el Maestrazgo de Santiago...

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«La poderosa inteligencia de Isabel, su valor y su resistencia, pues recorrió doscientas millas en tres días y una noche, a caballo y bajo una lluvia incesante, para arrebatar el Maestrazgo de Santiago, amén de la gran confianza y afecto que le inspiraba su esposo, lograron para la Corona esos disputados cargos. Nadie más interesado que el rey -podía argumentar Isabel- en llevar adelante la guerra contra los moros, finalidad principal de las órdenes militares.»

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Todo lo cual demuestra que Isabel era ya una experta amazona y mejor jinete que muchos de sus caballeros el día que cruza Sierra Morena, por Despeñaperros, para conquistar Granada y echar definitivamente a los árabes de España. Para entonces Isabel contaba ya con una poderosa caballería y miles de hermosos ejemplares árabes, de entre los cuales había elegido precisamente aquél con el que un día frío de enero entraría en la ciudad «más bella del mundo»: Granada... y en su inigualable Alhambra (Madinat al-Hamra).

Pero, de ese día, de esa guerra con el rey que lloró como mujer lo que no supo defender como hombre y de la triunfal entrada a caballo (como puede verse en uno de los relieves de la Capilla Real de Granada) hablaremos en el siguiente capítulo.

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LOS CABALLOS

DE LA CONQUISTA DE GRANADA

 

Las crónicas y los relieves de la Capilla Real (obra de Felipe de Borgoña) dicen que Isabel y Fernando entraron en Granada montando a caballo y rodeados de un increíble ceremonial, mitad militar, mitad religioso...; pero, como siempre, silencian la descripción de los dos caballos reales y sus detalles físicos. Por lo tanto no hay más remedio que indagar por las mil leyendas que surgieron del pueblo en los años siguientes a la conquista y de las que tanto bebió siglos más tarde el romántico viajero americano Irving cuando escribió sus Cuentos de la Alhambra. ¿Quién no recuerda, por ejemplo, aquel romance popular del rey moro que perdió Alhama?:

 

Paseábase el rey moro

por la ciudad de Granada

desde la puerta de Elvira

hasta la de Vivarrambla.

-¡Ay de mi Alhama!

 

Descabalga de una mula,

y en un caballo cabalga;

por el Zacatín arriba

subido se había al Alhambra

-¡Ay de mi Alhama!

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Por cierto, que la reina doña Isabel también solía montar en mula (lo cual no debe sorprender teniendo en cuenta la gran calidad de los mulos andaluces), como lo cuenta el cronista Bernáldez al hablar de la conquista de Moclín:

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«A fin de animar a los que asediaban a la villa, Isabel les hizo una visita especial desde Córdoba. La reina llegó acompañada de su hija mayor y un crecido cortejo de damas. Isabel cabalgaba en mula, con silla guarnecida de oro y plata y bridas de raso entrelazadas con letras de oro. Cubría su cabeza un sombrero negro bordado, su cuerpo un manto de grana, a estilo de las princesas árabes, y debajo vestía brial de terciopelo y saya de brocado. Llevaba dos faldas de brocado y terciopelo, y una especie de capuz morisco de escarlata, a usanza de las nobles doncellas granadinas.»

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Pero no adelantemos acontecimientos y vayamos paso a paso..., a sabiendas, eso sí, de que no puede meterse en unos folios la odisea final de la conquista de Granada. Pues imposible sería relatar lo que hubo de «gestas caballeriles» en aquellos dos años de 1490 y 1491; los «hechos de armas» de los capitanes cristianos; la sibilina diplomacia del maquiavélico Fernando el Católico o las divisiones internas del campo árabe y las luchas entre Boabdil y Aixa, su madre, y Abul Hasam y Zoraya, la esclava cristiana doña Isabel de Solís.

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En realidad, la «última batalla» de la Reconquista comenzó a finales de 1481, cuando el rey moro Abul Hasam se negó a pagar los tributos que venía pagando a Castilla y le dijo al embajador cristiano don Juan de Vera lo que está en la Historia: «Id a decir a vuestros soberanos que ya murieron los reyes granadinos que pagaban estos tributos, y que en Granada no se labran ahora monedas para Castilla, sino alfanjes y puntas de lanza contra nuestros enemigos...», porque fue entonces cuando don Fernando dicen que dijo aquello de: «... y yo arrancaré, uno a uno, los granos de esa Granada».

Y así fue, ciertamente. Porque el 28 de febrero de 1482 los cristianos tomaban la fortaleza de Alhama (la del romance popular); el 23 de abril de 1483 caía prisionero el propio Boabdil; el 20 de junio de 1484 se rendía Alora, punto clave entre Antequera y Málaga; el 22 de mayo de 1485 se entregaba Ronda; el 20 de mayo de 1486, Loja; el 18 de agosto de 1487, Málaga... donde entraron los Reyes Católicos montados a caballo y en plan de «conquistadores».

Sin embargo, el «gran Ejército» que iba a conquistar Granada se formó en abril de 1491 (más de cincuenta mil infantes y una caballería de veinte mil jinetes), el año crucial del incendio del campamento cristiano y la edificación de la ciudad de «Santa Fe»... y el momento más estelar de la Reina Católica. Porque fue ahí, en «Santa Fe», donde la reina Isabel plantó sus reales («de aquí no me moveré hasta que no caiga Granada... ni me cambiaré de camisa») y provocó a sus capitanes y al mismísimo Fernando, como lo testifican las proezas diarias y casi legendarias de Gonzalo Fernández de Córdoba (el más tarde Gran Capitán de Italia), Martín de Alarcón, Garcilaso de la Vega y en especial Hernán Pérez del Pulgar (el que montando un soberbio alazán entró una noche en Granada y clavó con un puñal en las puertas de la mezquita un pergamino con las palabras «Ave María»).

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Desde entonces hasta el final los Reyes Católicos ya no descansaron: Fernando, con sus misteriosas y sibilinas gestiones diplomáticas... las que en última instancia abrieron las puertas de Granada, pues no hay que olvidar que el pacto de capitulación lo firman el moro Abul Qasim y el cristiano Hernando de Zafra el 25 de noviembre. E Isabel con sus palabras de aliento, su ejemplo y sus «cabalgadas» diarias.

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La entrada triunfal en Granada se produjo la mañana del 2 de enero de 1492 y según los cronistas fue aquella una jornada histórica.

Porque primero entró en la ciudad un destacamento de caballería vestido y enjaezado de gala, con fray Hernando de Talavera al frente, y un puñado de jinetes de lo más florido del «gran Ejército» comandados por el conde de Tendilla... Los unos tenían la misión de colocar en las rojizas torres de la Alhambra las banderas de Castilla y Santiago; los otros, la de hacerse cargo del gobierno de la capital y el control de la puerta de la Vega...

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Después Boabdil, junto con sus hermanos, su familia y un nutrido grupo de caballeros moros, salió de Granada por la puerta de los Siete Soles (según la leyenda al traspasarla dio orden de cerrarla a piedra y canto) y fue al encuentro de los Reyes Católicos para hacerles entrega de las llaves de la ciudad...

Entonces se puso en marcha la comitiva real y el «gran Ejército» con sus capitanes al frente. Según la Historia abrían la marcha la reina Isabel y el rey don Fernando (pues «tanto monta monta tanto Isabel como Fernando»), acompañados a un lado y otro del cardenal Mendoza y el príncipe heredero, que sólo contaba con catorce años de edad. Una leyenda dice que Isabel rompió el protocolo y ya a las puertas de la ciudad picó espuelas a su caballo (ruano por más señas) y se adelantó a todos... Unos dicen que se llamaba Vencedor; otros, Creyente... También se cuenta que aquel día y cuando el clero entonó un Te Deum en acción de gracias todo el ejército se hincó de rodillas con Isabel al frente.

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(Agradecimiento. Por su ayuda inestimable para la realización técnica de esta serie no tengo más remedio que dar las gracias a José Manuel Nieto Rosa, un verdadero experto en informática y digitales.)